Resumen del artículo de Federico Aznar Fernández-Montesinos titulado “El populismo como factor polemológico”. Documento de Análisis del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) 52/2026.
La lealtad es un concepto clave para el funcionamiento del sistema. Elementos claves son la justicia y los medios de comunicación que actúan a modo de contrapoderes. La justicia garantiza el correcto equilibrio entre las distintas partes del sistema y su afección a la ciudadanía. Y los medios de comunicación son un mecanismo estructural de contrapeso que posibilita una vigilancia relativamente independiente. Su pluralidad y diversidad sirven a la calidad democrática.
Las democracias liberales tienen la capacidad de reformarse a sí mismas por medios pacíficos, mientras que otros regímenes políticos difícilmente evolucionan y cambian sin conflictos. El ciudadano, a la postre, se declara conforme con todo mientras se le garantice su estatus y nivel de vida.
El populismo entre la demagogia y la representación política
La palabra populismo aparece en la segunda mitad del siglo XIX como traducción directa del término Naródnichestvo que designaba un heterogéneo conjunto de movimientos políticos de la izquierda socialista rusa. Pero, como suele suceder, el término expresa una realidad muy anterior. En palabras de Ernesto Laclau, «el populismo es solo una forma de construir lo político».
Este término, que encaja perfectamente en la posmodernidad, ha evolucionado adquiriendo connotaciones peyorativas, aun dentro del espectro de opciones que ofrece una palabra muy polisémica y de gran ambigüedad conceptual. De hecho, se ha transformado en una etiqueta con la que descalificar a cualquier adversario político (Ahedo, 2023).
Desde esta perspectiva, es una expresión de degeneración, una corrupción de la voluntad general roussoniana, aunque se enuncie como su realización. Se está ante una propuesta sustancialmente antiliberal o iliberal. Pero es que el populismo cuenta con una notable transversalidad o polivalencia.
De hecho, es básicamente un concepto retórico, una metodología o estrategia y no una ideología. Por eso, como subraya Vallespín y enfatiza Areilza, es más fácil usarla como adjetivo que definirla como sustantivo. Con todo, resulta particularmente adecuada para las posiciones extremas dada la gran fuerza comunicativa de que disponen por su aparente congruencia; esto hace que los matices pierdan relevancia. Su concreción es así un cajón de sastre.
Se puede romper el contrato social
Con todo, el eje izquierda y derecha, clave de bóveda de la política desde el siglo XIX, parece estar agotado; ya que, con la crisis del Estado del Bienestar, el consenso en torno al Estado Social y Democrático de Derecho comienza a tambalearse y hasta se puede romper el contrato social que había regido Europa durante los últimos decenios.
En cualquier caso, la impronta plebiscitaria del populismo supone una apelación al pueblo que hace que se tenga por una expresión de democracia directa en la que llega a enmascararse. De hecho, al ofertar soluciones simples para atender problemas difíciles y complejos consigue politizar cualquier malestar social.
Para el populismo solo hay un sujeto colectivo con voluntad y, en esta lógica, las instituciones de la democracia liberal (constituciones, derechos, parlamentos, los medios de comunicación o un sistema judicial independiente) son positivas si se subordinan al «poder popular»; pero negativas cuando limitan su soberanía (Gratius y Rivero, 2018). El poder actúa entonces libre de frenos.
El populismo, amparado en esa legitimación, no reconoce ningún tipo de limitación, organizativa, procedimental o de cualquier otro signo, incluso ideológica o del conocimiento. Se presenta como la única ideología válida y hasta posible. Por eso, es no solo iliberal, sino también antipluralista, antiélite y antiexpertizaje (Gratius y Rivero, 2018). Se caracteriza por su capacidad de movilizar y conectar emocionalmente con las masas, apelando a sus prejuicios y aspiraciones. Solo existen líder y pueblo. Esto supone una regresión psíquica e intelectual toda vez que implica la primacía de lo emocional sobre lo racional.
Eso es justo lo que ha hecho el presidente Trump
A resultas, hay más ejes que el económico con los que se puede organizar la hegemonía. El presidente Trump ha sido capaz de agrupar diferentes nichos sociales dispersos y cuyas demandas va combinando sucesivamente. Estos van desde tecnócratas hasta colectivos obreros pasando por grupos de expatriados de diferentes nacionalidades y eso junto con el clásico votante WASP republicano.
