Manuel Espín
Se llama ‘belcantissmo’ a un estilo característico de la primera mitad del XIX centrado en autores como Bellini, Rossini, Donizetti o el primer Verdi donde predomina una forma de cantar llena de tonos enfáticos, virtuosidad, con la coloratura como expresión, la oportunidad para los agudos, la exhibición del trino, con finales que incitan al aplauso… Solo con escucharla se puede identificar a esta ‘Maria Stuarda’ con su época y la ópera italiana de hace dos siglos.
Gaetano Donizetti estrenó ‘María Stuarda’ en la Scala de Milán en 1835, sobre un libreto de Bardari inspirado en ‘María Stuart’ de Schiller. Es decir tematicamente una tragedia que se apoya en un hecho histórico, algo frecuente en el drama romántico: la rivalidad entre Isabel I y María Estuardo en la que se mezcla el amor, el poder, la religión, la disputa por los tres tronos que podían haber sido unidos (Escocia, Inglaterra y Francia). Un panel historicista donde se exaltan las pasiones desaforadas.
Y esa ha sido tradicionalmente la visión escénica de anteriores ‘María Stuarda’ donde la tentación de la guardarropía y el exotismo ‘kitsch’ eran un peaje casi obligado. Por el contrario esta nueva producción del Teatro Real junto a otros coliseos europeos como el Liceu, el Festival Donizetti de Bergamo (Italia), la Monnaie de Bruselas o la Ópera Nacional de Finlandia emprende un camino rotundamente depurado. David Mc. Vicar que ya es un habitual del Real empieza por respetar la época en la que sucede el argumento original -tema muy habitual en el británico nada dado a saltos de tiempo (excepto en montajes como la ‘Salomé’ vista en Londres) pero con la misma traza habitual de este director escénico en cuanto a su gusto por el elegante y sobrio vestuario, la presencia de los colores negros, las iluminaciones sin colorines, la ausencia de video…

Dicha perspectiva acentúa el tono de fría tragedia sin el menor exceso romántico. Con lo que esta ‘María Stuarda’ se convierte en una especie de grito contra la injusticia del poder arbitrario, a manos de su rival y competidora Isabel I (‘Elisabetta’). La totalidad del segundo acto viene a ser una elegía del pueblo hacia una ejecución anunciada, exponente de una radical injusticia.
Analizado desde su esqueleto argumental, esta ópera apenas tiene acción, y más allá del primer cuadro que sucede a la obertura resuelta como una escena cortesana no hay otro elemento festivo más en todo la extensión. Pese a ello Mc. Vicar hace algo totalmente en contra del viejo espectáculo heredero del romanticismo, llevándolo a un plano densamente oscuro, siniestro, incluso lúgubre como el que preside la escena.
Ese factor le añade una intensidad dramática casi electrizante gracias a un ascético espacio y un vestuario donde el coro viste trajes negros de muy atractivo diseño basados en el final del tiempo renacentista, y solo María Stuarda y en parte Isabel I llevan un muy conseguido repertorio inspirado en la época y diseñado por Brigitte Reiffestuel y el propio David Mac. Vicar. Con un factor tan relevante como las iluminaciones de Lizzie Powell en blanco o negro, sin otras paletas de colores y con renuncia a cualquier colorín.

Hay que decir que la partitura de Donizetti es de gran brillantez formal y solo por escucharla merece la pena entrar a un teatro. Lo que hay en esta ocasión tras la brillante resolución final del primer acto y fundamentalmente el negro y denso segundo que profundiza en los tonos más terribles del drama sin el menor recurso al romanticismo, y en el que su desarrollo representa el camino a un túmulo donde el verdugo es el destino obligado después de la prisión en una tensa dramatización que mantiene el stress del espectador con intensidad.
Además de Mc. Vicar hay dos factores esenciales en esta producción. En primer lugar el trabajo de José Miguel Pérez-Sierra a quien se ha visto en los últimos años con cierta frecuencia desde el foso del Teatro de La Zarzuela que logra sonoridades de gran brillantez tonal en la Orquesta Titular, con una riqueza de matices de mucha variedad a partir de una partitura muy agradecida por sus muchas posibilidades, desde el variado ‘trailer’ que viene a ser la larga obertura; en la que Mc. Vicar no ha introducido elemento escénico alguno que distraiga a la formación musical en esta especie de mini-concierto de exhibición. Resaltamos la labor de Pérez-Sierra por sacar lo mejor de una partitura nada repetitiva. Y, desde luego, el trabajo del coro dirigido por José Luis Basso que tiene gran cometido y arrasa literalmente en todo el segundo acto. En los repartos ‘María Stuarda’ es Lisette Oropesa (y Yolanda Auyanet) y ‘Elisabetta/Iabel I’ Aigui Akhmetshina (y Silvia Tro Santafé), en torno a cuyos dos personajes femeninos gira la totalidad de la historia. Los dos nombres femeninos del reparto a) aprovechan las posibilidades de lucimiento de su muy agradecida partitura llena de oportunidades. Frente a los personajes masculinos ‘Roberto Leicester’ (Ismael Jordi y Airam Hernández), ‘Giorgio Talbot’ (Roberrto Tagliavini y Krzysztof Backzyk), ‘Lord Giuglielmo’ (Cecil Andrezj Filoncyk y Szymon Mechlinski) y al de ‘Anna Kennedy’ (Elissa Pfaender y Mercedes Gancedo). Donde aparecen voces españolas codeándose con repartos internacionales.

Esta producción que estará en Teatro Real hasta el 30 de diciembre y se verá en la primavera próxima grabada para Canal Arte, deja en el espectador un poso de espectáculo oscuro y hasta lúgubre, de una intensidad dramática arrolladora una vez se han eliminado los toques escénicos propios del romanticismo de otras lecturas teatrales sobre una composición musicalmente deslumbrante pese a sus excesos.

