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Las dos caras de… Tamara Falcó

Por Jano Luna

Si un irónico Francisco Umbral aseveró en su día que «Isabel Preysler es famosa porque es famosa» como única explicación razonable a su celebridad, hoy puede escribirse que Tamara Falcó es famosa porque su madre —Isabel Preysler— es famosa. El poder de la madre y abuela filipina más notoria en España se demuestra en el gen dominante que ha transmitido a su prole —esos delicados rasgos asiáticos que embellecen los rostros de Chábeli, Tamara, Ana, Enrique y Julio José—. Para mayor mérito fisonómico, los cinco vástagos se concibieron con padres distintos. Julio Iglesias es el coautor de Maria Isabel ‘Chábeli’ y de los dos varones, mientras que Tamara y Ana heredan su primer apellido de Carlos Falcó y de Miguel Boyer, respectivamente. Todos los hermanastros tienen un aire, si comparas sus rostros.

Centrémonos en las féminas. Y en Tamara por encima de las tres. Chábeli vive discretamente en Miami con el gestor de fortunas Christian Altaba. Ana en Doha, Quatar, con el extenista Fernando Verdasco. Paraísos para ricachones. Han dado unos cuantos nietos a la matriarca. Por el contrario, Tamara Isabel Falcó Preysler, 41 años y excelentísima señora marquesa de Griñón, sigue residiendo en Madrid, desde donde ha proclamado a sus seguidores que intenta quedar embarazada de Íñigo Onieva, sin haberlo logrado hasta la fecha. Aquel novio infiel a quien perdonó piadosamente sus deslices, para contraer matrimonio en exclusiva con la revista ¡Hola! Según fuentes fiables por un precio de 500.000 €. De producirse el natalicio, engordará la cuenta corriente de la pareja.

Aunque a gran distancia de las tarifas de su madre, Tamara mantiene una subsistencia espléndida sobre la base de hacer pública su vida privada, con atención prioritaria a sus caprichos. No son necesarios acontecimientos relevantes, cualquier chisme o banalidad sirve para justificar los 2.500 € que cobra por cada actuación semanal en El Hormiguero. En una de las últimas reveló al mundo que había contratado a una organizadora de armarios para disfrutar de paz mental en su hogar. Desde 2010 ha protagonizado varios programas audiovisuales y, faltaría más, nutre Instagram y otras plataformas digitales con vicisitudes envidiables adornadas con su sonrisa perenne. Fuente de ingresos indispensable es la publicidad de productos y servicios relacionados con el glamour, o con lo que se tercie siempre que paguen bien.

Mas allá del trajín promocional, la influyente Falcó Preysler ha acrecentado el tirón popular —y al mismo tiempo los rechazos—, por el fervor religioso en modo arcaico que exhibe en ocasiones. Con una pose amanerada —‘pijoguay’ según sus detractores—, ha denostado el divorcio, la homosexualidad y el aborto, mientras miraba hacia el techo y proclamaba: «Mi propósito es llegar al cielo». Y no se refería a debutar como astronauta para ampliar su currículo. 

En el catálogo ideológico donde insertan a los famosos, se la considera ultracatólica —meapilas según alguno—, presta a engrosar las filas de la extrema derecha política. Craso error. Tamara pertenecería a una organización minoritaria, familiar, elitista: la Iglesia Preysleriana, cuya Suma Sacerdotisa, que da nombre a la secta, se llamaría Isabel Preysler Arrastia. Su emblema pudiera ser ‘Divina de la muerte’ próximo al catolicismo más tenebroso, pero del cual le aleja la inobservancia del precepto que dictó San Lucas en su evangelio: «No podéis servir a Dios y a las riquezas». La exreina de corazones ofrece un aspecto cada vez más espiritual. El de una ‘radiografía social’, como llamó Tom Wolfe en su novela La hoguera de las vanidades a las damas de la ‘jet set’ extremadamente flacas.

La marquesa de Griñón ejercería un apostolado similar al de los telepredicadores evangélicos, quienes en las cadenas estadounidenses e hispanoamericanas claman por la salvación versus el infierno, mientras se llenan los bolsillos. Ella, con su estilo pánfilo en apariencia, tal vez no consiga muchas conversiones, pero inspira memes y rechiflas por doquier, a la par que elogios por su espontaneidad entre los cronistas de lo rosáceo. Íñigo Onieva no solo aporta su empaque a las exclusivas periodísticas de la pareja. NO es un cazafortunas. De padres adinerados, acaba de montar un restaurante en Madrid, que ha recibido acerbas críticas gastronómicas. Con la excepción, entre otras, de su suegra, quien ha alabado así la relación calidad/precio: «Me encanta, se come fenomenal (…) lo veo barato». Es de suponer que invitada por la casa. Cierre o supere el negocio las dificultades, sucederá cuando Dios quiera.

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