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Miguel del Arco «desnuda» a «Rigoletto» en el Teatro Real

Por Manuel Espín

4 diciembre 2023

Recuerdo vagamente que cuando empezaba a dar mis primeros pasos jugaba con un viejo gramófono de alguien de la familia al que nunca llegué a conocer, donde había dos discos de 45. Uno era ‘In the mood’ de Glen Miller. El otro ‘Questa o quella’ y ‘La dona e mobile’ cantada por un tenor inmemorial. No parece extraño que la obra de Verdi sobre libreto de Francesco María Piave se haya convertido en la más representada del género junto a ‘Aída’. También en el Teatro Real donde la partitura de Verdi sonó por vez primera en 1853, algo más de un año después de su estreno en La Fenice, y que incluso para aquellas personas que jamás pisaron una representación de ópera fragmentos musicales de ‘Rigoletto’ han empapado al acervo más popular.

 La obra tiene una larga trayectoria de estrellas que la cantaron, acumulando anécdotas como para llenar una enciclopedia. La última vez que se representó en la capital de España lo fue en 2015 en la versión teatral de la Royal Opera británica de la mano de David Mc. Vicar, que respetó la época en la que transcurre el argumento original aunque con un tratamiento nuevo de la concepción escénica. Uno de los ‘test’ sobre la puesta en escena de ‘Rigoletto’ corresponde a la famosa escena de la ‘orgía’ que abre la ópera. En tiempos anteriores, este momento se representaba como una especie de pacato baile palaciego con su punto de frivolidad, siempre dentro de un universo galante. Mc. Vicar ya no respetaba esa visión puritana y convertía el arranque en una auténtica orgía.

 Miguel del Arco en esta nueva producción del Teatro Real junto a las óperas de Bilbao, Sevilla y Tel Aviv hace tabla rasa de otros ‘Rigoleto’ de cartón piedra y respeto reverencial a una estética decimonónica. La ‘juerga’ de aristócratas que ‘se divierten’ va más allá de la exhibición de unos libertinos con poder y dinero, y la presenta como un escaparate de corrompidos. El arranque de este ‘Rigoletto’ es muy impactante: unos gritos en el patio de butacas y una joven perseguida por una jauría de acosadores embozados que en su desenfrenada carrera saltan de la platea al escenario, con lo que se inicia la obertura, y descubrimos a un ‘Rigoletto’ que no solo ha dejado de ser el bufón jorobado, con una minusvalía de la que todos se ríen, sino un hombre astuto que juega con todos, al que Del Arco muestra inicialmente como un travestido con corpiño, ligas y tacones. Su ‘Rigoletto’ no es el afable padre de familia preocupado por la ‘virtud’ de su hija, sino un completo manipulador que juega con todos y también con ella. 

 El impacto de este ‘Rigoletto’ tiene mucho que ver con su concepción del espacio escénico, carente de decorados de construcción, sin ninguna clase de armatoste, con el mínimo de atrezzo, eliminando los edificios escénicos en altura. Todo se reduce a unas superficies oscuras que en algunos momentos se desplazan o aumentan de tamaño al inyectarse aire en su interior, y a inmensas telas color burdeos que juegan un gran papel en la concepción general de ese espacio. Esta manera de ‘desnudar’ ‘Rigoletto’ de elementos trasladando la acción a nuestra época, sin referencias al Renacimiento, al Barroco, tampoco al XIX cuando se estrenó la obra, intensifica la acción dramática sin necesidad de apoyaturas externas, potenciando una lectura radical, bajo una singular belleza plástica carente de cualquier esteticismo vacío o superficial.

 Dentro de ese espacio escénico tan original creado por Sven e Ivana Jonke se desarrolla una acción constante con un movimiento casi cinematográfico,  que estar pidiendo a gritos el plano corto a los ojos del espectador. Cada uno de los tres actos diversifica los espacios que no se repiten en momento alguno, bajo una concepción cargada de tensión. La iconoclastia lleva a cantar la repetición de ‘La dona e mobile’ desde una especie de lecho junto a una mujer vestida de ‘Prety Woman’ que se acurruca junto al protagonista a través de una posición casi horizontal algo nada fácil para un cantante. Lejos de cualquier estatismo este ‘Rigoletto’ provoca y toca fibras  sensibles del espectador, con un gran trabajo de voces que también deben desenvolverse como actores, el coro dirigido por Jose Luis Basso a años-luz de otros literalmente ‘plantados’ en un escenario, como sucedía antaño en las óperas, y con el recurso a catorce bailarinas que desempeñan un gran papel en la acción escénica, más allá del dilatado desnudo integral que protagonizan en el tercer acto.

 La apuesta de Del Arco es potente, y se puede decir abiertamente que le ubica como una especie de Patrice Chérau a la española, capaz de tocar las más variadas teclas y que con ‘Rigoletto’ debuta en la dirección de una ópera. Nicola Liusotti como director musical es bien conocido en el Real, casi un indispensable en operística del XIX especialmente en Verdi, y en este ‘Rigoletto’ que ha dirigido en múltiples ocasiones. Domina la partitura y está totalmente integrado en esta lectura tan particular del clásico.

 Sobre las voces no vamos a hablar: los lectores tienen ocasión de elegir según las representaciones entre los tres repartos en los que se mezclan figuras internacionales con emergentes españoles al mejor nivel. Con toda seguridad, guste o genere alguna indignación, asistir a cualquiera de las veintidós representaciones que se van a hacer de este ‘Rigoletto’ representa vivir una experiencia casi única de radicalidad operística y búsqueda de nuevas interpretaciones sobre un clásico de existencia arrolladora a lo largo de casi dos siglos. 

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