Escrito por 6:25 pm Tribuna Internacional

Las manecillas rusas del reloj del día del juicio final  

por Fernando del Pozo, almirante retirado de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares, analista de seguridad Internacional en el Centro para el Bien Común Global de la UFV. Documento de Opinión  del Instituto Español de Estudios Estratégico (IEEE)  69/2024

I know not with what weapons World War III will be fought, but World War IV will be fought with sticks and stones”. 

Albert Einstein 

Resumen 

La creciente posibilidad de una guerra nuclear ha sido subrayada por el Bulletin of Atomic Scientists en sus dos últimos informes anuales. En este trabajo se analizan las circunstancias bajo las que el intercambio nuclear pudiera tener lugar, con especial énfasis en la presente guerra de Ucrania. 

Las repetidas amenazas de dirigentes rusos, particularmente de su presidente, de recurrir al empleo de armas nucleares en caso de ayuda de cualquier clase o intervención de otras naciones o de la OTAN en favor de Ucrania han sido una y otra vez desafiadas por entregas de armamento y ayuda financiera sin que esas amenazas se hayan materializado. Esto nos indica que el uso del arma nuclear, especialmente su primer uso, enfrenta más dificultades de orden práctico de las que parecen a primera vista.

Desarrollo

En enero de 2024, como cada año desde 1947, el Bulletin of Atomic Scientists (BAS) publicó su estimación de riesgo de enfrentamiento nuclear, representado por un reloj cuyas manecillas se aproximan a las 12:00, conocido como el Doomsday Clock, o Reloj del Juicio Final. Los cálculos cabalísticos de los autores, que incluyen nueve premios nobel (no publican cómo hacen sus estimaciones, pero podemos colegir que se trata de alguna variante del método Delphi) han dejado las manecillas en la misma posición que en 2023, a tan solo 90 segundos de la medianoche, lo más cerca que ha estado nunca (como referencia, en 1991 estuvo a 17 minutos, y durante toda la Guerra Fría siempre estuvo en el margen de los minutos, solo empezó a entrar en el margen de los segundos en 2020). 

En los cálculos del BAS no solo entra la posibilidad de guerra nuclear, sino también el calentamiento global y los riesgos no nucleares de la inteligencia artificial. Aquí consideraremos solo la cuestión nuclear, no solamente para acotar el problema, sino porque de los tres factores es el que representa el riesgo más inmediato con diferencia. Por qué las manecillas se mueven 

En la declaración oficial de 2023 el Boletín citaba expresamente la invasión de Ucrania por Rusia, comenzada el año anterior, añadiendo el comentario, importante en el contexto de la posibilidad de una guerra nuclear, de que la invasión se hizo en directa contravención del Memorando de Budapest de 1994, por el que EE. UU., el Reino Unido y Rusia proporcionaban a Ucrania seguridades de integridad de sus fronteras y contra cualquier tipo de intervención exterior a cambio de la entrega a Rusia del armamento nuclear que aquella poseía heredado de la Unión Soviética, y de su firma del Tratado de No Proliferación, condiciones que Ucrania cumplió total y prontamente (el Boletín no lo menciona pero, aunque la agresión fue hecha contra advertencias, alguna responsabilidad por no haber detenido al agresor les cabe a los otros dos garantes, miembros también del Consejo de Seguridad de las NN. UU., donde tal vez podrían haber conseguido que se tomara una posición más asertiva sobreponiéndose al veto ruso. 

Esta responsabilidad parece estar siendo más activamente asumida por el Reino Unido que por los EE. UU., donde las rencillas entre partidos parecen sobreponerse a ese deber). La declaración de este año añade la percepción de la lejanía del fin de la guerra (que en enero del 2023 pudo parecer más próximo); la declaración de Putin en febrero de 2023 de suspender el New Strategic Arms Reduction Treaty (New START); el anunciado despliegue de armamento nuclear en Bielorrusia (completado en abril de 2024); las declaraciones de Sergei Karaganov, asesor de Putin, urgiendo considerar el lanzamiento limitado de armas nucleares contra Europa Occidental como el mejor medio de terminar favorablemente la guerra en Ucrania; la votación de la Duma en octubre pasado en favor de retirar la ratificación del Comprehensive Nuclear Test Ban Treaty (mientras el Senado de los EE. UU. se niega incluso a debatir la ratificación). 

Y, aparte de la guerra en Ucrania, el Boletín cita el riesgo de una carrera triangular de armamento nuclear (EE. UU., Rusia y China) para la que han desaparecido o están desapareciendo los frenos que proporcionaban los varios tratados de control de armamento. Añade que Irán continúa enriqueciendo uranio cada vez más cerca del grado de pureza necesario para armas, mientras dificulta los controles de la Agencia Internacional de Energía Atómica. De pasada cita a Corea del Norte, India y Pakistán, así como el potencial de escalada que presenta la guerra de Gaza. 

Algunos de estos asuntos —aparte de la guerra en Ucrania, que veremos luego con la atención que merece por ser como se ve el mayor contribuyente con diferencia al adelanto del reloj— podemos desarrollarlos con algo más de detalle. 

Los riesgos 

Los repetidos y amenazadores experimentos de Corea del Norte toman cada vez más un tono desafiante, incluido el hecho de que a finales del pasado año declaró que en adelante Corea del Sur es un enemigo, y que por tanto renuncia a la unión. 

Solo incluyendo los hechos posteriores al análisis del BAS publicado en enero de 2024, en diciembre inmediatamente anterior probó un misil balístico que puede alcanzar los EE. UU.; el mismo enero lanzó un misil hipersónico que puede superar las defensas de Corea del Sur; en marzo probó artillería de largo alcance (y potencial uso dual); y el 22 de abril lanzó una serie de misiles en el mar del Japón para probar un sistema de mando y control de contraataques nucleares. 

De la guerra convencional (aunque inusual por varias otras razones) en que se ha visto envuelta una potencia nuclear, Israel, cabe decir que, aunque no se puede ignorar la posibilidad de escalada eventualmente nuclear, podemos poner en el lado positivo de la balanza que la escalada convencional con Irán que se inició en abril parece haber sido controlada con éxito. 

La proximidad de Irán a la consecución del arma (entre 12 días y un año, según distintas fuentes, pero todas de acuerdo en que el grado de pureza ya alcanzado de U235 es muy superior al necesario para producción de energía, sin que haya explicaciones alternativas) para la que ya dispone de los vectores, parece impulsada exclusivamente por la Guardia Revolucionaria o Pâsdârân, con la aparente oposición de sus respetados ayatolás. 

Las más recientes de estas conflictivas declaraciones según la agencia Reuters han sido la autoritativa del actual líder supremo Ali Khamenei pronunciando una fatwa en contra de su uso (pero no de su posesión) en los primeros años del siglo, confirmada y ampliada en 2019 cuando descartó tanto el uso como la posesión del arma nuclear por ser haram, o sea pecado; y la de su ministro de Asuntos Exteriores Nasser Kanaani el 22 de abril de 20244, contradiciendo directamente las amenazadoras declaraciones del responsable de asuntos nucleares del Pâsdârân, Ahmad Haghtalab, este sí, muy en favor de conseguir la capacidad. 

