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LAS AGUAS ESCULPIDAS: LA CORONA Y LA LENGUA ESPAÑOLA

Resumen del Documento de Opinión IEEE 79/2025 de  Ignacio Cartagena Núñez. Enlace web IEEE. Esta conferencia fue pronunciada en el Curso “Geopolítica del español: repensando la hispanidad”, organizado por el Instituto de Estudios Estratégicos (IEEE) en San Lorenzo de El Escorial. Texto resumido por J. G. A.

Cuando vio por vez primera la fachada de este imponente obra berroqueña –los grises berruecos castellanos, los huesos de Castilla, como Unamuno los llamaba, cortados y convertidos en sillares- dijo el poeta Luis Cernuda que monasterio de El Escorial era “agua esculpida”. Y esa afortunada metáfora bien puede emplearse como punto de partida para el tema que vamos a tratar esta mañana: la relación entre la Corona, y sus titulares, los reyes y reinas de España, y la lengua española.

Para nuestra lengua vale aquello que, acerca del mar, decía el poeta Claudio Rodríguez: “es demasiada criatura”. El español, con sus seiscientos millones de hablantes en todo el mundo es, desde luego, “demasiada criatura”. Y como animal poderoso que es, no se deja marcar el territorio. Sí, hoy por hoy, el español es la segunda lengua materna del mundo –solo tras el chino mandarín- y la cuarta en términos de hablantes –detrás del chino, del hindú y del inglés.

Hay tres rasgos básicos, tres constantes, que definirán la relación entre la corona, la lengua y la sociedad: 1. El español actúa como factor de cohesión de los territorios de la corona. 2. El español actúa como factor de identificación de los reyes con España. 3. El español actúa como factor de prestigio social en el exterior y en el interior. 

En un tema que admite múltiples aproximaciones, yo he optado por el camino de la historia. Haré un breve recorrido por las distintas etapas de la historia moderna, desde los reyes católicos a la actualidad, donde iremos desvelando la presencia de tres rasgos: cohesión, identidad y prestigio. Veremos que los tiempos de auge político (s. XVI y primera mitad del XVII) son momentos de impulso del español; los momentos de decadencia (S. XVIII-XIX) suelen coincidir con momentos de cierto retraimiento o pérdida de la influencia de nuestra lengua. 

El castellano es la lengua romance que se formó por la evolución del latín vulgar en torno a la cordillera cantábrica, en áreas próximas al dominio del euskera, que actuó como substrato. Hace pocas semanas, Su Majestad el Rey asistió en el pueblo Brañosera, en la montaña de Palencia, a la conmemoración del que se tiene por el primer fuero, o carta puebla, de la historia de España, otorgado a cinco familias de colonos de frontera hace exactamente 1200 años. 

La relación entre el castellano y el poder

En la Corona de Castilla la lengua castellana reemplazó casi totalmente al latín en las expresiones escritas de la Corona de Castilla a partir del siglo XIII: es uno de los primeros territorios de Europa donde se produjo el cambio. En la Corona de Aragón, el castellano se manifiesta desde el siglo XIII, pero no logrará el mismo tratamiento que en Castilla hasta la entrada de la dinastía castellana de los Trastámara, con el Compromiso de Caspe, en 1412, en el reinado de Fernando I (1412-1416) y sobre todo, de su hijo Alfonso Entre 1450 y 1550 el castellano reemplazó progresivamente al aragonés y al catalán en todas las expresiones escritas del reino.

Pero el momento donde comienza a percibirse con claridad el valor del castellano como elemento de cohesión territorial será el reinado de los Reyes Católicos. Y ello, por dos motivos complementarios. Uno, político: la corte de un Estado moderno pujante como Castilla necesitaba una lingua franca imperial como vehículo de la administración. La lengua elegida en ese entorno cortesano sería la lengua del rey. Y otro, cultural: una idea humanista es la necesidad de “fijar la lengua” su estudio, su conocimiento. Esa tarea ya se había llevado a cabo con las lenguas cultas, pero no con las lenguas vulgares, con las descendientes del latín, lo que suponía un reto para cualquier filólogo. 

