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SABINO, ATACADO POR JUAN CARLOS, SE MERECE UN HOMENAJE POR SU ESFUERZO POR SALVAR LA MONARQUÍA A PESAR DEL REY

José García Abad

“Sofi, ¿sabes que Sabino nos deja?”. La conversación tenía lugar el 29 de diciembre de 1992. Es San Sabino y el Rey ha invitado a comer al jefe de su Casa. El lugar elegido: “Horcher”, uno de los restaurantes madrileños con mas solera situado en el arranque de la calle Alfonso XIII, muy cerca de la Puerta de Alcalá, que mandara erigir el rey alcalde, Carlos III; los comensales ocupan un reservado a medias, un saloncillo sin puertas, a la vista y los oídos de los demás clientes, aguzados por la presencia de los reyes. Sabino Fernández Campo que había llegado, respetuosamente, un cuarto de hora antes de la hora, exactamente a las 14.15  se sorprendió al ver aparecer a la reina, precediendo a su esposo, que habían traspasado el umbral del restaurante a las 14.30 horas con puntualidad regia; la puntualidad es la cortesía de los Reyes; tampoco sabía el general Fernández Campo que dejaba a los reyes, que había presentado su dimisión irrevocable; se entera en ese momento que le acababan de dimitir con carácter de urgencia. 

Sumido en la perplejidad, el jefe de la Casa de Su Majestad el Rey, escucha sin dar crédito a lo que oye. Pero Su Majestad insiste, imperturbable: “Nada Sofi, que Sabino se va, que no escucha razones, que se marcha ya, el mismo día de Reyes. 

La reina abre los ojos como platos, tan sorprendida como el general, preguntándose por qué su esposo no le había comentado previamente el objeto del almuerzo y se lo dijera de esta forma, delante del interesado que no decía esta boca es mía. Estaba intrigada por las razones que pudiera tener Fernández Campo para abandonarles tan repentinamente.

El jefe de la Casa llevaba casi 16 años al servicio directo de Su Majestad, primero como Secretario General y luego como jefe de la misma, siempre cerca de la Familia Real, en los momentos más dulces y en los más duros; era algo más que un alto servidor del Estado, el jefe de la Casa de S.M. el Rey con categoría de ministro; se le consideraba como un miembro de la familia y ella, la reina, le estimaba como confidente y amigo, un hombro en el que apoyarse cuando Don Juan Carlos hacía sus escapadas sentimentales.

Le falta tiempo, cuando abandonan el restaurante, para pedir explicaciones a su esposo. 

“Es que Sabino no puede aguantarte”

El Rey, ya en el coche, bajando la voz para extremar el tono confidencial, le explica: “Mira Sofi, no te lo he dicho antes porque no me decidía a darte el disgusto, pero es que Sabino no puede aguantarte”. 

Ahora sí que la Reina ha recibido uno de los mayores disgustos de su vida. Cae en un estado de ánimo de profunda tristeza, hasta tal extremo que busca apoyo sicológico; recurre a una profesional, que no es el primer servicio que presta a la familia como luego explicaré. Pero el rey es así, no se para en barras a la hora de dar una versión de los hechos que apoye una decisión controvertida. 

Mario Conde le sentencia

El teniente general Fernández Campo no tenía entonces, en el tenso almuerzo en “Horcher” del día de su santo de 1992, todas las claves de la decisión real. Después se enteraría que Mario Conde, que le espiaba recurriendo a unas técnicas que ya había empleado en Banesto, había proporcionado al Monarca alguna cinta en la que se habían grabado conversaciones a las que se habría dado una interpretación aviesa, quizás comentarios sobre alguna actuación de la Reina que fueron interpretadas como “desleales”. El banquero de Tuy había usado sin escrúpulos todas sus artimañas para hacer saltar el tapón que dificultaba sus manejos. 

La realidad es que el Rey deseaba ardientemente desembarazarse de un tutor que, en su celo por salvaguardar el prestigio de la Monarquía, llegaba a resultar molesto

La realidad es que el Rey deseaba ardientemente desembarazarse de un tutor que, en su celo por salvaguardar el prestigio de la Monarquía, llegaba a resultar molesto. No estaba nada seguro de que Sabino fuera a marcharse de verdad, a pesar de sus frecuentes alusiones a ello que pudieran interpretarse como una táctica para obtener “más cariño”, para que se notara su valía y se temiera su ausencia. El inconveniente de toda dimisión es que pueden aceptártela. 

