Por Jano Luna
Los creyentes en la religión católica bien pueden argumentar como un milagro que la selección española de fútbol haya ganado la Eurocopa. Nadie confiaba en la proeza. Ni periodistas, ni los propios jugadores, ni el público en general. Pero avanzaba el campeonato y España derrotaba a una potencia como Croacia. En duelos posteriores, a los excampeones Italia, Alemania, Francia, y a Inglaterra como consumación. No sin sufrimiento, virtud preconizada por la jerarquía vaticana como pasaporte a la gloria.
El seleccionador Luis de la Fuente Castillo, nacido en Haro, Rioja, hace 63 años, sería uno de los elegidos que ha creído en la intervención divina, aunque por su carácter prudente y reservado no lo haya resaltado. Cierto que dio una pista nueve meses antes del evento, en una de esas entrevistas que pasan inadvertidas: «Soy creyente y tengo mucha fe. Siempre pido salud para todos. Me da tranquilidad saber que tomo decisiones con el apoyo de Dios». Puede interpretarse, en consecuencia, que las alineaciones, los cambios tácticos en pleno partido, e incluso las lesiones indeseables como la de Pedri, han sido pruebas necesarias para la protección sobrenatural hasta la victoria.
Con esas convicciones, el hombre que estuvo a punto de ser despedido cuando cesó estrepitosamente su jefe, el presidente de la Federación Española Luis Rubiales —a quien aplaudió con fervor en rueda de prensa, para enseguida negarle más de tres veces—, habrá echado de menos una ceremonia tradicional en las celebraciones futbolísticas: la ofrenda del trofeo a la Virgen María, en alguna de sus numerosas advocaciones. Por contra, sí se produjeron visitas protocolarias a los palacios de los líderes terrenales.
Encuentro con Felipe VI y familia, entre risas cómplices. Encontronazo breve y desangelado con Pedro Sánchez, pues la mayoría de los jugadores tienen talante conservador. Bienvenida de José Luis Martínez-Almeida, ubicado en la Plaza de Cibeles, donde se apiñaban miles y miles de aficionados con camisetas rojas, ondeando banderas constitucionales. Acudieron invitadas a la sede del Ayuntamiento la Infanta Elena y su hija Victoria Federica, quinta sucesora al trono. Ambas posaron y charlaron animadamente con los héroes. Nuevo cruce entre la realeza y el mérito deportivo.
Faltó en la agenda la cita con la Virgen de la Inmaculada Concepción, patrona de España —no confundir con otra Virgen, la del Pilar, que lo es de la Hispanidad—. ¿Debido a la inexistencia de un lugar de culto específico? Lo más parecido es el Museo del Prado, donde se exhibe la Inmaculada de Bartolomé Murillo por excelencia, conocida como ‘de los Venerables’. Pero, plagado de desnudos, no es un templo propicio al recogimiento.
Los festejos han sido estrictamente laicos, con un vigoroso maestro de ceremonias: el capitán y delantero centro Álvaro Morata, criticado por su ánimo quebradizo frente a las críticas negativas. Esta vez se vino arriba en modo ‘showman’, coreando canciones de moda y también el grito ‘¡Gibraltar español!’, iniciado por Rodrigo Hernández, —¡centrocampista del Manchester City!—. Durante un buen rato, el escenario reprodujo los ecos del gol de Telmo Zarra a la Pérfida Albión en junio de 1950. ¿Ignoraban Rodri y Morata que fue Felipe V, primer rey de la Casa Borbón, quien regaló el Peñón a Inglaterra en el tratado de Utrecht de 1713?
Volviendo a la actualidad, De la Fuente, manteado una vez más durante el espectáculo por sus pupilos, está en la cresta de la ola. Lástima que el balompié se mueva por ciclos. Al primer fracaso, las censuras más feroces suceden a los halagos. Como defensa discreto jugó en el Athletic de Bilbao, el Sevilla y el Alavés, donde se retiró muy castigado por las lesiones de rodilla. Desde entonces sufre una evidente cojera. Por el contrario, la disciplina de levantar pesas en el gimnasio le han convertido, cumplidos los 60 años, en un atleta musculoso de cintura para arriba.
En el negocio futbolístico, instituciones como la FIFA, la UEFA y la propia Federación española han estado y estarán bajo sospecha de corrupción permanente. Fluyen el dinero y las comisiones sin control. El seleccionador dirige un equipo donde Lamine Yamal, el niño prodigio, percibe en el FC Barcelona un sueldo tres veces superior al suyo, 600.000 euros anuales. Tampoco es una miseria. Pedro Sánchez cobra en torno a 90.000.
¿No deben mezclarse deporte y política? Lo están cuando X/Twitter publica mensajes cargados de odio contra la composición del conjunto nacional, donde conviven —hasta ahora en armonía—, vascos, navarros, catalanes, madrileños, andaluces… Y dos nacidos en Francia, Laporte y Le Normand. O dos chicos de raza negra, Lamine y Williams.
Tampoco Arnaldo Otegui, renuncia a sus principios. Preguntado por sus preferencias en las semifinales, declaró: «Mi selección no es ni la española ni la francesa, no son mis himnos, no son mis colores, no son mis jefes de estado y yo voy con la vasca». No sería de extrañar que Luis de la Fuente acepte la oferta de entrenar a Estados Unidos. Si permanece en España será con una mejora en su retribución y con el alivio de la fe cristiana contra las adversidades.