Antonio de Nebrija

La primera gramática de la lengua castellana fue publicada en agosto de 1492, un año fértil en acontecimientos en nuestro país, se debe a Elio Antonio Nebrija (1444-1522), humanista, filósofo, filólogo y poeta natural de la ciudad sevillana de Lebrija (solo por una caprichosa traducción del patronímico latino ha llegado a nuestros días con “ene” en lugar de “ele”). Uno de los más eminentes profesores del renacimiento repartió su vida docente entre las dos grandes universidades españolas de la época: Salamanca (1475-1487) y Alcalá (1514-1522), y tuvo tiempo de escribir una profusa obra que tocaba prácticamente todos los géneros. La vida docente de Nebrija discurrió en tiempo de los Reyes Católicos, y se valió la amistad, la protección y la admiración de dos de las principales figuras políticas de la época, Fray Hernando de Talavera, obispo de Ávila, y el mismísimo Cardenal Cisneros. 

El insigne humanista habló a los Reyes Católicos del proyecto de lo que luego sería su Grammatica Castellana, pero en ese momento no parece que entusiasmara a la reina, ya que preguntó sobre las ventajas de escribir una obra de esas características y fue Fray Hernando de Talavera quien contestó en defensa de Nebrija. 

Lo hizo en los términos que recoge el propio Nebrija: “Cuando en Salamanca di la muestra de aquesta obra a vuestra real majestad: y me pregunto que para que podía aprovechar: el mui reverendo padre obispo de Ávila me arrebató la respuesta: y respondiendo por mi dixo que despues que vuestra alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos barbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquellos tenían necessidad de recebir las leies quel vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua.

Aunque, hoy por hoy, la gramática de Nebirja tiene mucho de obra fundacional de esa ciencia en lo relativo a nuestra lengua, no tuvo en su época tanto predicamento, porque se la consideraba excesivamente académica –reproducía el esquema de las gramáticas grecolatinas- y poco útil para el propósito esencial que se requería en aquella época: el aprendizaje del español por quienes no lo tenían por lengua materna. 

Juan de Valdés, otro gramático español, autor del Diálogo de la Lengua, criticó la profusión de andalucismos en obra de porte tan académico. Esta, entre otras, es la razón por la que la gramática nebrisense no sería reeditada hasta bien entrado el siglo XVIII.

Carlos V: el rey que se hispanizó 

Si en tiempo de los Reyes Católicos el español funcionó como lengua de cohesión, con los Austrias pasaría a convertirse, además, en lengua de diplomacia y de prestigio internacional. Y si a alguno de nuestros reyes puede a justo título atribuirse esta mutación, ese fue sin duda el César Carlos, el rey emperador, quien sin tenerla por lengua materna, acabó asumiendo la lengua española como propia. 

Retrato del Emperador Carlos V, por Lucas Cranach

El desconocimiento de la lengua española por parte del rey se le hizo notar en las Cortes celebradas en Valladolid en el año 1518 en las que se le suplicó que hablara en castellano, que el rey prometió. Cinco años más tarde, Carlos cumplió su promesa e hizo profesión de hispanización. 

Juan de Valdés (1494-1541) llega a afirmar que en Italia «assí entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano. Si en Europa la pujanza española favorece la difusión del castellano, otro tanto puede decirse respecto de la península. 

De nuevo Juan de Valdés, en 1535, nos dice: «La lengua castellana se habla no solamente por toda Castilla, pero en el reino de Aragón, en el de Murcia con toda el Andaluzía y en Galicia, Asturias y Navarra; y esto aun hasta entre gente vulgar, porque entre la gente noble tanto bien se habla en todo el resto de España». 

Surge la denominación “español” como alternativa al castellano

Si “español” como gentilicio puede ya rastrarse en documentos del siglo XII (José Antonio Maravall halló algunos de ellos en la catedral de Huesca), en la España y la Europa de los Austrias «el nombre de lengua española (…), tiene desde el siglo XVI absoluta justificación y se sobrepone al de lengua castellana», según señala Rafael Lapesa. 

