Escrito por 3:02 pm Cultura

Libros comentados por sus autores

 ’27 MUJERES EN LA ENCRUCIJADA’

Ondina Ediciones.
 335 páginas

Manuel Espín

Parece indignante recordar las circunstancias en las que Emilia Pardo Bazán vio impedida su entrada a la Real Academia de la Lengua, con autores tan representativos de las letras en castellano como Leopoldo Alas ‘Clarín’, José Zorrilla o Juan Valera recurriendo a los peores estereotipos sobre las mujeres, con descalificaciones chuscas y del peor mal gusto para atacar a esa fuerza de la naturaleza aunque llena de contradicciones personales que fue la autora de ‘Los pazos de Ulloa’. 

 Pero dando un enorme salto en el tiempo también lo puede ser la foto del primer gobierno socialista de Felipe González tras la arrolladora mayoría electoral de 1982 donde no aparece ni una sola mujer. Una imagen hoy absolutamente inaceptable y reprobable, pero que a la vez nos sirve como indicador gráfico del enorme cambio de las últimas décadas en España.

 El libro se abre y cierra con un amplio capítulo sobre la trayectoria social de las mujeres a lo largo de la España del siglo XX, bajo fases muy diversas: la Restauración y el Directorio de Primo de Rivera, la II República donde legalmente se dan pasos adelante hacia la igualdad pero no los suficientes, aunque aparece una generación de mujeres de marcada capacidad de actuación en todos los órdenes sociales. Al que sigue el retorno hacia un modelo muy tradicional en el franquismo donde se vuelve a primar su vieja condición de ‘esposa y madre’, relegándola a un papel secundario, tal y como defiende la Sección Femenina y la Iglesia de la catolicidad nacionalista.

 Hay que anotar a su vez el olvido de estos temas por parte de los partidos de la oposición democrática bajo el peso de otras urgencias. No es extraño que la primera generación de mujeres que en la Transición defienden la igualdad se haga de rogar aunque poco a poco ese goteo acabe por convertirse en lluvia impetuosa que arrastra convencionalismos sociales, e impone criterios de paridad en los espacios de representación. Ya no es excepción sino normalidad que mujeres se sienten en los máximos puestos de decisión institucional.  Aunque todavía se produzcan paradojas, como su relativa ausencia en los niveles de máxima responsabilidad de las grandes empresas, o un encabezamiento más notorio en la dirección de medios de comunicación, mientras su presencia es hoy mayoritaria en las redacciones.

 Además de ese relato a lo largo del siglo, con diferentes generaciones de mujeres bajo circunstancias, perspectivas sociales y situaciones históricas muy distintas, el libro se centra en el perfil biográfico de veintisiete mujeres todas ellas fallecidas y su vocación por intentar ‘ser ellas mismas’ muchas veces contra viento y marea, para desarrollar su proyecto de vida desde una perspectiva de equiparación al otro género.

 Entre esos personajes dominan las que proceden del mundo de la creatividad, a caballo entre la acción social, la política y la cultura, sin dejar de ser generadoras de contenidos por si mismas; frente al número puramente simbólico de aquellas que han pasado a la posteridad por su papel en el espacio político. Dentro de este amplio apartado nos encontramos con mujeres tan distintas desde su perspectiva personal, su situación o su carrera, como  Carmen de Burgos, la primera corresponsal de guerra, en tiempos en los que su presencia en las redacciones integradas por hombres las equiparaba a prostitutas. Con singulares trayectorias como la de Josefina Carabias, que llegó al periodismo casi por casualidad, y cuyas crónicas sobre los personajes de la España republicana desde la cercanía personal pertenecen a lo más brillante del articulismo del pasado siglo.

 De la misma manera que Mariluz Morales, la primera mujer directora de un periódico en España, en su caso ‘La Vanguardia’ incautada por la Generalitat, con la particularidad de que en 1937, como se cuenta en el libro, en los días más duros de bombardeos sobre Barcelona por parte de la aviación fascista italiana con centenares de muertos civiles se mantenían las crónicas culturales, y las críticas de cine y teatro pese a escasear el papel prensa.

 Entre esos perfiles biográficos hay artistas plásticas tan importantes, y casi desconocidas hoy a nivel popular como María Blanchard, imprescindible en el cubismo y personaje condicionado por su físico deforme a consecuencia de una caída de su madre cuando ella todavía no había nacido, o Remedios Varo, reivindicada desde México a donde llegó con el exilio republicano como uno de los nombres fundamentales del surrealismo. También Victorina Durán, escenógrafa para García Lorca o Dalí. Además de una personalidad tan arrolladora y extravagante como Tórtola Valencia, la ‘Isadora Duncan española’ que luchó contra la dictadura del corsé.

