Escrito por 12:12 pm Cultura

 ‘LOS MAESTROS CANTORES DE NÚREMBERG’: UN WAGNER QUE ES ORO PURO.

 Manuel Espín

 De todos los títulos del repertorio wagneriano ‘Los maestros cantores de Nuremberg’ es una excepción por variadas razones: Estrenada en el teatro de la Corte de Múnich en 1869, visto en el Teatro Real en 1893, se trata de una rarísima opera wagneriana donde no hay dramatismo apocalíptico, sino toques de ironía y hasta humor para narrar una aparente anécdota ‘mínima’, entre comillas: la aspiración de un joven a ser aprobado por los maestros cantores de la ciudad, cada uno de los cuales representa a un oficio: peletero, fontanero, escribiente, comerciante, sastre, jabonero, herrero, fabricante de calcetines…en un momento en el que el jerarca de los mismos promete la mano de su hija «siempre que ella quiera» al ganador del concurso, en el momento en el que la joven ya ha conocido al aspirante; junto al zapatero que es su verdadero maestro de aprendizaje y también está secretamente enamorado de la chica.

 ‘Los maestros…’ tiene un inconveniente frente a otros títulos de Wagner: necesita un enorme plantel de músicos y de voces; es decir, lo que hoy llamaremos una gran producción. Es por eso la primera vez que se hacen nueve funciones entre el 24 de abril y el 25 de mayo (hace veintitrés años se hizo en el Real pero con escasísimas representaciones). Desde el punto de vista musical la partitura el arrolladora por su precisión y enorme belleza, y por la brillantez de sus textos; además como libretista Wagner tenía un gran sentido de la teatralidad, como se comprueba nuevamente en esta pieza.

 ¿Inconvenientes? Frente a otras óperas clásicas cuyo argumento cuajado de incidencias se presta a una acción desbordante, esta apenas las tiene. En teoría no tiene de donde sacarlas, para generar interés por la temática; en un montaje que como en esta ocasión,  tiene una duración que casi alcanza las cinco horas y media, aunque con dos descansos, y que su tercer acto dura nada menos que dos horas.

 Por eso hay que ir partes al analizar esta coproducción del Real con la Royal Danish Ópera de Copenage y el National Thetre de Brno, que estrena el coliseo madrileño. Pablo Heras-Casado se ha convertido en una referencia europea en partituras de Wagner, y estuvo espléndido al frente de la dirección orquestal en el ciclo ‘Oro del Rin’ entre 2018 y 2022 (frente al inesperadamente desvaído tratamiento teatral de Robert Carsen, regisseur en otros momentos brillante). 

 En esta ocasión Heras-Casado se enfrenta a una partitura brillante pero llena de dificultades, donde no solo algunos instrumentos tienen un protagonismo excepcional (y esto va más allá de la ‘famosa’ arpa-laúd prestada por el Festival de Bayreuth, con la una instrumentista ‘dobla’ a un personaje cuando toca el laúd) sino con la dificultad añadida de que un cuerpo orquestal de esa gran densidad puede interferirse en las voces de los solistas.

 En este aspecto su trabajo es brillante e insufla vida a una partitura hermosa. Cuando además se exige un protagonista de los variados coros, en este caso 112 dirigidos por José Luis Bozo, más los 18 solistas; lo que desde el punto de vista musical obliga a hilar fino para que tan denso ‘muro orquestal’  no solape a las voces donde hay maestros, pueblo y aprendices por doquier. 

 Si musicalmente estos ‘Maestros…’ está bien resuelta, y brillan algunas presencias, especialmente Gerald Finley (Hans Sachs) y Leigh Melrose (Sixtus Beckmesser) dentro de un conjunto formidable, la palma se la lleva la dirección teatral de Laurent Pelly también responsable del vestuario. Pelly a quien le gusta jugar habitualmente acentuar la ironía en sus montajes (a destacar el excepcional tratamiento de ‘El gallo de oro'(2017) en el Real y de ‘Viva la mamma'(2021), pero a la vez el relativo desliz de ‘Il turco in Italia'(2023) llevado al terreno de la fotonovela y el cine italiano de los 50), en esta ocasión hace pleno. Con un enorme decorado que se transforma en cada uno de los tres actos, constantes salidas y entradas en escena que recuerdan a un juego de masas muy hábil, en el que cada uno de los personajes hasta los menos destacados ‘interpreta’ un rol concreto y diferenciado, junto a las acciones simultáneas que se desarrollan a lo largo del escenario giratorio; Pelly realiza un gran trabajo escénico, brillante no solo desde el punto de vista formal sino de la propia adecuación a un libreto en principio escasamente atrayente desde la perspectiva temática pero que en sus manos se enriquece, convirtiendo la totalidad de lo que se escucha y vive sobre la escena en un gran espectáculo sin recurrir a anacronismos o ‘boutades’. 

 Casi habría que intuir que estos ‘Maestros cantores…’ se podrían convertir en montaje de referencia de una de las obras de Wagner menos conocidas quizás por su limitación argumental frente a la brillantez formal de su partitura (y ello se podrá comprobar cuando se explote la grabación de la producción en 4-K que se hará estos días). A quien le puedan asustar las cinco horas y más de duración hay que decirle que esta producción sobre Wagner se disfruta plenamente, no solo por el tratamiento musical de una partitura con ángel, bien tratada por Heras-Casado sino por la acertadísima visión teatral de Laurent Pelly que funciona como un perfecto engranaje a lo largo de una dilatada duración que no pesa al espectador en ningún momento.  La obra permite nuevas lecturas muy a gusto de hoy, como la controversia entre el rigor academicista y la novedad, la rígida regla frente a la inspiración (y la vida), o el arte como espacio compartido de identidad y existencia en una idílica Núremberg. A la vez con un inesperado mensaje que se desliza en su final: el canto al nacionalismo germánico y al pangermanismo, puesto en evidencia en estrofas como «podrá desaparecer el Sacro Imperio Romano Germánico, pero lo que nunca morirá es el arte alemán». Un mensaje muy propio de la época en la que esta ópera se estrenó.       

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