Todos estos se encuentran unidos por el nacionalpopulismo y la búsqueda del beneficio económico. Pero, lógicamente, no pocas veces plantean demandas incongruentes entre sí. De esta manera, articulando tales colectivos, logra realizar una apelación al pueblo, pero, al mismo tiempo, puede llevar a este a obrar contra sí mismo, esto es, contra sus intereses profundos y reales. Y, como consecuencia, se deja, como pelos en la gatera, a las instituciones que sirven de contrapeso del poder, a cuya credibilidad daña traicionando las bases democráticas y faltando a la lealtad debida.
La estrategia populista pasa por el tensionamiento extremo del sistema. Para eso recurre a la sobre simplificación de la realidad, a la división social, la demagogia y el autoritarismo. Y la clave de todo es la comunicación.
A diferencia de otros partidos políticos, los populistas no están sometidos a ideologías, pues su objetivo principal es llegar al poder primero y mantenerse en él, después. Sin líderes populistas, los populismos no son efectivos y quedan relegados a los márgenes del sistema (Torre, 2022).
Con el fin de la Guerra Fría, la democracia representativa entró en crisis
Esta es, en parte, resultado de un proceso de adopción de consensos que ha reducido el espectro del espacio político al entregar lo consensuado a lo técnico. Está en relación con el crepúsculo de las ideologías. Visto de este modo, el populismo no es una causa de tal crisis de legitimidad sino su resultado. Esta despolitización de la política es la que Žižek, en 1999, denominaba pospolitica. Con ello, la política ha dejado atrás las viejas luchas ideológicas para encubrir lo que ha pasado a ser un régimen técnico de administración.
Christian Salmon, en 2007, se refería a la pospolítica como la política de la posverdad. Esta trata de crear o modelar la opinión pública actuando más sobre las emociones y las creencias personales que sobre hechos objetivos. Para ello, utiliza preferentemente los sentimientos que Moïsi identificara en su relación con la confianza: miedo (ausencia de confianza), esperanza (la expresión de la confianza) y humillación (la confianza herida), y con ellas articula el discurso. Y los manipula con objetivos no explícitos. La desinformación se convierte así en la savia de esta concepción despolitizada de la política.
Esta se sirve de las redes sociales, de una población con acceso a la información, pero con tiempo limitado para su análisis y aun sin la formación precisa. Y también ha cambiado su origen. Así, el término agitprop, agitación y propaganda, era una estrategia política de la Revolución Rusa.
Si pensadores como Chomsky o Derrida eran por tradición definidos como «alternativos», ahora lo alternativo, precisamente, se ubica en el poder. Y eso es novedoso. El poder ahora, desde esta concepción de la política, hace agitprop y también es «alternativo».
Medios y redes sociales en la era de la información

Los medios de comunicación son clave en democracia. El vasto espacio virtual ha sido cercado y loteado por un oligopolio de compañías digitales (Merchan, 2017). Además, el patrón de comunicación se ha transformado radicalmente. Las redes sociales son el eje del «ecosistema de información» del siglo XXI. Estas son espacios en las que los usuarios encuentran una relativa homogeneidad y, por ello, las ideas y creencias se igualan con independencia de su origen y calidad. Las redes permiten, además, y en estas condiciones, unos mismos espacios de interacción entre colectivos físicamente dispersos hasta hacer de Internet un espacio de aglomeración pública, una «multitud online» permitiendo una suerte de e-democracia
Populismo y redes sociales se retroalimentan mutuamente. Las redes sociales favorecen el surgimiento de los movimientos populistas, y estos han contribuido a hacer de las redes un espacio de movilización política (Gerbaudo, 2023). Estas sirven para la difusión de mensajes negativos y simples útiles desde la perspectiva de la comunicación política y que favorecen a la polarización. A ello ayuda la propia estructura de las redes y el modelo de negocio subyacente.
La verdad y la lucha por el control de la agenda informativa
En la posmodernidad, lo emocional prima sobre lo racional. La verdad no queda consignada al hecho, sino también a los sentimientos que suscita o a las adhesiones que provoca. Y eso cuando el poder no se mide según el patrón de riqueza y el intercambio de bienes, de hecho, no se da ni se intercambia, sino que se ejercita; no existe más que en acto y es «productor» de saber y de verdad (García y Vidarte, 2009: 199).
