Escrito por 8:16 pm Política

La justicia limita con la politización y el culto a los ricos y a la familia real

Capítulo del libro «Todos los sabían. Juan Carlos I y el silencio cómplice del poder«


En mi opinión, la forma más tosca, pero a veces la más efectiva, que utilizan algunos empresarios para conseguir favores de las Administraciones Públicas es el soborno. El país está hastiado de tantos casos de corrupciónpolítica y no confía demasiado en las promesas de regeneración de los distintos partidos.

En principio, hay que reconocer a los jueces de juzgados ordinarios su diligencia, y a veces valentía, conque instruyen o juzgan los casos de corrupción, con frecuencia sin la disposición de medios personales y materiales para enjuiciar casos muy complejos.

También hay que reconocer, yo al menos así lo hago, el eficaz trabajo de algunas dependencias de laPolicía y de la Guardia Civil que, ellos sí, disponen de medios técnicos muy sofisticados para la vigilancia delos malhechores de guante blanco. Cabe, sin embargo, en estos casos la duda sobre la manipulación que puedan ejercer sobre ellos desde el Ministerio del Interior.

Hay que reconocer, insisto, el mérito de dichos jueces, pero cabe preguntarse si luce con tanta brillantez el comportamiento de las altas instancias judiciales o parajudiciales: el Consejo General del Poder Judicial; elTribunal Supremo; el Tribunal Constitucional; el Tribunal de Cuentas del Reino o la Fiscalía General delEstado.

En general, el Tribunal Supremo, el máximo órgano jurisdiccional, en donde recalan finalmente numerosos casos de corrupción, no se deja presionar fácilmente, aunque algunos casos, muy pocos, se han dado en sentido contrario. Otra cosa es que el Supremo, debido a su alta responsabilidad, tenga extremo cuidado en no perjudicar a importantes compañías españolas de gran prestigio internacional, porque repercutiría en los intereses económicos del país.

Uno de los casos más llamativos fue el del Banco Santander, que ocasionó, nada menos, que unadoctrina suprema: «la doctrina Botín». Quizás la importancia del personaje aconsejara al Alto Tribunal estimar que la acusación popular no estaba facultada para sentar a nadie en el banquillo cuando ni el fiscal ni la parte perjudi- cada mantenían la acusación. Emilio Botín había llegado a un acuerdo con sus acusadores, los perjudicados, y ni la Agencia Tributaria ni la Abogacía del Estado se personaban en el caso. La doctrinaBotín tuvo corta vida porque un par de meses después surgió el caso Atutxa que acuñó una sentencia contradictoria.

Justicia politizada y política judicializada

En todos los países se produce alguna contaminación de la activi- dad judicial por la política. En opinión de José Asenjo, director de comunicación del CGPJ: «Hay mucho más de judicialización de la política que viceversa. El problema en este país, como se ve en las encuestas que realizamos en el Consejo de las que se encarga Metroscopia, dirigida por José Juan Toharia, lo que percibe la mayoría de los jueces es que los políticos se abstienen de resolver los grandes temas y prefieren dejarlos en manos de la Justicia y, al final, la justicia se convierte en una especie de tercera cámara. Hemos perdido los grandes consensos del principio de la Transición y cada vez más se deja lasolución de los problemas a lo que digan los jueces».

Coincide con esta visión Eduardo Torres-Dulce, que lamenta que los políticos no asuman susresponsabilidades políticas. «Si dicen —precisa—,“eso que lo resuelvan los tribunales” están llevando esa responsabilidad política al órgano jurisdiccional». Torres- Dulce lamenta que en España se produzcanambos fenómenos con consecuencias deplorables.

Quien ocupó dignamente el delicado puesto de fiscal general del Estado, nombrado por el Gobierno y por tanto expuesto a la contaminación de la que se salvó dimitiendo, cuando, al parecer, se negó a seguir consignas respecto a la cuestión catalana, sostiene que la división de poderes de Montesquieu ha sufrido en la evolución de los regímenes democráticos un progresivo deterioro en beneficio del Ejecutivo. En España, el Ejecutivo ha ido expandiéndose en sus funciones, desequilibrando al poder más importante que es el Parlamento.

