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Moscú punta de lanza frente a China y Turkia en un Sahel de 10 pobres países de gobernanza débil en tormenta perfecta 

Resumen del Documento de Análisis del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) 02/2025 titulado “¡Siglo XXI, reconfiguración geopolítica!: ¿y el Sahel destacamento avanzado de la misma?” de Pedro Sánchez Herráez coronel del Ejército de Tierra, doctor en Paz y Seguridad Internacional. Analista del IEEE

Rusia intenta, una vez más, evitar lo que siente como un cerco a su territorio, e intenta crear una especie de «destacamento avanzado» en el Sahel, desde el cual pretende, además de obtener otra serie de ventajas, amenazar y contribuir a quebrar el anillo terrestre que circunvala su país, el denominado secularmente «Rimland» (anillo continental). En el marco de esa reconfiguración geopolítica quizás nada sea por azar, y los eventos y acontecimientos —Ucrania, Sahel, Siria, Libia…—, por remotos e inconexos que puedan parecer, se suceden como en una partida de cartas, donde apuestas y jugadas, con una lógica aparente —o no— responden al propósito de cada jugador de maximizar su beneficio, más allá de otras cuestiones. 

En un mundo global, hiperconectado y vinculado, nada es realmente remoto. Nada. Ni siquiera el Sahel, esa amplia franja de tierra que se extiende, cruzando África, desde el océano Atlántico al mar Rojo, a lo largo de cerca de 5.500 kilómetros y que cuenta con una anchura de unos 400 kilómetros; y como corresponde a su significado (Sahel quiere decir orilla), conforma la ribera sur del desierto del Sahara, esa faja de tierra que, desde el sur del mar de arena sahariano, ha constituido, desde hace siglos, el espacio de movilidad e interconexión entre África ecuatorial y el Mediterráneo y Europa. 

Políticamente abarca una decena de países —con mayor o menor espacio «sabeliano» dentro de sus fronteras—, si bien normalmente al hablar de Sahel se hace mención al Sahel G5, a un grupo de 5 naciones (Mauritania, Malí, Níger, Burkina Faso y Chad) por presentar una serie de características comunes y encontrarse en África Occidental.

Entre esos problemas comunes: la inseguridad, el desmonopolio de la violencia, la gobernanza débil o ausencia de la misma en grandes espacios, junto a un escaso desarrollo económico y la percepción débil del concepto de ciudadanía frente al de etnia o la tribu, conforman un complejo panorama al que el añadido de un crecimiento demográfico exponencial —la población se duplica cada veinte años— y el cambio climático —que afecta a las tres cuartas partes de sus habitantes, que viven del sector primario—, conforman un panorama desolador, hasta tal punto que se habla de la «tormenta perfecta saheliana». 

Turquía, «el lobo», pretende recuperar al menos influencia en los espacios del antiguo Imperio otomano —que se extendió por amplias regiones de África, Oriente Medio y Europa, y China, «el dragón», pretende ser la primera potencia mundial en el año 2049, centenario del nacimiento de la República Popular de Mao.

Moscú intenta establecer una «punta de lanza» en el Sahel, una suerte de «destacamento avanzado» que no solo le permita hacer uso directo de las enormes posibilidades africanas —recursos, población, etc.— sino de poner un pie firme más allá del cerco que puede suponer, como ha sido durante décadas o siglos, el Rimland; y, por ende, y atendiendo a la necesidad de crear un camino hasta ese destacamento avanzado, precisa asegurar un paso hasta dicha posición «a vanguardia». 

La creación de ese «destacamento avanzado» podría asociarse a parte de lo que en ocasiones se menciona como el intento de «reimperialización» de Rusia, al afán de recuperar las grandezas —reales o imaginadas— del pasado para lo que resulta imprescindible contar con una poderosa herramienta militar, un gobierno efectivo y una fuerte economía. 

Una paradoja geopolítica

Una muestra patente de esa visión la conforma la aparente «paradoja geopolítica» relativa a que potencias enfrentadas, o incluso potencias «aliadas» coincidan en el escaso interés sentido por la consecución de una brecha en el Rimland  por parte de Rusia —basta en este sentido recordar como Turquía, si bien es miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), tiene una agenda particular muy patente y potente que la lleva a cooperar y competir con Moscú en varios campos—

¡Lucha en y por el destacamento avanzado! El reciente anuncio del Chad relativo a la marcha de las tropas francesas de su territorio, así como el de Senegal, implica que tras la marcha de los efectivos galos de Burkina Faso, Malí y Níger la presencia no solo de tropas francesas, sino de efectivos internacionales —las misiones de las Naciones Unidas (MINUSMA) y de la Unión Europea (EUTM-Malí) también fueron invitadas a replegar— es cada vez menor en el Sahel, generándose un vacío que Rusia y China, desde diferentes ópticas y ámbitos, van paulatinamente llenando…

El Sahel, espacio enclavado —lejano en su mayor parte del mar— pero como espacio de movilidad secular que es, puede posibilitar el acceso, caso de control de una parte de su territorio, hacia el océano Atlántico, bien sea por la fachada oeste de África Occidental o a través del golfo de Guinea… como ya aconteció, hace siglos, para los imperios sahelianos del pasado. 

