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Las dos caras de… Josep Borrell

Josep Borrell /Foto: Europa Press


Por Jano Luna


Aunque Josep Borrell Centelles ostenta el suntuoso cargo de Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, su estatura es de 174 centímetros a los 76 años de edad. Un poco menos de la media varonil en España, cifrada actualmente en 176 centímetros. No obstante, fue espigado y exitoso dentro de su generación, la de los ‘Xennials’. Los últimos jóvenes que escribieron cartas de amor a mano, y se citaron con la pandilla girando la rueda del teléfono fijo. Para décadas más tardes, ya cuarentones, ejercer de pioneros en el uso del correo electrónico y en el acceso a Internet con ordenadores antediluvianos. De lo analógico con espinillas a lo digital con las primeras canas.

No se afilió al Partido Socialista hasta cumplidos los 27, en 1975, cuando Felipe González llevaba quince años como miembro desde sus tiempos de clandestinidad. Con González llegó a ser secretario de Estado de Hacienda y ministro de Obras Públicas. Le avalaron su extensa formación universitaria —ingeniero aeronáutico, doctor en Económicas, catedrático de Matemáticas—, su dominio de varios idiomas, catalán incluido, y su potente dialéctica para manejar los debates.

Años más tarde, en 1998, su fulgor intelectual y su individualismo —es una conjetura plausible— determinarían que el aparato del PSOE no aceptara de buen grado su elección en las primarias para la candidatura a presidente del Gobierno, derrotando por sorpresa a Joaquín Almunia, adversario ‘felipista’, No es que éste último presentara un historial poco brillante en comparación. Pero sin duda era más ‘pata negra’, entre otras cosas por su pasado sindicalista en la Unión General de Trabajadores. 

No hubo contemplaciones. El fuego amigo desenterró un caso de corrupción que afectaba a antiguos colaboradores en Hacienda, sin que el exsecretario de Estado fuera colaborador necesario ni mucho menos. Bastó el escándalo para que el autosuficiente    Josep Borrell se retirara de la contienda. A partir de entonces vivió un áureo exilio como presidente del Parlamento Europeo, con etapa intermedia en la gran empresa privada. 

Su retorno a la vida pública nacional, con un sonoro discurso en Barcelona contra el separatismo —previo al auge y caída del ‘procès’ puigdemontiano—, llamó la atención de Pedro Sánchez, quien le designó ministro de Exteriores en 2018. Más solera para su ejecutoria internacional, que acabaría llevándole a su condición presente de superministro europeo.

Combinar la misión transnacional con la denuncia del secesionismo catalán, no debe resultarle fácil en el momento político que atraviesa España. Mucho menos tras haber escrito, hace ocho años, el ensayo de denuncia «Las cuentas y los cuentos de la independencia», junto al ingeniero y empresario tecnológico Joan Llorach. En el libro desmonta el fundamento de reclamaciones como la deuda de dieciséis mil millones de euros al Estado Español. Justo cuando el ‘sanchismo’ perdona un montante de mil millones menos al gobierno de la Generalitat.Y cuando Juan Luis Cebrián envía al presidente del Gobierno a la ‘chatarra de la historia’ en un durísimo articulo firmado en El Paìs. ¿Habrá contado Cebrián con el plácet del ‘felipismo’ cuando escribe contra la línea editorial del diario que fundara, hoy defensora del gobierno progresista en ciernes?

Un tremendo follón para el cual se necesitan reflejos. Entre el ‘pedrismo’ y el ‘gonzalismo’, por aportar sinónimos, Josep Borrell, uno de los diplomáticos menos diplomáticos del mundo, se ha mordido la lengua cuando le han preguntado por su posición, en rueda de prensa bruselense. Ha preferido escudarse en su puesto supranacional, y en la retranca ilerdense, para no emitir una opinión tajante. 

«Todos los que me conocen en España y saben mi trayectoria personal y política pueden imaginar lo que pienso», ha respondido. A continuación, ha prometido hablar más claro en fecha próxima, como una ratificación de su ‘borrellismo’.

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