Estas discrepancias internas no son precisamente una fuente de tranquilidad, pues favorecen el descontrol y la toma de decisiones críticas a nivel más bajo que el del Gobierno, a no ser que sean discrepancias aparentes y acordadas, siguiendo el proverbio persa que reza «antes de gritar un insulto es mejor probarlo primero susurrando». 

El Boletín no lo menciona, pero en relación con los esfuerzos iraníes, sean nacionales o solo del Pâsdârân, hay que considerar que en caso de que Irán lo consiga, se supone que su archienemigo Arabia Saudita reclamará a Pakistán el acceso a su vez al arma nuclear, en pago por el apoyo económico que Arabia Saudita dio en su día para el programa nuclear pakistaní. 

Tampoco es mencionado el reciente interés expresado por dos naciones (Corea del Sur6 y Polonia7) si no por producir, al menos por almacenar armas nucleares aliadas en sus bases compartidas bajo el concepto llamado nuclear sharing, uniéndose en ello a Alemania (en Büchel), Bélgica (Kleine Brogel), Italia (Aviano y Ghedi), Países Bajos (Volkel) y Turquía (Incirlik). 

Bajo este concepto, las naciones que lo adoptan participan activamente en las decisiones de empleo y ceden bases para los aviones norteamericanos que usan esas armas, o alternativamente proporcionan sus propias aeronaves para ello debidamente certificadas. 

La posible adición de estos dos países a la lista, aunque comprensible por su innegable efecto disuasorio a pesar de que la decisión de su uso les estaría vedada, no hace sino confirmar que el riesgo nuclear avanza. 

Finalmente, no se puede descartar que haya tenido su influencia en las estimaciones la creciente posibilidad de que acceda a la presidencia de los EE. UU. en las elecciones de este año alguien de carácter tan errático como Donald Trump, del que se pueden esperar decisiones poco meditadas. Su reciente comentario de que «en caso de ser reelegido animaría a los rusos a hacer whatever the hell they want [sic] con los miembros de la OTAN que no sigan las directrices de gastos de defensa» es un indicador de una actitud que muchos analistas han interpretado en el sentido de retirar el paraguas nuclear, al combinarla con los aislacionistas deseos expresados durante su presidencia de abrogar el Tratado del Atlántico, de lo que fue a duras penas disuadido por sus propios colaboradores. 

Tal parece que la nación que popularizó el concepto de los checks and balances los tiene de menor solidez que los de, por poner ejemplos de aliados nucleares, Francia y el Reino Unido. El debilitamiento de la OTAN con cualquier variación de esta amenaza sería atroz, e incluso los aliados del Pacífico (Australia, Japón, Corea del Sur) perderían la fe en el aliado más poderoso a la vista de su deserción de Europa.

La alarma está más que justificada si se piensa que, consistente con sus querencias autocráticas, en esta hipotética segunda presidencia podría verosímilmente rodearse de personas más aquiescentes con sus caprichosos impulsos. No podemos sino recordar la orden que, inspirado en Maquiavelo («a veces es prudente hacerse el loco», Discurso sobre Tito Livio) en su día dio el presidente Nixon de hacer correr la voz de que estaba fuera de sí y actuaba de manera irracional (the madman theory) con el objetivo de inducir en el primer secretario Brezhnev y su Gobierno una saludable prudencia, aunque en realidad Nixon estaba perfectamente racional y con control de la situación. 

En alguno de los casos citados, particularmente Corea del Norte, y tal vez en alguna medida los aspirantes Irán y Arabia Saudita, el motivo de los deseos de poseer el arma nuclear es sin duda los fantasmas de Sadam Huseín y El Gadafi, autócratas que no habrían tenido un final tan temprano y dramático de haber sido dueños de «la bomba». 

En otras palabras, en ciertos casos no es obtener la capacidad de agresión el principal motor de la adquisición, sino la preservación del régimen y la vida del autócrata, considerando la bomba como una garantía de no intervención ajena en sus asuntos internos que aquellos no tuvieron. 

En mi opinión, de todos los motivos de aceleración del reloj citados, las amenazas rusas en el contexto de la invasión de Ucrania, que han tomado forma de declaraciones y de anuncios de acciones son la mayor contribución al adelanto del reloj, y más adelante examinaremos el porqué. De momento vamos a explorar las complejidades de la confrontación nuclear. 

La teoría de la disuasión y el intercambio nuclear 

La estrategia que ha presidido esa confrontación, desde el momento en que la Unión Soviética alcanzó una razonable paridad nuclear, ha sido la de la destrucción mutua asegurada (mutual assured destruction, cuyo apropiado acrónimo es MAD). Ello contribuye en gran medida («garantiza» sería excesivo) a que no haya un «primer uso», pues el que lo desencadena estaría sujeto a similar destrucción que la infligida al atacado. 

La dispersión de los silos en tierra y sobre todo la práctica invulnerabilidad de los submarinos portadores de misiles balísticos (SSBN) tanto antes como después de un lanzamiento aseguran que siempre habría una capacidad remanente de represalia, y con los números de cabezas disponibles y los megatones que suman esa capacidad es suficiente para hacer desaparecer a millones de personas, arruinar la infraestructura de una nación por grande que sea, y dejar enormes extensiones inutilizables durante al menos décadas por la radiación residual. 

Esta lógica de la disuasión es válida incluso para naciones, como Francia o el Reino Unido, cuyo armamento nuclear es una fracción del de las dos potencias mayores, ya que solo unas decenas o los pocos cientos de bombas que ambos poseen pueden producir una destrucción inasumible en el agresor. 

Más aún, la rigidez impuesta por la cuasi uniformidad de sus artefactos nucleares da a su disuasión más credibilidad: tienen menos escalones y más empinados, y desde luego complican el cálculo de cualquier enemigo de la OTAN que pensara en contender solo con EE. UU. 

La estrategia MAD y la (bendita) inmovilidad a la que condenaba a las potencias principales (EE. UU. y la URSS entonces) comenzó pronto a ser socavada por la creciente precisión de los misiles americanos, que reducía la capacidad de represalia al asegurar la destrucción de los silos terrestres, por la aparición de submarinos de propulsión nuclear (SSN) de ataque y defensa de los SSBN, y sobre todo porque suscitó la tentación de introducir armas específicas de defensa frente a misiles balísticos, los anti-ballistic missiles (ABM). 

