Carlos Berzosa
El año 2025 ha comenzado con mal pie. El discurso de Trump en su toma de posesión resulta reamente terrorífico. Amenazas a los emigrantes y a las personas LGTBIQ, imposición de aranceles, aumento de la carbonización, y cuantas cosas más hayan supuesto un avance hacia la menor desigualdad, progresos en los derechos humanos y lucha contra el cambio climático. Toda una línea de actuación que va precisamente en dirección contraria al que debe ir la humanidad, si no se quiere ir hacia al suicidio colectivo. La ignorancia se impone sobre el conocimiento y todo para beneficio de unos cuantos ultrarricos.
Anuncia también anexiones como el canal de Panamá, Groenlandia, y tal vez Canadá. Una ambición expansionista que ha sido propia de los fascismos, políticas coloniales e imperialistas. Se está ante un nuevo imperialismo protagonizado por Estados Unidos, China y Rusia. Un proceso que conduce a rivalidades, que se manifiestan en conflictos comerciales, y en apoyos en guerras a los diferentes contendientes. El nuevo imperialismo es diferente al que analizaron Hobson, Lenin, y Rosa Luxemburgo a principios del siglo XX. Como dice con acierto, John Bellamy Foster en El Nuevo Imperialismo (El Viejo Topo,2016):”Es evidente que en la fase actual del capitalismo-imperialismo esas teorías clásicas ya no resultan directamente aplicables, No obstante, la morfología del imperialismo descrita en esas obras pioneras es la clave indispensable para entender sus formas evolutivas actuales”. Más adelante señala:” En el siglo XXI el imperialismo está entrando en una fase nueva y más desarrollada que se relaciona con la globalización de la producción y las finanzas”.
Para este autor, un hecho crucial de esta nueva fase es el desplazamiento del Norte al Sur de la industria manufacturera en las décadas recientes. El imperialismo impone también la búsqueda acelerada de recursos, especialmente recursos energéticos estratégicos como los hidrocarburos, pero también todos los minerales clave, los alimentos, los bosques, la tierra incluso el agua. De manera que la competencia se desarrolla no solo en el plano comercial y financiero, sino en el control de las materias estratégicas, lo que requiere el dominio sobre áreas de influencia.
La economía China se ha convertido en un gigante económico industrial, tecnológico y financiero. Es de hecho un gran competidor de los países desarrollados en todos los terrenos mencionados, principalmente con Estados Unidos. De manera, que las grandes corporaciones chinas están penetrando en los países avanzados, y a su vez lleva a cabo inversiones en la producción primaria para controlar recursos básicos, principalmente en África. Se ha convertido a su vez en una gran potencia militar, si bien es cierto que China declara que no tiene intenciones de conseguir la hegemonía en este terreno, de manera que no se sabe con certeza lo que pretende. Hasta ahora ha colonizado con su poderosa economía y no con las armas.
El caso muy particular es el de Rusia, que es una potencia militar con armas nucleares, pero cuya economía es más bien tercermundista. No tiene una industria competitiva en el mercado mundial, y sus exportaciones son básicamente combustibles fósiles, minería y agricultura. Tiene una vocación imperial que se basa más en las armas que en la economía. También penetra en África, aprovechándose del vacío que están dejando los antiguos países coloniales europeos. En varios casos rechazados por sus antiguas colonias. A su vez la intención de Putin es recuperar en parte lo que fue Rusia y sus imperios.
La política de Trump consiste en volver a la que llevó a cabo en su primera legislatura que era ultraliberal en el interior de Estados Unidos y proteccionista en las relaciones exteriores comerciales y libre circulación de personas. El objetivo principal de todo ello era una reindustrialización de Estados Unidos y el fomento del empleo que beneficiara a los trabajadores blancos. La intención de poner trabas al comercio tenía, además de las razones aducidas, frenar las exportaciones chinas que se consideró como el principal competidor a vencer, tanto en lo que suponían las importaciones de mercancías como en la tecnología. La política proteccionista no consiguió los objetivos perseguidos en la reindustrialización. Ni tampoco logró disminuir las importaciones chinas. Fue un fracaso.
Así las cosas, el año que comienza supone una gran incógnita para lo que pueda suceder. Trump seguirá con su política contra China, que quiere ampliar a los BRICs. Es posible que siga buscando un entendimiento con Putin, como ya hizo en su anterior mandato. Pero, por otro lado, se observa un acercamiento cada vez mayor entre Rusia y China. Este hecho pone de manifiesto que le será difícil a Trump aliarse con Putin, a no ser que se unan para conseguir un objetivo común, como es destruir a la Unión Europea (UE). Hay una clara preocupación de los dirigentes europeos.
El peligro que supone para la UE Trump es lo que ha motivado a la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, plantear en Davos, la necesidad de intensificar la integración, y acercarse a China y México. Un modo de evitar quedar emparedada la UE entre las políticas de Trump y Putin. Una UE, en una situación de debilidad, con motivo de la crisis política que padecen los dos principales países que han servido de motor, como Alemania y Francia. Una UE amenazada además desde dentro por la ultraderecha. Malos tiempos a los que habrá que enfrentarse con firmeza para fortalecer la integración europea, lo que requerirá un debate en profundidad de los planes Letta y Draghi, pues no cabe duda de que la UE ha perdido protagonismo internacional frente a los tres países mencionados. Pero esto requiere un análisis aparte.
En concreto, no pretendo hacer predicciones de lo que puede pasar sino de inferir posibilidades que se deducen de las tendencias actuales que están marcando el ritmo del nuevo orden económico internacional, y que no apunta hacia un mundo mejor, y ello sin haber tenido en cuenta las guerras horribles que asolan nuestro planeta.

