Nacho Cano devuelve la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, después de entregársela ella al músico, durante la ceremonia de imposición de Medallas de la Comunidad de Madrid y condecoraciones de la Orden del Dos de Mayo, con motivo del Día de la Comunidad de Madrid, a 2 de mayo de 2021./ Foto:EuropaPress
Por Jano Luna
El 9 de julio pasado la policía detenía, con gran repercusión en los medios, a Nacho Cano. La causa, una denuncia por reclutar, presuntamente de forma ilegal, a personal inmigrante para actuar en su espectáculo musical ‘Malinche’, subvencionado por la Comunidad de Madrid. En 1981 era el más joven de Mecano, cuando el grupo musical rompió moldes, promovido por el productor Miguel Ángel Arenas ‘Capi’, quien descubrió a otros talentos musicales como Alejandro Sanz y Tequila. Nacho, su hermano mayor, José María, y la exnovia de éste, Ana Torroja, formaron el trío español con mayor repercusión nacional e internacional en el pop —y en otros géneros— hasta 1998.
En ese año José María anunció en público que dejaba el grupo, sin comunicarlo previamente a sus compañeros. La justificación, que necesitaba consagrarse al cuidado de su hijo Daniel, nacido con el síndrome de Asperger, variedad del autismo. En verdad, como ha reconocido años después, fue debido a las diferencias irreconciliables con los criterios profesionales, e incluso con el estilismo, de sus dos colegas. Rota la trinidad, desde entonces no se hablan los hermanos, como en las mejores familias.
A lo largo de diecisiete temporadas —buen aguante para la media de los conjuntos pop—, los hermanos Cano compusieron decenas de piezas musicales para explotación propia, y unas cuantas más de encargo para artistas de primer nivel. Ana cantaba las propias con suave voz de contralto y movimientos gimnásticos. La escoltaba en los conciertos un José María de pelo corto —cierto parecido a Bruce Springsteen— y ademanes reposados tocando la guitarra.

Por el contrario, Nacho se desgañitaba cabellos al viento y convulsiones seudoepilépticas, aplicando simultáneamente ambas manos a varios teclados. A veces abandonaba el escenario y volaba, sostenido por un arnés, sobre las cabezas de los espectadores enfervorizados. Un derroche de energía sudorífica, que manifestaba así su personalidad volcánica. Mecano representaba la alternativa pija a la movida madrileña, más hortera. Y la superaba en conocimientos y técnicas musicales, debido a lo cual el aborrecimiento era mutuo. Eran innegables su domino del espectáculo, los excelentes arreglos y los estribillos pegadizos que han traspasado generaciones.
Porque, independizados del resto, cada uno de los tres ha explotado los éxitos añejos, que los hicieron millonarios gracias a las recaudaciones en la Sociedad General de Autores. Los niños y niñas actuales ignoran muchas canciones de los 80, pero corean ‘Hoy no me puedo levantar’, ‘Me colé en una fiesta’ o ‘Perdido en mi habitación’, las tres más exitosas con la autoría de Nacho Cano. En las décadas posteriores, hasta la actualidad, ha sabido mantenerlas vivas en obras teatrales y en reediciones.
José María, responsable de las letras y melodías con más enjundia de Mecano, se ha pasado a la pintura con excelente cotización y solo ha concedido una entrevista en los últimos tiempos al diario El Mundo, donde demuestra que su cultura va mucho más allá de lo musical. Ha pesado en su abandono el fracaso económico de la ópera ‘Luna’, a cuya elaboración ha dedicado veinte años y a punto ha estado de arruinarle. Ana vive de las rentas y ostenta el título de marquesa de Torroja, concedido por Francisco Franco a su padre, el ingeniero de Caminos Eduardo con el mismo apellido. Sus intentos por retornar a los escenarios han obtenido resultados más bien discretos.
A tenor de los últimos acontecimientos. Ignacio de la Macarena Cano Andrés, 61 años, no ha perdido un ápice de su empuje. En rueda de prensa tras su paso por comisaría, tildó a la policía de ‘criminal’ y declaró que no descartaba aparecer muerto en una cuneta. Abundó en sus argumentos Isabel Díaz Ayuso, quien denunció prácticas estalinistas, atribuibles a Pedro Sánchez y al ministro de Interior Grande Marlaska, en nuevo intento de perjudicar su carrera política. Pues une a la presidenta y al artista una fuerte amistad, que ella premió con la concesión de la Gran Cruz del 2 de Mayo, en ceremonia donde Nacho se la devolvió, no por rechazo, sino porque ella la merecía mucho más —así lo agradeció— por su contribución a la felicidad de los madrileños en la pandemia del Covid.
El hermano pequeño de Mecano ha sido quien peor ha envejecido de los tres, su rostro se ha afilado y luce una melena lacia teñido de rubio que ya no le favorece. Antes de Ayuso, se llevaba muy bien con Esperanza Aguirre quien le contrató para grandes eventos. También tuvo un breve idilio empresarial con la alcaldesa Manuela Carmena, en las antípodas de su ideología, pero a quien solicitó la cesión de terrenos municipales para construir una pirámide donde habría estrenado ‘Malinche’, alegato contra la leyenda negra sobre el Imperio español y la conquista de América. Carmena no puso obstáculos, pero sí la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid, quien prefería un instituto de enseñanza en lugar del faraónico proyecto. Y lo tumbó. No por ello Nacho Cano va a renunciar a sus ambiciosas iniciativas en pro del espectáculo.

