Antonio Papell
Según la definición convencional, la Inteligencia Artificial es una disciplina y un conjunto de capacidades cognoscitivas e intelectuales expresadas mediante sistemas informáticos o combinaciones de algoritmos cuyo propósito es la creación de máquinas que emulen la inteligencia humana para realizar tareas, y cuyo nutriente es la información que se les proporciona, que debe ser exhaustiva y que habrá de ser gestionada mediante técnicas de computación. O, dicho de otra forma, la IA es una capacidad informática que pretende replicar y automatizar tareas mediante algoritmos y sistemas informáticos avanzados. La UE, siempre más represora que creativa, acaba de dictar una norma muy restrictiva que supuestamente nos protege de abusos.
La inteligencia artificial recorre los límites del discernimiento e insinúa que por su intermedio seremos capaces de traspasar estas fronteras para alcanzar conocimientos y aptitudes que el pobre ser humano, sin más auxilio, no sería capaz siquiera de atisbar. En un mundo que ha registrado durante el último medio siglo el mayor avance científico y técnico que ha realizado la humanidad desde los tiempos prehistóricos, la inteligencia artificial parece estar al otro lado del umbral mágico, en estadios que parecían vedados, y en los márgenes de unas posibilidades de avance inauditas. Las limitaciones materiales e intelectuales del hombre serán superadas gracias a procedimientos complejos que provienen de la investigación humana pero que han adquirido supuestamente una autonomía creativa superior y ulterior a la de los propios investigadores.
Es obvio que el proceso que ha generado la Inteligencia Artificial es pionero en la historia, pero también ha habido periodos de concentrados y relevantes avances tecnológicos que son de algún modo precedentes de la carrera actual, y cuyo conocimiento y análisis podrían darnos pistas sobre cómo abordar los cambios que han comenzado a implementarse y que representan inquietantes transformaciones. En concreto, nuestra era guarda cierta semejanza con la de la primera revolución industrial, aquella acelerada transformación económica, social y tecnológica que comenzó a mediados del siglo XVIII en el Reino Unido, que concluyó al final del primer tercio del siglo XIX y que concentró grandes reformas. Se alumbró por aquel entonces el primigenio capitalismo, arropado por dos genios de la economía que sistematizaron y racionalizaron la aventura: Adam Smith (1723-1790) y David Ricardo (1772-1823), los máximos representantes de la escuela clásica. Ambos desarrollaron por distintos caminos la tesis de que la economía capitalista se basa en la libertad individual y en el mercado libre, y los dos estudiaron a fondo, partiendo de premisas diferentes, el problema de la pobreza. Ricardo, más pesimista que Smith, creyó que la acumulación de capital era la génesis de un conflicto distributivo sin fin entre las clases sociales, que se modularía según la dinámica poblacional (Malthus fue coetáneo de Ricardo).
El pensamiento de Ricardo, plasmado en su obra cumbre “Sobre los principios de economía política y tributación” (1817), guarda curiosos parangones con la evolución de la actualidad. Acemoglu (MIT) y Johnson (FMI), autores del exitoso ensayo “Poder y progreso: nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad” (2023), han explicado la evolución del pensamiento de Ricardo. En su obra referida, este observó que en la década de 1770 se había acentuado la automatización del hilado de algodón, con la consiguiente bajada de precio y la correspondiente subida de la demanda ya que a partir de 1810 se incrementó el uso del hilado para tejer telas acabadas, lo que generó incluso un aumento de los requerimientos de mano de obra. Y por eso, Ricardo manifestó solemnemente ante la Cámara de los Comunes que “la maquinaria no disminuyó la demanda de mano de obra”.
Sin embargo, pronto la automatización se extendió también a la fabricación de tejidos y se empezaron a utilizar telares de vapor, y Ricardo se volvió más realista. De modo que en la tercera edición de su libro mencionado, añadió un nuevo capítulo en el que afirmaba textualmente que “si la maquinaria pudiera hacer todo el trabajo que ahora hace el trabajo, no habría trabajo”. La conclusión de Acemoglu & Johnson es fácil de adivinar: “que los algoritmos se hagan cargo de tareas que antes realizaban los trabajadores no será una buena noticia para los trabajadores desplazados a menos que puedan encontrar nuevas tareas bien remuneradas”.