Como decía Michael Foucault, «estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de la verdad» (Foucault, 1979: 140). Es decir, el que tiene el poder tiene la verdad y no es una cuestión menor pues la recíproca también es cierta: quien tiene la verdad, tiene el poder.
El populismo trata de hacerse con la agenda política. Tal cosa pasa por hacerse con la agenda informativa en la medida en que esta es expresión de la realidad social, de la verdad. Haciéndose con ella, toma también el poder. Y las fronteras no son un obstáculo para tal estrategia.
A ello se suma que la cobertura informativa que ofrecen los medios atiende a aquellos sucesos que representen una cierta ruptura y los mensajes populistas, emotivos y disruptivos, lo son.
El pueblo no quiere tanto pensar como confirmar lo que ya piensa. Aunque la difusión de conocimientos es mayor en el siglo XXI, la calidad media de la información es inferior. El resurgimiento del populismo a nivel global ha coincidido con la proliferación de desinformación. En fin, desinformación es todo lo que dificulte la utilización correcta de la información disponible. La desinformación afecta a los cimientos de la democracia al alterar su base, pues esta se sustenta sobre las decisiones pretendidamente libres e incondicionadas de los ciudadanos.
Las fake news o la posverdad incorporan algún tipo de beneficio toda vez que su fabricación es onerosa económicamente. Para combatirlas es imperativo comprender sus razones e identificar a la fuente que las ha estimulado. Como ya apuntaba Derrida: «Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la finalidad del mentiroso».
Noticias falsas, bulos, ha habido siempre en la historia de la humanidad. En eso no hay nada nuevo. La auténtica noticia es, en realidad, la facilidad y profundidad con que ahora penetran en la sociedad de la mano de las tecnologías de la información y el carácter masivo o estratégico de ello. La desconfianza que provoca sirve a la deconstrucción de las sociedades. Todo esto es antiguo. La novedad se encuentra en el aparataje técnico de que se la ha dotado. Además, la ausencia de una labor de cribado en las redes sociales hace que el usuario sea el único juez de la veracidad de las noticias. Y eso cuando no pocas de estas noticias son auténticos productos de ingeniería social.
Lo importante es centrar o descentrar el debate. Y es el hombre, y no los bots, el principal responsable de la viralidad de las noticias falsas. Y esto no puede resultar extraño, para eso han sido construidas (Vosoughi, Roy y Aral, 2018). Pretende servirse de periodos de tensión social para conseguirlo. Uno de estos periodos es, sin duda, las elecciones. Estas escenifican una polarización inexistente de la que se deduce una quiebra social. Un momento así permite golpear eficazmente la juntura entre la sociedad y las instituciones, cuando su debilidad es acentuada. No se trata tanto de apoyar a tal o cual candidato considerado más favorable, que también; sino, ante todo, de cuestionar el marco, de hacer dudar a la comunidad, de resaltar las contradicciones e insuficiencias del sistema debilitándolo. Se busca atentar contra el sentido de la seguridad de la sociedad y con ello en la confianza, eje como se ha visto de la propuesta emocional de Moïsi.
Con la desinformación se logra también neutralizar el carácter de cuarto poder de los medios de comunicación social debilitando los equilibrios de la democracia al hacerlo. Se está ante un elemento clave de no pocas estrategias populistas con las que se allana la relación directa del líder con el pueblo y se elimina o limita un mecanismo de oposición a sus propuestas. Y no son cuestiones menores toda vez que su regulación afecta al acervo de Occidente. Pero es que los medios en el plano internacional históricamente se han utilizado para eso, para interferir.
Como ejemplo, referir la suspensión de medios de información tan relevantes como Russia Today y Sputnik News, a instancias del Consejo Europeo al poco de la invasión de Ucrania en 2022. Esta fue posteriormente ratificada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, toda vez el evidente alineamiento de las noticias de ambas cadenas con las tesis sostenidas desde Moscú y su capacidad de influencia sobre una opinión pública que podían alterar en beneficio de un Estado extranjero.