Y para ello —lograrlo o impedirlo—, las naciones foráneas maniobran y, para alcanzar sus fines, emplean diferentes medios y modos; desde el intento de desplegar fuerzas en otras naciones del entorno —como los Estados Unidos pretenden hacer en países el golfo de Guinea ¿para crear una suerte de nuevo anillo exterior al Sahel?— al empleo de fuerzas proxy —fuerzas delegadas— instrumentalizando —y apoyando, de manera más o menos soterrada— la causa de cualquiera del amplio abanico de actores capaces de ejercer la violencia en la región para que su lucha contribuya al fin de alguna potencia. 

O como Francia, que expulsada del Sahel intenta establecer una nueva estrategia hacia África, redireccionando la misión de su base en Yibuti (en el cuerno de África), tradicionalmente orientada hacia el Índico y el Pacífico y que pasará a constituir el nuevo punto de proyección para las misiones en África. 

Como simple ejemplo de esas reales o supuestas «fuerzas delegadas», hay que señalar que en este marco tremendamente complejo, los grupos separatistas tuareg, con la pretensión de crear un Estado independiente en la Azawad, en el norte de Mali, han creado una nueva entidad denominada Frente de Liberación del Azawad, con la que intentan hacer frente al gobierno, a las tropas de Malí y a sus aliados rusos —de hecho, en julio de 2024, en una emboscada realizada por rebeldes tuareg y yihadistas en Tinzawaténe, en el norte de Malí, murieron casi un centenar de efectivos de Wagner/Africa Korps muchos de ellos veteranos ya fogueados en múltiples combates— y cerca de medio centenar de soldados del ejército de Malí. 

Rusia acusa a Ucrania de terrorismo en el Sahel 

Las acusaciones relativas a que naciones foráneas apoyan a estos —y otros— grupos son constantes. De hecho, la posición de Rusia respecto al Sahel fue definida por el jefe de Estado Mayor ruso, el general Guerasimov, que señaló que «las organizaciones terroristas apoyadas por Ucrania suponen una amenaza especial para la seguridad de la región del Sahel. Se refería al “adiestramiento de terroristas en el uso de vehículos aéreos no tripulados y de formación en actividades subversivas contra civiles», así como que Occidente persiste en mantener enfoques neocolonialistas y pensando en África esencialmente como una fuente de recursos estratégicos. 

Tras el ataque a las fuerzas de Wagner/Africa Korps y al ejército maliense, se afirma que ya no se trata solo de una guerra por delegación entre potencias librada en suelo de Malí —país muy distante de Ucrania—, sino que se trata de una «verdadera guerra fría cuyo nuevo terreno de juego se desarrolla en la región saheliana», y que lleva a los países de la llamada Alianza de Estados del Sahel (Malí, Burkina Faso y Níger) a romper relaciones diplomáticas con Ucrania. 

En suelo maliense —y saheliano— se están disputando muchos de los diferendos, retos y amenazas de alcance e impacto global: desde el crecimiento del terrorismo de corte yihadista en África Occidental a la génesis de parte de los flujos migratorios con dirección al continente europeo pasando por el creciente tránsito de drogas hacía Europa y los países ricos del mundo árabe, entre otros. 

De la misma manera, se aprecia el nacimiento y crecimiento de un renovado panafricanismo, que bajo la égida de gobiernos militares tiende a extenderse por África, así como a constituirse en la punta de lanza no solo de la presencia de Rusia en el flanco sur de la OTAN, sino también en ese intento de consolidar un destacamento avanzado y contribuir a generar una potencial brecha en el Rimland. 

Por eso lo que ocurre en el Sahel resulta importante, no solo a escala regional, no solo a escala continental, sino también a escala global. Pero no solo se lucha en el campo de batalla… también en el de las narrativas y percepciones, en el del modelo de orden regional y global a establecer. Y es preciso empezar por alguna parte, por un núcleo, por pequeño que sea.

