Escrito por • 10:08 am• Tribunas

Los mitos irracionales tienen más influencia que el bolsillo

Manuel Espín 

Desde el final de la II Guerra Mundial ha sido hegemónica la idea de que las actitudes políticas, las ideologías, las percepciones y las ideas del imaginario social estaban estrechamente vinculadas a términos de clase, económicos, de posicionamiento en una escala social, un concepto tan presente en el liberalismo político clásico posterior a 1789 como en el marxismo.  

Es más: se puede decir que toda la teoría dominante en los centros universitarios, en los clubes políticos, los medios y las ideas sociales y políticas  entre 1950 y 2000 se centraron en esa vinculación entre renta disponible/percepción de clase/ideología. De tal manera que los índices de bienestar y satisfacción ciudadana cruzaron datos puramente económicos, PIB, índices de crecimiento, renta per cápita, precios al consumo, incluso distribución de la renta, junto a aquellos que tienen que ver con el desarrollo humano. 

El modelo ha saltado por los aires con el resurgir de los ‘nuevos bárbaros’ que resucitan ideas prehistóricas y medievales de odio y de buenos/malos, amparadas en un rearme de los mitos, que no tienen que ser religiosos sino profanos. Un sistema en el que la irracionalidad cobra protagonismo total por encima de la lógica, incluida la de las magnitudes economicas. 

Lo presenciamos ante el permanente juego de amenazas de Trump contra el resto de las economías. Se baraja el aumento de aranceles no por convencimiento de los mercados o por interés de Wall Street, sino por razones puramente ideológicas descontextualizadas. Trump que presenta al Republicano como al ‘Partido Obrero’ como lo podría hacer el Reagrupament en Francia, porque recibe un importantísimo voto de la clase trabajadora, busca el chivo expiatorio de sus frustraciones en los inmigrantes, como ya hizo Hitler en los años 20 con su Frente Obrero predecesor del Partido Nazi respecto a los judíos. 

Estos últimos días presenciamos un espectáculo sorprendente como es el uso de términos económicos y apelaciones a los intereses comerciales comunes como argumentario por parte de la UE y los gobiernos de Canadá y México respecto a la amenaza de incremento de aranceles a partir del 1 de agosto, en cifras que no responden a magnitudes económicas sino a actitudes viscerales, para alimentar a una base electoral de escasa formación que se aferra a mitos de una simpleza tan rudimentaria como el ‘Haz América grande’.  

Lo que hasta no hace mucho respondía a un sistema económico regido por unas reglas de comercio estable asumidas con un consenso por la comunidad internacional para quienes la seguridad jurídica estaba vinculada a la capacidad de negociación y acuerdos generales, explosiona porque lo que importa no es la estabilidad sino una ideología que se nutre de contenidos de un ultranacionalismo palmario y de una simpleza escandalosa. Trump amenaza esta semana con un 10 % adicional en los aranceles para aquellos países que se alineen con lo que considera ‘políticas anti-norteamericanas’. 

Un propósito que choca frontalmente con el discurso de ‘economía sin fronteras’, de libertad de mercados y de comercio, de retirada de aranceles y barreras, tan típico del liberalismo desde el Tratado de Roma, la formación de las grandes áreas económicas mundiales como la del Mercosur o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y el larguísimo trabajo de las rondas económicas para favorecer los intercambios de productos, servicios (y personas, no se nos olvide). Lo paradójico es que el discurso contra la libertad de comercio y la nueva creación de aranceles surja desde una ideología supuestamente no intervencionista en los mercados y libertaria, partidaria de des-regularizar (se supone que solo en aquello que interesa).     

 La inestabilidad es un alto precio a pagar como se está viendo en estos días; situación que está dando lugar a un hecho inédito: la imposibilidad de establecer previsiones a corto y medio plazo en su evolución. Empezando por las incertidumbres que acechan al dólar frente al euro, pero a su vez por las amenazas de la administración Trump a quienes pretendan abandonar el área monetaria.  

La incertidumbre ocasionada por decisiones que responden a puros estereotipos y mitos irracionales más que a cálculos construidos a partir de datos y hechos comprobados, gravita sobre la economía mundial de los próximos meses. Empezando por los datos del turismo, que se pueden volatilizar a la primera de cambio. O la situación de industrias y actividades enfocadas hacia la exportación cuyo futuro pende de decisiones viscerales. 

Basar decisiones económicas de gran impacto en mitos temperamentales que responden a actitudes en clave ideológica se pone en evidencia con la amenaza a Canadá, una de las más solidas y estables economías de Occidente y estrechamente vinculada a Estados Unidos, de imponer un arancel “por la entrada de fentanillo’ a través de su frontera, que viene a ser el mismo ‘argumento’ que ha utilizado contra México. Ciertamente las drogas siguen siendo un problema para muchas sociedades pero amenazar con una tasa a las exportaciones canadienses (o mexicanas) por ese motivo no deja de ser una finta en el aire porque los gobiernos de esos países ya colaboran en las políticas de represión del narcotráfico; Y es mucho lo que tendría que hacer Washington de puertas hacia adentro más allá de la represión policial para actuar contra ese problema de salud individual y social.  

El impacto de unas decisiones adoptadas a base de bravatas, utilizando mitos sin contrastar, puede servir para alimentar el discurso de una base electoral que se alimenta de eslóganes rústicos, donde no hay matices ni tonos de color. Pero a medio plazo tendrá que ser el propio sistema económico el que tome cartas en el asunto ante un deterioro que se intuye y una estrambótica situación en los mercados donde cualquier cosa puede suceder, aunque responda a una ocurrencia disparatada de ingenuo adolescente curtido en los mensajes elementales de Tik Tok y de las redes sociales.  

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