Siempre ha habido un interés por parte del Ejecutivo en que las resoluciones judiciales se hagan de acuerdo con los criterios propicios al Gobierno. Esa invasión del Ejecutivo ha llevado progresivamente a que los partidos copen todas las instituciones, lo cual es antidemocrático.

En su opinión la «Enmienda Bandrés» introducida en la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985, por la que se suprimió la elección por la carrera judicial de los doce vocales jueces del Consejo General del Poder Judicial, fue un error [y así lo reconoció el propio Bandrés cinco años después], pues podía llevar a un modelo anticonstitucional al establecer un sistema de cuotas por paridad parlamentaria, lo que ha producido la invasión en la política en el órgano de gobierno de los jueces. Concluye que, por culpade los partidos se ha ido degradando la independencia y autonomía de los jueces y los fiscales y de sus órganosde representación institucional correspondiente.

No obstante Torres-Dulce opina que la politización no es tan exagerada como se dice y que tampoco es exacto que las asociaciones de jueces y fiscales sean partidos políticos. En su opinión, sería muy positivo que los partidos no pudieran participar ni directa ni indirectamente como acción popular, pues no tiene ningún sentido que un partido participe en un proceso judicial.

«Se han producido —lamenta— situaciones chantajistas al intervenir con intereses extrajudiciales. Yo creo que a la acción se le dé una vuelta. No suprimirlo, porque es una forma de participación popular, pero sí que permita una depuración de intereses espurios».

En opinión del dircom del CGPJ, en España tenemos el problema, que no se da en otros países, de la existencia de distintas asociaciones judiciales. En el resto de los países europeos —salvo en Francia donde no está permitida la sindicalización de los jueces, pero sí pueden pertenecer a asociaciones profesionales—, solo hay una asociación profesional que defiende los intereses de los jueces. Aquí solo existía una: laAsociación Profesional de la Magistratura; fue después cuando surgieron las demás.Algunas de ellas están muy identificadas con los partidos: la APM con el PP, Jueces para la Democracia con el PSOE. Si pasamos de la elección parlamentaria a la elección por los propios jueces y son las asociaciones las que ponen a sus candidatos, el ciudadano va a seguir esa politización.

En opinión de José Antonio Martín Pallín se ha abusado de la acción popular, sobre todo por Vox, y antes, por Manos Limpias, pero tiene sus ventajas. La verdad es que mucho material llega desde fuera; son pocos los magistrados que han iniciado por su cuenta investigaciones de delitos políticos y es más que minoritaria la que procede de la Fiscalía o de la Administración de Estado. La mayoría son querellas de acciones populares como la del aborto.

El fiscal general del Estado ganó independencia

La figura del fiscal general del Estado ha ido ganando independencia desde los tiempos en que el Gobierno podía cesarle mandándole su destitución con un motorista hasta que desempeñó este cargo Torres-Dulce. «Yo decidí dimitir —me asegura—. No tuve en ningún momento ninguna presión del Gobierno. El ministrode Justicia era entonces Alberto Ruiz Gallardón, compañero y amigo que sabía cuál era mi posición al respecto. En mi periodo siguió avanzando la Gürtel, la detención de Bárcenas y demás». No me da más detalles, pues está sujeto a la ley de secretos oficiales.

Martín Pallín recuerda cuando trabajaba con Luis Antonio Burón Barba con quien disfrutaba cavilando sobre estrategias. Burón fue un personaje admirable. Miembro fundador del grupo clandestino de Justicia Democrática. En 1981 fue promovido a magistrado del Tribunal Supremo y el 16 de diciembre de 1982 fue propuesto para el cargo de fiscal general del Estado por el ministro de Justicia, Fernando Ledesma, en elGobierno de Felipe González.

