Escrito por 11:59 am Política

Puigdemont y el fin del procès

Carles Puigdemont ha lanzado un órdago a sus electores: o consigue volver a ser president de Cataluña tras el 12-M  o abandonará la política activa. El envite tiene un aroma de fin de etapa, no sólo para el líder de Junts, que ha convertido su figura en el icono del independentismo catalán, sino también para todo lo que supuso aquella histórica ‘Declaración Unilateral de Independencia’ de 2017. Si Puigdemont lograse ser de nuevo president la arriesgada hoja de ruta trazada por Sánchez para poner fin al procès saltaría por los aires. Pero si no lo consigue, Cataluña podrá  pasar página y enfrentar su futuro sin mártires ni deudas con el pasado.

Inmaculada Sánchez

El hoy europarlamentario y residente en Waterloo ha hecho honor al personaje creado. Tras el rápido adelanto electoral de Aragonès y pese a las dudas sobre si la amnistía estará plenamente operativa en las fechas de la investidura, Puigdemont ha dado el paso adelante que anhelaban sus fieles: ha renunciado a la protección de su escaño en Estrasburgo y se presenta con un ‘todo o nada’ por bandera  a las cruciales elecciones catalanas del 12 de mayo. A la épica de su ‘exilio’ le resultaría insoportable que hubiera decidido lo contrario.

Él, su nombre  y su simbolismo, como president destituido por el Estado español tras la fallida DUI, es el mayor tesoro de Junts, una opción que ha ido perdiendo fuelle electoral hasta el punto de verse superada por ERC en las últimas autonómicas e incluso arrojada fuera del Govern tras su ruptura con los republicanos.

Los herederos de la omnipresente Convergència Democrática de Catalunya construida por Jordi Pujol en los 80  sorprendieron a muchos haciendo décadas más tarde un camino divergente con el seny y el ‘oasis catalán’ que se les atribuían. Pero siguen sabiendo  mucho de supervivencia. Mantener Waterloo como sede virtual de la presidencia ‘arrebatada’ por el Estado español y presentar a Puigdemont con una campaña de ‘restitución’ en las sucesivas elecciones autonómicas han sido algunas de sus herramientas.

Pese al lento y sostenido declive de la pulsión independentista –las últimas encuestas reducen el apoyo a la independencia a menos del 40 por ciento de los catalanes y a apenas un 5 por ciento, el de quienes la creen posible- los de Junts vivieron su particular resurrección en las elecciones generales del pasado julio gracias a la compleja aritmética parlamentaria que arrojaron las urnas. Sus inesperados siete diputados se convirtieron en la clave de la legislatura y permitieron a Puigdemont salir de su creciente irrelevancia para erigirse en la llave de acceso a La Moncloa. Será, sin embargo, este próximo mayo cuando afronte su reto definitivo.

Los sondeos, hasta el momento, apuntan a una difícil reedición de la mayoría independentista en el Parlament, con la suma de ERC, Junts y la CUP, y, también, a un ajustado empate técnico entre republicanos y posconvergentes. Además, dos nuevas candidaturas pueden restar votos a los de Junts: la de la exconsellera y actual eurodiputada Clara Ponsatí con su nuevo partido, Alhora, que defiende el retorno a la unilateralidad, y la de la alcaldesa de Ripoll, Silvia Orriols, con su discurso ultra e indepe, que se presenta por Girona. Mientras, los socialistas de Illa crecerían en escaños y volverían a ser la primera fuerza.

Las opciones de Puigdemont de retornar como president se presentan, pues, enormemente inciertas. Pero posibles. El fugado o exiliado, cobarde o represaliado, europarlamentario o president, según quien lo denomine, parece haber llegado al final del camino. ¿Gloria o derrota? Cataluña decide y, una vez más, las consecuencias las afrontará toda España.

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