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Las dos caras de …

Alberto Núñez Feijóo

Por Jano Luna

La foto se tomó el sábado 2 de octubre de 2021. Pertenece a un reportaje gráfico, distribuido profusamente a los medios informativos durante la convención nacional de Partido Popular. La luz morada cenital que tiñe los cabellos de los protagonistas, revela que están en un escenario, expuestos al escrutinio de los asistentes. Ternura y complicidad definirían lo sentimientos reflejados en la instantánea. 

A la izquierda, Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Junta de Galicia, se inclina hacia lsabel Díaz Ayuso, su homóloga en la Comunidad de Madrid, rozando con su nariz la negra melena. Parece musitar una expresión cariñosa, que ella aprecia mirando al suelo con sonrisa leve. A la derecha Pablo Casado, presidente del PP, barba recortada, mira de frente al líder galaico, casi pegado su rostro a la mejilla de la presidenta. La perspectiva engaña. Parecería que posa su mano izquierda —a la altura del estómago—, sobre el chaleco negro, escotado y sin mangas, que viste la lideresa.

De no ser tan reconocibles los personajes, se diría que forman una familia a la que algo venturoso va a suceder en unos meses. Para mayor afinidad, los tres lucen nariz aguileña —la que, dicen, indica liderazgo ambicioso—. Mas prominente la del gallego, discretos los apéndices de madrileña y palentino.

Falta en el retrato la napia de águila propiedad de José María Aznar, padrino provisional de Casado, a quien aconsejó en aquella convención que se dejara de complejos y entablara la batalla cultural contra la izquierda. Cuatro meses después, en febrero de 2022, contribuyó a expulsar a su protegido del PP, luego de que el ahijado perdiera una guerra cruenta  contra Díaz Ayuso, mucho mejor asesorada que su víctima.

El vacío de poder forzó la instalación en Madrid de Alberto Núñez Feijóo. Quien puso como condición una designación sin primarias. En la noche del 23 de julio de 2023, el tetracampeón con mayoría absoluta en las elecciones de su tierra, probó el sabor amargo que se paladea al ganar unas generales sin mayoría absoluta, y después fracasar en la formación de un gobierno sin apoyos externos suficientes. Las encuestas le daban como ganador holgado. Pero se enfrentó nada menos que a Pedro Sánchez, maestro en el arte de caminar sobre la cuerda floja. 

A los 62 años, este funcionario paciente y tenaz de familia humilde acaricia la última oportunidad de alcanzar la presidencia del consejo de ministros, cuando el actual ocupante pierda el equilibro que esforzadamente mantiene en el día a día. Considerando la campaña gallega como un test contra Sánchez, Feijóo ha apoyado en intervenciones públicas a su pupilo Alfonso Rueda, y las ha aprovechado para dar caña al sanchismo.

La cantada victoria del Partido Popular, una vez más por goleada frente al desastre de las izquierdas no nacionalistas, le permite un plus de autoridad frente al marcaje implacable de Díaz Ayuso, y al menos evidente del andaluz Juanma Moreno Bonilla. No faltarán en próximos encuentros las imágenes cordiales del candidato y de los dos aspirantes a desbancarle, sí se lleva otro chasco.

Se le ha perdonado —pecado de juventud— que votara a Felipe González en dos ocasiones. No han tenido consecuencias —cálculo de madurez—, sus galanteos con Carles Puigdemont, cuando se esforzaba en obtener apoyos para fabricar su gobierno. En este último aspecto, tal vez Junts y PP estén destinados a entenderse, por afinidades ideológicas —o más bien de intereses—. 

Pedro Sánchez haría un regalo de futuro a su ahora contrincante, si consigue despenalizar a los autores intelectuales del ‘procès’. Ya no habría trabas para el acuerdo entre conservadores. Como no las hubo entre Aznar y Jordi Pujol, cuando el guardián de las esencias patrias acordó con el independentista de boquilla, un pacto en el Hotel Majestic. El primero logró la investidura, y el segundo le facilitó la gobernabilidad del Estado sin control sobre sus corruptelas. Corría 1996 y por entonces Aznar hablaba catalán en la intimidad.

En la actualidad, Núñez Feijóo ‘fala galego’ en apariciones públicas. En privado prefiere el castellano. Añadir un tercer idioma a su acervo lingüístico, actualizaría la frase pragmática de José Ortega y Gasset, 13 de mayo de 1932, en el Congreso de los Diputados, frente a la tesis más optimista de Manuel Azaña. «Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista».

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