En ese cargo destaca su intervención personal en 1983 en el informe del recurso de casación interpuesto contra la sentencia del Consejo Supremo de Justicia Militar en la causa seguida contra los golpistas del 23-F. En 1984 se querelló contra Jordi Pujol y otros dirigentes de Banca Catalana, iniciativa que precipitó su dimisión en 1986. El 8 de mayo de 1986 sufrió un atentado de la banda terrorista ETA, del que salió ileso. Se jubiló el 18 marzo 1987, aunque permaneció como magistrado suplente en la sala de lo contencioso-administrativo del Tribunal Supremo hasta el mismo año de su fallecimiento

Martín Pallín opina que el Gobierno puede instar a lo que puede constituir delito. Recuerda cuando elSindicato de Obreros del Campo (SOC) dirigido por Paco Casero ocupaba fincas y carreteras, el fiscalpropuso que se actuara con severidad. Burón le dijo que no procedía. Como no procedía empapelar a la ministra de Exteriores por asistir al dirigente del Polisario, enfermo. Un acto de política exterior del Gobiernono puede ser nunca delictivo. «A mí —recuerda Martín Pallín— me llegó una querella contra José María Aznar cuando la guerra de Irak. Yo dije:no se preocupen, que lo archivo porque yo que voy a todas las manifestaciones con pancartas contra la guerra, como juez no puedo intervenir sobre la política exterior del país».

¿La Transición pasó por la Judicatura?

Otro límite de la justicia es su reticencia para interpretar la irresponsabilidad del rey en el ámbito de lo político y, en general, a la hora de juzgar delitos del monarca y su familia.

Hay quien explica esta actitud sosteniendo que la Transición no ha pasado por la Judicatura, un hecho que me niegan con vehemencia los magistrados que han tenido la amabilidad de recibirme, incluso los más de izquierdas.

Es especialmente vehemente al respecto Eduardo Torres-Dulce, quien mostró su independencia cuando fue fiscal general del Estado. Esta fue nuestra conversación al respecto:

ETD:Yo llamo Transición a lo que supuso la Constitución española, que representó un pacto para conseguir un Estado de derecho, con división de poderes y demás. A partir de 1978 lo que hacen los tribunales es aplicar la gran norma y a final del año ochenta u ochenta y uno se crea un cuerpo de doctrina muy importante en el quese van resolviendo recursos de amparo y se empieza a llamar la atención a aquellos tribunales que no eransuficientemente cons- cientes de ello. Así que decir que la Transición no ha afectado a la justicia es, como mínimo, inexacto.

JGA: Pero los jueces eran muy franquistas. No nos olvidemos del Tribunal de Orden Público, el siniestro TOP, cuyos jueces siguieron ejerciendo hasta su jubilación

ETD: También eran franquistas los militares, y los políticos… Eso no significa nada. Un juez puede tener laideología que quiera, pero está sometido a la Constitución y, desde 1978, tenían que atenerse a ella; su nivel de impregnación fue desarrollándose progresivamente.

JGA: «Mortis causa», conforme se iban muriendo los franquistas ETD:Todos, incluidos los del TOP, asumieronla Constitución.

Yo, te insisto, no puedo estar de acuerdo en que la Transición no afectara a la Judicatura. Objetivamente, no es verdad. Normativamente, tampoco. Habrá los casos que quieras, pero, en general, a partir de 1978 y de forma muy acusada en los años ochenta, se produce un cambio estructural y de mentalidades en jueces y fiscales. ¿Qué actos contra la Constitución perpetraron esos jueces franquistas?

Probablemente no habrá jueces más progres que José Antonio Martín Pallín que, aceptando que laTransición no afectó a los jueces, extiende las deficiencias de la misma a todos los estamentos sociales.

