Rocío de los Reyes Ramírez Analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Documento de Análisis IEEE 75/2024 titulado “Más allá del terreno de juego: La batalla por la influencia global en el siglo XXI”
Resumen
Actualmente, el deporte es una herramienta esencial de soft power. Países emergentes y potencias utilizan megaeventos como los Juegos Olímpicos y la Copa Mundial para proyectar prestigio y estabilidad en un mundo globalizado. El deporte trasciende lo competitivo y se consolida como una plataforma clave para la proyección de poder y la negociación de influencias.
Durante la Guerra Fría, los Juegos Olímpicos y otras competiciones deportivas se convirtieron en campos simbólicos de confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que aprovecharon estos eventos deportivos como una plataforma ideológica, política y propagandística para demostrar su poderío y presentar sus sistemas económicos y políticos como los más exitosos, buscando establecerse como modelos a seguir para el resto del mundo.
De igual modo, los boicots deportivos a gran escala se convirtieron en una poderosa herramienta política durante la recta final de la Guerra Fría, ejemplificando, una vez más, la intersección entre la política y el deporte. Más de treinta países africanos boicotearon los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 por la participación en la cita de Nueva Zelanda tras jugar un partido de rugby en Sudáfrica, nación que estaba vetada por practicar el apartheid.
Años más tarde, Estados Unidos encabezó un boicot de 60 países a los Juegos de Verano de 1980 en Moscú para protestar contra la invasión de Afganistán por la Unión Soviética; en respuesta al boicot estadounidense, la Unión Soviética decidió no participar en los Juegos de Los Ángeles 1984, justificando su no asistencia con el argumento de que las medidas de seguridad no les ofrecían suficientes garantías.
Asimismo, el Mundial de Fútbol de Argentina de 1978 fue utilizado por la dictadura de Videla como una herramienta para proyectar estabilidad y orden, a pesar de la represión brutal existente en el país. … ¿Qué no ocurrirá en el mundo global actual?
La relación entre deporte y geopolítica es más fuerte que nunca. Los países utilizan el deporte no solo como una herramienta diplomática, sino también como un reflejo de sus aspiraciones globales y su capacidad de influencia. A través de eventos deportivos, las naciones negocian poder, construyen imagen y, en algunos casos, evitan conflictos mayores.
Diplomacia deportiva, herramienta de influencia política
La diplomacia deportiva se ha consolidado como una herramienta clave para construir puentes entre países, especialmente en situaciones de conflicto. La política ya no es el único instrumento de poder en las sociedades actuales; han surgido nuevos actores que, en ocasiones, poseen una capacidad de influencia superior a la de los propios Estados, quienes poseían el control del mundo, país o empresa, ahora deben compartirlo con otros, que los desafían, en el ámbito político, empresarial o social.
La diplomacia deportiva se basa en la idea de que el deporte tiene la capacidad única de trascender fronteras políticas, culturales y sociales, ofreciendo un espacio neutral para el diálogo y la cooperación. A diferencia de los canales diplomáticos tradicionales, que pueden estar sujetos a tensiones y rivalidades, el deporte ofrece un lenguaje universal que puede suavizar las diferencias y crear un terreno común.
En este entorno dinámico, los deportistas internacionales pueden emplearse para aumentar un mensaje de política exterior; las relaciones diplomáticas complejas pueden salvarse a través del deporte o incluso, como ocurrió con la prohibición impuesta a la Sudáfrica del apartheid, el deporte puede utilizarse como herramienta punitiva.
La diplomacia deportiva se ha convertido en un espacio institucional más amplio incluso que las Naciones Unidas, actualmente, el Comité Olímpico Internacional (COI) cuenta con 206 Comités Olímpicos Nacionales frente a los 193 Estados miembros de la ONU. Esto se debe a que el COI reconoce como participantes olímpicos a territorios que no son Estados soberanos (miembros de la ONU) como Puerto Rico, Hong Kong y territorios como Palestina y Kosovo. Esto refleja la apertura del COI hacia regiones con identidad deportiva propia, más allá de las divisiones políticas internacionales.
LA FIFA agrupa a más países que la ONU
Lo mismo ocurre con la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), que agrupa en su seno a más países que la propia ONU, pues reconoce selecciones independientes como Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte. Este dato merece cierta reflexión, y explica el reconocimiento la capacidad del deporte como potencial herramienta para el desarrollo y la paz.
Un caso ejemplar de diplomacia deportiva fue la colaboración entre las dos Coreas durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 en Pyeongchang, donde compitieron bajo una bandera unificada y formaron un equipo conjunto de hockey femenino.
