Escrito por 8:23 am Tribunas

La apropiación de los símbolos de todos

por Manuel Espín 

Por encima de los mega-sonidos de la crispación hay que seguir creyendo en la capacidad de la sociedad española para reconocerse a sí misma como diversa y plural. Se olvida una consecuencia directa del estado democrático: la convivencia con personas con las que mantenemos habitualmente lazos familiares, de amistad, de trabajo, vecindad o cercanía, que no necesariamente piensan igual que nosotros, ni probablemente votan a lo mismo, ni comparten todos nuestros gustos o puntos de vista, pero con quienes se pueden mantener lazos de cordialidad y de cercanía pese a las diferencias. Este hecho que nos parece ‘tan obvio’ y casi tópico hubiera sido imposible en la dictadura franquista donde la disidencia era inadmisible y peligrosa, porque podía acabar en un calabozo, una cárcel o una multa. A pesar de los altisonantes decibelios con los que se escuchan proclamas, en la calle, en los medios o en el parlamento, sigue habiendo suficientes escenarios de normalización. Un ex-secretario de estado con responsabilidades en los ejecutivos de Zapatero y Pedro Sánchez me comenta con toda convicción que dentro del PP hay personas y cargos con los que se puede hablar, discutir y negociar, y la posibilidad de compartir muchos contenidos.  En otro escenario,  un alto funcionario uniformado también en conversación privada admite que él puede ser amigo de una persona que defienda ideas independentistas de forma pacífica por más que él crea en la unidad de España bajo un concepto abierto y dinámico. Me gustaría anotar al lector las ocasiones en las que en un bar, un restaurante, un espectáculo de ‘rock’, un teatro o una película se dejan ver representantes del Congreso que pertenecen a grupos muy distintos sin que entre ellos se escenifique fricción sino al contrario. Podría contar los partidillos de fútbol en cierta instalación cuyo nombre no voy a facilitar, donde juegan diputados de formaciones políticas que se sientan en posiciones dispares en el parlamento; o las sesiones compartidas en gimnasio de parlamentarios de grupos antagónicos.por

 Frente a esta situación anoto una llamada de este fin de semana. Un amigo desde Villanueva de la Fuente, un pueblo de casi 3.000 habitantes de Ciudad Real casi lindando con la provincia de Albacete y la sierra de Alcaráz, enmarcado en un privilegiado espacio natural  digno de ser visitado por su impresionante paisaje, avanza una situación que puede ser preocupante. A uno de sus restaurantes ha llegado Juan Carlos Monedero con unas veinte personas cercanas, entre las que aparecen diversos niños, en lo que constituye una típica comida familiar o de amigos. 

 En paralelo un grupo de jóvenes de los que se dicen a si mismos ‘patriotas’ trata de reunir a partidarios ‘armados’ con banderitas españolas e ‘himnos patrióticos’ como el ‘Cara al sol’ para obstaculizar el evento privado del ‘traidor a España’. Gracias al dueño del restaurante y a otras personas con criterio y moderación se abortó lo que podía haber sido otra expresión de una España intolerante, en la que las banderas se utilizan como palos para golpear a quien no piensa igual o no vota de la misma manera.  La situación me recordó a la vivida en el Teatro Real cuando junto a mi butaca se sentó Baltasar Garzón y poco antes de iniciarse la representación un señor acompañado de una señora de traje largo se dedicó a provocarle con insultos e improperios buscando el ‘cuerpo a cuerpo», frente a la actitud serena y fría del juez que en ningún momento le quiso responder a sus duros insultos. Garzón dijo que no le conocía de nada: los descalificativos y provocaciones aludían a contenidos puramente políticos. El señor volvió a intentarlo en el descanso buscando el escándalo o la entrada de las fuerzas de seguridad. Lo preocupante de estas situaciones no es que las personas se manifiesten a favor o en contra -el mismo derecho lo tienen quienes están en contra de la amnistía que los que lo puedan hacer a favor, quienes han votado por los partidos que apoyan a Pedro Sánchez como los que no lo han hecho- sino el uso reiterado de los emblemas, simbología y referencias que pertenecen a todos. El ‘patriotismo’ se condensa en la exhibición o la apropiación de una bandera, la posesión de una institución como propia o la agitación sobre el término ‘Constitución’ con la misma vehemencia con la que en otro tiempo se hubieran defendido los principios fundamentales del Movimiento.  El ‘patriotismo’ vociferante y retórico se aleja de un concepto de tonos democráticos, de quienes defienden una sociedad donde puedan convivir distintos incluso aquellos que sostienen otros modelos territoriales pero que se comportan con lealtad colaborativa dentro de un marco legal, favoreciendo los derechos de la ciudadanía, el bienestar para todos y cada uno de los españoles, la mejora en la igualdad y las condiciones de vida; cualquiera que puedan ser sus divergencias sobre hechos como la política económica o las relaciones internacionales. Buscando elementos de concordancia en lugar de provocar el conflicto o el desgarro social. Acabo con otra anécdota del fin de semana. Mientras  en el centro de Madrid se ve a alguna persona con banderitas acudiendo a la ya sabida convocatoria diaria,  en la entrada del cine en un sábado por la tarde-noche Feijoo junto a otras personas guarda su turno, como lo podría haber hecho cualquier otro representante público sin que nadie le moleste ni extorsione, como una expresión más de normalización dentro de una sociedad plural que por fortuna tiene cada vez menos que ver con la dictadura de los ‘nostálgicos’ que no la vivieron pero que han ‘comprado’ esa retórica y se creen que los símbolos de todos son armas arrojadizas contra quienes no piensan como ellos. Se trata de un intento de ‘revival’ de los fenecidos tiempos en los que se quiso contraponer a una España con otra ‘Anti-España’, es decir la que no pensaba como la de los defensores de la dictadura.           

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