El indeseado pero automático efecto de todo ello fue el descenso del umbral de empleo del arma nuclear, pues la destrucción mutua quedó como resultado menos asegurada. La principal reacción a la inestabilidad que esto causó fue el tratado ABM de 1972, además de otros tratados de limitación de pruebas, de limitación y de reducción de números (Strategic Arms Limitation Talks, Prevention of Nuclear War Agreement, Threshold Test Ban Treaty) todos negociados en los 1970. 

El Tratado ABM no prohibía, pero al menos limitaba el número de armas defensivas anti misiles balísticos, y su vigencia duró hasta 2002, pues las cuatro naciones que tenían armamento nuclear de las quince resultantes de la disolución de la URSS (Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Kazajistán) aceptaron continuarlo después de 1991, hasta que en vista de las dificultades EE. UU. decidió su no renovación a la expiración. (Esto por cierto ilustra una verdad que llega más lejos que el ámbito de las estrategias nucleares, alcanzando el de la estrategia militar convencional: la defensa, aunque imprescindible, no disuade. Lo que disuade es la capacidad y voluntad manifiesta de tomar represalias. 

La justamente famosa por inexpugnable defensa antiaérea de Israel llamada Iron Dome no disuade a sus múltiples enemigos de mandar cientos de cohetes, drones, misiles balísticos y de crucero en la esperanza de que alguno sortee la defensa, que siempre alguno lo hace. Ello solamente encarece el ataque, pero no lo evita, simplemente hace al atacante más cuidadoso y selectivo a la hora de decidir el momento y lugar, y los ataques si es posible más masivos y brutales. 

Las posibles represalias, en cambio, sí hacen meditar al más reflexivo —más bien el menos irreflexivo— e influyente de sus enemigos, Irán, sobre la oportunidad e intensidad de sus ataques. La disuasión de llevar a cabo un ataque nace de considerar lo que les puede pasar después. 

Pero volviendo al ámbito de la guerra nuclear, el concepto de disuasión es lo que está en la base de lo que se ha dado en llamar la «escalada nuclear» (desafortunadamente en español la palabra escalada es más sugerente de lo que se hace en el Everest que de la progresión en una escala o escalera, que es la intención original del término inglés escalation, porque lo primero insinúa inaccesibilidad): cada nuevo paso en la búsqueda de la superioridad es respondido por el enemigo con otro que desequilibra de nuevo la confrontación pero en sentido contrario, y así sucesivamente en movimientos discretos. 

En la excelente novela de Ken Follett Never el proceso de escalada consta de numerosos escalones que llevan de una manera lógica y aparentemente inexorable desde un incidente mínimo que implica a unas pocas personas en un lugar anodino en África, hasta el intercambio nuclear del genuino día del juicio final. Cierto que es ficción, pero es evidente que el autor hizo sus deberes de investigación y el relato resulta convincente. Y es que la ficción también es importante e ilustrativa cuando es de calidad y —como en el intercambio nuclear— la realidad ofrece pocos ejemplos para analizar: se dice que el presidente Ronald Reagan salió conmovido de ver la película The Day After (gramaticalmente mal traducido al español como «El día después») y por ello tomó ciertas decisiones que a su juicio reducían el riesgo nuclear. 

Fuerzas duales 

Un factor que puede aumentar la disuasión es el uso de fuerzas duales (dual-capable forces) es decir vectores, principalmente aeronaves tripuladas, capaces de llevar armamento bien nuclear o convencional. La ambigüedad de si en un momento determinado lo llevan o no hace que el enemigo considere sus opciones no menos cuidadosamente que frente a los vectores inequívocos (SSBN, ICBM). 

Sin duda por ello, cuando Francia y el Reino Unido en 1990 contemplaron la reducción de su armamento nuclear, Francia decidió conservar el componente aéreo de la tríada, en forma hoy de aviones duales Rafale B (40 aviones) y M (10) en tierra y a bordo del portaviones Charles de Gaulle respectivamente. 

No se puede sin embargo dejar de consignar que la ambigüedad de las fuerzas duales tiene su lado negativo, pues su uso casual o excesivo puede ser una fuente inintencionada de escalada (Francia tiene además 4 SSBN con 12 misiles de 6 a 10 cabezas cada uno, y el Reino Unido otros 4 SSBN con hasta 12 misiles de 1 a 8 cabezas. Ninguno de ellos ha conservado el componente terrestre ni el Reino Unido el aéreo). 

Los nuevos misiles hipersónicos (hypersonic boost-glide vehicles, HBGV) son en potencia otra fuente de ambigüedad, no solo porque pueden estar o no armados con cabeza nuclear, sino porque su trayectoria no balística puede hacer confundirlos con otro tipo de arma. 

La inteligencia artificial en la confrontación nuclear 

Hoy no podemos ignorar la posibilidad de que la estrategia escalatoria y la decisión final de empleo sean decididas o al menos sustentadas por una fría, calculadora y deshumanizada inteligencia artificial (IA), lo que parece eliminaría el último vestigio de esperanza de que consideraciones éticas impidan el salto final a lo desconocido. 

Por otro lado, la IA podría introducir un criterio de racionalidad en un proceso donde se espera que los factores emocionales desempeñen un papel predominante. No es por tanto posible dilucidar si la intervención de la IA en la fatal decisión la haría más fácil o más difícil. 

Evidentemente todo descansa en la proporción en que la ética haya entrado a formar parte del «adiestramiento» de la IA. Pero no toda la influencia de la IA está en el apoyo a la decisión o una deshumanizada decisión misma. Incluso sin siquiera tener parte en ella, la IA puede aumentar la probabilidad de la confrontación nuclear gracias a su conocimiento más detallado de la situación que podría evidenciar un desequilibrio no percibido por los operadores humanos. 

En otras palabras, los humanos estiman equilibrio porque su medición de los factores es aproximada, pero si se alcanza más detalle desaparece la aparente igualdad deshaciendo así la base de la estrategia MAD, del mismo modo que dos cañones de artillería pueden parecernos indistinguibles a cierta distancia, pero solo cuando nos acercamos con una cinta de medir descubrimos que uno tiene un calibre de 155 mm y el otro de 150 mm, lo que normalmente implica mayor alcance y carga explosiva del primero y por tanto su victoria en un hipotético duelo. 

Este mayor nivel de detalle en la percepción de la situación funciona contraintuitivamente en los dos sentidos, siempre empeorándola: si el desequilibrio es favorable, puede estimular un ataque preventivo para aprovechar la ventaja, y si es desfavorable también, como medio de eliminar la vulnerabilidad o de reequilibrar con iniciativa la situación. 

El resultado neto es que cuanto más detallado sea el conocimiento de la situación, más riesgo existe de llegar al punto de no retorno, esté o no el control del proceso firmemente en manos humanas (que se presuponen éticas, pero que no siempre lo son). 

Dicho todo esto, las principales potencias nucleares parecen poco inclinadas a mezclar la inteligencia artificial en estos asuntos (China lo ha rechazado expresamente) al menos en el nivel actual de desarrollo (no es sorprendente, visto los errores que frecuentemente se encuentran en sus respuestas, al menos en las versiones públicas). 

