Escrito por 1:49 pm Política

LA FORJA DE ÁNGEL VIÑAS, DESVELADOR DE LO QUE SE OCULTA 

Desde el oro de Moscú a los pactos de Franco con USA que convirtieron a España en un estado cipayo, descubrimientos que cambiarían la forma de entender la República, la guerra civil y la dictadura

José García Abad

Cuenta Ángel Viñas en su libro “La forja de un historiador” (Editorial Crítica del grupo Planeta), que estuvo abocado en 1971 a husmear en archivos para lo que se convirtió en su tesis doctoral y en su primer libro centrados en los antecedentes de una reunión de emisarios de Franco con Hitler en Bayreuth (Baviera), al este de Alemania) en julio de 1936.

Pudo realizar descubrimientos que cambiarían la forma de entender la República, la guerra civil y la dictadura siguiendo un método particular que Viñas describe con la sigla EPRE (Evidencias Primarias Relevantes de Época). 

Llegó a la conclusión de que: “por desgracia, la España de hoy no ha llegado a reconciliarse del todo con su pasado”.

Sostiene que aquí el pasado no terminaba de pasar y en cuyo presente los gobiernos seguían un tanto remisos a reconocer la violencia de lo que algunos continuaban denominando “el anterior régimen”, así como a tomar medidas efectivas para lidiar con sus consecuencias negacionistas, algo particularmente notable durante los años de Aznar.

Su producción historiográfica ofreció dos orientaciones:

  1. Contrastar los mitos franquistas sobre la República en guerra y sus antecedentes, es decir, las “ideas” de creciente “sovietización”, “sometimiento” a las presuntas directrices moscovitas, minusvaloración de la política de no intervención y exageración de la etérea ayuda de las democracias al Gobierno republicano.
  2. La vertiente financiera. El oro del Banco de España como clave explicativa de la gran estrategia republicana.

El oro de Moscú le acompañó por lo menos treinta años 

En 1974 abordó la entonces manida, pero muy desfigurada, cuestión del oro de Moscú, que dio lugar a un libro que fue retirado antes de salir al mercado. 

Ya en la democracia había consenso entre políticos e historiadores de que no había nada que temer de la historia. Una forma de decir que todo estaba atado y bien atado. Viñas, oyendo disertar a unos y otros como doctos académicos, fue calentándose y se atrevió a discrepar. 

Si no había miedo a la historia ¿por qué no lograba acceder a la documentación del oro de Moscú que, se decía, estaba conservada en el Banco de España? 

Le habían estado toreando en él durante más de un año.

Finalmente, el Banco de España accedió a que leyera la documentación de Negrin pero sin hacer fotocopias.

En realidad, el Banco de España había publicado pocos años antes una historia de la entidad. El capítulo dedicado a la República, la guerra civil y parte del franquismo lo había escrito el profesor Juan Sardá Dexeus, un economista catalán pasado a la zona “nacional”, que dirigió el Servicio de Estudios del Banco. 

En el prólogo, fechado en junio de 1970, se decía que no había quedado nada del oro enviado en 1936 a Moscú. Era incluso posible que la República debiese algo a la URSS. 

En 1976 Viñas publicó “El oro español en la guerra civil” que no pasó a las librerías pero que el autor lo remitió a la prensa económica y a altos cargos de la Administración. Viñas contraatacó remitiendo un memorándum al ministro de Hacienda, Rafael Cabello de Alba.

El oro de Moscú le acompañó por lo menos treinta años.

Parecía indudable que la República había podido sostener la contienda gracias al armamento soviético.

Estado cipayo de USA

En 1979, ya en la democracia, publicó Viñas un libro en el que descubrió uno de los temas mejor guardados del franquismo ante la opinión pública española y extranjera: los intríngulis de los pactos secretos con USA en 1953, que situaron a España como un estado cipayo de su protector USA. Franco simplemente cambiaba de protector y pasó de la Alemania nazi a la gran potencia norteamericana.

La clausula supersecreta sobre la utilización bélica de las bases decía: “En caso de evidente agresión comunista que amenace la seguridad de Occidente, podrían las fuerzas estadounidenses hacer uso de las zonas e instalaciones situadas en territorio español como bases de acción contra objetivos militares, en la forma que fuera necesario para la defensa de Occidente, a condición de que, cuando surja tal situación, ambos países se comuniquen, con la máxima urgencia, su información y propósitos. En los demás casos de emergencia, o de amenaza o de agresión contra la seguridad de Occidente, el momento y el modo de utilización de las zonas e instalaciones situadas en territorio español serían objeto de consulta urgente entre ambos gobiernos, y serían determinados a la vista de las circunstancias de la situación creada”.

Abundó nuestro historiador en el estudio de la génesis de los tres convenios firmados en 1953 y se detuvo, en particular, en la famosa nota adicional al artículo 3 del convenio defensivo. Pidió la opinión de Juan José Rovira y Sánchez Herrero, un diplomático clave en la ejecución de los mismos y autor de un estudio titulado: “La revisión de los acuerdos hispano-norteamericanos” fechado el 17 de febrero de 1983 que concluyó de la siguiente guisa: 

“Creo que es totalmente inadmisible y que viola de lleno la soberanía española que los Estados Unidos tengan en su mano la decisión absoluta de utilizar nuestras bases en tiempo de guerra, sin participar siquiera nosotros en la adopción de esta decisión, teniendo que conformarnos con una mera notificación que ni siquiera se establece será por escrito”.

El propio almirante Carrero Blanco se quejó: “Si quisiéramos resumir en pocas palabras el balance de los acuerdos de 1953, desde el punto de vista militar podríamos decir que los americanos han resuelto sus problemas, pero nosotros no hemos resuelto el nuestro”.

Viñas lamenta que el expediente de la negociación militar en 1952-1953 haya seguido cerrado a cal y canto y se pregunta: “Y si no es así, ¿Por qué ningún historiador español o extranjero ha logrado poner sus pecadores ojos en él? 

Viñas se define

No pretende ser mejor historiador que otros. Sin embargo presume que tras cumplir los 81 años que quizás otros no actuen con la misma intensidad: “a) soy muy curioso y no me contento con leer lo que escriben los demás; b) deseo dar un pasito hacia adelante en lo que se refiere al descifrado de un pasado que en su totalidad sigue teniendo parcelas desconocidas o poco conocidas; c) me considero un incansable buscador de EPRE, porque la información todavía no aflorada puede ser la que quizás permita apreciar nuevas vetas de ese pasado aún por conocer; d) quizás por mi larga experiencia como funcionario, a la hora de aconsejar o de decidir sobre papeles, he desarrollado una cierta forma de intuición en mirar lo que pudiera haber habido detrás de los documentos.

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