Populismo y relaciones internacionales
El auge del populismo está asociado a la crisis del modelo democrático como consecuencia del crepúsculo de las ideologías y la pospolítica. De ello, trasladado a escala mayor, se ha derivado la puesta en cuestión del orden liberal a nivel nacional, primero, e internacional, después. Tal cosa se materializa en el choque entre regímenes liberales y otros iliberales —así como entre democracias y dictaduras— que han trasladado la pugna a escala global. En fin, la política exterior de un país resulta una continuación de su política interior y, por tanto, es indisociable de esta. Y más en una democracia en que esta especialmente llamada a su continuidad y congruencia.
Pero sucede que, a veces, la política exterior de un concreto país se pone al servicio no tanto de sus intereses o valores, como de la agenda interior de un líder populista y de su interés personal. A resultas, una política de Estado puede experimentar todo un quiebro incongruente y, por ello, de difícil predictibilidad. Esto, o su sola posibilidad, genera incertidumbre a nivel global.
El nacionalpopulismo
El populismo se encuentra, no pocas veces, en íntima relación con el nacionalismo. Estos son conceptos sin duda distintos —ambos incompletos o porosos—, pero no completamente independientes entre sí. Comparten no pocos valores comenzando por la naturaleza emocional, cuando no anti racional.
No en vano, el nacionalismo, «la ramita torcida» de Schiller, es una ideología de la identidad, esto es, encuentra su sustrato en una cierta identidad colectiva. El populismo también pertenece a esta lógica y, por ello, sirve a su articulación. La diferencia entre uno y otro está en que mientras el nacionalismo apuesta por la lógica dentro fuera, el populismo suma a este el enfrentamiento arriba/abajo, esto es, entre el pueblo y las élites (Fernández-García y Valencia, 2022).
Siguiendo está lógica, el «nacionalpopulismo» es un discurso que articula las frustraciones del pueblo-nación en el eje vertical del populismo, es decir, dirige al pueblo contra unas élites ya sean estas nacionales o internacionales. Se hace así referencia a la primacía política de las identidades nacionales en el contexto internacional alineando ambas esferas.

El populismo es así una lógica huésped del nacionalismo pues supone una sobrevaloración de la identidad nacional. Para ello, igualmente, se sirve a la mitificación del pasado y de las tradiciones. Esto explica su naturaleza proteccionista y conservadora. Y su oposición a cualquier proyecto comunitario o lógica multicultural que diluya a la nación.
Antiglobalismo y antiregionalismo
La globalización ha permitido un cambio de orden mundial, en el contexto del cual, se ha producido una pérdida de poder relativo de Occidente como resultado del «ascenso de los demás» del que hablaba Fareed Zakaria. En paridad de precios, según el Banco Mundial en 2023, China era el18,76 % del PIB mundial, EE. UU. el 14,8 % y la UE el 14,68 %. La suma de los tres es hasta inferior al 50 %.
Hay una reacción contra el sistema de reglas que han propiciado este cambio y se reclama la vuelta a las políticas de poder como forma de superar una tendencia nada conveniente a la que lleva el esquema normativo multilateral actual. El populismo en este contexto geopolítico de pérdida de poder relativo de Occidente puede ser hasta un elemento precipitante. Pero es que también es cierto que la globalización ha provocado una fractura interna en países como Estados Unidos. Esta es fruto de la desigual distribución de los réditos y cargas que la globalización ha traído al país. Ello ha hecho que, para un segmento de la población, sea un foco particular de agravio, y provocado, consecuentemente, movilizaciones en su contra de las que se sirve el populismo.
Los llamados «perdedores de la globalización» denuncian que se ha producido una pérdida de control, pero también de la autonomía del pueblo para fijar la política económica y de empleo nacional. Deducen de ello lo que es, de facto, el secuestro tanto de la democracia como de la propia soberanía nacional.
Porque el nacionalpopulismo también considera que los proyectos multilaterales o comunitarios suponen una merma de la capacidad de decisión del pueblo-nación y, por ello, son una indebida restricción al poder del Estado (Aranda, 2025).
