
El comienzo del curso es un buen momento para elaborar un inventario de los desafíos que tiene ante sí tanto la economía mundial, como las áreas de integración económica y las economías nacionales. Este inventario debe servir para tomar decisiones y actuar. Sin embargo, la observación de la realidad nos hace ver que los problemas son los mismos años tras año y se encuentran lejos de solucionarse. Es la hora de actuar y no se actúa. El siglo XXI está siendo realmente un desastre. Su comienzo no pudo ser peor. En los inicios tuvo lugar la crisis de las empresas tecnológicas, que fue un avance de lo que luego vendría: la crisis financiera de 2008. Cuando ya se estaba levantando cabeza surgió la pandemia en 2020, y tras la recuperación de esta calamidad se produjo la guerra de Rusia y Ucrania, lo que se tradujo, entre otras cosas, en un crecimiento de la inflación.
La crisis de 2008 y las respuestas que se dieron por parte de los organismos, internacionales, la Unión Europea, y las diferentes economías nacionales presionadas por estas instituciones supusieron unos costes sociales elevados. De forma que la recuperación que tuvo lugar supuso crecimiento de la desigualdad y aumento del trabajo precario. Los grandes sufridores con la austeridad impuesta fueron las clases de rentas medias y bajas, mientras que los beneficios crecieron para las grandes corporaciones. Esta realidad apenas se ha corregido. El malestar social creciente y que está generando el ascenso de la ultraderecha tiene una de las causas sin duda en la inseguridad económica que se ha creado fruto de la austeridad, pero que tiene unos precedentes en las políticas neoliberales que se fueron imponiendo desde los años ochenta del siglo pasado.
Lo más grave de todo ello es que tantos desastres no han dado lugar a un nuevo paradigma que cambie drásticamente las reglas de juego. No es que falten ideas y talento, sino que el gran poder alcanzado por las grandes firmas multinacionales impide cualquier tipo de cambio que suponga una disminución por pequeño que sea de pérdida de sus privilegios. En economía no hacen falta solo ideas sino fuerzas sociales que apoyen los cambios, y lo que se está viviendo es lo contrario: un gran retroceso en derechos sociales y un peligro creciente para la democracia. Se asiste a su vez a crecientes guerras, no solamente la de Rusia con Ucrania, sino muchas más que son, sin embargo, las grandes olvidadas. Y lo más horrible de todo, la matanza que está llevando a cabo Israel sobre el pueblo palestino.
La situación de desigualdad a escala internacional, que genera en un polo bienestar, pero en el otro pobreza y hambre, así como la violación de derechos humanos en tantos países con regímenes totalitarios, las guerras, la violencia de género, y el cambio climático, son las causas que provocan que existan millones de desplazados en el mundo. Estas son las razones primordiales de lo flujos de migrantes y de refugiados, y no el “efecto llamada”, que viene repitiendo la derecha española desde hace ya bastantes años, y que achaca a leyes un tanto laxas y a una débil vigilancia de la frontera. Las únicas respuestas que sabe dar la derecha a un problema humano de tanta envergadura es la represión y la violación del derecho internacional, la negativa a la ayuda humanitaria y al derecho de asilo. Los discursos de este verano del Pp resultan nauseabundos. Se quiere acusar a las víctimas de los problemas que padecen nuestras sociedades, como la falta de trabajo y la inseguridad ciudadana, sin profundizar en el análisis de las estructuras económicas que son las que nos pueden ayudar a explicar el drama que padecen millones de personas.
Los retos son de gran envergadura, a los que hay que añadir la gravedad del cambio climático, y, por tanto, no valen parches ni políticas neoliberales para combatir la desigualdad dentro de los países y a escala internacional, así como la degradación ecológica. Hay desde luego propuestas diferentes a las ortodoxas, como expone Pere Rusiñol en el artículo “Un programa solvente cocinado a fuego lento” en Alternativas económicas, septiembre 2024. El autor se centra en varios economistas, Thomas Piketty, su discípulo Gabriel Zucman, Mariana Mazzucato, Esther Duflo, Kate Raworth, y Stephanie Keelton. Termina diciendo algo muy significativo: “El programa económico solvente alternativo a la ortodoxia neoliberal parece listo, y cuenta con muchas aportaciones que han pulido en la última década los mejores economistas que alcanzaron la madurez investigando los estragos de la Gran Recesión. Ya solo faltan gobiernos que se atrevan de verdad a implementarlo”.
Sobre esto también escribí en El Siglo tres artículos “la alternativa para el cambio del orden económico internacional” 21 de febrero, 5 de marzo, 19 de marzo de 2020, en los que tuve en cuenta cuatro propuestas de Dani Rodrik, Joseph Stiglitz, Mariana Mazzucato y Thomas Piketty. Hasta ahora, ningún gobierno las ha puesto en marcha. A pesar de ello hay que seguir haciendo propuestas, y en este sentido resulta muy esclarecedor el artículo de Rodrik “Los límites de la gobernanza ante el reto de rediseñar la economía global” (Anuario Internacional CIDOB 2023) en el que plantea una globalización más modesta, pero mejor diseñada y en el que concluye: “Ahora bien, este escenario deseable parece que se aleja cada día un poco más, a medida que las naciones reaccionan de forma exagerada ante los desafíos geopolíticos. Hasta hace muy poco, seguíamos obcecados en el error de permitir que fueran los bancos y las empresas multinacionales los que elaboraran las reglas de la globalización, y ahora corremos el riesgo de ceder ese mismo poder a los aparatos de seguridad nacional de las grandes potencias. Si en el estadio anterior fueron nuestro tejido social y nuestra política interna los que pagaron el precio, en la actualidad lo que está en juego es, además, la paz global”.
Así que ideas no faltan. Los gobiernos progresistas tienen una buena cosecha con la que alimentarse. El problema es si pueden hacer los cambios necesarios habida cuenta de la situación de las fuerzas económicas poderosas que son las que más influyen en la toma de las decisiones. De hecho, por lo que concierne a la lentitud con que avanza la marcha de la lucha contra el cambio climático resulta muy explicativo el artículo de Michael Roberts:” Luchar contra el cambio climático no es, simplemente, rentable (Sin Permiso, 27/06/224). En fin, así están las cosas. No corren vientos favorables para el cambio, aunque este sea cada vez más necesario si no queremos caer en el abismo.
Carlos Berzosa