El 29 de enero, fecha clave 

El camino hacia un «nuevo orden», quebrando el «viejo», pasa también por el Sahel; de hecho, los países que conforman la llamada Alianza de Estados del Sahel (AES) —Malí, Burkina Faso y Níger—, nacida en septiembre de 2023, han rechazado expresamente la moratoria de seis meses concedida por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) para reconsiderar su decisión de salida de dicha organización, declarando que la fecha del 29 de enero de 2025 es irreversible, además de acusar a la misma de instigar maniobras de desestabilización apoyadas por países extranjeros,

Así como señalar a Francia en sus intentos de poner fin al camino propio elegido libremente por la AES. Tanto es así, que de manera un tanto sensacionalista, pero reflejando una cierta realidad percibida, se apunta que «comienza la cuenta atrás para un acontecimiento que cambiará para siempre el mapa de África Occidental», pues tras la salida de estas tres naciones de una organización con 30 años de vida, con 14 países miembros y que ofrecía un modelo de cierto éxito entre las organizaciones internacionales africanas, esta puede verse en un brete, pues en ese marco que permitía una cierta movilidad de personas y mercancías, la posición central en la CEDEAO de los Estados de la AES, los que marchan, supone no solo un duro golpe político, sino incluso una fractura física de ese espacio. 

Se realizan esfuerzos de todo tipo para evitar ese duro varapalo, esa fractura de la CEDEAO; por ejemplo, Alemania refuerza su acción diplomática para resaltar la importancia que tiene para Burkina Faso, Malí y Níger el hecho de mantenerse en la CEDEAO, y apunta a las graves consecuencias económicas y de seguridad que tendrá salir de dicha organización para esas naciones. Pero la narrativa empleada por los países de la AES —y de otros que van siendo tentados a unirse a esa nueva confederación— con expresiones como «una revolución patriótica, una lucha por la segunda independencia» o las llamadas al panafricanismo son constantes, como también lo son las críticas a la acción de Francia y de Occidente en su conjunto. 

Esa narrativa, en ocasiones rayana o plenamente cayendo en el ámbito de la desinformación, es alentada por las potencias revisionistas —en este caso, esencialmente Rusia y China, en diferentes grados y niveles—, reforzando la idea del modelo agotado del propio Occidente y de que, pese a los años de presencia en el Sahel de las naciones extranjeras más poderosas del planeta, las poblaciones locales continúan, y pese a las riquezas existentes, encontrándose entre las más pobres del planeta.

Crecen las acusaciones hacia Occidente de poseer una doble moral —del tipo «haz lo que yo digo pero no lo que yo hago», del tipo «a Ucrania le dais armas pero a mí, para luchar contra los terroristas, no me las disteis»—, de intentar implantar un modelo social cada vez más cuestionado desde dentro —ante la polarización y radicalización creciente de las propias sociedades occidentales—, de la paradoja que supone que sociedades que han sido esclavistas y colonialistas en el pasado pretendan emplear en la actualidad narrativas de derechos humanos y libertad, pero que en el fondo no constituyen más que intentos neoimperialistas de imponer valores y usos que no son los propios. 

Todo por la consecución de una «soberanía real». Y por ello, y pese a las dificultades, parece que el destacamento avanzado (ruso) se va consolidando y va alcanzado alguno de los objetivos planteados. 

La  caída de Al Asad en Siria,  un serio problema para Rusia

La sorprendente y rápida caída del régimen de Al Asad en Siria —en menos de dos semanas— ha generado un serio problema para Rusia, que contempla cómo puede dificultarse la línea de comunicaciones y suministro con el Sahel. Por ello, Moscú se encuentra en pleno proceso de negociación con las nuevas autoridades del país, a las cuales, o al menos a parte de ellas, combatió en épocas previas.

Rusia posee dos bases militares en Siria, una base aérea en Latakia y una base naval en Tartús, en el Mediterráneo oriental, siendo esta la única base rusa fuera del territorio nacional. 

La derrota de Al Assad supone un duro varapalo para Moscú, pues, y para más inri, contando Rusia con bases militares en el país, la rapidez en la caída del régimen se produjo sin que se produjera una poderosa reacción del principal aliado del líder sirio, lo cual ha contribuido a, quizás, sembrar una cierta duda sobre la capacidad de Moscú para apoyar a los regímenes afines, sobre la posibilidad de la existencia de una cierta «debilidad estratégica» rusa, y se llega a afirmar que «los regímenes africanos que han confiado en la protección de Moscú no se sentirán tranquilos con lo que han visto en Siria».

Así, el Sahel y la República Centroafricana33 podrían pensar que su aliado puede encontrarse débil debido al largo conflicto en Ucrania, y echar sus cuentas sobre una base un tanto diferente a la de hace solo unas semanas; o que naciones que contribuyen a burlar las sanciones económicas impuestas a Moscú se replanteen la capacidad rusa para seguir apoyándolas frente a Occidente. 