Le preocupaba que Juan Carlos se labrara fama de frívolo

El Rey la forzó aquel 28 de diciembre; más valía ponerse colorado un día que amarillo un año; ahora, a sus 54, se le abría un apetecible panorama de libertad; anhelaba un ayudante de su edad que no pusiera coto a sus diversiones. 

El viejo general le prevenía contra unos peligros que para el monarca representaban sus mayores satisfacciones; al Jefe de su casa le preocupaba que Juan Carlos se labrara una fama indeseable de Monarca frívolo, aplicado en quemar coches de alta cilindrada, a la caza y a otras emociones y rodeado de amigos banales.

Se sintió obligado a expresar su respetuosa discrepancia ante la forma en que transcurrían  las vacaciones del Monarca en Mallorca, rodeado de una corte de millonarios, aventureros y ociosos de la “jet set” que eran pasto preferido de las revistas del corazón; preocupaban, sobre todo, al jefe de la Casa de S.M. la imprudencia de ciertos negocios y de modo particular los que se hacían bajo la fachada de su amigo Manuel Prado y Colon de Carvajal, el “jefe de la Casa Bis” según la maledicencia funcionarial, y “administrador privado del Rey Juan Carlos” según se presenta a si mismo el polémico personaje. 

Fernández Campo alertaba a Su Majestad sobre la esponsorización de sus actividades deportivas; le había hecho notar lo perjudicial que era para su imagen aparecer durante sus vacaciones como un “monarca anuncio” de la cabeza a los pies; se mostró contrario a las entrevistas frívolas, excesivamente confianzudas,  como la concedida a la atractiva periodista británica de la cadena ITV, Celine Scott, que  llegó a la Zarzuela recomendada por el ex rey Constantino II; y lo más grave de todo: trató de ponerle en guardia sobre los riesgos de una  confianza excesiva con Mario Conde que entraba y salía de palacio como Pedro por su casa, lo que no dejaba dudas entre el funcionariado sobre quien mandaba allí. 

Mario Conde parecía el jefe de la Casa

Si Manolo Prado y Colón de Carvajal era el “jefe de la Casa Bis de Su Majestad”, Mario Conde parecía el genuino jefe de la misma. Sabino se había opuesto a que personas de la Familia Real, como la infanta Pilar, estuviera a sueldo de Mario Conde en la Fundación Banesto, y al menos, consiguió que no fuera nombrada consejera del banco como pretendía su presidente. Cuando la infanta Pilar se enteró del cese de Sabino le comentó al Rey: “Menos mal que Sabino se va. Es que se oponía a todo.”. 

El general se opuso igualmente a la construcción de una casa para el príncipe que, además de un gasto excesivo, representaba la creación de otra corte, de otro foco de influencia que pudiera resultar inconveniente. Y se opuso a que el rey asistiera a una asamblea de la Diputación General de la Nobleza, sugiriendo que lo adecuado era que los nobles acudieran en audiencia a la Zarzuela como los demás colectivos que lo solicitaban.

Sabino no era un beato sino todo lo contrario; era más bien amplio de miras en el terreno sexual. No se escandalizaba lo más mínimo por las aventuras del rey que, podrían resultar envidiables, pero se sentía obligado por arriesgado que fuera, a llamar la atención del monarca cuando su relación sentimental podría derivar consecuencias políticas. 

“Todo había ido bien –manifestó una persona próxima al general– hasta los últimos cinco minutos”. ¿Qué había ocurrido para que se produjeran tales prisas? “El día que se anunció el relevo de Sabino – cuenta Soriano – un colaborador del presidente de Banesto comprendió por fin las enigmáticas palabras que, seis meses antes, había escuchado a Conde: “No creo que el rey hable mal de mí; si fuera así sería yo el primero en enterarme. Y espera unos meses porque se producirán acontecimientos en la organización de la Zarzuela.” 

Ganada la confianza real tras el éxito de una operación muy bien montada, pretendía el gallego hacerse con el poder político por un retorcido atajo inconstitucional que debería ser allanado por la Corona. El palaciego demócrata, cuya diligente actuación fue decisiva en el golpe de Estado de 23 F no podía asistir inactivo a otra intentona, aunque fuera civil, más bien mercantil, y sin Tejeros. 

El banquero no mostró escrúpulo alguno en los medios utilizados para quitarse de en medio el último obstáculo; aplicó concienzudamente sus conocidas artes para el espionaje y su virtuosismo en la mentira como eficaces instrumentos de trabajo; le contó al rey – y el periodista Jesús Cacho al mundo – que Sabino recibía asistencia síquica

 Hay que reconocer en honor de Cacho, que después pediría perdón a Sabino por semejante especie que le habría sido filtrada torticeramente y que el periodista publicó en su libro “M.C., un intruso en el laberinto de los elegidos”.

