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Los aranceles universales. Una nueva fase en la confrontación entre China y Estados Unidos 

Federico Aznar Fernández-Montesinos, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Conclusiones del documento de análisis IEEE 55/2025. enlace web IEEE 

“Cuando China despierte, el mundo entero temblará” Frase erróneamente atribuida a Napoleón. 

(Esta frase procede de la película 55 días en Pekín y parece ser que solo es debida a la imaginación de uno de sus guionistas. Fue popularizada por el ministro de Asuntos Exteriores francés Alain Peyrefitte, cuando la utilizó para dar título a un libro que relataba su viaje a la China de Mao.)

Los aranceles impuestos por el presidente Trump constituyen un paso más en una escalada que se produce tras cuatro décadas de coevolución chino-estadounidense. Esta relación ha pasado a convertirse en una competencia intersistémica. El país asiático ha sido proporcionalmente el más beneficiado, pero afronta desafíos inmensos y ocupa los vacíos que Estados Unidos deja en su repliegue; por ello, no confronta directamente con este. Estados Unidos también se ha beneficiado del desarrollo chino; sin embargo, requiere de facto a socios y aliados que se distancien de quien ofrece los recursos que él no aporta. 

A los dos les convenía un desacople ordenado. Por eso, hasta 2025 su enfrentamiento no había sido nuclearmente económico, sino fundamentalmente tecnológico, ya que la tecnología y la innovación determinan el futuro y facilitan el cambio de paradigma. Ello, a su vez, permite preservar el presente y favorece a la política de bloques. 

Ambos, exhaustos

Las políticas arancelarias generales suponen una nueva fase de la pugna, que se traslada definitivamente al campo económico y continúa escalando hacia los extremos. Con todo, esta dinámica de confrontación ha dejado a ambos financieramente exhaustos, por lo que buscan la consolidación fiscal. 

La globalización es un proceso inmenso y que difícilmente se puede detener. La pretensión arancelaria de EE. UU., en el contexto de la competencia con China, de no resultarle favorable, puede relegar al país a la condición de potencia regional.

La segunda década del siglo XXI parece cerrar la época que abrieron en los años 80 Reagan y Thatcher, sustituida por una especie de «neomercantilismo». Los referidos líderes dieron un gran impulso a la globalización, desregulando mercados y abriendo las economías. Pero, paradójicamente, cuarenta años después, el multilateralismo está perdiendo protagonismo y se están deconstruyendo muchas de las iniciativas internacionales impulsadas por Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, son justamente también EE. UU. y Reino Unido quienes recurren al proteccionismo (el primero, a través de aranceles incluso arbitrarios) o se apartan de la gran experiencia integracionista.

Desplazamiento hacia China

La globalización puso en contacto directo a los Estados democráticos con otros del antiguo telón de acero. Estos instrumentaron largo tiempo y en su beneficio las reglas vigentes, realizando prácticas incompatibles con el marco normativo y dificultando el acceso a su mercado interno, mientras, contradictoriamente, se posicionaban en sectores estratégicos de sus socios comerciales al amparo de sus propias reglas. 

En este contexto se produjo el «desplazamiento del centro de gravedad mundial», desde las economías desarrolladas hacia las emergentes y, singularmente, hacia la china. Como resultado de la fragmentación igualadora que impulsa la globalización, el mundo marcha hacia una forma multipolar de equilibrio, probablemente previa a una nueva bipolaridad

El tamaño de la economía europea superaba en un 10 % al de EE. UU., sin embargo, en 2022 era un 23 % inferior. Una de las claves es el régimen de coevolución establecido con China. El PIB de la Unión Europea (incluido el Reino Unido antes del Brexit) ha crecido un 21 % en este período (medido en dólares), frente al 72 % de EE. UU. y el 290 % de China. 

Según la OMC, en 2024, el comercio mundial aumentó un 4 % y alcanzó los 32,2 billones de dólares, tras un descenso del 2 % en 2023. El comercio de mercancías se incrementó un 2 %, mientras que el de los servicios lo hizo un 10 % respecto a 2023. La proporción de los servicios en el comercio mundial se elevó al 27,2 %, el nivel más alto desde 2005. Según el Banco Mundial, en 2024 la suma agregada de las importaciones y exportaciones suponía un 57 % del PIB global. 

Como puede verse, la sociedad internacional ha alcanzado un gran nivel de integración, por lo que su perturbación genera una incertidumbre que, al menos en el corto plazo, resulta perjudicial para todos. Nada es ya ajeno al orden establecido, que reacciona buscando estabilidad. La alteración de los balances geopolíticos genera así efectos innegables. 

El carácter etnocéntrico con que cuenta la cultura occidental choca así con la igualmente etnocéntrica concepción china del mundo, del que, por si fuera poco, se considera referencia: el Imperio del Centro e Inmóvil, la confluencia del Cielo y la Tierra, Tian Di, con un mandato para toda la humanidad como el de la carta del emperador Qian Long. 

Como subraya Ding Ke, el déficit de EE. UU. con China se debe a los esfuerzos conjuntos de las empresas de Asia-Pacífico, que se han dividido la producción. Este proceso se ha visto favorecido por las diferencias en las fases de desarrollo económico y las ventajas comparativas derivadas, pero también por el desarrollo de las TIC y los acuerdos comerciales. Sobre todo, por la existencia de un enorme centro de consumo: Estados Unidos. 