Las tensiones que ello provoca en las organizaciones regionales como la Unión Europea es evidente. La globalización, por más que sea un proceso de racionalización cultural hecho sobre la cultura más fuerte, que es, con todo, occidental, implica un intercambio del que se deduce una mezcla, por mínima que esta sea. Y de ahí, nuevamente, el carácter reactivo y antiglobalizador del populismo, aun en Occidente que es el eje cultural del que se sirve. Igualmente, el populismo se opone a la hibridación cultural que la globalización propugna y, por supuesto, se posiciona contra los flujos migratorios sirviéndose de la xenofobia para fomentar la desconfianza de la población.
Con ello, además, gana apoyos. Y eso, a pesar de que dicha migración —que es un factor de interpenetración y transversal a la lógica dentro fuera— responde a una poderosa demanda de mano de obra por parte de los agentes económicos nacionales, particularmente en Occidente, y que, además, es fruto de los problemas de población que padece, una suerte de invierno demográfico.
Se está ante una forma posmoderna de tribalismo
Esto dificulta cualquier acuerdo global que se pretenda, como, por ejemplo, la problemática de los global commons: el ciberespacio, el espacio exterior, el medioambiente o la alta mar. Es un movimiento de reacción —por lo demás plenamente acorde con la naturaleza hegeliana de la globalización— contra lo que se ha denominado compromisos cosmopolitas liberales, esto es, contra la tolerancia cultural y de estilos de vida, la cooperación internacional, los derechos y libertades fundamentales, etc.
Es una reacción «tradicionalista» o conservadora contraria al predominio de los valores posmaterialistas y de corte cosmopolita y liberal (Aranda, 2025). Es interesante traer a colación en este contexto, y como ejemplo, el pensamiento de Alexander Duguin. Este hace una mezcla crítica de liberalismo, posmodernidad y marxismo que entremezcla con el fascismo clásico para extraer de la adición toda una teoría política.
Así, desde la idea de Dasein [existir] que formulara Martin Heidegger pasa de lo individual a lo colectivo, al «pueblo» y de ahí a «nuestro pueblo» (Galcerán, 2022). Un pueblo este, el ruso, amenazado con una misión mesiánica: oponerse al liberalismo global y universalista que está destruyendo el mundo. Ya que, a su juicio, el liberalismo no pertenece al pensamiento ruso y se instala para justificar una sociedad de consumo que nada bueno ofrece, como tampoco lo hacen ni la posmodernidad ni el ecosistema ideológico de la nueva izquierda (Galcerán, 2022).
Estas afirmaciones no son muy lejanas al juicio del presidente Trump sobre Europa. Así, reformula y da coherencia a una alternativa populista hilvanando el presente con las propias tradiciones y la historia.
La frontera occidental de la civilización eurasiática va un poco más al Este de la frontera occidental de Ucrania, por lo que el Estado recientemente establecido es inviable y frágil (Galcerán, 2022)». Esta visión no es propiamente conservadora, sino de corte reaccionario e imperialista.
Sus ideas son la «hoja de parra» que utiliza el presidente Putin para dar cobertura al control interno de un país de baja calidad democrática; pero también para el expansionismo externo. Rusia parece que solo puede existir en la condición de imperio y Duguin la dota de una narrativa acorde.
En fin, el que los partidos populistas sostengan valores y propuestas compartidas —tan relevantes como el propio cuestionamiento de la democracia liberal— actúa como atractor mutuo y, por ende, favorece las alianzas.
Esto es debido a que la propuesta populista, manifestada en clave nacional con expresiones como America First, viene a subrayar un uso pleno e irrestricto del poder nacional y la voluntad de hacer, a lo sumo, concesiones transaccionales. Pero, con todo, trasciende el ámbito nacional y busca afinidades ideológicas para forjar alianzas en el ámbito internacional o, incluso, fomenta partidos nacionales de credo similar. El resultado es una cierta convergencia entre líderes populistas de todo Occidente en la transformación de la política exterior. Esta se manifiesta hasta en la creación de grupos parlamentarios que los aúnan y sirven para mostrar un espacio conjunto.
Más aún, los populismos europeos han forjado vínculos con los norteamericanos formando lo que a veces parece, pese a su incongruencia, un frente único. Esto se verá formalmente auspiciado desde la Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana de 2025 en la que, de modo a veces hasta similar a Duguin se llega a criticar el decadentismo de Europa y su pérdida de raíces, en sintonía con la teoría llamada del gran reemplazo —una formulación carente de una base real mínima y, pese a ello, ampliamente difundida por movimientos de corte extremista—, mientras se llama a la cooperación con los «partidos patriotas» para evitarla.