Las armas: clases y números 

La parálisis que (felizmente) la estrategia MAD imprimió en las dos mayores potencias nucleares estimuló el desarrollo de cabezas nucleares «tácticas» o «de teatro». La idea es que son para utilizarse en el campo de batalla, por lo que en principio no forman parte del intercambio nuclear. 

Tienen una potencia del orden de las unidades o pocas decenas de kilotones (como referencias: una bomba convencional moderna puede llegar a medio kilotón; la explosión accidental de nitrato de amonio en Beirut en 2020 fue equivalente a 1 kilotón; y una bomba nuclear «táctica» típica de 15 kilotones produce destrucción total en un área de 8 km2, es decir un radio de 1,6 km) y sus vectores un alcance de hasta 500 km. Mientras que las estratégicas, una vez desaparecidas las monstruosas de hasta 50 megatones que dominaron la Guerra Fría (1 megatón = 1.000 kilotones) son hoy de hasta un megatón, la capacidad de destrucción alcanza 8 km de radio, es decir unos 200 km2, y sus alcances intercontinentales. 

Entre los calificativos «de teatro» y «táctico» usaremos preferentemente el primero por ser más preciso, porque si la táctica es el arte de ganar las batallas y la estrategia es el arte de combinar las batallas para ganar la guerra, es obvio que el empleo de una bomba nuclear «táctica» tiene una importancia estratégica, puesto que afectaría a todo el curso de la guerra. 

Aunque las estimaciones de cabezas nucleares en existencia varían, en parte por el secretismo, aliviado solo en parte en los casos de EE. UU. y Rusia por los tratados que exigen inspecciones mutuas, en parte porque la frontera entre lo que es de teatro y lo que es estratégico es algo difusa, y en gran medida porque las fuentes públicas suelen mezclar la armas efectivamente desplegadas con las que están en reserva y no se pueden usar inmediatamente, e incluso con las ya retiradas del servicio, generalmente se estima que Rusia tiene 4.380 cabezas en total (1.710 desplegadas y 2.670 en reserva), y EE. UU. 3.708 cabezas (1.770 desplegadas y 1.938 en reserva). 

Todas las demás potencias las tienen activas, pero no disponibles inmediatamente (China 350, Francia 290, Reino Unido 225, Pakistán 165, India156, Israel 90 y Corea del Norte 50). Pero la gran diferencia entre los dos grandes poseedores es que, mientras solo unas 200 cabezas nucleares americanas de ese total se pueden considerar de teatro (100 de ellas desplegadas en Europa en forma de bombas de gravedad para ser lanzadas desde avión) se estima que 1.558 del total de Rusia lo son. 

Combinado este hecho (que parece consistente con sus expectativas de que, de tener que combatir una guerra, esta se llevaría a cabo en un teatro europeo no ruso) con el bajo umbral de empleo que se supone de Rusia (abordaremos este tema más adelante) y sobre todo con la situación de difícil salida en que su injustificable invasión de Ucrania le ha colocado, nos permite comprender el mayor énfasis que el BAS pone en esta última a la hora de culpabilizar del adelanto del Reloj del Juicio Final. 

En cuanto a los vectores, haremos gracia al lector de lo más espectacular de ello, que son los regulares anuncios rusos de nuevos misiles (Burevestnik, con propulsión nuclear; Kinzhal, balístico lanzado desde aeronave; Tsirkon, hipersónico antibuque; Barguzin, ICBM móvil por raíles; Rubezh, que violaba el extinto acuerdo INF) todos los cuales tienen o han tenido programas plagados de fallos en pruebas. 

Pero sobre todo debemos mencionar, aunque no nos referiremos de nuevo a él, el Poseidón, un torpedo nuclear armado con una cabeza de dos megatones, capaz de navegar autónomamente miles de millas y explosionar a miles de metros de profundidad desencadenando un tsunami que puede arrasar miles de kilómetros de costa. 

Podemos sin embargo relajarnos de momento: aunque Putin lo ha trompeteado como una realidad, los más optimistas no esperan que esté disponible antes de que termine esta década. Si llega a ello. Y es que el arma nuclear se presta más que ninguna otra a la grandilocuencia, al alarde y la jactancia, a intimidar y asustar, sin considerar, como veremos, las limitaciones éticas y prácticas que su empleo tiene. 

El intercambio nuclear 

Hay tres maneras de que se desencadene el intercambio nuclear: 

• Una crisis no escalatoria o en un nivel muy bajo de escalada, que repentinamente se descontrola y alcanza el nivel más alto sin pasos intermedios, tal vez por decisiones a nivel bajo (no gubernamental). 

• Una escalada gradual pero deliberada e imparable entre dos grandes potencias (tipo Never). 

• El uso deliberado de una explosión nuclear en un contexto de guerra convencional no escalatoria con objeto de impedir una derrota que afectase a los intereses vitales del Estado. La crisis repentina e inintencionada 

La primera puede parecer a primera vista de difícil ocurrencia, si nos dejamos impresionar por el famoso maletín nuclear que porta un ayudante del jefe del Estado en cuestión y los sofisticados procedimientos que requieren la concurrencia de al menos tres personas para la decisión de empleo. 

Y sin embargo los años de la Guerra Fría están plagados de ocasiones en las que casi ocurrió. De ellas destacan por críticas y bien documentadas la crisis de los misiles de Cuba (octubre 1962) que, aunque enmarcada en el segundo supuesto, contuvo un episodio ignorado en aquel momento, pero que una vez se conoció fue unánimemente pronunciado como lo más cerca que nunca se ha estado del apocalipsis; y también las circunstancias que rodearon al ejercicio anual Able Archer del año 1983. 

Durante los días de bloqueo americano a los barcos soviéticos que se dirigían a Cuba llevando material para las nuevas baterías de misiles balísticos nucleares que pretendían instalar, un submarino soviético fue detectado por los escoltas americanos, quienes utilizaron pequeñas cargas explosivas de advertencia (inocuas para un submarino) para obligarle a salir a superficie. 

La dotación estaba muy estresada y al límite del tiempo admisible en inmersión, con escasez de aire. El comandante del submarino, naturalmente sabedor de la situación de crisis y su motivo, pero con falta de información en tiempo real de la evolución de los acontecimientos, suponiendo gratuitamente que las hostilidades habían comenzado, quiso forzar su escape de lo que creía era un ataque letal usando un torpedo con cabeza nuclear, en lo que fue apoyado por el comisario político de a bordo. 

Vasili Arhipov

Felizmente el prestigioso jefe de Estado Mayor de la Flotilla Vasily Arkhipov (famoso por haber resuelto una grave crisis en otro submarino derrochando valor personal) se encontraba a bordo y vetó el lanzamiento (era costumbre en la marina soviética, continuada en la rusa, que cuando un buque de guerra de superficie o submarino lleva a cabo una misión individual, un oficial superior, generalmente el comandante de flotilla, ha de ir a bordo, lo que ilustra la escasa fe rusa en sus mandos navales. 

