Escrito por 7:38 pm Cultura

‘LA MADRE’: EL SÍNDROME DEL ‘NIDO VACÍO’.

 por Manuel Espín

 En un espacio escénico casi vacío de insultante fondo blanco una mujer atractiva y entrada en años se revuelve durante la casi media hora que tardan los espectadores en aposentarse en sus localidades. Es una señora joven que evidencia su inquietud, se sienta algunos instantes, se pone en pie con nerviosismo, y acaricia el teléfono con signos de incomunicación: nadie la llama, no hay ningún mensaje o WhatsApp de aviso, nadie parece acordarse de ella a lo largo de unas horas del día que deben hacerse interminables…Cuando el diálogo se inicia, Ana, la madre, se va a enfrentar a todos sus miedos, intuiciones, certezas… 

 Su marido vuelve a marcharse a otro seminario, en Calatayud, de nuevo sola en casa, por mucho que él inste a que ella tenga aficiones  y ‘se entretenga’. La comunicación con él se limita a cruces de palabras bienintencionadas con un terrible espacio vacío…También el de la sospecha: puede haber una o varias amantes, se intuye que él la puede abandonar. Pero, ¿se trata de un hecho real o de suposiciones suyas? 

 Dentro de ese vacío sus hijos tienen vida propia, ya no están en casa de forma permanente y la comunicación tampoco es fácil. Cuando descubre que su hijo está durmiendo en su habitación porque ha regañado momentáneamente con su novia, el cielo parece abrirse de nuevo. 

 Pero es otra expresión del ‘síndrome del nido vacío’, en la que echa en falta a sus hijos. Y se quiere reconciliar con el mayor en un perverso y erróneo juego, intentando pasar de ser la ‘madre’ a la ‘amiga’ o la ‘colega’, algo que el hijo precisamente rechaza, porque no quiere que se disfrace de jovencita y trate de hacerse pasar por un ligue. En ese universo de insatisfacciones, Ana recurre a las pastillas (y quizás al alcohol) para tratar de llenar un ‘tiempo muerto’, el vacío en el que su vida se ha convertido, mientras sueña con nostalgia con la imagen maternal de cuando llevaba a los niños al colegio. 

 Florian Zeller (1979) es un autor teatral francés que en los últimos años ha ido publicando un ciclo teatral donde coincide ‘El padre’ (2012), o ‘El hijo’ (2018) y en la que se inserta esta ‘Madre’ estrenada en diversos escenarios del mundo, vista en España en catalán en otra producción, y ahora en castellano en Madrid (Teatro Pavón) con Aitana Sánchez-Gijón como protagonista. 

 Zeller también director de cine, adaptó él mismo a la pantalla ‘El padre’, casualmente representada estos días en la escena madrileña, y que en 2020 se convirtió en película interpretada por Anthony Hopkins, con un asunto central como la memoria, el pasado, o la pérdida a través de un padre que empieza a ser víctima del alzheimer.

 En ‘La madre’ no hay melodrama alguno, y se resuelven con acierto las transiciones entre el mundo real y el de lo imaginado hasta casi confundirse, junto a los deseos y las realidades. Es el punto más original del texto dialogado con gran sentido de la realidad y sin cargar las tintas en el evidente drama que se expone: una mujer de clase media sin vida propia, que ha renunciado a su autonomía desde el momento en el que se casó, y que pese a su voluntad de sacrificio hacia su marido y sus hijos acaba siendo poco más que un objeto secundario o un decorado en una vivienda familiar.

 Lo interesante de ‘La madre’ es que aunque se contemple desde la perspectiva de ella dista mucho de ser un paño de lágrimas o una autojustificación para un personaje femenino cargado de ambivalencia, que por una parte es la persona entregada al servicio de sus familiares más próximos y por otra se convierte en un elemento opresivo sobre la vida de quienes tiene cerca. En ese juego teatral se mantiene esta comedia dramática con aceradas frases de humor y golpes de sorpresa o giros en la historia, hasta desembocar en un final obligado que hace pensar. Del que se deduce una reivindicación de la autonomía y la independencia femenina como alternativa a una sumisión o ‘entrega’ que al final puede resultar esencialmente tóxica. 

 Esta obra de cuatro actores está dirigida por Juan Carlos Fisher, que ya dio una lección al principio de esta temporada con el gran partido sacado al monólogo ‘Prima Facie’, y que en ‘La Madre’ desarrolla un juego de características aparentemente realistas que se cruzan con los momentos imaginados bajo el mismo lenguaje. El sobrio espacio escénico es oportuno y permite el lucimiento de los actores. Aitana Sánchez-Gijón lo es todo en la función, con una interpretación sostenida donde pese a la tentación que el texto pueda sugerir no hay gritos, sino una muy contenida crispación, Juan Carlos Vellido, el marido, está muy seguro en un personaje del que verdades/mentiras se confunden, Alex Villazán marca la pulsión de amor-odio hacia la madre, y Julia Roch el contrapunto entre su madre y la novia, personajes dispares aunque puedan llevar el mismo vestido. Todo envuelto en un espacio sonoro y visual persistente pero que no adquiere el total protagonismo, dejando a los personajes moverse con soltura, a pesar de las radicales transiciones escénicas resueltas con la luz y los rápidos cambios de ropa. 

 Un detalle: la obra da mucho pie a la posterior discusión y posicionamiento una vez fuera del teatro.

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