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‘La Traviata’  esperó cinco años en el Teatro Real

 Manuel Espín

 Hay producciones operísticas emblemáticas que dentro de su transgresión formal innovan la manera de concebir y representar un título clásico. La Dutch National Opera, es decir la ópera de Países Bajos, al principio de este siglo encomendó al director escénico Willy Decker una radical re-lectura de la obra de Verdi; que ha venido a representar a lo largo de los siglos la quintaesencia de una manera de concebir el bel canto. ‘La traviata’ estrenada en 1853, sobre un libreto de Francesco María Piave que a su vez se inspiraba en ‘La dama de las camelias’ de Dumas, hijo, concentra algunos de los momentos musicales-clave dentro del género y la época.

 Hasta hora lo habitual había sido ver esta historia de Violetta, la cortesana del tiempo del amor romántico enfrentada al irrenunciable amor de Alfredo bajo la sombra de un padre poderoso y omnipresente (Giorgio) envuelta en ropajes del XIX con decorados que venían a reproducir la máxima expresión sentimental y plástica de ese tiempo. ´

 En las dos últimas décadas las ‘Traviatas’ vistas en Madrid no se han apartado de ese modelo estético conservador (alguna tan prescindible como la representada en el Palacio Vista Alegre a cargo de conjuntos y compañías del Este de Europa con constantes bailes de valses, en lo más parecido a un acto disuasorio contra la ópera como género, dada su cáscara de senectud y polilla).

 Este montaje ya clásico circula precisamente en sentido contrario: la más absoluta depuración de elementos hasta dejar en escena una ‘Traviata’ casi desnuda donde se re-descubren subtextos que otras épocas eran imposibles de apreciar entre tanto chaqué, corsé y miriñaque: una lectura en clave de clase social, una recomposición del papel de la mujer que lucha por dejar de ser un bello objeto, unas relaciones entre los tres principales personajes de la historia: Violetta, Armando y Giorgio, su padre, alejadas del melodrama

 Esa desnudez escénica se envuelve en un enfoque de extrema elegancia en un amplio espacio escénico panorámico diseñado por Wolfgang Gussmann, al igual que el vestuario (junto a Susana Mendoza), pero a la vez ‘vacío’ sin mobiliario, tan solo el reloj que juega un importante papel en la acción y se reconvierte en una mesa de casino en uno de los hallazgos escénicos de esta producción, y unos sofás que entran y salen.

 Pero hay que ‘llenar’ ese escenario donde todo es ‘aire’ y lo hace a través de un movimiento escénico en el que participa la totalidad del coro del Real, dirigido por José Luis Vaso, con la particularidad de que las voces femeninas visten igual que los hombres, y el numeroso grupo de actores-performers. Donde la soledad de ‘Violetta’ y su pasión logra traspasar hacia la platea, vestida con una combinación blanca o un traje corto rojo .Ni un solo elemento que recuerde a la guardarropía de los tiempos del amor romántico y sus mitos.

 Para rizar el rizo todas las ‘Traviatas’ lo mismo que las ‘Damas de las camelias’ se cerraban con una apoteosis sublime y romántica en la que la protagonista aparece agonizando del mal del siglo, es decir la tuberculosis. En esta no hay diván mortuorio ni agonía romántica sino una Violeta que se mantiene en pie hasta el último momento de caer como una marioneta a la que le cortan los hilos.

 La apuesta es claramente provocativa pero altamente satisfactoria: despoja a la obra de lo accesorio y hace descubrir aspectos que en otras ocasiones se pasaron por alto. Todo dentro de un ‘artefacto’ escénico que funciona con habilidad y bajo un movimiento logrado que otorga vida a la acción.

 En una ‘Traviata’ tan peculiar donde se la despoja de lo accesorio las voces son imprescindibles más que nunca, porque sobre ellas recae casi todo el peso. En esta producción que se estrenó al principio de este siglo y se ha visto en los primeros escenarios del mundo, incluido el Metropoilitan de Nueva York, el Real ha echado el resto en sus numerosas funciones, muchas con las entradas agotadas nada más salir. 

 Hay un primer reparto, con Nadine Sierra, una estrella indiscutible en todo el mundo y Xavier Anduaga que ha subido toda clase de peldaños como Violetta y Armando, y en las funciones del 14, 17 y 19 de julio el personaje lo va a hacer Juan Diego Flórez, por lo que estamos hablando de números 1 del circuito mundial.

 La sorpresa es el reparto b) donde ella es la alta y estilizada rumana Adela Zaharia y él el tenor peruano Iván Ayón Rivas, que estuvieron estupendos en la representación a la que asistimos, y que no desmerecen respecto a los otros super-stars, aunque se perciba en escena la diferencia de talla física. Con un ‘Giorgio’ el tercer personaje que canta-interpretan los barítonos Luca Salsi, Artuyr Rueinski, y Gozim Mysgketa.

 Programada para ser representada en 2020 la epidemia del covid desplazó cinco años esta producción de enorme talento dentro de su elegancia formal y eliminación de identidades del XIX, la orquesta del Real dirigida por el húngaro Henrik Nánási (y Francesc Prat en alguno de los días) dio cuerpo y expresividad a una partitura llena de momentos-clave y situaciones que ponen la carne de gallina, ahora despojadas de cualquier referencia folletinesca de guardarropía. Los cinco (o los veinticinco años) de espera han merecido la pena porque esta ‘Traviata’ aparece como una ópera rejuvenecida sin necesidad de forzar el argumento.

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