Su uso no es generalizado, pero sí comienza a ser utilizado de forma mayoritaria, a partir de mediados del siglo XVI es ya habitual. Este neologismo, español, viene a coincidir con una nueva realidad política: de hecho, es el término utilizado en todas las lenguas extranjeras para referirse a la lengua que hablan todos los españoles. 

Otra tanto puede decirse del español como factor de distinción social. Los hablantes del castellano cortesano se distanciarían del resto de la población, y esta distancia sería doble; tanto social como territorial. 

Miguel de Cervantes

En este sentido Juan de Valdés recogía algunas diferencias entre registro de la corte y el del vulgo cuando afirmaba que “Entre gente vulgar dizen yantar, en corte se dize comer”. Miguel de Cervantes, en el capítulo XIX de la segunda parte del Quijote, se hace eco de esta distinción: “El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, está en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos, porque hay muchos que no lo son, y la discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso”. 

Difusión del español en América 

La difusión del español estuvo muy ligada, como no podría ser de otro modo, a la evangelización, a la labor de los misioneros, muchos de los cuales aprendieron las lenguas aborígenes llevados por ese afán proselitista en una tierra que –como nos recuerda Antonio Muñoz Machado- era un mosaico de 1500 lenguas pertenecientes a 170 grandes familias lingüísticas. 

Numerosos documentos respaldan la evidencia del cuidado que pusieron los reyes en la difusión de la fe antes que la propia lengua española; y desmienten, con ello, que el español fuera una lengua de imposición en los siglos XV a XVII. Esto habría de cambiar radicalmente a partir del siglo XVIII. 

Se expresa en estos términos Carlos I sobre la enseñanza del español a los indígenas americanos: “Que donde fuere posible se pongan escuelas de lengua castellana para que aprendan los indios. […] Que enseñen a los que voluntariamente la quisieren aprender, como les sea de menos molestia, y sin costa”. 

Ante el escaso avance logrado, en 1573 el Consejo de Indias solicita al rey Felipe II que tome medidas para fomentar el castellano en los virreinatos, a lo que éste responde llegando más lejos que su mismo padre: “No parece conveniente forzar [a los indígenas] a abandonar su lengua natural: sólo habrá que disponer de unos maestros para los que quieran aprender voluntariamente nuestro idioma”.

De hecho, tres años antes, en 1570, una real cédula había decretado el náhuatl como lengua oficial de los nativos del Virreinato de Nueva España. Y serán los misioneros españoles los que más harán por preservar y fomentar las lenguas indígenas, pudiendo reivindicar la autoría de hasta seiscientas gramáticas americanas. No en vano, la segunda lengua moderna del mundo que tuvo gramática propia, sólo después del español, y antes incluso que el portugués, el francés, el alemán, el inglés o el italiano, fue el náhuatl, que ya disponía de una gramática en el año 1531 escrita por los franciscanos. 

Cultura en español el XVI y el XVII 

El auge de nuestra cultura corre parejo al de la propia lengua española. El XVII es nuestro siglo de oro literario: Cervantes, Lope, Góngora, Calderón, Tirso de Molina. No solo fructifica la fórmula para reflejar la realidad, que es la gran ambición del gran artefacto narrativo y literario a cuya génesis asistimos en esta época -la novela- donde el Lazarillo de Tormes y el pícaro Guzmán de Alfarache preparan el terreno al universal caballero de la Triste Figura. 

Pedro Calderón de la Barca

Durante el siglo XVI y XVII, se publicaron numerosos tratados científicos en español, abarcando disciplinas como la astronomía, la medicina, la ingeniería, la botánica y la geografía. Estas obras no solo reflejan los avances científicos, sino también la riqueza léxica y expresiva del español, siendo un ejemplo notable el «Tratado de Astronomía» de Jerónimo Muñoz, que aportó importantes observaciones sobre los cometas y los eclipses. 

Según Octavio Paz, más del 40% de la población emigrante española estaba compuesta de personas letradas; proliferaban el teatro, la música y la poesía, dando lugar a una cultura criolla con sus propias particularidades, con autores como Juan Ruiz de Alarcón, Amarilis, Juan Espinosa Medrano o Sor Juana Inés de la Cruz, sin olvidar al Inca Garcilaso, a Guzmán Poma de Ayala.

