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La política del insulto

Alberto Núñez Feijóo en el Congreso de los Diputados el 10 de septiembre de 2025

Inmaculada Sánchez

El nuevo curso político ha arrancado con fiereza. Solemos estar preparados para los altos grados de tensión política, de choques institucionales y de nociva deslealtad que destila nuestro debate público desde hace tiempo, pero parece que aún hay espacio para más. La novedad de este septiembre, y no me parece menor, ha sido la decidida  incorporación de Alberto Núñez Feijóo, en primera persona y sin disimulo alguno, a la estrategia del insulto personal contra el presidente del Gobierno. El líder del PP ha acuñado por primera vez el “me gusta la fruta” de Isabel Díaz Ayuso y ha acusado al presidente en una entrevista en televisión de “vivir de la prostitución”. ¿Ya no le es suficiente con el caso Cerdán, el Fiscal General o el entreguismo a los independentistas?

Hasta ahora, Feijóo, como todo líder que se precie, había dejado en manos de subalternos las críticas más soeces o los ataques más burdos. Para eso eligió nuevo secretario general del PP al lenguaraz Miguel Tellado y portavoz en el Congreso a la atrevida Esther Muñoz. Estas vacaciones, sin embargo, ha debido reflexionar con sosiego la estrategia del nuevo curso y ha visto llegado el momento de compadrear con sus huestes haciendo suyo el insulto más repetido contra el infame usurpador de ese Palacio de La Moncloa destinado a su persona.

¿Qué mejor que un distendido momento de celebración, en mangas de camisa y canturreando una popular canción, para llamar hijo de puta al presidente del Gobierno? Detrás de ese perfil aburrido y serio de señor de provincias está el

Feijóo que cumple esta semana 64 años y se atreve a competir con la dicharachera presidenta de Madrid que inventó el popular improperio del “me gusta la fruta”. No se trata, sin embargo, de un desliz al calor de la música y la fiesta. La ofensiva frase fue rotulada en un video que inmortaliza el desenfadado momento colgado por el presidente del PP en su cuenta particular en redes.

Este Feijóo, que se pretende más cercano a los suyos con semejante bajada al barro, también ha dado muestras de que no estamos ante un resbalón de sus asesores de imagen. En su primera entrevista televisiva tras el verano también se ha despachado con el ataque personal más insólito escuchado contra un presidente. En la tribuna del Congreso ya había lanzado ese dardo, aunque parapetado en forma de pregunta retórica. Esta vez, en el acogedor programa de Ana Rosa Quintana, fue una afirmación sin matices: “La bajeza moral de Sánchez al haber vivido de la prostitución es incompatible con ser presidente”, sentenció.

Hijo de puta y proxeneta. Ni son insultos menores ni recuerdo haberlos escuchado en boca del primer dirigente de uno de los partidos que han gobernado España en las últimas décadas. Pero ya sabemos que asistimos a tiempos en los que ocurren cosas que nunca antes pasaron. Más allá de la enésima escalada en la estrategia de Feijóo, me inquietan las consecuencias que normalizar esta política del insulto, en su más fidedigna expresión, tiene sobre el debate público.

El actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es quien ha venido introduciendo este sórdido lenguaje de ofensa personal en la alta política sin que nadie haya podido frenarlo. Sus despectivos apelativos a sus adversarios han sido una constante de sus campañas. Joe Biden era un “viejo demente”, y Kamala Harris una “vaga”, “desquiciada”, “loca” y una persona “mala, malísima”. Y los estadounidenses lo han vuelto a elegir para ocupar el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Esta semana nuevos sondeos vuelven a confirmar que Vox es el partido que más crece y que empieza a situarse por encima del 15 por ciento de sufragios y de los 60 diputados en unas futuras elecciones. No voy a repetir aquí los múltiples insultos que los de Abascal profieren de habitual contra el presidente o sus ministros  pero sí conviene dejar constancia que el desahogo de barra de bar amenaza con instalarse en el escenario político y, lo peor, con suculentos réditos para quienes lo utilizan.

Recientemente se ha desatado una polémica sobre las palabras de una conocida “creadora de contenidos” en redes, como suelen autodenominarse los “influencers” que acumulan miles o millones de seguidores en Tik Tok o Instagram a base de contar su estilo de vida y dando consejos a los demás sobre qué hacer con la suya. La tal María Pombo ha dicho que leer no te hace mejor y que la lectura está sobrevalorada generando un terremoto de críticas y comentarios al respecto. Entre ellas, entrevistas con neuropsicólogos y expertos que coinciden en que un bajo nivel de lectura empobrece no sólo el vocabulario sino la capacidad del pensamiento complejo.

Nada que no se sepa. Como tampoco lo es que sea necesario explicarlo en este mundo dominado por las redes sociales y las comunicaciones personales a base de emoticonos y vídeos. El insulto siempre resulta más sencillo que una crítica fundamentada. Y al que lo profiere también le proporciona un gratificante desahogo.  Pero dirigentes como Alberto Núñez Feijóo, que aspiran a gobernar el país, deberían cuidar más su lenguaje. Porque, como también dicen los expertos, terminamos pensando como hablamos.

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