Esta conformación de un equipo conjunto de hockey femenino entre las dos Coreas no solo simbolizó un avance hacia la reconciliación mediante el deporte, sino que también marcó un hito en la apertura diplomática de Corea del Norte. La presencia de Kim YoJong, hermana del líder norcoreano, en los Juegos Olímpicos fue interpretada por muchos analistas como un gesto inédito de acercamiento y voluntad de diálogo entre el aislado régimen norcoreano y Corea del Sur, algo que no se había visto en décadas.
Otro ejemplo fehaciente es el intercambio diplomático sobre críquet entre India y Pakistán, donde este deporte ha representado un papel fundamental en las complejas relaciones entre estos dos países, marcadas por décadas de tensiones políticas, conflictos fronterizos y diferencias religiosas.
Desde la partición del subcontinente indio en 1947 en una India de mayoría hindú y un Pakistán de mayoría musulmana, ambas naciones han librado cuatro guerras. Sin embargo, el cricket ha demostrado ser un medio para aliviar temporalmente esas tensiones, sirviendo como un puente que une a sus pueblos más allá de sus diferencias.
En 2004, tras la crisis de Cachemira que dejó a ambas naciones al borde de la guerra, una serie de partidos de criquet promovidos por ambos gobiernos ayudó a reducir la tensión y permitió la apertura de negociaciones sobre seguridad y fronteras. A pesar de los atentados terroristas de 2008 en Bombay, que llevaron a la suspensión del diálogo de paz, el deporte volvió a servir como herramienta diplomática.
En 2011, durante la Copa del Mundo de Criquet, el primer ministro indio Manmohan Singh invitó a sus homólogos pakistaníes, el presidente Asif Ali Zardari y su Primer Ministro Syed para ver juntos el partido de semifinales en la ciudad india de Mohali, situada en el estado de Punjab. Este gesto simbólico contribuyó a restablecer las conversaciones de paz, suspendidas desde 2004, y a mejorar las relaciones bilaterales. En un acto de buena voluntad, Pakistán liberó a un ciudadano indio que había estado encarcelado durante 27 años.
Un ejemplo claro es el fútbol, que ha servido para abordar problemáticas políticas y sociales. Tal fue el caso del partido Turquía-Armenia en 2008. Uno de los principales puntos de fricción en la actual guerra verbal entre Turquía y Armenia es la negativa turca para reconocer el genocidio armenio, que se cobró la vida de 1,5 millones de personas durante la Primera Guerra Mundial.
En 2008, las dos selecciones iban a disputar un partido de clasificación para el Mundial, y el presidente turco aceptó una invitación del presidente armenio para verlo juntos. En otro gesto de buena voluntad, Armenia flexibilizó las restricciones de visado para que los aficionados turcos pudieran acudir también al partido en Armenia.
La FIFA, como principal organismo del fútbol mundial, ha demostrado que este deporte puede ser un poderoso instrumento para promover la unidad y combatir la discriminación. Mediante iniciativas como las campañas Say No to Racism, lanzada en 2002, y Football for Hope en 2005, la organización se ha esforzado por erradicar el racismo y fomentar la inclusión tanto dentro como fuera de los estadios.
El Mundial de Fútbol de 2010 en Sudáfrica fue un símbolo de cómo, a pesar de un pasado marcado por el apartheid, el país logró unir a personas de todas las razas en torno al fútbol. La elección de Sudáfrica como sede del Mundial reflejó un voto de confianza en su capacidad para dejar atrás un pasado marcado por profundas divisiones raciales.
El fenómeno del sportswashing
Sin embargo, este mismo poder también puede ser utilizado con fines menos nobles como el sportswashing, un término que hace referencia al uso de grandes eventos deportivos, equipos de élite o patrocinios deportivos para desviar la atención de violaciones a los derechos humanos, corrupción o represión política, y así proyectar una imagen más positiva ante la comunidad internacional.
Uno de los ejemplos más notorios de sportswashing es el caso de Arabia Saudí, que intenta reconstruir su imagen y prepararse para un mundo sin petróleo, siendo el deporte un elemento clave de su estrategia, invirtiendo miles de millones de dólares en organizar eventos deportivos de alto nivel.
Aunque otras naciones han ejercido influencia en el deporte mundial en el pasado, como la Unión Soviética, los países del Pacto de Varsovia y, más tarde, China, compitiendo ferozmente contra las potencias occidentales, nunca se había visto nada tan patente como las vastas inversiones de Arabia Saudí en multitud de deportes diferentes en los últimos años.
