Escrito por • 10:42 am• Economía

La riqueza y el estatus en democracia

Antonio Papell

Desde hace tiempo, la figura del intelectual está muy deslucida en nuestro ámbito occidental, hasta el extremo de que quienes viven y trabajan en el mundo del conocimiento, la investigación y las ideas participan relativamente poco en los grandes debates, más o menos explícitos, que tiene abiertos la sociedad y que son el teórico cauce de la evolución y del progreso. Daron Acemoglu, un reputado profesor de Economía del MIT, (autor, junto a James A. Robinson, de un destacado ensayo titulado “Por qué fracasan las Naciones”, aparecido en 2019), publicó en 2023 otra obra, “·Poder y progreso: nuestra lucha milenaria por el poder y la prosperidad” (en colaboración con Simon Johnson), en el que argumenta que el “poder de persuasión” o de prescripción está estrechamente vinculado en nuestras sociedades al estatus o al prestigio. 

Daron Acemoglu

“Cuanto mayor sea tu estatus —ha explicado hace poco Acemonglu en un artículo ulterior a su libro—, más fácilmente podrás persuadir a los demás. Las fuentes de estatus varían enormemente de una sociedad a otra, como también lo hace el grado en que se distribuye la riqueza. En Estados Unidos, el estatus quedó firmemente vinculado al dinero durante la Revolución Industrial, y como resultado, la desigualdad de ingresos y riqueza se disparó. Si bien hubo periodos en que la intervención del gobierno intentó revertir la tendencia, la sociedad estadounidense siempre estuvo estructurada en torno a una pronunciada jerarquía de estatus”. 

El sector tecnológico se ha vuelto fundamental para la economía, y sus principales dirigentes —Bill Gates, Marc Zuckerberg, Elon Musk y una larga lista— son vistos como iluminados emprendedores que han sido capaces de desplegar una creatividad, una visión de futuro y una capacidad de innovación incomparables, lo que les ha permitido acceder a fabulosas fortunas personales

En la actualidad, el sector tecnológico se ha vuelto fundamental para la economía, y sus principales dirigentes —Bill Gates, Marc Zuckerberg, Elon Musk y una larga lista— son vistos como iluminados emprendedores que han sido capaces de desplegar una creatividad, una visión de futuro y una capacidad de innovación incomparables, lo que les ha permitido acceder a fabulosas fortunas personales, entre otras razones porque en cada rama tecnológica solo hay a la larga un único ganador, que destaca de los demás. Y es notorio que el estatus de que disfrutan estas personas, basado en su fama y en su riqueza exorbitante, les concede una gran capacidad de prescripción. Por añadidura, algunos de ellos son los propietarios de las redes sociales esenciales, lo que les concede una influencia adicional en la generación de la opinión pública. Una influencia monopolística, que resultaría inquietante aunque estos personajes actuaran con exquisita ecuanimidad.

Bill Gates, Marc Zuckerberg, Elon Musk

En los Estados Unidos, los bajos impuestos incrementan objetivamente el peso específico de estos líderes, verdaderos héroes cada vez más ricos, con lo que se difuminan poco a poco conceptos imprescindibles para la democracia como la solidaridad o el interés general. Por ello, escribe Acemoglu —en lo que sin duda es un mensaje del Partido Demócrata—: “si los multimillonarios irresponsables ya ejercen demasiada influencia social, cultural y política, lo último que deberíamos querer es darles foros públicos aún más grandes (por ejemplo, en forma de su propia red social, como Musk tiene ahora a través de su propiedad de X). En cambio, deberíamos buscar medios institucionales más fuertes para limitar el poder y la influencia de quienes ya son privilegiados, así como reconsiderar las políticas impositivas, regulatorias y de gasto que crearon disparidades tan masivas en primer lugar”.

las instituciones políticas de los regímenes democráticos tienen que hacer un esfuerzo para prescindir de los predictores que lo son por sus patrimonios y buscar la inteligencia en otros nichos menos aparatosos

Es indudable que los tres ‘héroes’ mencionados tienen algo especial. Pero es muy dudoso que su capacidad de intelección y de liderazgo sea extraordinaria en todas direcciones. Es difícil de creer que, al margen de su especialidad, su inteligencia a la hora de transitar por las cuestiones políticas e ideológicas trascendentales esté fuera de lo común. Musk, por ejemplo, es en Twitter un personaje vulgar, primario, aferrado a los tópicos de Trump con una frivolidad pasmosa. Sus pretensiones pedagógicas son una pura vaciedad. Zuckerberg es más discreto en sus expansiones pero la gestión de sus redes no deslumbra en absoluto sino más bien al contrario.

La conclusión de lo anterior es simple de enunciar pero difícil de llevar a la práctica: los medios de comunicación —sobre todo los más solventes que crean opinión y que han acreditado con el tiempo calidad, responsabilidad social y veracidad— y las instituciones políticas de los regímenes democráticos tienen que hacer un esfuerzo para prescindir de los predictores que lo son por sus patrimonios y buscar la inteligencia en otros nichos menos aparatosos en los que sin duda se alojan en mayor medida el buen sentido, el civismo, la equidad, el respeto. La gran prensa debería ser el filtro capaz de distinguir las mentes mas preclaras y de darles voz. Y los partidos progresistas tendrían que hablar muy claro a este respecto, sobre todo en lo que concierne a valores humanos, redistribución de la riqueza y protección social garante de la equidad.

Antonio Papell

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