Véase como ejemplo de ello el famoso incidente llamado Whisky on the Rocks, el submarino S-363 clase Whisky que varó en la costa de Suecia en 1983 con torpedos nucleares y el comandante de la Flotilla a bordo). No hace falta mucha imaginación para especular sobre tal lanzamiento, en la gravísima situación del momento, con las fuerzas rusas, americanas (y cubanas) en máxima alerta, hubiera desencadenado la guerra nuclear total, con destrucción mutua bien asegurada. 

En cuanto a Able Archer 83, los detalles han sido ampliamente recogidos y examinados en varios libros, de los que destaca por su amena y detallada narración el de Ben MacIntyre The Spy and the Traitor que describe la carrera del oficial de la KGB Oleg Gordievsky que durante años espió para el Reino Unido y que según el autor tuvo una actuación destacada en la desactivación de una situación en la que el Soviet Supremo, cuyo presidente era Yuri Andropov, creyó firmemente por una serie de complejas razones, incluidos procedimientos más reservados, la inusual participación en el ejercicio de jefes de Estado o de Gobierno aliados, el reciente derribo por los rusos del vuelo KAL 007, y otros varios factores, que el ejercicio norteamericano Able Archer 83 no era sino una pantalla que deliberadamente ocultaba la decisión del presidente Ronald Reagan de lanzar por sorpresa un ataque nuclear preventivo a la Unión Soviética. 

La tesis de Andrew R. Garland 1983: The Most Dangerous Year, Universidad de Nevada Las Vegas, lo describe muy bien en su resumen inicial: «La crisis de 1983 surgió de una secuencia de accidentes, malentendidos y errores. De eventos muy publicitados como la aplicación de la moralidad a la política exterior por el presidente Ronald Reagan, al intento de la Unión Soviética de descubrir los planes secretos de ataque de la OTAN, una extraordinaria confluencia de acontecimientos llevó a las dos superpotencias más cerca del intercambio nuclear de lo que comúnmente se cree. 

Más de diez eventos separados llevaron a los Estados Unidos y la Unión Soviética a un rumbo de colisión». En este caso, Able Archer 83, el error de apreciación producido por la paranoia soviética se produjo al máximo nivel, pero cabe incluirlo en la lista del primer grupo porque no hubo escalada previa ni se correspondía con una crisis política de base real. 

Estos dos ejemplos de «por poco», los más prominentes de los que ocurrieron (los demás en general fueron interpretaciones erróneas de imágenes satelitales o de radar, o incluso de auroras boreales, pero sucedieron en contextos políticos de baja hostilidad que suscitaron razonables dudas sobre la interpretación inicial y permitieron abortar el lanzamiento de presunta represalia) permiten mantener un saludable escepticismo sobre la solidez de los mecanismos de control del armamento nuclear. 

Las crisis deliberadas 

El empleo del arma nuclear por parte del más sospechoso presunto se enmarcaría salvo accidente en uno de los dos casos de empleo deliberado, sobre todo habida cuenta de que, escalatoria o no, estamos inmersos ya en una crisis de primera magnitud. 

Para dilucidar cómo y en cuál de ambos casos, paso previo para estimar su probabilidad, es preciso examinar en primer lugar las declaraciones emitidas por Putin y sus adláteres, y después la estrategia oficial rusa y sus consistencia con aquellas declaraciones. Las declaraciones de Putin y sus adláteres 

Sería tedioso repetir las muchas veces que desde febrero de 2022 Putin ha amenazado, a veces de manera velada, a veces explícitamente, con represalias nucleares a los que ayudan de un modo u otro a Ucrania. Si sumamos las de sus adláteres, particularmente el anterior presidente y actual número dos del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa, Dmitri Medvédev, del eterno ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, del recientemente cesado como secretario del Consejo de Seguridad y hoy asesor del presidente Nicolai Patrushev, y del asesor Sergei Karaganov mencionado en el BAS, la lista sería interminable. 

Pero tal profusión es al mismo tiempo prueba irrefutable del escaso valor de las declaraciones, que en conjunto son meramente un intento de mandar el mensaje de que Rusia se juega más en esto que Occidente (Ucrania no cuenta). Tantas amenazas se van carcomiendo solas meramente con su incumplimiento, las famosas «líneas rojas» que tales declaraciones van estableciendo son sucesivamente cruzadas sin que nada ocurra. Y su caducidad se une —con buena lógica— a la de algunas autoimpuestas por miedo a la escalada, como la de no permitir que las armas cedidas a Ucrania sean utilizadas contra territorio ruso, o la de no situar instructores aliados dentro de Ucrania, limitaciones que en mayo de 2024 están también a punto de caer. 

Y es que las declaraciones de los políticos —ciertamente unos más que otros, pero es de aplicación general— están siempre hechas con el único objetivo del efecto inmediato que puedan producir. Tomarlas como un acta notarial sobre la conducta futura solo conduce a frustración y decisiones erróneas. 

El no haber hecho lo prometido será explicado por el proferente —si es que lo explica en alguna medida— como la lógica consecuencia de un cambio de circunstancias. Ya produjo el efecto buscado en su momento, luego ahora ha dejado de tener interés. 

De hecho, se puede observar que la misma prensa que puso las iniciales declaraciones amenazando con el uso del arma nuclear en portada y grandes titulares hace dos años ahora consigna la mayoría de las declaraciones similares a la letra pequeña de interiores. 

No se nos escapa que el mismo valor tienen las declaraciones contrarias —también las hay— como cuando Putin niega el uso del arma nuclear en octubre 2022 y en junio de 2023, y en declaración conjunta con Xi Jinping, 21 marzo 2023, comprometiéndose a no desplegar armas nucleares fuera del territorio (la última desmentida solo días después por el despliegue en Bielorrusia, ver más adelante). 

Así que, visto el poco valor de la palabra, que se desmiente con flagrante incumplimiento incluso en cuestión de días, concentremos nuestros esfuerzos en desentrañar la estrategia rusa usando referencias más fiables, como sus hechos y sus documentos. 

Los ¿hechos?. Y la palabra de Putin

Tan solo cuatro días después del comienzo de la invasión, es decir coincidiendo con los primeros informes de su desastrosa conducción inicial, en una ridícula exhibición coreografiada y televisada se pudo ver a Putin ordenando a su ministro de Defensa Shoigu y su jefe de Estado Mayor de la Defensa Gerasimov al otro extremo de una larguísima mesa poner las fuerzas nucleares en special regime of combat duty (traducción al inglés de sus palabras por la prensa internacional), sea lo que sea lo que esa críptica frase significa. 

