Escrito por • 6:08 pm• Cultura

“Pepita Jiménez” de Albéniz y el furor erótico

 Manuel Espín

La Zarzuela inaugura su temporada con una ópera en tres actos de Isaac Albéniz, representada de un tirón sin descanso a través de los tórridos e intensos sesenta y cinco minutos aproximados que dura la función. En su origen ‘Pepita Jiménez’ de Juan Valera fue una de las novelas españolas más representativas del XIX junto a ‘La regenta’ de Leopoldo Alas ‘Clarín’ y ‘Los pazos de Ulloa’ de Emilia Pardo Bazán. Por cierto que tanto Valera como Clarín fueron absolutamente machistas vetando el ingreso de ella en la Real Academia por el hecho de ser mujer; pero esa ya es otra historia.

 Sobre ese argumento con el aporte del libretista Francis Burdett Money-Coutts creó Isaac Albéniz una partitura arrolladora bajo las coordenadas más representativas del nacionalismo musical español; y bajo esa base material de texto y creación sinfónica Pablo Sorozábal hizo su propia versión que es la que se estrenó tardíamente en 1964 y la que ahora llega a nosotros en su total amplitud. 

 Musicalmente esta ópera encierra algunos de los momentos más altos de un estilo musical muy típico de una época, al que el director musical Guillermo García Calvo sirve con acierto al frente de la Sinfónica de Madrid. Interpretando las esencias de una partitura que se inspira en motivos españoles, principalmente andaluces y los reinterpreta desde el punto de vista sinfónico. Esa base orquestal está anclada en esas referencias, como la ocasional presencia de la castañuela, y responde a la instrumentación muy representativa de un género y un momento musical.

 Desde esa perspectiva esta ‘Pepita Jiménez’ cumple con creces, porque la música es excelente y García Calvo es capaz de transmitirla con brillantez (salvo unos breves momentos en el primer acto cuando la soprano protagonista está cantando en la primera planta del decorado con el decorado sobre su cabeza y la orquesta enmascara su voz: lo que no ocurre en el resto de la función).

 Recuperar una partitura de este calibre, aunque la obra se ha hecho varias veces, no está de más para un teatro como La Zarzuela cuya principal misión es difundir el rico y variado patrimonio musical español.

 Ahora vamos con la parte escénica. ‘Pepita Jiménez’ cuenta con un argumento de base melodramática sobre una viuda rica en la Andalucía profunda y caciquil que se enamora de un joven sacerdote. Giancarlo del Mónaco, director teatral, evita cualquier referencia andalucista o al menos la presenta a través de una idealización donde no hay signos distintivos de identidad. El espacio escénico creado por Daniel Bianco es una gran estructura de tonos oscuros que en varios momentos de la acción gira varias veces y que puede servir como reja, oratorio, iglesia o alcoba; secundado por el vestuario también de esos tonos donde predomina el negro salvo en el velo del coro femenino de Jesús Ruiz. 

 La reinterpretación escénica de Del Mónaco transita del aparente melodrama a un erotismo nada camuflado que transmite esa pasión carnal de una dama hacia un sacerdote al que muestra con la sotana en la cama después que ella le haya dejado casi en cueros con una pasión erótica de película italiana de Salvatore Samperi de los años 70. Ese elemento preside buena parte de la acción escénica caracterizada por un naturalismo carnal que obliga a los protagonistas a un verdadero ‘tour de force’.

 En el primer reparto ‘Pepita’ está interpretada por Ángeles Blancas (Maite Alberola y Carmen Romeu en los otros) y lo hace con gran dominio de las situaciones (superado el problema inicial del primer acto donde al cantar dentro del decorado su voz queda enmascarada por la orquesta) y por momentos con una contundente brillantez en un personaje femenino que en cierta medida rectifica a Juan Valera. 

 Aquí no es la dama viuda, rica, religiosa y reprimida, sino una atractiva mujer en la madurez capaz de ejercer por ella misma la iniciativa sexual. Muy bien, con excelente fraseo musical y clara dicción por parte de Leonado Caimi como ‘Luis de Vargas’ (Antoni Lliteres en el otro reparto), con Ana Ibarra/Cristina Faus (‘Antoñona’), Rodrigo Esteves (‘Pedro de Vargas’), Rubén Amoretti (‘El Vicario’), Pablo López (‘El Conde’), Josep Fade (‘Primer Oficial’), y Iago García Rosas (segundo), con el coro titular del teatro, especialmente el femenino que tiene cierto protagonismo. 

 La nueva lectura escénica de ‘Pepita Jiménez’ haciendo que la represión sexual del personaje estalle hasta situaciones casi explícitas añade una discutible perspectiva a una ópera española con elementos muy depurados desde la perspectiva teatral, donde se carece de referencias andalucistas y el drama es enfocado bajo un tratamiento de cierta elegancia dramática en la que el erotismo campea a su gusto especialmente con un tercer acto donde una cama parece aproximarla a un subgénero de hace cuarenta años en el cine italiano, y esa ‘Pepita’ parece una Lisa Gastoni o una Barbara Bouchet en una época tan intemporal como la que sugiere esta producción, porque las combinaciones, la ropa interior o las sotanas no han cambiado tanto a lo largo del tiempo.

 Hay un elemento escénico del que Del Mónaco y Bianco sacan gran partido como son los satenes, las telas ligeras, el telón oscuro de tenue raso que se convierte en manto o el velo blanco que ella arrastra como un pesado símbolo. Componentes que están bien utilizados para una producción en la que el erotismo insinuado o explícito está muy presente como clave principal del montaje. 

↑
Close