El español a partir de la ilustración: la dinastía borbónica 

Con la hegemonía política y cultural que alcanzó Francia a finales del s. XVII, el francés sobresale entre sus competidores, el español y el italiano. Es considerada la “lengua de la razón”: se impone en el campo de la diplomacia, de la filosofía y de la ciencia y hasta en el trato familiar de las elites europeas. 

En el ámbito de la literatura y la oratoria, el francés supera también al español, que ha perdido el papel hegemónico que tenía en las dos anteriores centurias. Hasta tal punto llega la pujanza del francés, que Fray Benito Jerónimo Feiijoo nos informa sobre la moda de usar galicismos en la conversación española, también en la Corte española.

No obstante, y a diferencia de lo que sucede en Italia, en nuestro país el español mantuvo su uso institucional y académico. En nuestro sistema educativo, al igual que la de otras lenguas modernas, la materia escolar más importante seguía siendo el latín. No sorprende, pues, que en España no se escribieran obras en francés, ni se editaran libros franceses en lengua originaria. En Madrid, solo el colegio de los Jesuitas impartía francés en el siglo XVIII y en Barcelona, las escuelas técnicas de la Junta de Comercio no crearon cátedras para lenguas modernas hasta 1824. 

Impacto del centralismo en política lingüística. Los decretos de Nueva Planta 

No podemos soslayar ni negar el impacto muy negativo que el cambio de dinastía reinante tuvo en las distintas lenguas que se hablaban en nuestro país, con una férrea política centralista que se hizo notar en los ámbitos educativo y administrativo a partir de los Decretos de Nueva Planta.

Tras la caída de Barcelona en 1714, el Consejo de Castilla solicita lo siguiente al rey Felipe V: “Supuesta y asentada la calidad de que se hayan de abolir, borrar, quitar enteramente los fueros, constituciones, usos, costumbres y privilegios que gozaba el Principado, será bien que las con que en su lugar haya de ser gobernado y mantenido en justicia, las mande V.M. ejercer con la calidad de por ahora; y que sea practicado desde luego las leyes de Castilla así en lo civil como en lo criminal, actuando en lengua castellana”. 

Los decretos tuvieron un impacto profundo en las identidades regionales. Al imponer el castellano como lengua administrativa y limitar el uso de las lenguas vernáculas en la administración pública y la educación, se produjo una erosión de la cultura y la identidad locales. 

El centralismo lingüístico tendrá, también, su correlato en América. Existía la impresión en la corte española de que el grado de desconocimiento del español –se calcula que había unos tres millones de hispanohablantes de una población total de quince millones- contribuía al desgobierno de los territorios en América, y que a la escasa penetración del español había contribuido no poco la intermediación de las órdenes religiosas, que actuaban con gran autonomía, en particular en el ámbito educativo. 

A partir de las dos Reales Cédulas, de 1770 y 1778, Carlos III establecerá que el castellano “se haga único y universal, para facilitar la administración y pasto espiritual de los naturales”. 

El afán codificador: la Real Academia de la Lengua 

Siguiendo los ideales lingüísticos del momento y el afán enciclopédico de la Ilustración se crearon diferentes Academias en Europa, con objeto de fijar el vocabulario y la gramática de las lenguas modernas. El precedente más antiguo es el de la Crusa de Florencia, (1582), la de París (1635); y la en el XIII, las de Madrid (1713), la de Copenhague (1742), las de Lisboa (1779), la de Moscú (1783), la Estocolmo (1786). 

Santiago Muñoz Machado, presidente de la Real Academia de la Lengua Española

La Real Academia es la encarnación de las ideas ilustradas en nuestro país: su fundación puede comprenderse como parte del alcance reformista borbónico, tendente a la centralización y concentración de poder en torno al rey, también en el en el ámbito cultural. Que dicha creación tuvo alcance político queda claro con la frontal oposición del antaño todopoderoso Consejo de Castilla a la creación de la Real Academia. 