«La Transición —enfatiza— no afectó a la Judicatura, ni al periodismo ni al Ejército, digan lo que digan; ni a los notarios ni a los registradores, por supuesto, ni a gran parte de la sociedad española. Si se hubierahecho no asistiríamos al espectáculo que estamos vi- viendo. Cuando en noviembre de 1989 me nombran magistrado de la sala segunda, me encontré con uno que había estado en la División Azul y otros como Antonio Huerta y Álvarez de Lara, que eran muy conservadores, pero debo decirte que con ellos tuve menos problemas que con Marchena, que es un genio del mal. Que es como doña Rogelia».

Clemente Auger, crítico con muchos aspectos de la progresía, me aconseja que no le ponga el ejemplo de Alemania donde los nazis cayeron tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Aquí Franco murió en la cama.

«A España —sostiene— le libraron de la guerra mundial los aliados porque les convenía. Aquí laTransición fue un pacto muy amplio en el que entraba que no se tocara la Magistratura… Cada uno es comoes, no es posible ajustar cuentas… Si llegamos a la Transición de la que algunos estamos tan contentos fue por un pacto con los que estaban».

Sostiene Auger que al juez hay que reconocerlo por sus resoluciones, no por su ideología. «Las ideologías—sentencia— son malas, tanto la del progre como la de los conservadores. Ahora no lo sé, pero creo que antes la Magistratura era el resultado de la sociedad española. No creo que al régimen le preocupara la Magistratura… Contaba con el TOP, y fuera. La judicialización de la política es un invento del progre. Ustedno puede desjudicializar; no utilice esa palabra, sino “despenalizar”. Mientras el Código Penal está así no puede usted hablar de desjudicializar».

José Ajenjo niega rotundamente que no haya pasado la Transición por la Judicatura: «Yo creo que decir en 2023 que la Transición no haya pasado por la Judicatura es absolutamente voluntarista. Hay unos cinco mil quinientos jueces en España, la media de edad está en los cincuenta y tantos años.Todos ellos, si no nacidos en democracia, tendrían seis o siete años cuando murió Franco, y que hubieran ingresado en la carrera judicial antes de la aprobación de la Constitución no sé si habrá alguno. Uno de los últimos que ya no está en activo era LucianoVarela, uno de los fundadores de Jueces para la Democracia. No sé si queda alguno más».

En mi opinión, también muy personal, el caso de la Magistratura es diferente al de otros sectores al permanecer en él los jueces que integraron el siniestro Tribunal de Orden Público (TOP), un instrumento de la dictadura.

No es bueno que los partidos se personen en los juzgados

Cándido Conde-Pumpido intentó que los partidos no se metieran en procesos judiciales, que no se convirtieran en acusaciones pidiendo la condena del contrario. La prohibición a los partidos de personarse en los juicios se introdujo en el proyecto para la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que hizo Zapatero, pero no se llegó a aprobar.

Conde-Pumpido propuso al presidente Zapatero y al líder de la oposición, Mariano Rajoy, hacerlo porconsenso. Ambos aceptaban que los partidos están para llevar la política a la calle, al Parlamento, pero no a los juzgados; que no es bueno que se personen en un procedimiento para pedir la condena del adversario. Habitualmente, ni el PSOE ni el PP, desde sus direcciones nacionales, lo hacían, pero no impedían que lo hicieran los cargos regionales que lo utilizaban en sus luchas locales.

Pero la personación o no de los partidos en los juzgados para acusar a sus adversarios es solo unamuestra de la politización de la justicia. El problema que subyace es la militancia de hecho —tienen prohibido afiliarse a partidos— de muchos jueces a los que se les atribuye la etiqueta de progresistas o conservadores. Muchos jueces han cogido su fusil ideológico, un problema que tiene difícil arreglo legal. Solo cabe la esperanza de que, sin renunciar a sus creencias, a las que tienen derecho como todos los ciudadanos, actúen en los juzgados con total independencia. Es un imperativo moral.

No se respeta el espíritu de la Constitución

El más politizado es el máximo órgano de gobierno de la justicia, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), con una mayoría de vocales propuestos por el partido en el Gobierno en funciones.