Arabia se impone bombardeando con dinero
Desde que el Fondo de Inversión Pública (FPI) de Arabia Saudí adquirió el Newcastle United en 2021, el club ha desembolsado más de 400 millones de libras en fichajes. A nivel nacional, la liga saudí apenas tenía proyección internacional hasta que, en enero de 2021, a la vez que el FPI compró el Newcastle United, los saudíes lanzaron una bomba sobre el mundo del golf al comprometerse a invertir 2000 millones de dólares en una nueva competición llamada LIV Golf.
Después de muchas controversias, el PGA Tour, el principal circuito estadounidense, y LIV Golf llegaron a un pacto, por el que el fondo saudí inyectará 1000 millones de libras (unos 1200 millones de euros) a cambio de dos puestos en la Junta Directiva del PGA Tour, incluido el puesto de presidente.
Con el mismo enfoque, que supone el último paso en la enorme inversión del país en el deporte de élite, Arabia Saudí acogió este año las finales del WTA Tour, el torneo de tenis femenino que reúne a las mejores ocho tenistas del mundo, como parte de un acuerdo de tres años que aumentó el premio en metálico hasta la cifra récord de 15,25 millones de dólares, un aumento del 70% respecto a 2023.
Aunque, desde que se anunció que las WTA Finals se celebrarían en Riad, el debate ha girado en torno a las implicaciones morales y políticas de esta elección. Todo ello, sin mencionar las inversiones en la Fórmula, las peleas de boxeo o la hípica, que siguen buscando mejorar su imagen internacional mientras se desvían las críticas hacia su historial de derechos humanos, que incluye acusaciones de represión a disidentes, discriminación contra minorías y restricciones a las libertades de las mujeres.
Otro caso destacado es el de Catar, que ha realizado una inversión sustancial en Francia desde inicios de la década de 2000. La compra del PSG por 70 millones de euros (una suma ínfima comparada con otras inversiones qataríes en Francia), seguida de otras inversiones más importantes en materia de fichajes, le ha proporcionado un escaparate incomparable para que desde entonces todos los europeos situasen al país en el mapa. Pero después, en el año 2010 fue elegido sede del Mundial de Fútbol en 2022.
A pesar de las denuncias sobre las condiciones de trabajo inhumanas que enfrentaron los trabajadores migrantes en la construcción de los estadios, y las preocupaciones sobre los derechos de las minorías, Catar utilizó el evento para proyectar una imagen de progreso y modernidad. Se calcula que la monarquía del Golfo invirtió unos 220.000 millones de dólares en este magno evento.
Como Catar lava su imagen
La elección de Catar para el mundial fue muy controvertida, las críticas le llovieron a la FIFA, con acusaciones de corrupción en el proceso de selección. Sin embargo, el país logró que el mundo centrara su atención en sus impresionantes estadios y ceremonias, para cambiar percepciones y afirmar su posición en el mundo árabe y más allá, desviando el foco de las críticas.
Precisamente, en un artículo publicado por la Universidad de Copenhague, se analiza si los regímenes autoritarios pueden mejorar su imagen internacional mediante la organización de grandes eventos deportivos, como el caso del Mundial de Catar.
Basándose en encuestas realizadas en Alemania antes y durante el torneo, los autores concluyen que, contrariamente a lo esperado, el inicio del Mundial no mejoró la percepción de Catar entre los encuestados. Sin embargo, sí se observó un aumento en la simpatía hacia el mundo árabe en general. Además, el evento también provocó un incremento en las críticas hacia los medios de comunicación alemanes y el estado de la democracia y la inclusión social en Alemania.
Estos resultados sugieren que, aunque los esfuerzos de sportswashing pueden no lograr mejorar directamente la reputación de un país anfitrión autoritario, pueden generar efectos colaterales como el aumento de la polarización en democracias extranjeras y el fortalecimiento de la percepción positiva hacia su región en general. Por lo tanto, aunque el sportswashing pudiera no funcionar de la forma deseada por los regímenes autoritarios, tiene efectos significativos y complejos sobre la opinión pública en otros países.
Juegos Olímpicos: Escenario global de poder chino
La naturaleza histórica de los Juegos, con raíces que reflejan valores elitistas y una visión occidental del deporte, ha sido motivo de cuestionamientos. Al igual que el hermetismo del COI, percibido como una institución con un carácter poco democrático y transparente.
Los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, marcaron un antes y un después en la historia del deporte y la geopolítica mundial. Representaron la entrada definitiva de China como una superpotencia global, no solo por la magnitud económica y tecnológica de su organización, sino también como una afirmación del régimen político que buscaba legitimar su modelo ante la comunidad internacional.
