Escrito por • 12:54 pm• Cultura

La caza y los toros

Antonio Papell 

Mientras la humanidad escala cumbres que parecían inaccesibles a lomos de la llamada inteligencia artificial, en tanto cobran lentamente significado los grandes enigmas del universo, mientras estamos gestionando una multipolaridad que no vimos venir y que ha resultado ser áspera y conflictiva, resulta que han entrado con fuerza en la plazuela pública española asuntos que podríamos llamar bucólicos y sentimentales, y muy en especial uno, primario y elemental: la relación del ser humano con las demás especies del reino animal. Un vínculo que canaliza a ras de suelo nuestra condición física de seres vivientes, biológicamente semejantes a otros cohabitantes del planeta que nos han acompañado durante el dilatado ascenso hacia el estadio de los seres superiores: todos fuimos irracionales hasta que el homo sapiens experimentó la mutación esencial que lo volvió racional y consciente, portador de unos difusos imperativos ético y estético. Y de repente, la caza, una actividad cruenta que nos ha acompañado siempre desde nuestros ancestros más remotos, empieza a suscitar rechazo y polémica. Y la tauromaquia, un entretenimiento antiguo que hunde sus raíces en la Edad del Bronce, un arte que dejaba huellas evidentes de su abundancia ya en el siglo XI, un ceremonial que se convertía en auténtico rito ya en el siglo XVIII, ha caído en desgracia bien avanzada la etapa democrática, después de que hubiera sido halagado como cultura asombrosa por la parte alta de la opinión pública de la República, de la Dictadura y de las primeras etapas del régimen parlamentario.

Ortega y Gasset, que nos dejó en 1955, estuvo por tanto ajeno a esta decadencia, pero dejó sembradas las inquietudes que la anunciaban. En 1960, los albaceas del filósofo publicaron un tomo de las obras completas que se tituló “Sobre la caza, los toros y el toreo”, que recogió diversos artículos, algunos póstumos, sobre estos temas. En relación al primer asunto, el prodigioso ensayo titulado escuetamente “Sobre la caza”, que sirvió de prólogo a un libro cinegético del conde de Yebes de 1943, es un texto deslumbrante. En él, como ha escrito Garagorri, “bajo la aparente trivialidad del tema, de lo que se trata es del más radical de los problemas humanos: el del origen del hombre y los balbuceos de su «razón»”. En el texto, “las graves cuestiones abordadas —«el enigma cósmico del instinto», la índole «religiosa» y lo que «hay de divino, de trascendente en las leyes de la Naturaleza»— se plantean no abstracta sino concreta e inexorablemente”. El artículo de Ortega, que quiso ser un homenaje distinguido a un aristócrata cazador, no es denigratorio para el protagonista de la práctica analizada, pero avanza hacia derroteros perturbadores cuando asegura que “la caza, como toda actividad humana, va encuadrada en su ética, que discierne virtudes de vicios… Va todo esto al cuento de esa escena postrera que da final a la cacería, en la cual la piel generosa de la bestia parece mancillada por la sangre, ya que el cuerpo, que era pura agilidad, queda transmutado en absoluta parálisis que es la muerte. ¿Es lícito hacer esto? —nos preguntamos”. Y añade: “en las páginas de este libro vemos que más de una vez el conde de Yebes, con una res espléndida a trecho de tiro, vacila en disparar. La idea de que aquella tan grácil vida va a quedar anulada le sobrecoge un instante. Pertenece al buen cazador un fondo inquieto de conciencia ante la muerte que va a dar al encantador animal. No tiene una última y consolidada seguridad de que su conducta sea correcta. Pero, entiéndase bien, tampoco está seguro de lo contrario. Se encuentra en una situación ambivalente que muchas veces ha querido aclarar, meditando sobre el asunto, sin conseguir nunca la buscada evidencia”. Y continúa más abajo: “En esa sazón transparece el carácter general, problemático, equívoco que tiene nuestra relación con los animales. Ni puede ser de otra manera, porque el hombre no ha sabido nunca bien lo que es el animal. Antes y más allá de toda ciencia se ve la humanidad a sí misma como algo emergente de la animalidad pero no está seguro de haberla trascendido por completo. El animal sigue demasiado cerca de nosotros para que no sintamos misteriosas comunidades con él”.