Visto con el prisma que nos proporciona su descripción de la invasión como «operación militar especial», otra frase con el misterio añadido del adjetivo «especial», a la que sigue aferrado después de más de dos años de lo que todo el resto del mundo considera una guerra, y sabiendo que aquello no entrañó ningún movimiento de las cabezas nucleares hacia los silos de misiles, que hubiera sido detectado inmediatamente por los servicios de inteligencia aliados, podemos afirmar sin temor a error que special regime of combat duty significa… absolutamente nada. 

En la segunda y más significativa declaración que implicaría movimientos de armas nucleares, Putin declaró el 25 de marzo de 2023, uno de los momentos de la guerra más bajos para Rusia, que instalaría misiles con cabeza nuclear en Bielorrusia, solo unos días después de su declaración conjunta con Xi Jinping comprometiéndose a no estacionar fuerzas nucleares fuera del territorio nacional, con lo que logró ofender a China (lo hicieron notar, pero ya sabemos que «su amistad no tiene límites») y presumiblemente a Bielorrusia por considerarla territorio nacional (como era de esperar Lukashenko no expresó ninguna objeción). 

El 17 de junio siguiente anunció que había estacionado ya allí un primer grupo, en julio que habían comenzado las obras de adaptación de los silos existentes, en marzo de 2024 que estaba dispuesto a usarlas, y finalmente en abril de ese mismo año, alrededor de un año después del primer anuncio, ha habido confirmación de que «varias docenas» de cabezas nucleares «tácticas» han sido desplegadas en Bielorrusia, donde ya había misiles cuasi balísticos Iskander de doble uso. 

Estos misiles (de hasta 500 km de alcance supuestos), junto con la buscada proximidad a Ucrania occidental, Polonia y Lituania nos dicen sin necesidad de mayor comprobación que se trata de armas de teatro. El 6 de mayo pasado, en respuesta a la disputada liberación de fondos norteamericanos en ayuda de Ucrania, y con referencia explícita a la cada vez más ostensible ayuda británica y a la propuesta del presidente de Francia Macron de mandar fuerzas aliadas a territorio ucraniano, el Ministerio de Defensa ruso anunció ejercicios militares simulando el empleo de armas nucleares de teatro. 

Lo disparatado de este anuncio, efectuado en tono típicamente amenazante y por primera vez (los de armas estratégicas se llevan a cabo regularmente, pero los de armas de teatro no se anuncian) es que los tres países amenazados tienen armas estratégicas, y dos de ellos, Reino Unido y Francia, solo de este tipo, lo que hace subir el nivel de la escalada considerablemente, bien que de momento solo de forma verbal. 

En cualquier caso, los ejercicios una vez más no parecen haber implicado movimientos de cabezas nucleares desde sus polvorines a las zonas de lanzamiento. Aunque este último es el único anuncio serio de movimientos en el armamento nuclear que se ha hecho en un momento en que las fuerzas rusas tienen la iniciativa, el que haya sido como reacción a la liberación de esos nuevos fondos y las demás declaraciones aliadas podría indicar que Putin los considera un serio revés al que se ve obligado a replicar con su habitual tono amenazador. 

La estrategia nuclear rusa 

La estimación del bajo umbral de empleo a que antes se ha aludido requiere una explicación. Rusia repudió explícitamente en 1993 la anterior doctrina soviética que declaraba que nunca haría un «primer uso» del arma nuclear. La razón hay que buscarla en que las graves dificultades económicas que experimentaba entonces redujeron considerablemente su capacidad convencional, y esta fue la manera de mantener el estatus de gran potencia y la capacidad de disuasión. 

Posteriormente Rusia ha revisado varias veces su doctrina y su concepto de seguridad nacional casi siempre aparentemente en el sentido de dar un papel cada vez mayor al arma nuclear (Russia Nuclear Weapons, p. 2.), pero no necesariamente de expandir las razones para su uso. 

El año 2000, en una primera reescritura de sus estrategias, sí relajaba las condiciones de uso al publicar una nueva doctrina según la cual las circunstancias bajo las cuales se usaría el arma nuclear incluirían la respuesta a ataques con armas de destrucción masiva (no solo nuclear) contra Rusia o sus aliados, así como en respuesta a una agresión convencional a gran escala crítica para la seguridad de la Federación Rusa. 

Las dudas que esta descripción pudiera dejar intentaron ser despejadas por Patrushev, quien aclaró en 2009 que Rusia «puede lanzar un ataque nuclear preventivo contra un agresor que use armas convencionales en una guerra total, regional o incluso local». 

No es posible saber si esa era su interpretación personal, o era una declaración formal desde su cargo oficial. En 2010, sin embargo, la nueva revisión pareció restringir un tanto ese uso, al permitirlo solo en caso de agresión nuclear o de armas de destrucción masiva, o si la existencia del Estado estuviera amenazada, mientras que en el discurso presidencial a la Asamblea Federal de 1 de marzo de 2018 Putin enfatizaba la agresión nuclear como el único posible desencadenante de la represalia nuclear rusa, olvidando los supuestos de otras armas de destrucción masiva o del riesgo existencial; y en junio de 2020 una nueva estrategia nuclear específica (Fundamentos de la política estatal de la Federación de Rusia en el campo de la disuasión nuclear) declaró que Rusia «considera las armas nucleares exclusivamente como un medio de disuasión», y que la disuasión nuclear rusa es de naturaleza defensiva, lo que parece excluir un primer uso. 

Tan tortuoso camino no invita precisamente a sacar conclusiones claras, a pesar de los encomiables esfuerzos de Patrushev, ni siquiera la fácil conclusión de que la última es la que vale, porque no parece que cada una sea una enmienda a la anterior, para lo que usaría similar lenguaje, pero enfatizando la diferencia. Más bien parece todo ello envuelto en una niebla en la que cualquier decisión puede ser amparada por según qué texto se seleccione. 

Los analistas han dedicado muchos esfuerzos a desentrañarlo, y a pesar de ello discrepan en sus interpretaciones. Algunos de ellos estiman que la estrategia que Rusia adoptaría en una crisis es «escalar para desescalar», que quiere decir subir de manera rápida para obligar al adversario a renunciar a la confrontación, evitando el descontrol que supondría imitar la velocidad de subida. Ello sería consistente con las repetidas amenazas proferidas, que pretenden ser una escalada verbal que no se corresponde con declaraciones, cuanto menos acciones, del contrincante. 

En mi opinión, y teniendo en cuenta la composición de su armamento nuclear, con más de un tercio del total compuesto por armas de teatro, cuando utiliza los términos «defensivo», «disuasión» o «primer uso» se está refiriendo exclusivamente a las armas estratégicas, mientras que las de teatro las considera varios escalones por debajo en cuanto a limitaciones de uso, poco más que armamento convencional. 

El teatro para el que estas últimas están destinadas es Europa, y su empleo sería para sobreponerse a una hipotética derrota en el campo de batalla convencional. Si esto es así, Rusia se enfrenta con varios problemas. El primero de ellos es que para que la escalada tenga racionalidad ambos lados deben poseer la misma comprensión del problema. 

