Escrito por • 11:34 am• Ojo Avizor, Tribunas

Pero existió alguna vez un Papa llamado Francisco?

Manuel Espín

 A un par de meses de la desaparición del papa Francisco parece como si su paso por el trono de San Pedro hubiera sido el tránsito de un fantasma en estado gaseoso. La estrategia de silenciar al personaje está funcionando a la perfección.  

Rastreamos en el callejero de ciudades y pueblos españoles los centenares y miles de vías, avenidas, colegios, polideportivos, clubes sociales, estaciones de metro, instalaciones con los nombres de Pío XII (cuyo pasado en el entorno de la guerra mundial sigue siendo inquietante), Juan XXIII, Pablo VI o Juan Pablo II que se prodigan, la mayor parte de ellas realizada al poco tiempo de su muerte. Frente al absoluto silencio sobre Francisco, del que es difícil encontrar una parroquia, grupo escolar o calle de pueblo, donde se le recuerde. 

¿Algún lector o lectora ha escuchado en un pleno de un ayuntamiento a día de hoy una propuesta para dedicar una calle al argentino? Es más: en caso de producirse pondría en evidencia las afinidades de quienes asumen los postulados más confesionales.   

Ni uno solo de esos alcaldes que se autoproclaman católicos aunque vivamos en un estado oficialmente aconfesional, a la mayor parte de la jerarquía eclesiástica española tampoco se le ha ocurrido otra cosa que resolver el obituario a través del convencional elogio post-mortem, como un pasaporte hacia el olvido. 

Bajo la cáscara del lugar común tampoco ha tenido lugar un debate sobre un pontificado en principio ‘inesperado’. Y de no ser por el libro de Javier Cercas nadie se habría enterado que el argentino pasó por la jerarquía de la Iglesia Católica y dijo cosas antes impensables, aunque muy pocos le hayan puesto coro ni siquiera en su propia casa. 

Pensemos en la abundante literatura producida tras Wojtyla y en la soledad de los escaparates de las librerías religiosas sobre este personaje fallecido en la pasada primavera, no hace una eternidad. Al que se ha sepultado en el olvido entre estereotipadas frases que quedan bien para cualquier ocasión.  

Ninguna televisión ha montado una mesa entre partidarios y detractores; lo más fácil ha sido el silencio, el viaje al olvido, como si todo hubiera sido una etérea aparición de un personaje que se cuela por una confusión o un error, como la bloguera invitada a una recepción en la Casa Real por una confusión del protocolo. 

Aunque ese ‘mirar hacia otro lado’ estaba muy presente desde tiempo atrás en diversos espacios de identidad católica. Cuento una anécdota que más de uno ha podido vivir: una caro master de un instituto vinculado a una entidad confesional de características muy pronunciadas celebra una fiesta de graduación en un elegante club de campo donde se dejan ver muchos padres y madres jóvenes con familias numerosas que se abre con una misa en la iglesia y una cena posterior. En el oficio religioso se nombra al obispo de la diócesis por su nombre y apellido, y cuando toca hablar de las ‘intenciones del papa’ según el ritual, el nombre de Francisco ni siquiera es citado dejándolo en una abstracta nebulosa. 

Solo la heterodoxia sigue mencionándolo en estos momentos, incluso con intención finalista, cuando se trata de evitar una de las pegajosa y condenadas a molestar aunque no prosperen,  demandas de la entidad ultracatólica que acumula procesos contra aquí y allá. Para conjurar el riesgo basta con hacer citas de opiniones que chocan de forma brutal con el integrismo y cuyo autor no fue otro que Francisco. 

Frente a la vertiginosa y sospechosa rapidez con la que se ha elevado a personajes al olimpo de la santidad nadie ha tenido la ocurrencia de proponer a Francisco, un tipo inesperado que un día tuvo la ocurrencia de aparecer en un cónclave y ser elegido pontífice.  

Tan poco convencional que cuando sin anunciarse, se presentó en una de las últimas tiendas que venden soportes de música de la ciudad de Roma para comprar CD, el mismo tipo que llamó a un programa de la RAI para intervenir en directo como lo haría cualquier espectador común. El que no tuvo la oportunidad de cambiar estructuras porque para eso las individualidades nunca son suficientes; y el mito del héroe populista de las películas de Frank Capra capaz de cambiar las actitudes e influir en las decisiones colectivas es otra mentira para ingenuos.  

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