La ceremonia inaugural, con su meticulosa precisión y despliegue de recursos, fue un mensaje inequívoco de poder y unidad, diseñado para asombrar al mundo y consolidar la imagen de un Estado en pleno ascenso. Sin embargo, este escaparate de modernidad y progreso no estuvo exento de tensiones.
Los Juegos fueron un foco de críticas internacionales relacionadas con los derechos humanos, el control de China sobre el Tíbet y su creciente influencia en asuntos globales. A pesar de ello, la hazaña organizativa y el éxito deportivo, con China liderando el medallero, sirvieron como una herramienta de soft power que reforzó su posición en el sistema internacional.
Boicot USA
La evolución de su papel geopolítico quedó aún más clara en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín 2022, que se convirtieron en un nuevo escenario de rivalidad global, en especial con Estados Unidos y sus aliados.
Washington lideró un boicot diplomático al evento, argumentando “genocidios y crímenes contra la humanidad” en Xinjiang y denuncias de violaciones a los derechos humanos en Hong Kong. Este gesto, apoyado por aliados como Reino Unido, Canadá y Australia, no incluyó la ausencia de atletas, pero sí buscó socavar la legitimidad del evento y la imagen internacional de China.
Por su parte, China respondió con una muestra de su capacidad diplomática, acogiendo a más de 30 líderes mundiales, entre ellos figuras clave como el secretario general de la ONU y el director de la OMS, así como líderes de Europa, Iberoamérica, África y Asia. Particular atención recibió el respaldo de potencias del Golfo, como Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, todos aliados tradicionales de Estados Unidos, lo que evidenció la creciente influencia de Beijing en regiones estratégicas.
El evento también consolidó la alianza entre China y Rusia, simbolizada por la presencia destacada de Vladimir Putin y su encuentro con Xi Jinping poco antes de la ceremonia inaugural. Esta cercanía se tradujo en una declaración conjunta de amistad “sin límites” que reforzó el bloque antioccidental y precedió al inicio de la invasión rusa a Ucrania, subrayando el uso estratégico del deporte como vehículo para posicionar alianzas y desafiar el orden global liderado por Occidente.
Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, celebrados en 2021 debido a la pandemia de COVID-19, reflejaron la interacción entre la gestión de una crisis sanitaria sin precedentes y las dinámicas de poder internacional.
Japón aprovechó los Juegos para proyectar su soft power, presentándose como un modelo de resiliencia y capacidad organizativa en circunstancias adversas. La exclusión de Rusia bajo su bandera nacional, producto del escándalo de dopaje estatal, evidenció cómo el deporte puede ser utilizado como herramienta de sanción política. La participación de los atletas rusos bajo el nombre del Comité Olímpico Ruso representó un delicado equilibrio entre los ideales olímpicos de unidad y las realidades geopolíticas. Asimismo, la competitividad entre Estados Unidos y China trascendió el medallero, convirtiéndose en una demostración simbólica de su lucha por el liderazgo global.
Las narrativas sobre Taiwán, compitiendo como “Chinese Taipei”, y las tensiones vinculadas a Hong Kong reflejaron las disputas sobre la influencia de China en la región24. Paralelamente, las tensiones históricas entre Japón y Corea del Sur también estuvieron presentes, subrayando cómo los Juegos Olímpicos pueden convertirse en un espejo de rivalidades no resueltas.
Rusia excluida de los Juegos Olímpicos de París
En los recientes Juegos Olímpicos de París, la exclusión de las delegaciones de Rusia y Bielorrusia, una medida implementada tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, se convirtió en una de las decisiones más notorias en el ámbito deportivo internacional.
Aunque ciertos atletas de estos países participaron bajo la categoría de Atletas Individuales Neutrales (AIN), esta decisión fue muy criticada por Ucrania y algunos de sus aliados, su presencia estuvo estrictamente regulada: no pudieron competir bajo sus banderas nacionales ni utilizar sus himnos o emblemas, y sus logros no se reflejaron en el medallero oficial. Además, se les prohibió participar en ceremonias de apertura, una medida que subraya el enfoque del Comité Olímpico Internacional (COI) de condenar la agresión internacional sin castigar por completo a los deportistas individuales.
En junio, la ciudad de Kazán acogió los Juegos de los BRICS, una de las alternativas para conseguir que el deporte ruso exista fuera de los marcos internacionales desafiando así el dominio tradicional de Occidente en el deporte. Estos juegos acogieron a los miembros originales del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y a sus nuevos integrantes (Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Argentina, Egipto y Etiopía).