Pero, por lo que parece, la visión rusa del arma nuclear no es la que tenemos fuera de sus fronteras: para los no rusos un arma nuclear es un arma nuclear, sin distinciones. Incluso China, su «amigo sin límites» ha expresado con bastante más claridad la opinión que le merece su uso: «La guerra nuclear no se puede ganar y no se debe librar», por lo que cabe suponer que un primer empleo del arma, sea cual sea su categoría, pondría seriamente a prueba los famosos «no límites» de su amistad. 

Una visión compartida por las dos partes en colisión del significado del arma es crucial. Como dice la politóloga canadiense Janice Gross Stain, una de las cinco condiciones para una exitosa estrategia nuclear es la «comprensión clara de las intenciones del enemigo potencial y visión de las opciones disponibles para él», algo imposible de conseguir si se parte de conceptos diferentes. Por ejemplo, si la interpretación que se ha dado más arriba es correcta, Rusia podría fácilmente infravalorar la reacción aliada al uso de un arma de teatro.

El segundo problema es que las armas nucleares de teatro han sido concebidas para un uso que difícilmente se puede dar en la presente guerra de Ucrania. En principio se usarían contra una concentración de fuerzas, y el caso es que en esta primera gran guerra del siglo XXI las fuerzas, por razones que nada tienen que ver con lo nuclear, están bien dispersas para evitar la omnipresente observación por satélites, por aviación o por drones, que las hace fácilmente blanco de la artillería o el bombardeo aéreo. Parecida observación cabe hacerse de centros de mando, otro blanco favorito de las armas de teatro: si fueran localizables y alcanzables ya habrían sido blanco del armamento convencional aéreo o terrestre ruso. 

El tercero es que el dejar una cierta extensión contaminada, un nuevo Chernóbil, puede ser para Rusia tolerable, incluso deseable, si es en Europa Occidental, pero malamente lo sería en Ucrania, de la que la parte disputada, Crimea y los oblasti de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón, la ha declarado «para siempre» territorio ruso. 

Parecido razonamiento sería en el caso —impensable y taxativamente descartado tanto por Ucrania como por sus apoyos occidentales—de que la propia Rusia fuera invadida y sus fuerzas superadas. En otras palabras, lo que puede ser deseable en el teatro europeo, que es la verdadera razón de ser de sus 1.558 cabezas nucleares de teatro, parece rechazable para la «operación militar especial» que «se han visto obligados a llevar a cabo». 

Nos queda la duda de las naciones periféricas de su visión de la Gran Rusia, básicamente los antiguos poco entusiastas miembros del Pacto de Varsovia. Rusia, en su encarnación como URSS, usó esos países como un colchón frente a la supuesta agresividad occidental, y para ello el arma preferida fue la ideología comunista, en cuyo nombre controló todas esas naciones «en beneficio del pueblo», e incluso les impuso la disciplina por la fuerza cuando parecieron díscolos (República Democrática Alemana en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968). 

Cabe sospechar que tendría tan pocos escrúpulos para usar el arma con esos vecinos como con los que vivimos más lejos, tal vez menos si aquellas invasiones de un miembro del Pacto de Varsovia a otros aliados suyos sirven de guía. Hoy la ideología comunista no sería la coartada, y la autocracia no funciona como otra ideología sustituta (aunque muchos regímenes comunistas parecen ver todavía en Rusia su modelo) pero la multitud de demenciales acusaciones esgrimidas contra Ucrania nos da una idea de la creatividad rusa a la hora de establecer un casus belli para un injustificable ataque. 

La fiabilidad técnica rusa 

Una variante del primer escalón nuclear de la larga o corta escalada que algunos estudiosos consideran es la detonación de advertencia de un artefacto, preferiblemente de teatro, en un lugar donde no produzca bajas, por ejemplo, en el centro del mar Negro, con objeto de demostrar resolución (lo que caería bajo el tercer supuesto de los que antes se han mencionado). 

Esto tiene un problema: tiene que funcionar a la primera, porque cuando hablamos de miles de armas estratégicas, un fallo que afecte a muchas de ellas no es decisivo, las que sí funcionan se bastan y sobran para destruir varias naciones, además de que los fallos se pueden achacar a las defensas. 

Pero en una demostración fuera de territorio no cabe un fallo, porque el resultado (impresionar a la audiencia) sería contrario al deseado. Y si la desconfianza respecto a la fiabilidad de los sistemas militares rusos en general no fuera suficiente (recordemos como más notorio, pero ciertamente no único, el caso catastrófico del submarino Kursk en agosto del 2000) el reciente fallo en las pruebas de un SLBM Trident 2 en el submarino HMS Vanguard (por segunda vez en ocho años) debería infundirnos serias dudas. 

Los controles del poder 

Hemos especulado antes sobre un hipotético uso de la inteligencia artificial a la hora de decidir el lanzamiento de un ingenio nuclear, pero hay otro factor conectado con esa misma decisión que puede ser de más trascendencia. Me refiero a los controles políticos de la nación, o si se prefiere, la libertad con la que el gobernante puede ejercer su juicio en algo que, en última instancia, podría afectar a la humanidad entera. 

No cabe dudar de que en una democracia esos controles se pondrían en uso, y el gobernante en cuestión no podría llevar a cabo la decisión por su cuenta: los famosos checks and balances funcionarían, a pesar de lo que los soviéticos pudieran haber creído de la madman theory. 

Lo mismo, aunque las estructuras son muy diferentes, cabe decir de un país comunista, como lo es China (hasta cierto punto con Xi Jinping) o mejor como lo fue la China inmediatamente anterior o la URSS. El Soviet Supremo y otros organismos ejercen un férreo control sobre el mandatario, hasta el punto de que a Khuschev le depusieron fríamente dos años después de la debacle de los misiles de Cuba. Pero Rusia es hoy una autocracia total, nadie ejerce ningún control de ninguna clase sobre el presidente Putin, que se comporta como un moderno Tiberio, con el que coincide incluso en la preferencia por defenestrar a sus enemigos. 

Incluso los más ruidosos de sus adláteres parecen empujarle a tomar tan drástica acción, probablemente porque así esperan gozar de su favor, pero ninguno pone en duda su derecho soberano a tomar la decisión que le plazca. 

Resumen de las hipótesis de empleo 

Dos situaciones se nos ofrecen para consideración que pudieran implicar el uso del arma nuclear en el contexto ucraniano: La primera sería en el caso de que la suerte de las armas ucranianas mejorara y amenazaran realísticamente con expulsar las fuerzas rusas de territorio ucraniano. 

Esta derrota rusa, tras lo dicho y llevado a cabo durante los últimos dos años, sería tan dolorosa que el recurso al arma nuclear se presentaría como la única solución a un problema que Putin considera que afecta al interés vital de Rusia, aunque objetivamente considerado, el único interés vital amenazado es el suyo personal. 