El 3 de octubre de 1714 el rey Felipe V promulga la cédula real por la que se creaba oficialmente la Academia. Las primeras reuniones de los miembros de la corporación se habían celebrado en 1713, en el domicilio de su primer presidente, Juan Manuel Fernández de Pacheco y Zúñiga, el marqués de Villena (1650-1725).

La cédula real «se había hecho esperar, al parecer por la intromisión del Consejo de Castilla que retrasó su emisión al considerar que la tarea que proponían los académicos superaba sus capacidades y recelar de los privilegios que llevaba aparejada la condición de académico. 

Víctor García de la Concha relata que «una comisión encabezada por Villena agradeció personalmente al rey el respaldo, en un gesto de familiaridad y cercanía —como criados de la Real Casa— que se hizo habitual. 

No parece aventurado pensar que la clara oposición del todopoderoso Consejo de Castilla trataba de impedir que la Academia promovida por el marqués de Villena fuera reconocida de ese preciso modo: concebida como una empresa nacional, designada por ello como española, y protegida personalmente por el rey hasta el punto de que sus miembros gozasen de la consideración de miembros de la Real Casa, con acceso directo a ella”. 

A partir de su fundación, La Real Academia no ha hecho sino ganar protagonismo en la conformación de un espacio panhispánico de la lengua: Ya en 1851, durante la dirección de Francisco Martínez de la Rosa, la RAE designó miembro honorario al gramático venezolano Andrés Bello. 

Unos años después, en 1871, se fundó la Academia Colombiana de la Lengua, la primera de las veinte corporaciones existentes en el continente americano y que, junto a la filipina, ecuatoguineana y la española, forman la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), constituida en 1951 en México. 

El siglo XIX: el romanticismo y el florecimiento cultural de otras lenguas españolas 

Durante el XIX continúa la política de centralización y unificación lingüística iniciada por los borbones durante el siglo anterior. La corriente de pensamiento predominante apuntaba a que la diversidad de lenguas obstaculizaba la difusión del conocimiento y el progreso, tanto en la península como en América, donde comienzan a proliferar los movimientos secesionistas: en 1808 en Caracas —Bolívar—; en 1810 en Buenos Aires; en 1813 en Paraguay, luego en Quito, etc. 

La rebelión indígena tendrá también su papel: en México el cura Hidalgo (1810) y luego el cura Morelos (1813) Entre 1811 y 1822 se promulgarán las constituciones venezolana, colombiana y chilena. A mediados de la centuria asistimos a la oficialización de la ortografía española: se produce el 25 de abril de 1844 cuando, en una real orden, la reina Isabel II sanciona la de la Real Academia Española como la única oficial para la enseñanza de primera educación. 

En este siglo tan convulso tenemos también dos monarcas extranjeros que, en el curso de sus fugaces reinados, tuvieron una dispar reacción con la lengua española. José Napoleón Bonaparte, rey de España entre 1808 y 1813 -el injustamente llamado “Pepe Botella”- se esforzó por aprenderla, mientras que Amadeo de Saboya (rey entre 1870 y 1873) nunca la habló, reforzando la percepción popular de “rey extranjero”, aunque su esposa, María Vittoria da Pozzo, lo hablaba con fluidez. 

En la segunda mitad del siglo XIX asistimos a un “resurgimiento” para el gallego, catalán y vasco. Las tres lenguas se convierten en lenguas de cultura y ciencia con literatos y filólogos como Rosalía de Castro, Curros Enríquez y Eduardo Pondal (para el gallego); José Manterola, José María de Iparaguirre, Luciano Bonaparte (para el vasco); y Jacint Verdaguer, Joan Maragall y Eugeni d’Ors (para el catalán). 

Este proceso de revitalización y normalización de las otras lenguas peninsulares culminará a principios del siglo XX con la creación de las correspondientes academias de la lengua: Real Academia Galega, 1906; Euskaltzaindia, 1918; Institut d’Estudis Catalans, 1907. 