Eric Posner, de la Universidad de Chicago, autor de “How Antitrust Failed Worker” (2021), ha escrito que los debates recientes sobre las implicaciones de la inteligencia artificial en el empleo han oscilado entre dos polos: el apocalipsis y la utopía. En el escenario apocalíptico, la IA hará desaparecer gran parte de los empleos, exacerbando enormemente la desigualdad a medida que una pequeña clase propietaria de capital adquiera excedentes productivos que antes compartía con los trabajadores humanos. El escenario utópico es semejante al apocalíptico, excepto en que los muy ricos, para no verse arrojados a las tinieblas, se verán obligados a compartir sus beneficios con el resto de la humanidad a través de una renta básica universal o de un programa de transferencia similar.
Esta salida teórica y utópica, la de un sector relativamente pequeño de personas desempeñando un puesto de trabajo junto a una mayoría de ciudadanos que viven del subsidio, está ya en la mente de muchos estrategas y en el ideario político de la mayoría de los partidos occidentales. Pero el problema no solo es económico ni de simple supervivencia de la masa social: tras esta utopía tan cercana se suscitan inquietantes preguntas como la que formula Posner: «¿cómo responderá la gente, psicológica y políticamente, al darse cuenta de que ella no puede contribuir a la tarea común y de desarrollo de la sociedad realizando un trabajo remunerado?»
En la mayoría de los fríos análisis de los economistas, el trabajo es simplemente un factor de producción. Y no son pocas las religiones que lo consideran un castigo divino por la supuesta depravación innata de todo ser humano y el pérfido pecado original. La maldición bíblica, «ganarás el pan con el sudor de tu frente», es la expresión de un destino servil, que el señor feudal aprovechará con morbosa delectación valiéndose de la parabólica y mendaz promesa de que el sufrimiento en este mundo será recompensado con el gozo inefable en el otro. Pero a la hora de la verdad, al margen de supersticiones y construcciones intelectuales de dominación, lo cierto es que, en general, los seres humanos mantienen en su interior un afán productivo, un deseo constructor y de superación personal que los impulsa a crecer intelectualmente, a perfeccionarse, a buscar la excelencia y la trascendencia. Y al mismo tiempo, son conocidos los daños que produce el desempleo: depresión, alcoholismo, ansiedad, aislamiento social, crisis familiar, mortalidad prematura…
Es, en definitiva, patética y hasta pavorosa la idea de un mundo dominado por una elite que posee y mantiene un vasto aparato productivo que solo ocupa a una parte de la población, en tanto el resto de la humanidad está ociosamente distraída en sus propias introspecciones, sabiendo que su supervivencia está sobradamente asegurada.
Este atolladero no tiene solución todavía pero hay una reflexión objetivamente impecable que nos descargará del temor a esta temible amenaza: la puesta en marcha de una potente IA generativa aumentará prodigiosamente la productividad, lo que nos hará a los miembros del colectivo humano inmensamente ricos. Estos recursos nos permitirán modular el progreso y optar por las formas mas humanizadas de inteligencia artificial: antes que procurar la automatización, es relevante hacer a los trabajadores más productivos. La tarea fundamental —hubiera escrito Ricardo— es cambiar la narrativa general sobre la IA para favorecer el trabajo y el bienestar de las personas. La lección más importante que nos legó el viejo economista fue la de que las máquinas no son en sí mismas ni buenas ni malas. Que destruyan o creen empleos depende de cómo las implementemos y de quién tome estas decisiones. Lo que nos lleva a mencionar la cúspide del problema: la IA debe ser intensa y convenientemente regulada para que esté al servicio del ser humano, sus apetencias y facultades, y no al contrario.
Antonio Papell