Con la llegada de Trump al despacho oval, la vinculación de la presencia rusa en Siria  habría sido una de las bazas, una de las «cartas» que se hayan intercambiado entre Washington y Moscú con respeto a un potencial acuerdo de alto el fuego en Ucrania y la situación resultante tras el mismo. Estados Unidos, que había puesto, en 2017, precio a la cabeza de Ahmad Al Sharaa —el nuevo líder de Siria— una recompensa de 10 millones de dólares ha retirado la misma. 

Libia entra en el juego

Como una de las prioridades para Moscú es mantener las bases en la región, mantener puntos de apoyo que permitan garantizar el paso hasta el destacamento avanzado, no deja de barajar posibilidades y alternativas. Una de ellas podría ser Libia. ¡Búsqueda de un nuevo camino! ¿Libia? ¿…? Libia, desde la guerra civil acontecida tras la caída de Gadafi en el año 2011, se encuentra dividida entre varios actores sobre el terreno, cada uno con una serie de aliados exteriores.

Turquía lleva tiempo intentando incrementar su peso en la zona —que es capital pues el gobierno «legítimo» del país y el internacionalmente reconocido cuenta con el apoyo de Ankara, y sin ese apoyo quizás el devenir de Libia hubiera sido otro durante la guerra civil—, si bien las opciones son complejas, pues en la «ecuación» de alianzas y apoyos, de disputas y rivales naciones como Egipto, Emiratos Árabes, Rusia… con las cuales existen intereses compartidos y contrapuestos en diferentes áreas y distintos ámbitos, motiva que «el cambio de cartas», constituya una actividad tremendamente compleja por el equilibrio de intereses a balancear y contrapesar. 

La presencia de Turquía y Rusia en Libia se mantiene, y para Rusia, que lleva tiempo minorando su visibilidad en el país —que no su actividad— las posiciones con las que cuenta son capitales para proporcionar apoyo al grupo Wagner/Africa Korps y la acción y presencia en toda la región —recordemos que Libia tiene salida al mar y frontera terrestre con Níger y Chad, lo cual convierte al país en un punto de tránsito muy adecuado para mantener las cadenas y flujos de y hacia el Sahel—, generando, consecuentemente, la necesidad de un equilibrio complejo entre dos naciones —Rusia y Turquía— en el suelo de otra —Libia—. 

Existen especulaciones relativas a que si Rusia debe finalmente abandonar sus bases de Siria, marcharía y/o reforzaría su presencia en Libia, convirtiéndose así este país en un nuevo punto clave para el apoyo al Sahel manteniendo así una presencia permanente en el Mediterráneo y en África, y planteándose desplegar parte del material que está siendo evacuado de Siria en Libia, en la zona de Libia ocupada por el Ejército Nacional Libio mandado por el mariscal Haftar, incluyendo el puerto de Bengasi, zona que está fuera del control del gobierno legítimo del país. 

Libia parece, a priori, una opción relativamente sencilla —si es que en geopolítica hay algo sencillo—. Pero, y a otro perfil, no es la única. Argelia, el país de mayor tamaño de África y con frontera terrestre con Mauritania, Malí y Níger, constituye un significativo potencial punto de apoyo para Moscú en relación con el Sahel, al mediterráneo y a toda África Occidental. 

Por ello, Argelia, país clave en el acceso al Sahel y con una larga tradición de vinculación con Moscú —si bien desde hace años, no con carácter exclusivo ni excluyente—, y del que recibe la mayor parte de su equipamiento miliar y armamento, recibió la visita del representante especial de Rusia para Oriente Medio y África, viceministro de asuntos exteriores Mikhail Bogdanov, donde se abordó la situación en el Sahel y el impacto que podrían tener los últimos acontecimientos de Siria en la región. 

Igualmente, es necesario destacar el acercamiento y estrechamiento de lazos entre Argelia y Burkina Faso apoyando los esfuerzos en la lucha contra el terrorismo y en la consecución y mantenimiento de la estabilidad nacional y regional, en el marco de un impulso renovado de la actividad hacia África del ejecutivo argelino. 

Para Moscú, el camino al Sahel puede tener diferentes trazados… … incluso desde zonas más remotas; así, es preciso también entender los afanes rusos de establecer una base naval en Sudán, en el mar Rojo, en el extremo oriental del Sahel, —negociaciones que llevan tiempo produciéndose, pues se pueden remontar al año 2017, y que parece que han recobrado un nuevo impulso—, y donde se llega a hablar de unas instalaciones con capacidad para unos centenares de efectivos y cuatro buques de guerra. 

No es factible dejar un destacamento avanzado sin enlace, no es posible poner un pie firme al otro lado del «cerco»… y luego dejar que muera de inanición. 

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