Inmaculada Sánchez
Ya dijo Pedro Sánchez hace unos días desde Bruselas que el término ‘rearme’ no le gustaba. Mejor hablar de ‘seguridad’, no sea que alarmemos a los ciudadanos y provoquemos su rechazo al aumento del gasto en armamento. Este miércoles, en su comparecencia ante el Congreso para explicar lo que propone la UE al respecto y lo que su Gobierno está dispuesto a hacer, ha vuelto a jugar con las palabras: Ha llamado ‘Plan Nacional de Impulso Tecnológico’ a su propuesta para canalizar la inversión en defensa y ha asegurado que no restará un céntimo al gasto social. El presidente es un experto en malabarismos pero el que está ensayando con el gasto militar y el social roza lo inverosímil. Todavía más si, como todo apunta, no podrá contar con nuevos Presupuestos para este año.
Hace tres semanas titulaba mi tribuna con esta frase: “Gasto militar y otras malas noticias para la izquierda”. En efecto, pocos rechazos se mantienen tan unánimes y persistentes en el historial de los partidos a la izquierda del PSOE como el de todo lo relacionado con preparativos bélicos. De ahí que Sánchez se haya esforzado en el Congreso en aplacar a sus socios parlamentarios presentando los planes de Von der Leyen en un envoltorio de inversión tecnológica que vaya más allá del armamento y que no comprometa las políticas sociales.
El debate se presenta arduo y escarpado. Los tambores de guerra en Europa vienen sonando desde que Rusia invadió Ucrania pero han aumentado su volumen este año con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la confirmación de su ruptura con la seguridad europea. Los peligrosos y vehementes pasos del presidente estadounidense en la escena mundial han provocado una alarma sin parangón en la UE y el mito de la deseada defensa común, de pronto, se ha convertido en una urgente e imperiosa necesidad.
Bruselas no quiere perder tiempo y la Comisión ya ha conseguido que los 27 aprueben su ambicioso plan para invertir 800.000 millones de euros en armamento en los próximos diez años. También ha levantado la barrera de las reglas fiscales y hasta Alemania ha reformado de urgencia su Constitución para permitir el déficit necesario que su obligatorio rigor presupuestario impedía.
El ritmo que la UE ha imprimido a esta decisión contrasta vivamente con otras políticas pendientes en las que se juega el bienestar económico de sus ciudadanos, algunos derechos básicos como la garantía de las pensiones o la capacidad de los gobiernos para proveer de vivienda a sus vecinos, por ejemplo. Hasta los más europeístas son capaces de ver tan llamativo contraste en las prioridades y aquí es donde está asomando la política del miedo para vencer resistencias.
Ya han empezado a circular manuales y kits de seguridad de los que proveernos para subsistir autónomamente 72 horas, al menos, en nuestras casas en caso de un escenario de emergencia. Eficaz herramienta por si alguien creía que esto no va en serio y para que cada gobierno dosifique el ambiente de inseguridad y temor necesario en sus respectivos parlamentos a la hora de votar partidas de gastos.
La extremada debilidad parlamentaria de Sánchez le está llevando, por el momento, a apostar por la moderación en los mensajes y hasta ha conseguido, con ayuda de Meloni, que el plan de la Comisión pase de llamarse ‘Rearmar Europa’ al más inocuo ‘Preparación 2030’. El presidente intenta también pertrecharse electoralmente ya que sabe que los españoles no percibimos el riesgo bélico de la misma manera que los alemanes. El eurobarómetro conocido esta semana lo confirma señalándonos como los europeos menos preocupados por la defensa: sólo un 20 por ciento frente a la media UE del 36.
Se avecinan tiempos más inciertos, todavía, que los años recientes. Ione Belarra no ha perdido la oportunidad de llamar a Sánchez “señor de la guerra” en el debate del miércoles. Y Feijóo le ha espetado: “Si pretende que el PP sea su socio auxiliar, olvídese”, negándole sus votos para un futuro aumento del gasto en defensa. Atentos a como se desarrolla este nuevo frente para el Gobierno que amenaza con rodear toda la escena política. Al menos pediría que no pretendan embaucarnos con el lenguaje y que no utilicen el miedo como excusa. Que ya somos mayorcitos.