El presente: Felipe VI y su compromiso con la lengua

El nuestro es un tiempo de indudable pujanza de nuestra lengua, hasta el punto de que no podemos llamarla “nuestra” sin caer en un cierto reduccionismo. Según datos del Anuario del Instituto Cervantes de 2023, casi 500 millones de personas tienen el español como lengua materna (el 6,2 % de la población mundial). El grupo de usuarios potenciales de español en el mundo supera los 600 millones (el 7,5 % de la población mundial) con más de 23 millones de alumnos matriculados en algún curso de español como lengua extranjera. 

Luis Garcia Montero, director del Instituto Cervantes

El español es la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes, tras el chino mandarín, y la cuarta lengua en un cómputo global de hablantes (que aúna el dominio nativo, la competencia limitada y los estudiantes de español), después del inglés, el chino mandarín y el hindi. 

En 2060 (si continúa la actual evolución demográfica, lo que está por ver) Estados Unidos será el segundo país hispanohablante del mundo, después de México. El 27,5 % de la población estadounidense será de origen hispano. 

El marco constitucional 

Para entender la función del rey en relación con la lengua, conviene empezar recordando dos artículos de la constitución: • El artículo 3: “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla” y “las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos”. • El artículo 56.1: “el Rey asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica” 

De ambos artículos se predica la función del rey en relación con todas las lenguas cooficiales en España, pero también la defensa y el empleo del español en distintos foros internacionales. 

El rey Felipe VI se refirió a las lenguas en su Mensaje de Proclamación ante las Cortes, el 19 de junio de 2014. Parte del reconocimiento de nuestra diversidad cultural como un elemento “que nace de nuestra historia, que nos engrandece y nos debe fortalecer”, y que se concreta en nuestras lenguas oficiales, porque “unidad no es uniformidad”. 

Se reconoce también como “un activo de inmenso valor” en nuestras relaciones con los países iberoamericanos. El compromiso del rey con los países de la comunidad histórica. El término “comunidad histórica”, presente, como hemos visto, en el artículo 56.1 de nuestra Carta Magna, adolecía de una cierta ambigüedad: no se sabían muy bien los límites de esta comunidad en un reino donde hubo un tiempo en que “no se ponía el sol”. 

Ayudó no poco a definirlo el hecho de que, en 1991, se instituyera la Conferencia Iberoamericana –las Cumbres Iberoamericanas de jefes de Estado y de Gobierno– «como máxima expresión institucional de la Comunidad Iberoamericana de Naciones». 

El rey Juan Carlos participó con asiduidad durante su reinado y fue justamente denominado por el presidente uruguayo Julio María Sanguinetti como el «buque insignia de la Comunidad Iberoamericana», en reconocimiento a su labor en la articulación de este espacio multinacional de países hermanos. 

En su discurso en el Patronato del Cervantes en 2015, el rey Felipe VI explicó el valor de la lengua española como vertebradora del espacio iberoamericano con estas palabras: “En ese escenario, positivo pero complejo los españoles siempre hemos tenido muy claro que somos únicamente copropietarios de ese tesoro cultural y lingüístico que compartimos con tantos hispanohablantes del mundo”. 

De ahí la estrecha colaboración del Instituto Cervantes con otras instituciones, su “clara visión iberoamericanista” y su promoción “de toda la cultura en español”. La comunidad iberoamericana invita a ir un paso un paso más allá, y eso es la iberofonía. El ‘espacio panibérico’ o ‘Iberofonía’ incluye al conjunto de países de lenguas ibéricas del mundo que, actualmente, alcanza casi la extraordinaria cifra de 900 millones de personas, el primer bloque geolingüístico del planeta. 

El 7 de julio de 2014, en su primer discurso en el extranjero, el rey Felipe destacó que, gracias a la afinidad entre el español y el portugués: «podemos reconocer hoy la existencia de un gran espacio idiomático compuesto por una treintena de países de todos los continentes y por más de setecientos millones de personas. Un espacio cultural y lingüístico formidable de alcance y proyección universal». 

