José García Abad
Mariano Guindal se ha convertido, sin pretenderlo dada su acreditada modestia, en un coleccionista de grandes premios periodísticos como el del Consejo General de Economistas entregado el pasado lunes, 25 de mayo, o , entre otros, el “Rosa del Rio”, el “Carlos Humanes”, y el de la Asociación de la Prensa.
Mariano se ha hecho a sí mismo, golpe a golpe. Se ha fabricado a trompicones pero se ha hecho bien. Es bueno en el mejor sentido de la palabra. Buena persona, buen amigo, para quien la amistad es una cuestión de culto, “tal vez el único que me queda” como confiesa; refractario a darse importancia, sigue siendo a pesar de los años que ha pasado y de los éxitos que ha cosechado, un chico de barrio, en las antípodas del periodista figura, que explica a los políticos como lo tienen que hacer. Se resume como un “superviviente” que no fue fácil para quien pasó hambre, hambre de verdad, de pequeño, fue recluido en un orfanato, trabajó de botones en una oficina siniestra, y se coló en el periodismo por la puerta de servicio.
Rompe todos los esquemas. Se presenta tal como es, como le conocemos sus amigos, alguien que sigue siendo un chico de barrio, que nacido en una familia pobre, paupérrima, huérfano de padre desde antes de cumplir dos años, cuya madre tuvo que fregar escaleras para mantener a la familia. Es la historia de un chaval que escapó del destino previsible con sangre, sudor y lágrimas hasta alcanzar el sueño de ser periodista, una profesión en la que entró limpiando suelos, haciendo recados y trayendo bocadillos para los periodistas.
Sin disimulos, sin amargura ni resentimiento
Confiesa como Neruda que ha vivido. Aunque avisa: “la buena suerte no existe, hay que saber gestionar la mala suerte y ser consciente de que no hay nada gratis”.
Y Marino supo gestionar su mala suerte cuando en 2005 le diagnosticaron un cáncer y le vaticinaron diez años de vida y decidió no perder ni un solo minuto haciendo cosas que no quería hacer.
Su buena suerte está salpicada por multitud de detalles, algunos de apariencia insignificante. Cuando le ascendieron de botones a auxiliar administrativo; cuando obtuvo el título de bachiller superior – “Nadie de mi familia había llegado tan lejos” y, desde luego cuando en 1972, con 21 años, logró entrar en la facultad de Ciencias de la Información. Tuvo suerte al tener como redactor jefe a Fermín Cebolla, que le dio un trato justo y se tomó como misión personal convertirle en periodista.
Y tuvo una suerte monumental cuando finalmente, “Manu me hizo fijo en Colpisa y me empezó a pagar la Seguridad Social”. En Colpisa, una pequeña agencia podía brillar con luz propia.
Una pregunta famosa a Boyer
Mariano se fabricó con astucia su suerte al hacerse famoso por una pregunta, la que le hizo a Miguel Boyer. Mariano no tenía ni idea de lo que pasaba en Rumasa, excepto que tenía muy mala pinta. El ministro había convocado un almuerzo con los responsables de los periódicos más influyentes de Madrid a la que Mariano no fue invitado, pero se coló. Y a los postres cuando todos estaban exhaustos de escucharle, le preguntó: “Señor ministro, ¿qué pasa con Rumasa?”. El ministro se puso tan nervioso que se le cayó un trozo de pastel sobre el traje: “Pues que como no me entreguen las auditorías que les he pedido les mando a los inspectores del Banco de España”. Marino con mucho sigilo se largó echando virutas pues si se quedaba allí corría el peligro de que Boyer se diese cuenta de lo que había dicho y exigía el off the record.
Tuvo suerte pero también la astucia del pícaro con la que se coló, sin acreditación en el aeropuerto de Barajas sometido a un severo dispositivo de seguridad a la llegada de Kissinger. Un “secreta” notó algo extraño en aquel muchacho le cogió del brazo y le interrogó: “¿Me puedes decir, como cojones has entrado aquí”?. Mariano lo explicó: “Pues diciendo “helou”.
