Manuel Espín
Frente a la denominación de ‘Siglo de Oro’, la ‘plata’ se utiliza para enmarcar a una generación artística española de una época, la de las primeras décadas del XX hasta la guerra civil. Esta producción de la Ópera de Oviedo y el Cervantes de Málaga que el Teatro de La Zarzuela acoge en Madrid hasta el 1 de febrero inclusive se centra en dos obras de temática dispar, un par de óperas: ‘Goyescas’ de Enrique Granados con libreto de Fernando Periquet (estrenada en 1916) y ‘El retablo de Maese Pedro’ historia y música de Manuel de Falla, que vio la luz en 1923.
Paco López como director escénico, autor de la dramaturgia, escenógrafo e iluminador desarrolla una idea original. Una fiesta en el estudio-residencia de Ignacio Zuloaga en París donde se representan, en lo que va a constituir en ambos casos una especie de ‘teatro dentro del teatro’.
Solo que en esta ocasión Paco López la enmarca en una Europa bajo el peso de los fascismos. El primero de los actos se abre con imágenes de soldados nazis en la capital de Francia, el segundo con la entrada de las tropas de Franco en Barcelona y Madrid tras haber ganado la guerra, el canto de ‘Cara al sol’ y un fragmento de discurso del ‘Caudillo’ donde reclama la identidad totalitaria del régimen.
En un mismo espacio escénico, ‘La edad de plata’ reúne a personajes como los propios Granados y Falla, a los que se hace decir un diálogo, y a invitados como Stravinski, Picasso, La Argentina, bailaora, Paul Valery, aristócratas, artistas y socialités de la época, que asisten en primer termino a una representación de ‘Goyescas’ que rememora una España idealizada de Goya, con un marcado contraste entre los personajes de principios del XIX y los de los años 20/30 del XX a través de un elegante vestuario de Jesús Ruiz.
Mientras ‘El retablo…’ se apoya basicamente en el video donde se cuenta con la estética del último cine mudo un relato cervantino. López, como director escénico y dramaturgo desarrolla que sea el audiovisual quien cuente un argumento que en su origen apenas estaba esbozado dramaticamente por Falla al tratarse de una especie de pantomima musical. En varios momentos los artistas líricos sobre el escenario interactúan con el audiovisual, en lo que constituye un buen uso cruzado de las tecnologías.
Destaca un factor llamativo en esta producción que homenajea a esa generación artística española y se enmarca en el 150º aniversario del nacimiento de Falla: su característica esencialmente coral. Desde la perspectiva lírica hay un eficaz reparto en su mayor parte de figuras a las que se ha podido ver en La Zarzuela en otras ocasiones.

Como en ‘Goyescas’ con Raquél Lojendio (Mónica Conesa en el segundo reparto) en el papel de ‘Rosario, la aristócrata’, Alejandro Roy (Enrique Ferrer) en ‘Fernando’, César San Martin como ‘Paquito’ y Mónica Redondo en ‘Cepo’. Y en ‘El retablo…’: Fernando Bullón (‘Don Quijote’), Pablo García-López (‘Maese Pedro’) y Lidia Vinjes-Curtis (‘Trujamán’). Hay que destacar la aportación del Coro Titular de La Zarzuela dirigido por Antonio Fauró, o la actuación de distintos actores de texto que dan vida a variados personajes reales.
Preciso subrayar el gran trabajo de las coreografías de Olga Pericet, que es hoy una de las estrellas dentro de las autorías dentro de la danza española, ejecutadas por un amplio grupo de bailarines masculinos y femeninos de una gran brillantez.
Destaquemos lo bien resuelto desde el punto de vista coreográfico de escenas como la recreación de ‘El bateo’ de Goya; aunque la acumulación de artistas en escena dentro de un decorado sin gran profundidad de espacio merma la exposición de esos momentos de baile que brillan por si mismos.

Álvaro Albiach al frente de la dirección musical y de la Sinfónica de la Comunidad de Madrid da la justa medida a unas partituras que se adscriben en Granados a un naturalismo sinfónico muy propio de su época cargado de colorismo españolista y en este Falla a un entronque con una modernidad cercana a la sensibilidad musical de las primeras décadas del XX. Aunque en este caso se trate de un espectáculo fundamentalmente coral, donde el director escénico conjuga los más dispares elementos en un mismo espectáculo con intención de homenaje.

