Escrito por 12:47 pm Cultura

La Historia no es como nos la han contado


Por Ignacio Vasallo.


En su libro ”El amanecer de todo “. Una nueva historia de la humanidad David Graeber y David Wengrow desmontan las teorías evolutivas de la historia. Sus conclusiones se basan en la evidencia arqueológica.

Graeber antropólogo y activista anarquista, fallecido recientemente y Wengrow, catedrático de arqueología nos ofrecen una nueva versión de la historia que no acepta lo que nos han enseñado sobre la evolución social, el desarrollo de las ciudades, los orígenes del estado y la desigualdad.

Las tesis imperantes, las de Francis Fukuyama, Steven Pinker o Yuval Noah Harari no están respaldadas por evidencias arqueológicas, sino que se deben a los dogmas heredados del siglo de las luces. 

La evolución de la humanidad no es la del paso de sociedades simples a complejas sino una historia en la que la diversidad y la complejidad existen desde el principio. La tesis de que la sociedad evoluciona hacia la complejidad es un mito.

Nuestra percepción se debe a las teorías que surgen en el siglo XVIII como reacción conservadora a las críticas de indígenas e intelectuales a la aceptación de que la civilización solo puede avanzar sacrificando o controlando nuestros instintos básicos.  Surge así la violencia que llevó a   la destrucción de algunas culturas, pero no inevitablemente a la creación de otras más complejas, Pero. la violencia no es universal. De hecho, muchas sociedades antiguas fueron pacificas.

El comienzo de la agricultura no fue determinante en la evolución hacia sociedades complejas, el surgimiento de las jerarquías y la aparición de las ciudades y los estados como nos han hecho creer. Las sociedades complejas no son necesariamente desiguales y jerárquicas. En la antigüedad las hubo igualitarias en términos de poder riqueza y género. Para demostrarlo estudian casos de ciudades sin jerarquías sociales, ni templos, ni palacios ni almacenes para el grano excedentario, a través de restos arqueológicos en China, Mesoamérica, Ucrania, el Medio Oriente, el sur de Asia y Egipto. Los humanos vivieron en entidades políticas grandes complejas y descentralizadas durante milenios. Algunas sociedades como Teotihuacan empezaron como asentamientos jerárquicos, pero se hicieron más igualitarias. Otras como Tlaxcala lo eran ya desde el origen.

La conquista de América primero por parte de los europeos y después de ingleses y franceses, marca nuevos paradigmas: los jesuitas en Canadá imponen la fe y el control de los instintos, preocupados por la libertad de la mujer en las culturas indígenas. El mismo concepto de libertad no existía en la Europa anterior a esa época. Los estados modernos deben precisamente su origen a la violencia colonial. Las personas se definen en contra de sus vecinos por lo que se genera un proceso de cosmogénesis que es cuando el conflicto se hace crónico y se genera un aumento progresivo de la agresividad hasta el punto de que el origen del conflicto carece de importancia.

Dedican una especial atención al estudio de diversas sociedades indígenas en América del Norte como los iroqueses o los algonquinos que habían elaborado formas de pensar altamente sofisticadas al tiempo que un buen sentido del humor.

En esas sociedades existían tres libertades  básicas que se han perdido: la libertad de escaparse del entorno, la libertad de desobedecer a la autoridad arbitraria y la libertad de reconstruir la sociedad de una forma diferente. 

Todas sus conclusiones, según los autores, se basan en evidencias científicas, arqueologías fundamentalmente, que han salido a la luz solo solo a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Las teorías que nadan a contracorriente pueden ser fascinantes, si cuentan con una sólida base científica, lo que ocurre en este caso, pero a veces el libro es algo repetitivo por lo que es fácil perder el hilo argumental.

A lo mejor los salvajes somos nosotros, concluyen.

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