Manuel Espín
A lo largo de su vida el compositor húngaro Béla Bartók (1881-1045) estrenó una sola ópera ‘El castillo de Barbazul’, un opaco, turbio, dramático y sombrío encuentro entre el fascinante seductor mata-mujeres y una de sus amantes-víctimas Judith. Trasposición de un viejo cuento de Perrault, que en enero tendrá también en el Teatro Real otra lectura diferente, la de la ópera ‘Arianne y Barbebleu’ de Paul Dukas, máximo exponente de la vanguardia musical de principios del XX. El mismo argumento aunque bajo dos tratamientos totalmente dispares.
Ahora el Real produce con la Theater Basel este programa doble (o mejor triple) sobre sendas piezas del autor austro-húngaro que también abrazó la modernidad de su época en todos los sentidos, bajo la dirección escénica de Cristof Loy, un director alemán cada vez más frecuente en los escenarios líricos españoles. En el último lustro deslumbró en el Real con ‘Capriccio’ (2019),el ‘combinado’ sobre ‘La voz humana'(2024) o ‘Eugenio Oneguin’ (2025), y en 2026 dará el salto al Teatro de la Zarzuela con ‘El gato montes’.
Loy tiene unas características muy acentuadas: es minimalista en cuanto al concepto general pero capaz de sacar verdaderas minas de oro desde la ausencia de parafernalia externa, porque es unbuen director de actores y sabe construir los personajes desde lo dramático. En esta ocasión el programa Béla Bartók se abre con un ballet pantomima, ‘El mandarín maravilloso’, donde Loy muestra otra condición no frecuente en los ‘regiseurs’ como es su característica de coreógrafo. Lleva la partitura al terreno de la danza contemporánea, con una historia de posesión, lucha, pugna, odio y muerte en torno a un personaje femenino. El programa parte de una buena idea: el mismo espacio escénico integra las dos historias: un sobrio y oscuro decorado corpóreo de tono madera que se eleva y deja un enorme terreno para que se desarrolle una acción frenética y violenta de danza.

En este caso es imprescindible mencionar el gran trabajo de los bailarines-acróbatas empezando por el vasco Gorka Culebras que se desenvuelve con destreza escénica, de la barcelonesa Carla Pérez Mora, atlética, tensa, vibrante en su personaje que es nervio puro, y del salmantino David Vento, nombre muy habitual en el Real donde ha participado en quince producciones, que ha pasado por el Cirque du Soleil, el mundo del ‘break dance’ y el aro y que además de condiciones físicas se desenvuelve corporalmente con gran soltura y tiene expresividad corporal. Junto a bailarines europeos de primer nivel en el contemporáneo como Nicky Van Cleef, Jeni Österlund, Mario Branco o Nicolas Franciscus como el ‘relator’ que participa en ambos montajes. La coreografía de acción está muy lograda y cuenta una historia frenética y llena de impulso dramático.
Tras ‘Música para cuerdas, percusión y celesta’ interpretada por la Orquesta Sinfónica del Real ‘El castillo de Barba Azul’, como decimos, la única ópera de la obra de Béla Bartók, presenta a dos personajes en una angustiosa situación: la amante de Barbazul se desenvuelve entre el deseo que siente hacia ese seductor y misterioso bajo quien vive eroticamente atrapada; pero a la vez se hace toda clase de preguntas, ante el misterio de ese castillo sin ventanas donde no entra la luz y las tinieblas se han hecho las dueñas, bajo la sospecha de que atrapadas o muertas permanezcan las anteriores esposas a las que él arrebató sus joyas y posesiones. .

Dos personajes que representan caracteres contrapuestos y confusos en una paleta de sexo, eco lejano de crímenes, seducción, erotismo, muerte, deseo, atracción sexual pero a la vez rechazo… Esa oscura densidad que explica pero no justifica que esta obra haya sido poco representada a lo largo del XX se convierte en una tentación pese a la enorme complejidad para ponerla en escena a cargo de las dos únicas voces actorales que sostienen la representación. En este caso Chistof Fischessa y Evelyn Herlitzius, de los que se se puede decir que están excelentes en los complejos y turbios personajes donde se mezclan los sentimientos más antagónicos de la posesión y la frustrada liberación, en una situación de ‘espacio turbio’ que se conserva muy bien en esta producción pese a desarrollarse en un decorado tan abierto como el que Loy ha concebido donde apenas hay elementos escenográficos o de atrezzo que se interpongan en el movimiento de los bailarines y cantantes-actores.
Y ahora vamos con una de las novedades de esta producción, con la presencia en el foso de Gustavo Gimeno, nuevo director titular. Y lo hace con una endiablada partitura de Bartok donde se mezcla en ‘El mandarín…’ los ecos de las vanguardias de su época (Stravinski, Schoenberg…) la lírica musical post romántica y post belcantista (Strauss) con las amplísimas referencias a unas sonoridades inspiradas en el folklore del Este de Europa.
También esa última característica está muy presente en las orquestaciones con la utilización de instrumentos de enorme variedad y sofisticación. Gimeno se sumerge de lleno en el oceano de esa partitura llena de resonancias ancestrales pero ensamblada en las corrientes de una modernidad musical tal y como se entendía a principios del XX. Su trabajo con la orquesta es brillante y más allá del impacto de los tratamientos escénicos dan ganas de escuchar las partituras con la riqueza de matices con la que se interpretan, manteniendo el tono lúgubre, oscuro, perverso del complejo mundo de sentimientos que propone este ‘Castillo…’ de una densidad musical y dramática por momentos sobrecogedora.