La participación del rey en los grandes encuentros de la lengua española En el marco de sus atribuciones constitucionales, las que se predican de los artículos antes citados, el rey participa con asiduidad en los grandes encuentros de la lengua española: Es el caso de los Congresos internacionales de la Lengua Española, que se celebran con periodicidad trienal, a partir de 1997, en los países de la comunidad hispanohablante. Se trata de foros universales de reflexión sobre la situación, problemas y retos del español. Su organización está a cargo del Instituto Cervantes, que cumple las funciones de secretaría general permanente, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, así como el país organizador de cada edición. 

Es, también, el caso del Premio Cervantes, máximo reconocimiento a la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos cuya obra haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española. A este galardón puede ser propuesto cualquier escritor cuya obra literaria esté escrita, totalmente o en su parte esencial, en esta lengua. 

Los Reyes entregan el Premio Cervantes 2025 a Álvaro Pombo

Se entrega en Alcalá de Henares en torno al 23 de abril, fecha en la que, según es fama, coincidieron, en 1616, el fallecimiento de Miguel de Cervantes y el de William Shakespeare. 

Conclusión

La lengua española, como hemos visto, ha sido uno de los grandes soportes de la Corona en su función primordial, que es la que recoge en la propia Constitución española cuando dice (art. 56.1) que “el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”. El español es, también, un instrumento que vertebra nuestra realidad nacional y le da continuidad a través de las distintas épocas de nuestra historia moderna. 

La conciencia de esta realidad llevó a que incluso los monarcas nacidos fuera de España y educados en lengua distinta de la española, desde Carlos I hasta los más recientes –y efímeros- José Bonaparte y Amadeo de Saboya, se preocuparon por conocerla, por cultivarla. 

Esa preocupación por la lengua se potencia con nuestra actual Constitución, y desde luego con nuestro actual Rey, quien desde su infancia estudió y habla todas las lenguas oficiales españolas, empleándolas a diario en sus compromisos institucionales. Un Rey que a lo largo de su trayectoria (como Príncipe de Asturias y ahora como Titular de la Corona) ha hecho más de un centenar de viajes por Iberoamérica; viajes donde ha reforzado ese vínculo extraordinario que es nuestra lengua, en un espacio cultural compartido que el mexicano Carlos Fuentes bautizó como el “territorio de la Mancha”. 

Y un Rey, también, que emplea a diario la lengua –la lengua española, sí, pero también las otras lenguas cooficiales- como instrumento para subrayar el contenido ético de tantos certámenes, eventos e iniciativas en los que participa. 

La palabra no es, desde luego, el único instrumento del que dispone para realizar su labor; también lo son la imagen, el gesto, la presencia, la persuasión…incluso el silencio puede ser, también, un instrumento para el ejercicio de sus funciones. Porque como nos dice el dramaturgo y académico Juan Mayorga, “el silencio es parte de la lengua y lo es, y determinante, del lenguaje teatral”. 

Me gustaría, por ello, concluir estas reflexiones sobre la lengua española y la Corona con unas palabras de Su Majestad el Rey que, creo, reflejan su compromiso con nuestra lengua, con su defensa y su difusión, herencia, como vemos, de más de quinientos años de historia de España; pero también, y más allá de eso, una visión profundamente ética de qué tiene que ser y para qué tiene que servir el español en estos tiempos convulsos. 

Se trata de un fragmento del Discurso que pronunció el 22 de abril de este año, con motivo del tradicional encuentro con representantes del mundo de las letras que tiene lugar en la víspera del acto de entrega del Premio Cervantes. 

Dijo en esa ocasión Su Majestad el Rey: “El español tiene ya 600 millones de hablantes, es la segunda lengua de comunicación del mundo. Es un instrumento poderosísimo para lograr eso que el mundo necesita ahora más que nunca, cuando tanto se habla de barreras y desconexiones: reflexionar, dialogar. 

El lenguaje ha de servirnos, también, para decir alto y claro: no es verdad. No es verdad que todo valga, no es verdad que todo sea relativo. No es verdad que mérito y dedicación equivalgan a suerte y oportunismo, ni que el rigor y el conocimiento estén pasados de moda. No es verdad; y no porque sea obvio, hemos de dejar de proclamarlo”. 

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