Juan Carlos Peinado, juez
Inmaculada Sánchez
Ahora que la ‘Cruzada’ del juez Juan Carlos Peinado contra el infiel sanchismo ha tocado puerto quisiera llamar la atención en un particular detalle de su larga y delirante instrucción contra Begoña Gómez, la esposa del presidente del Gobierno. Cuando acudió a interrogar al titular de Justicia, Félix Bolaños, a su despacho en Moncloa, después de negarle declarar por escrito o videoconferencia, el magistrado exigió una tarima para que su mesa estuviese más alta que la silla desde la que iba a responderle el ministro. Esa mirada por encima de los demás es la que viene guiando la ejecutoria de Peinado y de la mayoría conservadora de la judicatura contra este Gobierno. Esa mirada no admite que una izquierda pelagatos, por mucho que haya conquistado democráticamente el poder, decida el rumbo del país sin haber pedido permiso. Si el procesamiento de Begoña Gómez llegara a ser rechazado por la Audiencia Provincial de Madrid sería por la extrema debilidad de una burda instrucción criticada en no pocas ocasiones por la escasa solidez de sus pruebas y argumentaciones. Pero, visto lo visto con el Fiscal General, habrá que estar preparados.
La citada exigencia de la tarima llegó a retrasar la declaración de Bolaños tras la que el instructor pidió la imputación del ministro nada menos que por falso testimonio y malversación. El Supremo, en este caso, paró los pies a Peinado e impidió tamaño despropósito por absoluta ausencia de indicio alguno. Conviene recordar estas extravagancias que se le permitieron a tan simpar juez, cobijado en el omnímodo poderío de la instrucción, para calibrar los cuatro delitos de los que acusa a la esposa del presidente: tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y apropiación indebida. Suenan muy mal y el daño político y personal ya es irreparable haya juicio o no, resulte absuelta o condenada.
Imposible dejar de comparar, en estos momentos, el extremo empeño y diligencia de Peinado en sus dos largos años de instrucción, ampliando sucesivamente los plazos para seguir rebuscando algo en el historial profesional de Begoña Gómez de lo que acusarla, con la dejadez de ese mismo poder judicial con Mariano Rajoy en los distintos procesos por corrupción abiertos contra el PP. Ni la famosa anotación del ‘Eme punto Rajoy’ en los papeles de Bárcenas convenció al instructor de investigarle, como tampoco lo lograron los explícitos audios entre María Dolores de Cospedal y el excomisario Villarejo para que el juez instructor del ‘caso Kitchen’, que se juzga ahora en la Audiencia Nacional, decidiese imputar a la exsecretaria general del partido, quien acudirá a la vista sólo como testigo.
Otro sencillo detalle de aquellos procesos nos revela por qué, pese a la evidencia, no hay comparación posible. Cuando Mariano Rajoy fue llamado, también como simple testigo, a declarar en el primer juicio por la Gürtel el tribunal le concedió declarar subido al estrado en el que se sientan los jueces, a su derecha y ‘protegido’ por una mesa, en lugar de en una silla enfrente y a la altura del resto de participantes en la vista. El entonces presidente tuvo el privilegio de testificar subido a la tarima que eleva la mirada y la presencia a los jueces. Lo que le dispensó del trato habitual a los testigos no fue, como se argumentó entonces, la dignidad institucional, la misma que Peinado le ha negado a Sánchez años después al interrogarle por su esposa impidiéndole hacerlo por escrito. Rajoy, entonces y ahora, era merecedor de subir a la tarima de los jueces porque, no nos engañemos, estaban tratando con ‘uno de los suyos’.
Para que estas discrecionalidades no sean lo habitual el protocolo ordena la institucionalidad y también el nivel de protección y respeto que el sistema concede a cada cual. Tanto la distancia como la altura y hasta el mismo mobiliario juegan su papel en ello y no deberíamos trivializar sus mensajes. Precisamente esta semana hemos asistido en el Congreso a una insólita escena que ilustra la importancia de tribunas y estrados. Un diputado de Vox, airado porque, tras una discusión con otro de ERC a cuenta de una iniciativa a votar, no se le volvía a conceder la palabra, ha abandonado su escaño y, ni corto ni perezoso, se ha encaminado a la tribuna de la presidencia de la Cámara, ocupada en ese momento por Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, vicepresidente primero. Como Pedro por su casa, sorteando sillas, escalones y ujieres, se ha encarado con él a gritos y aspavientos a una distancia personal que rozaba la agresión. Lo nunca visto. José María Sánchez García, que ya en otra ocasión también fue expulsado del hemiciclo por llamar “bruja” a una diputada del PSOE, debe considerar, siguiendo el mensaje de la derecha y ultraderecha desde que Sánchez gobierna, que la presidencia del Congreso está ‘usurpada’ y no merece su respeto.
La tarima que exigió Peinado en el despacho de Bolaños podría ser sólo un detalle. Como anecdótico puede parecer el incidente del martes del encolerizado diputado de Vox. O también la evidente diferencia de celo judicial en según qué investigaciones. Aunque no lo creo. ‘Detalles’ como éstos lograron expulsar de la política a dirigentes muy significativos de nuestra izquierda. El propio Pedro Sánchez anunció cinco días de reflexión para dimitir tras la imputación de su esposa, que consideraba una persecución política, por el coste personal de seguir en La Moncloa. Ahora, ante el posible juicio, no ha dado muestras de debilidad. Esperemos que no nos dé una sorpresa.