La caza se ha convertido en entretenimiento después de muchos milenios de haber sido un eslabón en la cadena trófica: el hombre cazaba para sobrevivir y era devorado a su vez por los depredadores. En la caza no hay, pues, inmoralidad primaria sino simple naturaleza, pero ha sido seguramente inevitable que al cesar la instintiva depredación y hacerse el hombre protector de la biodiversidad para consolidar su nicho biológico, haya ido prescindiendo de la rutina cinegética, en pro de una confraternización con las demás especies animales que a fin de cuentas son esenciales en el mantenimiento de los equilibrios del planeta. Al Delibes maduro, cazador paradigmático, no le preocupa que su actividad lúdica adolezca de creciente falta de presas cinegéticas, de la que se lamenta, sino el declive de una naturaleza que decae a ojos vista y que podría dejar de ser el hábitat generoso de una humanidad autodestructiva. En definitiva, la civilización, la cultura, la búsqueda de la armonía conservacionista, el empeño de la sostenibilidad favorecen el animalismo, que en la mayoría de sus acepciones incluye una cierta humanización del animal y un respeto instintivo por los procesos naturales, por los ciclos vitales.

El otro asunto mencionado, los toros, podría merecer reflexiones parejas a las anteriores, con una diferencia: el entretenimiento que es la corrida no tiene el respaldo biológico y ético que sí posee la caza, sino apenas argumentos lúdicos que responden a cuestionables cánones estéticos que a más de uno le pueden parecer sádicos, emparentados con un injustificable y patológico encarnizamiento.

Es lógico que el ascenso animalista de que hablábamos haya afectado a la mitología taurina, cuya representación se ahoga en los fluidos sanguíneos, que son corruptores y degradantes. Probablemente, los toros, que ya decaen a ojos vista, desaparecerán por consunción, espontáneamente, porque el espectáculo de la tortura, una banalización de la muerte, resulta un anacronismo insoportable para cada vez más gente.

El debate sobre los toros ya arroja un resultado muy sesgado. Incluso ilustres cazadores han denostado la lidia. Delibes es representativo: “Estuve en los toros —comenta en su diario—. En mi vida he ido una docena de veces. No me gustan. Comprendo que deben tener su duende pero yo no acierto a hacerme con él o él conmigo. Me parece un suplicio organizado y, lo que es peor, coreado. Algunos arguyen que un cazador no tiene derecho a decir esto. A mi entender no hay cosa con cosa. La caza es un deporte; los toros, un espectáculo”.

Los toros fueron proscritos en Cataluña en 2010 (y aunque repuestos por el TC en 2016, nunca volvieron) y acaban de serlo sorprendentemente en Colombia, pocas semanas después de que el ministro de Cultura español cancelara atinadamente el Premio Nacional de Tauromaquia. Pero no serán las normas positivas las que acaben con este vestigio de bestialidad: para entenderlo, basta seguir el rastro de Sánchez Ferlosio… En “Interludio taurino”, una recopilación de piezas del gran autor de “El Jarama”, se ve que en sus años finales confesaba claramente su retractación: “En aquellas fechas —en referencia a los años 80, cuando Miguel Ángel Aguilar le pedía crónicas taurinas para el «Diario 16» que dirigía—, coleándome a mí todavía alguna afición a la fiesta nacional”… Lo que indicaba que ya no tenía ninguna. Eso sí: como coartada de su desdén sobrevenido, Ferlosio la emprendió con “el público” que llenaba las plazas y con los rasgos de “españolez” que destilaban las corridas para justificar mejor su tardío, para algunos, renuncio antipatriótico. 

Para bien o para mal, el mundo ha experimentado en menos de un siglo un retroceso del antropocentrismo y una respetuosa reconciliación del ser humano con la naturaleza de cuyo paisaje forma parte. Los viejos instintos de supervivencia, vinculados a nuestros carnívoros y hereditarios dientes incisivos, ceden a la arcádica armonía de un mundo preocupado por la sostenibilidad del planeta, por la biodiversidad en peligro, por el encaje del ser humano en el delicado equilibrio de la universal coexistencia.

Antonio Papell

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