China afronta desafíos inmensos

China, por más que se haya beneficiado de un orden liberal, pretende modificarlo. Su actitud revisionista es inequívoca. Tal situación solo se explica por las cuatro décadas de coevolución chino-estadounidense. Estados Unidos mantiene, aún hoy, con China, una relación de cooperación que explica bien el ascenso de este país y la alteración del orden internacional. 

Su éxito lo ha obtenido siendo, proporcionalmente, la más beneficiada. Sin embargo, China afronta desafíos inmensos (políticos, sociales, de desarrollo humano…) que pueden llevar al colapso del actual régimen político y a una crisis interna sin precedentes. Por ejemplo, únicamente posee el 7 % de las tierras cultivables y 6 % de los recursos hídricos del mundo para alimentar el 17 % de la población mundial. En 2100, las previsiones indican que su demografía se reducirá a la mitad, 778 millones, lo que, por la pérdida de poder que comporta, dificultará su ascenso, en beneficio de la India. En cualquier caso, las contradicciones que ha acumulado acabarán por manifestarse. 

Estados Unidos también se ha beneficiado del desarrollo chino. Ahora, paradójicamente, se requiere a los socios y aliados, que se atrasaron en establecer tales lazos de cooperación, que se distancien de una China que ofrece, para infraestructuras básicas, unos recursos financieros que Estados Unidos no aporta. 

Ambos países desarrollan una competencia intersistémica. Pero China cubre los vacíos que Estados Unidos deja en su repliegue y, propiamente, no choca con él. Con todo, un binomio económico construido durante años no podía romperse súbitamente sin grandes pérdidas para todos, por más que China fuese la parte más perjudicada. 

A los dos les convenía un desacople ordenado. Por eso su enfrentamiento no ha sido, hasta 2025, económico —EE. UU. supera a China en términos de PIB nominal, pero ya no en términos de paridad económica—, sino, fundamentalmente tecnológico, ya que la tecnología y la innovación determinan el futuro y permiten el cambio de paradigma. Esto, a su vez, permite preservar el presente. 

Se está volviendo a una reedición de la carrera de armamentos

Como decíamos, hasta 2025, la pugna era fundamentalmente industrial y tecnológica, y por el suministro de tecnologías: estas determinan estándares comunes y propician los grandes bloques. De este modo también se está volviendo a una reedición de la carrera de armamentos —que no fue otra cosa que competencia tecnológica— como la que dio pie al memorándum de Crowe, en ámbitos como el de la inteligencia artificial. 

Esta es la clave de la nueva Revolución Industrial y, por ello, un factor geopolítico de primer nivel. El énfasis de la segunda Administración Trump en las políticas arancelarias es una nueva fase, que ha provocado que la pugna se traslade definitivamente al campo económico y siga con su ascenso a los extremos. La apuesta por políticas de contención en la era de la globalización ha hecho que los aranceles sean igualmente globales. China cuenta ya con su propio mercado interno. La pugna final se libraría con la sustitución del dólar por otra moneda de referencia, pero eso, hoy, ni siquiera se atisba. 

Con todo, esta dinámica de confrontación ha dejado financieramente exhaustos a ambos. La segunda Administración Trump trata de prevalerse de las ventajas que aún conserva mediante aranceles y otras contraprestaciones económicas, que le sirvan a la vez para financiarse y polarizar al mundo en clave de alianzas. Para ello, obliga a socios y aliados a posicionarse. 

Tensión sobre Europa

Además, escenifica tal requerimiento con las formas propias de un diktat, lo que provoca que sus relaciones se resientan y sitúa en su contra a la opinión pública internacional. La tensión que la nueva situación somete a Europa es notable, pues una porción significativa de la pugna se desarrolla en su territorio. Esto provoca que la UE y cada país tengan que tomar sus decisiones, para hacerlas congruentes, en términos políticos, y no solo tecnológicos o industriales. Y somete a un importante estrés al conjunto de la Unión y a los países parte de ella. 

La UE no puede subsistir contra EE. UU., pues estos propiciaron su creación. También las reglas y el marco normativo, que tanto tiempo y esfuerzo ha llevado construir, y que han sido fundamentales para el desarrollo del proceso, pese a sus insuficiencias, sufren a consecuencia de su cuestionamiento y la subsiguiente deslegitimación. Además, se ve sustituido por descarnadas políticas de poder. 

El resultado es un proteccionismo tecnológico y económico que aún puede inscribirse como un movimiento de retorno en el proceso de la globalización, pues no es ajeno a la lógica hegeliana con la que esta se desarrolla (antítesis) y con la que va resolviendo sus contradicciones. Es más, podría plantearse no como resultado de un giro estadounidense hacia Asia-Pacífico, sino como parte de un proceso de repliegue sobre su propio hemisferio y de su renuncia a ser líder de Occidente.

Por consiguiente y como conclusión, no puede inferirse de este salto cualitativo en la dinámica de confrontación que la globalización se haya detenido, ni menos aún si consideramos que el comercio estadounidense supone en torno a un 13 % del comercio mundial. 

Estamos ante un proceso tectónico que trasciende un eventual nuevo orden comercial mundial, compuesto por bloques construidos a escoplo y martillo en torno a una lógica forzada y arbitraria de aranceles. La línea recta, la pura congruencia, no pertenece a la naturaleza humana y, abandonada a sí misma, es insostenible. 

La vieja mano invisible de Adam Smith, que es la que siempre ha guiado la globalización, reaparecerá en algún momento para poner en orden las cosas. Además, está escrito que todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena. 

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