Escrito por 11:27 am Ojo Avizor

Pero qué le pasa a González

Pedro Sánchez ha conseguido lo que parecía imposible: amigar a Felipe González y Alfonso Guerra que no se podían aguantar. Les hemos visto juntos en el pasado miércoles, 20 en el Ateneo de Madrid donde Felipe González presentó el libro de memorias de Alfonso Guerra “La Rosa y las espinas”.

González y Guerra están compitiendo en ataques al presidente del Gobierno, al secretario general de un partido al que siguen perteneciendo aunque de forma reticente. “En las últimas elecciones generales me ha costado más votar al PSOE”, declaró en Onda Cero. Un partido que ha permitido a Alfonso Guerra no apearse del coche oficial durante casi cuarenta años hasta que decidió jubilarse a los 74 años de edad.

La pareja sevillana se ha convertido, sin pretenderlo pero sin evitarlo, en la cabeza intelectual de la quinta columna de disidentes en la corte de Sánchez, una formación integrada por los Leguina, Redondo Terreros, Corcuera y demás, el regalo más preciado para el Partido Popular.

Aparecen acompañados de buena gente de derechas de toda la vida que comparten con ellos un odio sin cuartel al secretario general a quien no perdonan que haya ilusionado a su histórico partido que se había quedado relegado a los hogares del jubilado, elevándole al poder donde el presidente está demostrando una capacidad asombrosa para manejarse en las situaciones más difíciles. Un modelo para la socialdemocracia europea. 

Me pregunta a menudo ¿qué le pasa a Felipe? En mi modesta opinión le aquejan distintos sentimientos y resentimientos. Ciertamente discrepa de Sánchez en la cuestión catalana y en la coalición con podemos. Le irrita lo que percibe de radicalismo en él, mientras que Felipe acaricia el delicioso placer de los halagos de la derecha en su intento de ser reconocido como figura universal, «au-dessus de la mêlée», más allá de las miserables contiendas políticas entre la derecha y la izquierda.

Asistí perplejo al foro empresarial de la Toja al contemplar como Felipe González y Mariano Rajoy mostraban su coincidencia en casi todo mientras el primero criticaba a Pedro Sánchez disfrutando del entusiasmo generado con el cogollo del Ibex presente en el hotel del balneario.

Fuera de la Toja, un exministro de González me expresaba su amarga queja: “No debería sorprenderos. Si Felipe no se apunta al PP no es por discrepancias políticas sino porque no puede negarse a si mismo como refundador del PSOE y dirigente del Gobierno durante el mayor periodo de la historia de la España democrática, siempre enfrentado al Partido Popular. Pero ahora, ya lo habéis visto en La Toja, la derecha económica le adora”.

Hay quien ha llegado como el periodista Antonio Maestre en el diario.es del pasado 9 de septiembre a explicar “Por qué el PSOE tiene que suspender de militancia a Felipe González” . Las razones expuestas son, entre otras: “Porque es de derechas. Porque hace política contra el PSOE. Porque prefiere que gobierne Feijóo”. Y concluye: “Hace el papel que ha tenido siempre, solo que antes solo lo veían los marxistas cenizos y ahora lo ve hasta el comité federal del PSOE”.

No creo que sea para tanto. No atisbo peligro alguno de transfuguismo por parte del carismático líder del PSOE a quien durante su largo gobierno la gente de Ferraz le tachaba de endiosamiento y hasta, simplemente de “Dios” como le calificó Txiki Benegas con notable exageración, pues si bien no le faltaban méritos no tenía los suficientes para alcanzar la divinidad, aunque su ministro de Educación, José María Maravall le atribuía la condición de santo que podría alcanzar los altares pues, aseguraba,  podía acreditar que había hecho el milagro de sanar a un enfermo. Simplemente ahora disfruta Felipe del papel de quien nos alumbra con una lucecita de sabiduría universal y desde luego, al menos, como el gran protagonista de la Transición.

En mi modesta opinión lo mollar de la actitud tanto de Felipe como de Guerra, lo que en realidad les une, es la aversión a quien consideran un intruso en el partido que refundaron con éxito del que intentan mantener el ejercicio del derecho de admisión.

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