 La nómina más amplia se la llevan las autoras literarias, muchas con biografías personales que trascienden de ese espacio y las proyectan hacia escenarios de gran diversidad. María Lejárraga es mucho más que la ‘negra’ que escribía para su marido infiel Gregorio Martínez Sierra, cuya biografía atraviesa los más insólitos escenarios, incluido el Congreso de los Diputados o el mundo del cine y el teatro. Como Mercedes Pinto, mucho más que una ‘mujer maltratada’, un personaje con una trayectoria vital de una diversidad sorprendente. 

 De la misma manera que podemos acercarnos a una compleja Mercè Rodoreda, hoy una indispensable de las letras catalanas y la mejor novelista del XX con una biografía llena de asperezas. Por no olvidar a Ana María Martínez Sagi, pionera en el deporte femenino y poeta. Junto a Elisabeth Mulder, novelista de una aristocrática familia barcelonesa-holandesa y autora literaria de un universo femenino que hoy sería mejor valorado que en su época. Al lado de perfiles como el de Elena Fortún, que más allá de la autoría de ‘Celia’ fue una escritora brillante; junto a las vidas de mujeres novelistas como Carmen Martín Gaite o Elena Soriano, que como madres compartieron duros traumas.

 Junto a Josefina de la Torre, una de las voces femeninas de la generación del 27, poeta, actriz, dobladora canaria; mucho más que la ‘novia’ de Luis Buñuel; a su vez soprano de primer nivel que estuvo a punto de cantar en La Scala antes de ser disuadida por su familia. Otras actrices figuran en el panel de personajes: Rosita Díaz Gimeno, que pasó por el Hollywood del primer sonoro, llamada a ser la estrella femenina número 2 del cine de la República, tras Imperio Argentina, partidaria del divorcio y del voto femenino, pareja-esposa del hijo de Negrín, finalmente exilada a Estados Unidos. Como Ana Mariscal, que más allá de su papel como icono femenino del franquismo (‘Raza’) fue una avanzada respecto a su tiempo y su vida ofrece complejas facetas lejos del estereotipo.

 Algunas de esas mujeres como Zenobia Camprubí fueron más que la ‘mujer de…’ en este caso Juan Ramón Jiménez, creadoras con voz propia aunque relegadas por la sombra de sus más cercanos. Como le ocurre a Carmen Baroja, rarísima mujer olvidada del 98, a quienes sus hermanos Pío y Ricardo obligaron a permanecer en una zona de sombre sin proyección pública. Además otras mujeres vieron difuminada su capacidad intelectual por el peso de actividades con presencia social, como pasó con Lili Álvarez, personaje  más allá de la tenista. 

 Entre esa colección de veintisiete españolas del XX hay poca presencia de mujeres estrictamente políticas. Pero entre esas pocas su biografía es más amplia que su paso por la esfera pública, como ocurre con Carmen Díez de Rivera y Carmen Llorca a las que podemos acercarnos fuera del tópico. Entre ellas las hay de las más diversas ideologías: socialistas, comunistas, anarquistas, liberales, incluso una falangista como Mercedes Formica que adoptó posiciones favorables a una igualdad entonces no reconocida. También católicas, agnósticas y ateas. Las hay que nacieron aristócratas, ricas, burguesas o proletarias. Al igual de bajo una diversidad de opciones sexuales. Todas tuvieron que abrirse paso en un universo de negaciones para intentar ser ‘ellas mismas’ frente al guion previo al que su vida había sido amarrada.

 El libro apela a una reflexión: la igualdad de género como el resto de las libertades y derechos va más allá de los colectivos o grupos directamente afectados. La lucha por la igualdad no es cuestión de feministas o de mujeres, como tampoco lo es la que clama contra el racismo, la xenofobia, la homofobia o el clasismo respecto a las personas directamente afectadas. Se trata de una cuestión de derechos humanos, y estos son irrenunciables e indivisibles.  

 Al hacer este libro  se quiere ir más allá de la búsqueda de difusión entre lectores y lectoras de las más diversas posiciones y perspectivas sociales, proponer un retablo de contenidos para suscitar debate y analizarlo en los más variados territorios del ser humano, no solo desde la lectura individualizada sino de la compartida a través de grupos de lectura o entidades.  

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