Friedrich Merz
Inmaculada Sánchez
Pedro Sánchez se ha quedado aún más solo en la UE con su gobierno progresista tras los fatídicos resultados de las elecciones alemanas. Los pronósticos se cumplieron y los alemanes han convertido a la ultraderecha de AfD en la segunda fuerza de su Bundestag, han dado una exigua victoria a los conservadores democristianos y han relegado a los socialdemócratas, que hasta ahora gobernaban, a la tercera posición. La principal potencia europea cae también en manos de una derecha condicionada por el empuje de un neonazismo excluyente que nadie imaginó ver resucitado en suelo alemán y que sigue creciendo en el resto de países. ¿De verdad la izquierda es tan incapaz de detener la catástrofe?
La Unión Europea se ha quedado únicamente con tres países con gobiernos progresistas: España, Dinamarca y Malta. Dinamarca no llega a los seis millones de habitantes, Malta apenas roza el medio millón, y la socialdemócrata danesa Mette Frederiksen, además, gobierna con los liberales en una especie de ‘gran coalición’ que no se daba en el país desde hacía 40 años. Lo de Pedro Sánchez en las mesas del Consejo Europeo sí que debe ser, verdaderamente, sentirse completamente solo.
Aunque Reino Unido, que tiene ahora a un laborista al frente de su gobierno, se esté incorporado a algunas reuniones de la UE para tratar de Ucrania la mayoría de las voces en nuestra querida Europa hablan conservador, liberal o ‘patriota’, como se hace llamar el grupo de convidados por Santiago Abascal hace unas semanas en Madrid con Marie Le Pen y Viktor Orban entre otros, e incorporan cada vez más el prefijo ‘ultra’ a su vocabulario.
Las noticias llegadas de Alemania el domingo contienen, sin embargo, un par de señales esperanzadoras. El futuro canciller, el muy conservador Friedrich Merz que rompió el tabú de su partido aceptando los votos de AfD en el Bundestag unas semanas antes de las elecciones, ha dicho que no se coaligará con la ultraderecha y que intentará una gran coalición con los socialdemócratas. Aunque exigirá un giro en la política de inmigración que tantos votos les ha dado a los xenófobos de Alternativa por Alemania, por el momento, al menos, el cordón sanitario contra los ultras se mantiene.
Por otro lado, la sorpresa de los comicios ha sido el gran resultado de Die Linke, La Izquierda, que ha duplicado sus votos y regresa al parlamento con 64 escaños y casi el 9 por ciento de apoyos. La antigua izquierda de la RDA sumada a la escisión de los socialdemócratas, liderados hace años por Oskar Lafontaine, el ministro de Finanzas que dimitió por desacuerdos con la política ‘neoliberal’, según la definió, del canciller Schröeder, ha dado la vuelta a los sondeos que la auguraban seguir en el ostracismo extraparlamentario.
No sólo ha sido primera fuerza en Berlín sino que buena parte de su electorado de todo el territorio está en la franja de los 18 a los 35 años, justo la que alimenta en muchos otros países a la ultraderecha, como pasa también en España con Vox, sobre todo en el caso de los varones. No todo debería estar perdido.
El todavía canciller en funciones, el socialdemócrata Olaz Scholz, fue incapaz de liderar un complejo gobierno de coalición con liberales y verdes y de superar las dificultades sobrevenidas para la economía alemana por la guerra de Ucrania. Nada es fácil en estos tiempos convulsos. Que se lo cuenten a Pedro Sánchez.
Mantener al timón del país un gobierno progresista se presenta, tras las elecciones alemanas, más necesario que nunca. Las divisiones internas y los compadreos con la derecha han sido siempre indeseados compañeros para la izquierda pero, a veces, la historia urge implacable. Precisamos un cortafuegos eficaz para que deje de expandirse este nuevo fascismo que nos amenaza. Y si no lo construye la izquierda… ¿quién?

