Escrito por 1:21 pm Política

La carta de Sanchez y el precedente portugués

Inmaculada Sánchez

Aturdidos todavía por el insólito e inesperado anuncio de Pedro Sánchez sobre su “periodo de reflexión” para decidir si “merece la pena” continuar siendo presidente del Gobierno conviene enfriar las emociones y calibrar lo que nos jugamos con esta decisión. Únicamente a Sánchez le corresponde tomarla pero no sólo pende de un hilo este Gobierno o esta legislatura sino conceder a la derecha política y mediática de este país una victoria histórica con la que seguir minando el sistema democrático.

La épica de Pedro Sánchez, el resiliente, el audaz, el que siempre renace, encaja bien en la emocional carta pública que envió este miércoles a los españoles. Aunque, en esta ocasión, el envite ha adquirido niveles nunca sospechados. Sería la primera vez, desde la dimisión de Adolfo Suárez, en plena Transición, que un presidente de Gobierno  abandona el cargo por voluntad propia.

El presidente motiva su anuncio en la apertura de diligencias judiciales contra su esposa, Begoña Gómez, en base a una denuncia de la organización ultraderechista Manos Limpias que la acusa de tráfico de influencias con meras informaciones periodísticas como única prueba. La ha admitido a trámite un juez en apenas cinco días sin consultar siquiera a la Fiscalía.

Un caso más de las decenas de querellas que llevan poblando los juzgados contra dirigentes políticos de la izquierda desde que gobierna este país una coalición progresista y que, meses después, son archivadas por falta siquiera de indicios. Mucho sabe de ellas Pablo Iglesias y su mujer, Irene Montero, al igual que su partido, Podemos, hoy fuera del gobierno y empequeñecido parlamentariamente.

Sánchez tuvo el impulso de dimitir el mismo  miércoles, según algunas informaciones, pero su núcleo duro monclovita le pidió unos días de reflexión. Mientras la derecha continúa tildando de burda “estrategia electoral” la victimización que supone la carta del presidente y duda, con ironía, de la veracidad de sus intenciones, acaricia, también, el triunfo que lograría meses después de la frustración del 23 de julio si Sánchez abandonara.

Conviene recordar significativos precedentes de otras victorias de la derecha conseguidas sorteando las urnas y con similares maniobras. Mónica Oltra, siendo vicepresidenta de la Comunidad valenciana se vio obligada a dimitir por una denuncia, presentada también por activistas de la ultraderecha, acusándola de connivencia con un delito perpetrado por su exmarido. Su partido se quedó sin líder, El Govern, sin prestigio, y tras las siguientes elecciones el PP, con Vox, se hizo con el gobierno. El archivo de la causa llegó después.

En Portugal, incluso, hemos visto caer al Ejecutivo del país por otra denuncia de corrupción que, difusamente, salpicaba al primer ministro, Antonio Costa, que nunca estuvo  investigado y que le llevó a la dimisión. El caso transcurre plácidamente dilatado en los juzgados lusos sin acusaciones ni imputaciones a miembros de su entonces gobierno. La catarata de consecuencias políticas, sin embargo, ha entregado el Gobierno a la derecha y ha supuesto un ascenso histórico de la ultraderecha.

No son pocos los poderes conjurados en la deslegitimación permanente que lleva sufriendo el Gobierno de coalición de Sánchez y sus socios parlamentarios en ésta y la anterior legislatura. El PP y Vox han contado siempre con la inestimable colaboración de una judicatura mayoritariamente conservadora y unos medios también mayoritariamente hostiles que, en los últimos tiempos, además, han engrosado sus filas con digitales especializados en fake-news.

Todo esto es lo que sopesará Pedro Sánchez antes de tomar su decisión, tan personal e intransferible como el estilo y contenido de su carta del miércoles. A los ciudadanos de izquierda de este país nos queda esperar y reaccionar sin titubeos al escenario que se dibujará el próximo lunes. Y no se presenta plácido.

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