Una cuestión peliaguda es, reitero, la naturaleza del gobierno de la justicia, del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y del nombramiento del presidente del Tribunal Supremo por este órgano. La Constitución establece que este sea elegido por el CGPJ, y así se hace formalmente, pero no de acuerdo con el espíritu de la Carta Magna. Esta precisa que el Parlamento elige al Consejo y son los vocales los que eligen al presidente de este, pero, en realidad, son los partidos los que lo hacen y ello perturba su funcionamiento.

Es normal que los vocales del Consejo sean elegidos por el Parlamento y no por los jueces, que no deben determinar la composición de un poder del Estado como es el judicial. Lo más democrático es que lo hagan los representantes de los ciudadanos. Sería absurdo que si, por ejemplo, una proporción enorme de los jueces fuera mayoritariamente conservadora y en cambio la sociedad española, a través de su representación en el Parlamento fuera mayoritariamente progresista, tuviéramos unCGPJ que fuese una especie de contrapoder, un sector minoritario frente al conjunto de la sociedad.

Los criterios que se lleven al Consejo tienen que ser los mayo- ritarios de la sociedad. Lo más conveniente es establecer un sistema que no deje participar a las asociaciones profesionales de la Magistratura en la constitución de este. En puridad democrática deben hacerlo los representantes del pueblo en el Parlamento.

El sistema puede funcionar bien si se cumple el espíritu de la Norma Suprema que establece que el Consejo será nombrado por sus vocales que, a su vez, eligen a su presidente, pero lo que sucede es que el Consejo, que debe ser independiente, es controlado por un presidente que en realidad no ha sido nombrado por el Consejo como dice la Constitución, aunque lo sea formalmente, sino pactado por los partidos. Eso es inconstitucional.

La Constitución no dice que lo pacten los partidos, pero siempre se ha hecho. José Luis Rodríguez Zapatero se puso de acuerdo con Mariano Rajoy para poner a Carlos Divar, un nombramiento muy polémico, y Mariano Rajoy acordó con Alfredo Pérez Rubal- caba la designación de Carlos Lesmes.Y como al Consejo se le ha dado un tinte muy presidencialista quien realmente toma las decisiones es el presidente.

Se están cumpliendo los malos augurios

En opinión del director de comunicación del CGPJ la fórmula establecida en la Constitución es muy abierta: al indicar «de la forma que elijan…». El Tribunal Constitucional no decidió sobre la fórmula, pero dijo que valía la de los doce.

Hoy, tantos años después, se están cumpliendo los malos augurios: que se convertiría en un sistema de cuotas. Es verdad que hay unos contrapesos, por ejemplo, el sistema de mayorías necesarias para hacer los nombramientos, pues dentro del Consejo hace falta la mayoría de tres quintos para elegir a cualquier cargo discrecional. De forma que los nombramientos del Consejo ya sí son consensuados. Si repasas los nombramientos que se han producido en este último Consejo, por ejemplo, verás que todos han salido con mayorías amplísimas. Naturalmente, con votos de ambos sectores.

En la opinión, «muy personal» de Asenjo, «el sistema está tocado, porque se ha pervertido por parte de los grupos parlamentarios», pero no es necesario cambiar la Constitución.

¿Es necesario el CGPJ?

Me pregunto si es necesario un órgano de gobierno como el Consejo General del Poder Judicial, si no sería más razonable que, de acuerdo con la división de poderes, el de la justicia, que es un poder de naturaleza diferente, fuera ejercido por cada juez en su juzgado. Personalmente, soy partidario de esta fórmula a la que habría que aplicar alguna forma de institucionalización que no desnaturalizara su esencia. Pero entiendo que la cuestión es muy compleja. De hecho, existe una fórmula próxima a la española, con más o menos poderes, en varios países de nuestro entorno como Francia, Italia o Portugal. Es verdad que un sistema sin un gobierno de los jueces propiamente dicho que reproduce el esquema del legislativo y el ejecutivo, sería muy débil ante la fuerza del Gobierno y de los poderes fácticos.

