José García Abad
Ha fallecido discretamente a los 75 años el político que mejor ejerció la discreción, el hacerse invisible en los más peliagudos asuntos de Estado donde su intervención fue decisiva. El hecho de que fuera jefe del gabinete de Felipe González en sus últimos momentos de descalabro y continuara siendo durante todo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, refleja su maestría. Fue quien apagó las luces cuando se hizo con las llaves de Moncloa José María Aznar y el que las encendió cuando llegó José Luis Rodríguez Zapatero, el nuevo inquilino.
Fue este un nombramiento que sorprendió porque se esperaba que ocupara este puesto en la Moncloa quien lo desempeñaba en Ferraz, José Andrés Torres Mora pero Zapatero debió considerar que le venía bien tener a su vera al hombre que se sabía todos los secretos de la etapa de González y se movía con soltura en los espacios oscuros de la gobernación.
José Enrique – fue de esos personajes que lucen sin apellidos por su nombre propio como Felipe González o Mariano Rubio – disfrutó de la compenetración con Alfredo Pérez Rubalcaba, con quien tanto se parecía y con quien compartió la habilidad de este en el trato con los periodistas, una habilidad desde Moncloa es comparable con la que ejerció Sabino Fernández Campo en el palacio de la Zarzuela.
Su no afiliación y su alejamiento de la vida interna del PSOE le preservan de enfrentamientos y peleas por el poder. Con Serrano no había lugar a tensiones con nadie, porque al igual que su antecesor en la etapa del PP, Carlos Aragonés, su ambición política se circunscribía a su despacho de Moncloa. De todas formas, no es prudente infravalorar las ambiciones, pues es sabido que Serrano estuvo a punto de conseguir la cartera de ministro de la Presidencia en la segunda legislatura de Zapatero, a la que no le hubiera hecho ascos.

Jose Enrique Serrano y Alfredo Pérez Rubalcaba en el Congreso de los Diputados
Cuando caían los roldanes sobre Felipe y las Bárbara sobre el rey
José Enrique hubo de lidiar desde puesto tan delicado los miuras más peligrosos durante los años en los que el gobierno de Felipe González se desayunaba cada día con un nuevo escándalo, casos de corrupción y amenazas de Mario Conde o Javier de la Rosa al Estado de derecho. Era cuando Cuando caían los roldanes sobre Felipe y las Bárbara Rey sobre Juan Carlos.
Por ejemplo: El jefe del Cesid trabaja en el acuerdo con Bárbara Rey, que tiene la aprobación no solo de la Jefatura del Estado, sino también del Gobierno. El 12 de julio de 1994 Manglano envía a José Enrique Serrano, una nota para contratar a Barbara Rey en TVE. El director de TVE habla con Bárbara y a finales de agosto se concretan las cosas. Manglano se lo cuenta al rey para que se quede tranquilo.
José Enrique fue víctima de dispersión en los fogones de la cocina de palacio y la imagen del presidente Zapatero, sin un claro conductor, cayó como un plomo en los aciagos días posteriores al estallido de la bomba en la T-4 de Barajas. Sin embargo, Zapatero continuó sin «nombrar» a jefe alguno en su variada corte de asesores.
Le pedí a José Enrique que comparara su visión sobre los dos presidentes con los que trabajó. Este fue su diagnóstico: “Se hacen juicios de valor absolutos en momentos históricos diferenciados. Permíteme la broma en términos muy cordiales: me gustaría saber cuál será el juicio sobre la divinidad o la humanidad de ambos formulada de aquí a ocho años; las circunstancias condicionan mucho. Todo presidente del Gobierno llega a un determinado momento en que se desentiende de lo que son decisiones ordinarias y concentra toda su atención, toda su capacidad de análisis y reflexión en tres o cuatro puntos que son política exterior, defensa, terrorismo en España y las grandes decisiones económicas. Eso normalmente ocurre después de un determinado periodo de gobierno y José Luís (Rodríguez Zapatero) lo ha hecho a los cuatro meses de llegar a él. Ha hecho lo que hizo Felipe al cabo de dos años de gobierno, no lo que hizo Aznar, quien a los cuatro meses ya estaba en otra cosa, ya estaba pensando en el mundo. Es verdad que Zapatero no es Felipe. Éste es el constructor del PSOE moderado y a partir de ahí es Dios, efectivamente, por eso todo el mundo le llamaba Dios. Zapatero no ha sido nunca Dios, primero porque no es el constructor del partido moderno, segundo porque gana un congreso por nueve votos de diferencia y tercero porque no tiene historia sobre la que hacerse fuerte, cosa que Felipe sí tenía”.
Sánchez supo aprovechar sus habilidades
Serrano mantuvo fuertes lazos desde la caída de Zapatero. Fue jefe de gabinete de Almunia en Ferraz el tiempo que éste desempeñó la secretaría general y, desde la debacle de 2000, cuando Aznar ganó con mayoría absoluta, aunque recaló en la empresa privada, siguió asesorando a Manuel Chaves, a la sazón presidente del partido, con quien mantuvo una relación especialmente cordial, lo mismo que con el PSC, gracias a su sólida relación con Miquel Iceta.
Pedro Sánchez supo aprovechar sus habilidades. En su libro “Manual de Resistencia” recuerda los prolegómenos a su campaña electoral del 26-J: “Yo ya había constituido mi equipo. Todos estaban preparados y enseguida demostraron sus habilidades negociadoras. Antonio Hernando coordinó muy bien el equipo. Meritxell Batet dirigía la negociación en la cuestión catalana, las administraciones públicas y en general los temas territoriales; José Enrique Serrano, en los asuntos de Estado (lo referido a Interior y Defensa); María Luisa Carcedo, en los temas sociales; Rodolfo Ares aportó su gran experiencia en Euskadi, y Jordi Sevilla llevó todos los aspectos económicos”.
En este círculo de poder socialista el jefe de gabinete de Sánchez, Juan Manuel Serrano era el hombre que más mandaba en la sombra. Le acompañaba José Enrique Serrano, que mantenía en su cabeza toda la estructura del Estado. Todos le escuchaban con suma atención. Su misión para el 26-J era la de coordinar la estrategia del PSOE y el desarrollo de las propuestas de la campaña”.