La suerte y la astucia del chusquero del periodismo cuando le enviaron a cubrir una supuesta explosión de gas en la calle Claudio Coello, esquina a Juan Bravo. Mariano se dirigió a un sacerdote que salía de la iglesia de los jesuitas y le suplicó con su mejor pose dramática: “Padre, ¿puede contarme algo?. Es mi primer día de trabajo y si me presento ante mi redactor jefe con las manos vacías me van a echar. ¿Cómo ha sido lo de la explosión de gas?”. El jesuita le aclaró: “No ha sido una explosión de gas, ha sido un atentado”. “¡Ah, un atentado! ¿Y contra quién?”, se interesa Mariano de lo más emocionado. “Contra el presidente del Gobierno”, le revela el cura. “¿Contra Franco?, repregunta el chico de Colpisa. “No, hijo, contra el almirante Carrero Blanco” . “Y usted ¿Cómo lo sabe?” insiste Gindal tomando notas como un poseso. “Porque le acabo de dar la extremaunción” le aclara la divina fuente.
Una nariz pegada a la tierra
El aprendiz de periodista se percata de que un periodista puede no tener conocimiento de casi nada…siempre que sepa qué y a quien preguntar. Lo que al periodista no le puede faltar es una nariz pegada a la cara. También se percataría de que se tarda años en ganar credibilidad y se pierde en unos segundos lo que choca con una tentación del periodista: “No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje”.
Mariano siguió este cínico principio de la profesión cuando tuvo que escribir un artículo sobre el nombramiento de Suárez para presidir el Gobierno. Llamó al corresponsal del Frankfurter Allgemeine Zeitung, Walter Haubrich, uno de los corresponsales más veterano y mejor informados pero no lo encontró ante lo que Guindal puso en su boca “lo que no había dicho pero yo quería que dijese”. Como es natural cuando lo leyó Walter le dio un ataque de nervios.
Cuando la boda de Lolita Flores
Como cuando se inventó una crónica de la boda de Lolita Flores, la hija de Lola Flores el 25 de agosto de 1983. Guindal, entonces redactor jefe de la agencia Lid, encargó a una colaboradora que cubriera la boda, sin acudir a la misma, dejando hecha antes de irse de fin de semana, una “crónica de madera” valiéndose de lo que estaba previsto que pasara.
Describía una boda íntima y familiar. Contaba que el casamiento había sido un acto sencillo y auténtico, en el que Lolita pronunció el “si, quiero, en medio de un impresionante silencio. Pero todo salió al revés. La ceremonia congregó a miles de personas que hacían imposible entrar o moverse dentro del templo.
Lolita llegó al altar como pudo, del brazo de su padrino, Manuel Benítez, el Codobés y escoltada por siete policías nacionales mientras La Faraona gritaba una y otra vez: “Si me queréis, irse”. Una hora y media más tarde de lo previsto el enlace pudo celebrarse en la sacristía con la puerta cerrada. Por supuesto que Guindal no rectificó. “Eso de rectificar es muy duro”, confiesa.
Un trabajo de primera
Mariano Guindal se hizo famoso, como decía, por una pregunta lo que no es una casualidad, pues, como le confió a su hijo Sam, se había hecho periodista para poder hacer preguntas. Mariano es un gran periodista que no solo hace las preguntas adecuadas, sino que ha escrito miles de artículos en distintos medios y ha realizado un trabajo de primera en los más de treinta años de corresponsal de “La Vanguardia” . Ha realizado trabajos de envergadura como los que se reflejan en libros de justificado éxito, “El declive de los dioses”, “Los días que vivimos peligrosamente” y la emocionante y muy sincera autobiografía, “Un hombre con buena suerte”.
Es un hombre que ama el periodismo, reconociendo sus deficiencias. No está para dar lecciones a los políticos pero tampoco olvida, que “a los políticos se les mata como a las moscas, con un periódico”.

