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Los alcaldes de las grandes ciudades: un dique frente al populismo de derechas

Gergely Karácsony, alcalde de Budapest (Hungría)

El   último fin de semana de junio más de 200 000 personas marcharon por las calles de Budapest en el desfile del Orgullo. A pesar de que el primer ministro Viktor Orbán había vetado la celebración, el alcalde de la capital, Gergely Karácsony, no se dejó amilanar y autorizó la marcha. Entre los asistentes había unos 70 eurodiputados y numerosos políticos de izquierda de distintos países europeos. La escena fue un símbolo de algo  profundo: en un momento de avance de la extrema derecha en muchos países, los alcaldes de las grandes ciudades se están consolidando como una barrera de contención liberal y progresista.

Frente al giro conservador tanto en Europa como en Estados Unidos, los alcaldes forman un bloque distinto. Mientras partidos populistas de derechas arrasan en elecciones nacionales, las candidaturas progresistas ganan a nivel local. Una de las razones es que los alcaldes, por definición, tienen que gobernar lo cotidiano: el transporte público, la recogida de basuras o el orden urbano. Para eso no sirven los discursos inflamados ni las promesas vagas. Lo que se necesita es gestión eficaz. Y, por lo general, los políticos más radicales no están interesados en esos trabajos aburridos.

Anne Hidalgo, alcaldesa de Paris (Francia)

Un repaso al mapa europeo lo demuestra. París, Marsella, Lyon, Nantes, Estrasburgo… todas ellas tienen alcaldes o alcaldesas de izquierda o centroizquierda. Anne Hidalgo lleva diez años al frente de la capital francesa. Cuando intentó saltar a la política nacional fracasó. El caso no es único: Olaf Scholz, fue durante siete años alcalde de Hamburgo con buena reputación, pero su liderazgo nacional decepcionó. Ser un buen alcalde no garantiza triunfar en la política nacional.

Nicușor Dan, alcalde de Bucarest (Rumanía)

También en Europa del Este, donde el autoritarismo ha avanzado con fuerza, los alcaldes de capitales como Praga, Bratislava, Varsovia o Budapest resisten desde posturas más abiertas y europeístas. En mayo de este año, el alcalde centrista de Bucarest,  Nicușor Dan ganó las elecciones presidenciales a George Simion,  de la extrema derecha, que soltaba discursos sobre Donald Trump y la política internacional. Dan, en cambio, hablaba de lo que importaba a sus vecinos: los atascos, la contaminación, el transporte público. 

En Italia frente a un gobierno de extrema derecha hay alcaldes de izquierdas o de alianzas progresistas en Roma, Milán, Génova, Bolonia, Nápoles, Florencia y otras. Antonio Costa,  construyó su carrera política desde la alcaldía de Lisboa, que ocupó durante ocho años. En sentido contrario, Bart De Wever, nacionalista flamenco, considerado hace una década un político de extrema derecha, ha moderado su perfil después de doce años como alcalde de Amberes, antes de ser nombrado primer ministro belga en junio. En Turquía, el alcalde de Estambul, Ekrem İmamoğlu, ha sido uno de los pocos contrapesos al poder de Recep Tayyip Erdoğan. Su popularidad le convirtió en una amenaza real para el presidente, que respondió con un proceso judicial que ha acabado con İmamoğlu condenado a prisión.

Ignacio Vasallo

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