Predomina la idea de que es preciso un órgano independiente que haga los nombramientos, queestablezca la disciplina etc. Si —entienden— ello depende del ministro de Justicia; si el ministro nombra a los jueces, los sanciona o los asciende, determina quién va al Tribunal Supremo; si un juez teme que puede ser represaliado por dictar una sentencia contraria al Gobierno en un proceso contencioso administrativo, probablemente no actuaría con libertad. Sería el Gobierno quien mandaría en la Magistratura, eliminando a Montesquieu que se inventó el sabio principio de la división de poderes.

Se conforman con la pena de banquillo

En lo que se refiere a la relación entre el jefe del Estado y la Judicatura, parece que esta acepta de hecho, aunque no con su retórica, que no es igual para todos, que unos son más iguales que otros. Incluso a algunos delos magistrados más progres con los que he hablado les parece un milagro que en España, donde el régimen no cayó por una revolución o por las consecuencias de una guerra, como en Alemania o Italia, se pueda hacer pasar por los juzgados a miembros de la familia real, como a la infanta Cristina en el caso Nóos.

Clemente Auger, que se expresa en términos sumamente coloquiales, me dijo al respecto: «No me digas que no hemos adelantado muchos años en España cuando la hija del rey estuvo en el banquillo durante muchísimos días. ¿Tú sabes lo que es la pena de banquillo? Por lo que he leído, yo la habría condenado.Desde fuera el juicio me pareció mal, pero ¿tú crees que una hija de Alfonso XIII se iba a sentar en elbanquillo? A Juan Carlos no le deberían enterrar en El Escorial; por cutre. Un tío que se enamora de Barbara Rey, echando un polvo en un piso del CNI… Lo más grave de todo es que hayamos tenido que soportar que en uno de los sitios más bellos de España, que es El Pardo, tuviera una casa Corinna».

En cambio, a Martín Pallín le pareció el juicio a la infanta Cristina una chapuza, pues ella era la que firmaba todo, y extiende la crítica a la reina Sofía por decir que por qué la infanta no iba a vivir en el palacio de Pedralbes.

Ciertamente con el paso del tiempo la justicia ha cambiado mucho, como ha cambiado la sociedadespañola, a pesar de lo cual, como reconoce Asenjo, la justicia no tiene buena imagen, lo que atribuye alpoco roce de los ciudadanos con ella. «Cuando pregun- tas por la justicia —argumenta— solo uno de cada tres ciudadanos tiene a lo largo de su vida algún contacto con la justicia y la mitad solo uno en la vida. Si preguntamos a un señor de la calle —anota— quién crees que es juez de los que pasan por allí, seguramente te va a señalar a un varón de cierta edad, cuando, en la realidad, la carrera judicial está compuesta por un 56 por ciento de mujeres. Las mujeres son mayoría en diecisiete de las comunidades autónomas, y en la única que no lo son, Murcia, las mujeres son más del 49 por ciento.Y la media de edad es muy joven». Asegura que desde hace años el poder judicial es el mejor valorado en todas encuestas de los tres poderes del Estado, delParlamento y del Ejecutivo, aunque reconoce que en parte no solo por el mérito del poder judicial como del demerito de los otros, de la clase política.

«Cuando le preguntas a un ciudadano por la justicia, en qué piensa —argumenta— el ciudadano que normalmente no va al juzgado, su opinión está muy condicionada por lo que recibe de los medios decomunicación, y los medios se fijan en esos grandes ca- sos. Cuando ves los juicios del Consejo de Europa, puedes observar que las cifras de resolución en España son bastante más positivas que en otros países con sistema judicial parecido al nuestro, un sistema continental, el francés o el italiano». Es verdad que en medio siglo las cosas han cambiado mucho.

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