La acción podría tomar dos formas: una, hacer explosionar un arma de teatro en el mar Negro y presentarlo como una advertencia y prueba de resolución; otra, si los avances de las fuerzas ucranianas ponen en riesgo a Crimea, la estrella rutilante de las conquistas de Putin, un blanco de oportunidad podría ser el istmo de Perekop (7 km de anchura, harían falta varias cabezas de teatro pero es factible), pues ofrecería excepcionalmente una alta concentración de fuerzas enemigas, además de garantizar el cierre de la comunicación natural de Crimea con el continente durante largo tiempo primando el puente del Kerch y la unión con el territorio genuinamente ruso. 

El empleo del arma contra un núcleo urbano creo que se puede descartar totalmente: no es una cuestión moral o ética, consideración que parece ajena a quien ha prodigado violaciones del derecho internacional y de las leyes de la guerra, sino que su creciente estado de paria internacional se vería inmediatamente incrementado con la censura de China, la India, y en general del llamado «sur global», tan cultivado recientemente por el Gobierno de Moscú. 

En cualquiera de estos casos u otro similar las potencias occidentales no responderían a la escalada subiendo otro peldaño de la misma escalera, sino —y así se le ha explicitado al parecer por EE. UU. por canales discretos a prominentes miembros del Gobierno ruso— con un ataque convencional devastador («catastróficas consecuencias» ha sido al parecer la expresión utilizada) lo que a la vista del penoso y declinante estado de las fuerzas armadas rusas tiene sin duda un poder disuasorio no muy inferior al nuclear. 

En pocas palabras, el famoso uso «táctico» de unas armas nucleares tendría en realidad un efecto estratégico, pero claramente negativo, una derrota en toda regla. No cabe dudar de la convicción y resolución de EE. UU. en tal caso. El traumático curso de 20 años de guerra en Vietnam con enormes pérdidas humanas y reputacionales para EE. UU. proporcionó ocasiones en las que el arma nuclear pareció ofrecer el medio de revertir una situación que nunca fue prometedora, y varias veces claramente negativa. 

La guerra era además contra la expansión del comunismo, lo que la ligaba con el teatro europeo, y EE. UU. repetidamente declaró que la guerra era vital para su seguridad, intereses y prestigio. 

Al menos en cuatro ocasiones se debatió en Washington la posibilidad, solo para ser en todos los casos rechazada por razones no muy diferentes de las que pesarían en Moscú: impacto en la opinión mundial, que no hubiera perdonado su uso frente a un enemigo no nuclear, así como la ausencia de una concentración enemiga de fuerzas que hicieran rentable tan costoso, en términos de reputación, recurso. Todo ello ocurrió bajo nada menos que cinco presidentes de ambos partidos, lo que nos dice que la resistencia americana a usar la bomba no es meramente coyuntural. 

La segunda situación podría ser una hipotética pero improbable victoria rusa. Una Ucrania sometida, tras un período para recuperar capacidades militares rusas dañadas en la guerra, permitiría a Putin contemplar con nuevos ojos la creación de un nuevo colchón que amortigüe la deletérea influencia occidental, ya no basado en el dominio comunista, sino meramente en obligar a las partes de ese colchón a subordinar su política a la autoritaria Rusia, la famosa «esfera de influencia» y su asociado droit de regard. 

Lo que está ocurriendo hoy en Georgia, donde el Gobierno y el Parlamento aprueban leyes cortadas a la medida rusa en contra de la voluntad popular, es un buen ejemplo. En tal caso, de las naciones que componen el Intermarium del mariscal Piłsudski, con una Ucrania neutralizada (Chequia, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Moldavia, Polonia, Rumanía) la más poderosa y a la vez la más aguerrida es sin duda Polonia. 

Es plausible suponer que, focalizada allí la resistencia, los combates puedan producir una situación en la que el empleo del arma nuclear de teatro no suscitaría muchos escrúpulos en Rusia. Los misiles Iskander con cabezas nucleares de teatro ya posicionados en Bielorrusia nos confirman esta posibilidad. 

Una gran dificultad, sin embargo, aplicable no solo a Polonia sino a todos los países mencionados excepto Moldavia es que son aliados de la OTAN. La repetida declaración de Putin al efecto de que «el artículo 5 [del Tratado de Washington] es un bluff» es probable que no se la crea él mismo, así que no por escrúpulos, sino por simple prudencia, no parece que el camino nuclear sea el que se vaya a tomar en este caso, porque en tal hipótesis la represalia no sería seguramente convencional, sino que provocaría una escalada nuclear completa, con entrada en escena de las armas estratégicas. 

Las probabilidades, pues, no son cero, pero ciertamente no parecen muy elevadas. Putin tendría ocasión antes de llegar a ese límite de hacer suya la frase que hizo célebre Edwin Meese III, fiscal general con el presidente Reagan: «Nuclear war … may not be desirable». 

Conclusiones 

Lo expuesto hasta ahora confirma lo dramático del momento y lo cerca que estamos de que las manecillas del reloj se encuentren en la medianoche. Claro es que, si las manecillas retroceden antes de llegar no importará lo cerca que estuvieron, excepto por la angustia que la situación nos produce. 

De momento, y lamentablemente, hay que descartar un deseable retroceso, porque más que la proximidad es importante la tendencia. Desde principio de este siglo (en coincidencia seguro que no del todo casual con los años de reinado de Putin) el reloj se ha movido prácticamente cada año en la misma dirección, lo que parece augurar mal para los próximos movimientos. 

Solo podemos desear que, como en la aporía de Aquiles y la tortuga, estos avances sean cada vez más minúsculos. Desgraciadamente sabemos, como Zenón de Elea también lo sabía, cuando propuso la aporía, que Aquiles alcanzó a la tortuga antes de la meta. Pero la conclusión de todo esto no tiene por qué ser negativa. 

En un artículo del 21 de abril 2024 en la reputada revista Foreign Affairs, «A Theory of Victory for Ukraine», Andriy Zagorodnyuk y Elliot A. Cohen argumentan que «… el régimen de Putin abandonó hace mucho tiempo la comunidad de naciones civilizadas. La única posibilidad que tiene Rusia de volver a la normalidad es a través de una derrota que aplaste las ambiciones imperiales de Putin y permita al país reevaluar con seriedad su camino y eventualmente reincorporarse a la sociedad de las naciones civilizadas». 

Así lo deseamos, y constatamos, por lo expuesto hasta aquí, que el uso del arma nuclear no es para Rusia un camino plausible para evitar la derrota, y mucho menos para volver al seno de las naciones civilizadas. Por el contrario, sería la certificación de su apartamiento durante generaciones por venir. Tal vez más importante que la reacción de los actuales, aunque no eternos ni ilimitados amigos de Rusia, sería la del propio pueblo ruso ante semejante iniquidad. 

Close