La creación por parte del Kremlin de nuevas instituciones para competir puede verse como aparece ya en el punto 5 de la doctrina Karaganov. Según la lógica de esta doctrina, se trataría de desarrollar instituciones deportivas representativas de la «mayoría mundial», a través de diversos grupos, como en este caso los BRICS.
Otras competiciones internacionales organizadas por Rusia para destacar su influencia en el deporte global y subvertir el orden olímpico han sido los Juegos Mundiales de la Amistad, originalmente planeados para septiembre de 2024 en Moscú y Yekaterimburgo, y pospuestos posteriormente para 2025, y los Juegos del Futuro, celebrados el pasado febrero, un torneo que combina deporte tradicional con altas tecnologías digitales.
En el conflicto entre Israel y Palestina
Sin embargo, en esta estrategia podría verse también un avance consolidado del poder geopolítico en el este, liderado por China y Rusia, que están acelerando la transformación hacia un orden mundial multipolar. Simultáneamente, el conflicto entre Israel y Palestina dejó una marca profunda en la olimpiada de París, ambos países utilizaron los Juegos para impulsar su reconocimiento internacional y aislar diplomáticamente a su adversario.
La delegación palestina solicitó la exclusión de Israel, argumentando violaciones de derechos humanos, una petición rechazada que generó protestas en París, algunas con amenazas de bomba. Esto llevó a un refuerzo de la seguridad para los atletas israelíes, quienes estuvieron protegidos las 24 horas del día ante el riesgo de atentados.
Mientras tanto, la delegación palestina, formada solo por ocho atletas, aprovecho los Juegos como una plataforma para visibilizar su lucha y reafirmar su identidad nacional, especialmente después de que la ofensiva israelí en Gaza afectara gravemente al sector deportivo palestino, destruyendo infraestructuras y cobrando la vida de cientos de atletas y entrenadores.
Como no podría haber sido de otra manera, París 2024 trascendió lo deportivo, convirtiéndose en un reflejo de las fracturas geopolíticas actuales, donde el deporte sigue siendo un espacio dual: un escenario de convergencia y, al mismo tiempo, un campo para disputar narrativas y tensiones globales.
Conclusión: el deporte se ha convertido en un componente del poder estatal
Aunque los eventos deportivos han demostrado ser una plataforma efectiva para fomentar la paz y la unidad, la diplomacia deportiva también puede reflejar las complejidades y contradicciones de la geopolítica global. Desde los históricos boicots durante la Guerra Fría hasta el fenómeno más reciente del sportswashing, en el que regímenes autoritarios buscan legitimar su imagen a través del patrocinio de eventos deportivos, la diplomacia a través del deporte no siempre tiene resultados positivos.
El sector deportivo, cada vez más, se ha convertido en un escenario clave donde los países despliegan sus estrategias de poder blando para obtener reconocimiento y legitimidad en un mundo caracterizado por tensiones y fracturas crecientes. No solo acompaña al poder estratégico tradicional, sino que también puede actuar como punta de lanza de este, permitiendo a ciertos países proyectar una imagen de fuerza y modernidad.
En un entorno internacional donde el nacionalismo resurge y los pulsos de poder son constantes, algunos Estados han optado por utilizar el deporte como una herramienta fundamental para consolidar su posición global, reforzando su identidad nacional y generando beneficios diplomáticos y económicos.
El reconocimiento como potencia ya no se limita únicamente al ámbito militar o económico; ahora, en un entorno de competición geopolítica global, la visibilidad y el prestigio que brinda el deporte se han convertido en un componente indispensable del poder estatal.
Al hacerse un hueco en el panorama deportivo, los países logran no solo mejorar su reputación internacional, sino también atraer inversiones, fomentar el turismo y consolidar su influencia en la arena global. En este sentido, el deporte se ha transformado en un escaparate esencial: ser una gran potencia ahora implica tener una presencia destacada en el ámbito deportivo, completando así el conjunto de herramientas estratégicas necesarias para ejercer un poder integral.
Esta tendencia evidencia que el cambio está en marcha y que, aunque el futuro sea incierto tanto en el ámbito deportivo como en el geopolítico, el deporte continuará siendo un campo de batalla simbólico en la lucha por la hegemonía mundial.
Con estas dinámicas en juego, el deporte no solo refleja la metamorfosis del orden global, sino que se erige como un espacio donde los países despliegan su capacidad para influir y remodelar la percepción internacional, en un intento por redefinir su lugar en el escenario global

