Escrito por 10:36 pm Cultura

 ‘MADAMA BUTTERFLY’ ATRAPADA EN LA PROSTITUCIÓN Y LA PEDERASTIA

Manuel Espín

 Estrenada en 1904 aunque con sucesivas versiones y cambios posteriores la ópera de Puccini (1858-1924) con libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, que también figuran en los créditos de ‘La Boheme’ y ‘Tosca’, se adscribía a una temática muy difundida al final del XIX y en las primeras décadas del XX: el melodrama orientalista envuelto en exotismo. La fascinación hacia un mundo colonial y las culturas alejadas del canon occidental se tradujeron en un recurso que parecía un estertor del último romanticismo: el deslumbramiento ante una distante magnificencia cultural, de la que también participa ‘Turandot’ (1925) la ópera póstuma de Puccini. Aunque en ‘Butterfly’ aparecían otros precedentes, como una obra norteamericana sobre un ‘bárbaro’ y una ‘geisha’. 

 Bajo ese fascinante envoltorio de exotismos y del orientalismo tan típico de la época aparecía otra infra-historia bien diferente: una auténtica explotación colonial, de clase y de género en la que una muchacha, incluso una adolescente, pobre y sin recursos era carnalmente ‘comprada’ por un marinero americano con dólares en el bolsillo. En nuestros días esa situación sería más digna de ser denominada bajo términos escasamente idílicos: clasismo, prostitución, pederastia…

 Esto es precisamente lo que hizo quiso subrayar el director escénico Damiano Michieletto cuando hace una larga década montó para el Regio de Torino esta ‘Madama Butterfly’ ‘sin biombos, sin kimonos, sin sedas sofisticadas ubicada en época contemporánea en cualquier ciudad oriental bajo un universo de ‘puti-clubes’ por donde evolucionan chicas esculturales en minifalda rodeadas por la estética del polígono industrial reconvertido en lugar de encuentro (y explotación). Lo que viene a decir que esta ‘Butterfly’ sacrifica totalmente el elemento exótico habitual en otras producciones de la famosa ópera, la octava más representada en la historia del género.

 Siete años atrás Mario Gas hizo también en el Teatro Real su propia lectura situando la historia en un estudio de Hollywood en el que se rueda una película sobre ‘Madame Buttterfly’. En esta nueva ocasión un aparatoso escenario cubre la amplia boca del coliseo de la plaza de Oriente (a veces empequeñeciendo la presencia de los protagonistas) con un gran cubo rectangular de cristal-metacrilato transparente que representa la verdadera esencia de la producción: es la ‘casa de las chicas’ a modo de una ‘casa de muñecas’ de ventanas transparentes desde las que se exhiben, es la vivienda de la protagonista ‘Cio-Cio-San’ y el lugar de juegos con su pequeño hijo (gran papel el del pequeñísimo niño-actor en esta producción Álvaro Torres), desde cuyo techo se desarrollan algunos de los momentos musicales clave de la producción.

 La primera sorpresa para el espectador es encontrarse de bruces con una ideografía estética muy diferente a las del resto de las ‘Butterfly’ conocidas carente de orientalismo exótico, donde se viste con ropa de hoy, se utiliza el teléfono móvil o el automóvil en escena, e incluso la licencia de que el suicidio final se produce con un revolver y no con el puñal a modo del autosacrificio del samurai. 

 A cambio de esa pérdida aparece una tragedia todavía más desnuda de lo acostumbrado, más esencial, menos melodramática e impostada, en una línea totalmente nítida de sentimientos cruzados: un americano ha dispuesto por un breve periodo de una chica vulnerable socialmente por su carencia de recursos, con la que se ha casado, en una más de las bodas ocasionales de aquella época en forma de matrimonios temporales de geishas y extranjeros que podían disolverse al mes de la ‘desaparición’ de cualquiera de los cónyuges a cambio de un dinero.

 Al no haber en esta versión geishas destinadas a complacer a sus, vamos a decirlo así, ‘clientes’, o proxénetas dicho con todas las palabras, lo que hay es una tragedia mucho más dura con dos sentimientos encontrados que chocan de manera brutal: el de un extranjero con dinero en el bolsillo que utiliza a una adolescente, la deja embarazada y la abandona, para regresar muchos años después a buscar a su hijo con su nueva mujer. Y por otra parte el de una muchacha muy joven de familia muy pobre que se ha enamorado de ese extranjero y al que ha idealizado hasta su descarnada reaparición mucho tiempo después. Es decir, esta ‘Butterfly’ tiene más de tragedia pura y dura que de melodrama típico. 

 Guste o no la enorme escenografía de Paolo Fantini que en algún momento ‘ahoga’ la acción-base que se desarrolle en el cubo transparente. En torno a ese reducto del enorme escenario hay mucha más vida y acción escénica que en resto del aparato arquitectónico. Se podría prescindir de cualquier otro elemento a excepción de esa construcción en la que la historia se centra.

 Más allá de licencias temáticas e ideográficas esta producción tiene un punto fuerte en el foso dirigido en la mayor parte de sus dieciocho representaciones, hasta el 22 de julio, por Nicola Luisotti, cuya habilidad en el repertorio verdiano-pucciano es manifiesta, y que hace que la orquesta suene con toda clase de matices (¡esas percusiones!), alternando en tres funciones con Luis Miguel Méndez al frente de la orquesta. 

 Cuatro repartos para esta producción en función de las fechas con la base de ‘Cio-Cio-Sn’ (Saioa Hernández, Allyn Pérez, Lianna Haroutounian, Aleksadra Kurzak), el ingrato ‘Pinkerton’ a cargo de otros cuatro tenores (Matthew Polenzani, Charles Castronovo, Michael Fabiano, Laonardo Capalbo) ,’Suzuki’ un papel para las mezo-sopranos Silvia Beltrán, Nino Surguladze, Gemma Coma-Alabert, y ‘Sharples’ hechos por Lucas Meachem, Gerardo Bullón y Luis Cansino. Asistimos a la representación cantada por Saioa Hernández con una exhibición vocal muy lograda y gran soltura escénica (la dificultad de cantar desde una plataforma transparente a unos cuatro metros del suelo carente de barandilla o barrera) aunque diste de ser la adolescente de dieciséis años de la que habla el libreto, y desde luego excelente Silvia Beltrán como ‘Suzuki’.

 La producción del Regio de Torino que lleva algunos años recorriendo los escenarios de ópera dirigida por Michielietto es original y aporta otro enfoque al tratamiento de la historia aunque el espacio escénico no sea precisamente acertado más allá del cubo. El valor de la producción hay que ponerlo en el trabajo de Nicola Luisotti, en la orquesta y coro del Teatro Real, y en el trabajo de primeras voces como Saioa Hernández.

 Una vez superado el primer impacto de una ‘Madama Butterfly’ sin kimonos de geishas ni uniformes de la Navy, con minifaldas, camisetas y neones de clubes de alterne, hay que dejarse llevar por las sensaciones cruzadas y contrapuestas de esta versión casi desnuda de retórica que presenta una ‘Butterfly’ a la que llama con palabras de hoy, menos dulcificadas que las de los tiempos en los que la cáscara exótica y orientalista tapaba una tragedia en toda su esencia. 

Close