El caso del trumpismo
Las políticas del presidente Trump han recibido, por su singularidad, un nombre propio, una marca, trumpismo. Con ellas, se señalan unos modos particulares de hacer. La razón es que recurren a «hechos alternativos», cuentan con un carácter frecuentemente disruptivo, como lo son también los términos con que se verbalizan —evidentes exageraciones con componentes hiperbólicos—, y hasta la gestualidad que las acompaña —a veces poco acorde con normas de cortesía básicas—.
Con ello siempre pretende escenificar poder. De esta forma, se contesta a la pérdida de poder relativo del país en el contexto de la globalización. Y se hace mediante la teatralización política, pudiéndose componer toda una geopolítica con los casos de falta de formas en la praxis diplomática. En esta línea, se amplifica mediáticamente cualquier decisión para trasladar el poder al ámbito global, creando marca y rentabilizándolo.
Su Estrategia de Seguridad Nacional 2025 —que se aparta de los modelos tradicionales para este tipo de documentos y al que dota de tintes ideológicos— no identifica como enemigos ni a Rusia ni a China sino, de alguna manera, a quien ha sido su tradicional aliado, la Unión Europea, a la que, con todo, no cita.
De hecho, el presidente ya auspició el Brexit durante su primer mandato y ahora promueve políticas de igual signo apoyando a Gobiernos y partidos euroescépticos con los que interactúa y a los que alienta y promociona. Con ello, se puede pensar que trata de fomentar una estrategia de acción conjunta que puede socavar desde dentro lo que Estados Unidos socava desde fuera.
No existen ni pasado ni aliados, solo intereses. Su apuesta por esquemas transaccionales establece un nuevo punto de partida e ignora los beneficios obtenidos en su relación hasta el momento. Busca un nuevo equilibrio en la distribución de cargas, y utiliza las dependencias estratégicas generadas a sus socios en su propio beneficio. Esto debilita a organizaciones internacionales como la OTAN y resta predictibilidad y fiabilidad a la política exterior norteamericana. Pero no se está, ni mucho menos, ante un actor irracional. Tales políticas también obedecen a la necesidad de lo que ha venido a ser denominado Imperial overstrech, esto es, son consecuencia de que su rol como poder global resulta difícilmente asumible.
Así, la deuda pública norteamericana era del 122 % en 2024, lo que le ha hecho al país hasta perder la máxima calificación crediticia. Y la deuda privada fue del 142 %. La suma de ambas es el 264 %, exorbitante cantidad, por lo demás no muy lejana a la china, 287 %, como poco. El núcleo de la controvertida política del presidente Trump está en relación directa con la financiación del país. Tal cosa alcanza desde los aranceles, a los requerimientos a los países miembros de la OTAN de un mayor nivel de gasto militar; los compromisos de inversión en EE. UU. negociados con la UE y otros actores en paralelo a los aranceles; la reestructuración del despliegue militar norteamericano, etc.
Estados Unidos percibe una suerte de decadencia —una vistosa pérdida de su poder relativo— en un mundo ordenado en base a reglas y trata de lograr su recambio toda vez la tendencia resultante. Y eso por más que haya contribuido a su establecimiento y se haya beneficiado de ellas. Por eso ha iniciado un repliegue sobre su propio hemisferio.
El populismo es un factor polemológico en la medida en que los países pueden proyectarse sobre el escenario internacional en base a la agenda del líder populista — que puede ser interior o hasta personalista— con lo que introducen incertidumbres en este. Además, interfiere en las agendas informativas de terceros países para alinearlas con las suyas favoreciendo a partidos que soportan sus tesis.
El mundo se está reordenando por el cambio de los equilibrios de poder y la erosión del derecho internacional. Las reglas que la sociedad internacional se ha dado no pueden impedir estos cambios, pero al afirmar su vigencia y procurar su reforma, si hacerlos más ordenados. Prescindir de ellas, como hace el populismo, provoca que los cambios se desarrollen con una mayor velocidad, que el proceso sea más ingobernable y, hace más probable que, al final, descarrile.

