Salvador Illa felicitado por Pere Aragonés. /foto:EuropaPress
Inmaculada Sánchez
El regreso de Carles Puigdemont tras casi siete años fuera de España ha coincidido, por decisión propia, con la llegada al poder en Cataluña de Salvador Illa. El simbolismo de su retorno, tantos años demorado a la espera de una épica reconquista de la presidencia de la Generalitat, quedará reducido al rocambolesco episodio de su sorprendente e inesperada fuga a la vista de todos. Illa ha sido investido president, el Parlament ya no tiene mayoría independentista, el procés sigue agonizando y Cataluña afronta una nueva etapa de la mano de los socialistas. Pese al show de escapismo en que ha querido convertir su retorno, Puigdemont ya no marca el paso en la política catalana, sea o no detenido en el futuro.
A la hora de escribir este artículo el paradero del expresident catalán continuaba siendo una incógnita. Cuando su nombre fue citado en el Parlament para que emitiese su voto, como había asegurado que haría, solo los aplausos de los diputados de Junts intentaron cubrir el vacío de una figura que empieza a situarse en el pasado, por mucho que su reaparición pública, según dónde y cuándo se produzca, pueda seguir dando mucho que hablar. Con la proclamación de Salvador Illa como nuevo president Cataluña cierra una puerta y abre otra llena de incertidumbres pero también de esperanzas.
Los dos grandes protagonistas de este cambio de ciclo, Pedro Sánchez, de la mano de Salvador Illa, y Carles Puigdemont, con su estandarte de ‘president exiliado’, habían apostado muy fuerte en la larga partida. Quizá demasiado para algunos de sus seguidores.
El catalán había erigido su particular reino en la distancia y había conseguido, con su corte, mantener viva su influencia en la política catalana y española gracias a la protección del acta de eurodiputado que los votos de sus fieles le habían proporcionado. Sus objetivos se han mantenido prácticamente intactos durante esos siete años fuera de España, pese a los cambios en Moncloa y en la sociedad catalana, con un único camino: regresar como president de una Cataluña capaz de doblegar al Estado español, sin trayectos intermedios ni alternativa posible.
Por su parte, Sánchez, echándose a las espaldas al PSOE con sus recelos y resistencias, arriesgó prácticamente todo su capital electoral para desactivar el independentismo catalán a base de perdón y cesiones políticas. La cima a conquistar era la presidencia de la Generalitat para los socialistas y, a través de ella, terminar de desarbolar a los independentistas o, al menos, quebrar la unidad y determinación que les permitió poner en pie el procés con todas sus terribles consecuencias. Por eso la investidura de Illa resultaba tan crucial para Moncloa, pese a que ponga en solfa el apoyo parlamentario de los siete diputados de Junts en el Congreso en lo que queda de legislatura.
Ambos jugadores han librado una larga partida que puede tener ya sentenciado su desenlace final tras la investidura de Illa. El exministro de Sanidad y primer secretario de los socialistas catalanes se comprometió a gobernar para todos tras superar la votación. El periplo judicial de Puigdemont podría convertirse, paulatinamente, en un asunto particular si el expresident cumpliera su palabra de apartarse de la primera línea política si no conseguía ser president de nuevo tras las últimas elecciones. Y no lo ha conseguido. Aunque también prometió acudir al Parlament a la sesión de investidura aun a riesgo de ser detenido y ha vuelto a huir.
“Hemos trabajado juntos en las circunstancias más adversas”, reconocía en un tuit Pedro Sánchez al nuevo president nada más confirmarse su investidura. “Serás un gran president”, le felicitaba. Cataluña y también el resto de España esperan mucho de este vuelco político en la Generalitat. A partir de septiembre veremos si las expectativas se ven cumplidas.