Un pacto tácito entre Sabino y la prensa

También se le acusó de indiscreciones con la Prensa, de ganarse su apoyo a cambio de exclusivas, y de haber conspirado para que el rey abdicara en su hijo. Manuel Soriano, en la biografía que ha escrito sobre este personaje, le califica de “genio del off the record” y se extiende con notable penetración en sus habilidades para que los periodistas se fueran contentos, sin que él tuviera que traicionar ningún secreto. 

No es aventurado adivinar en el general Fernández Campos, un profundo resentimiento, matizado por un filosófico escepticismo y la penosa sensación de haber sido atropellado injustamente; hay que echarse al coleto mucha filosofía, considerables dosis de sabiduría socrática y estoicismo senequista para aceptar como si no fuera con uno  que, tras tantos años de inteligente servicio a la Monarquía, fuera despedido de palacio con tan malas maneras, como quien se desprende de un criado infiel. 

Sabino se venga perdonando

En una de sus “Impresiones” recogidas en su libro : “Escritos Morales y Políticos”, Sabino se venga perdonando: La mejor venganza es el perdón…sobre todo cuando aquel a quien perdonamos es poderoso”. Se vale del desprecio y aunque no dice a quién lo aplica, se adivina que está pensando en Mario Conde. 

“Hay un sentimiento que quizá no es apreciado de ordinario en todo su valor y utilidad. Es el desprecio. Porque cuando conseguimos despreciar profundamente a una persona, esa sensación que, en principio, puede parecer vituperable, se convierte en antídoto, para otras mucho más graves y perjudiciales”. 

Se ha convertido el general de Intervención en perito en Desprecio, una pasión que considera virtuosa: “Hay un sentimiento que quizá no es apreciado de ordinario en todo su valor y utilidad. Es el desprecio. Porque cuando conseguimos despreciar profundamente a una persona, esa sensación que, en principio, puede parecer vituperable, se convierte en antídoto, para otras mucho más graves y perjudiciales”. 

Esta reflexión me recuerda la que dejó escrita en sus apasionantes memorias la infanta Eulalia, hermana de Alfonso XIII, quien también sufrió las conspiraciones palaciegas y la calumnia: “A todos los que me hicieron daño los he olvidado, que es el modo más fuerte de perdonar”. 

El general que había cumplido los 85 años – nació el 17 de marzo de 1918 – estaba dolido pero no por ello se refugió en una melancolía pasiva ni callada, sino todo lo contrario. Era un ciudadano privado, muy privado, pero no se privaba en absoluto de la palabra. “Vivo en un reducido apartamento de Madrid – cuenta en sus “Impresiones” –. No tengo servidumbre ni cocinera que me haga las comidas en la diminuta cocina de donde saldrían humos y olores que inundarían la estancia. Carezco de sitio para los libros, que se amontonan en el suelo o aparecen tirados debajo de las mesas. No puedo recibir a nadie para ofrecerle un almuerzo o una cena. Vivo modestamente, sin lujos, sin realizar viajes de recreo, sin diversiones ostentosas. Por eso a veces pienso en lo que supondría tener mucho dinero y poder disponer de cuanto me falta… Pero seguir viviendo exactamente igual que ahora.”

Sabino Fernández Campo vivía entonces más o menos como había vivido siempre, sin apreturas económicas, pero sin excesos y desde luego sin ostentaciones; como “militar de oficina” no debía tener precio, pues fue el jefe de las respectivas secretarias de seis ministros del Ejercito, desde Barroso hasta Álvarez Arenas. Y, naturalmente, en el menester en que pudo dar lo mejor de sí mismo, el de secretario General de la Casa de Su Majestad el Rey a cuyo cargo accedió en julio de 1977 y después, de 1990 a principios de 1993, el de jefe de este organismo de apoyo al Monarca cerca de quien cumplió su trabajo rozando la perfección. 

A Sabino  le adornaban,  además de su capacidad de organización, otras habilidades –  olfato político, mano izquierda para tratar con el monarca y con otros  poderosos, habilidad diplomática etc. – que superaban los requeridos para la alta administración

A Sabino  le adornaban,  además de su capacidad de organización, otras habilidades –  olfato político, mano izquierda para tratar con el monarca y con otros  poderosos, habilidad diplomática etc. – que superaban los requeridos para la alta administración y parangonaban su oficio con el que desempeñaron otros famosos personajes que ejercieron de secretarios del Príncipe: Nicolás Maquiavelo o Antonio Pérez, el secretario de Felipe II.

No tengo que esforzarme mucho en demostrar, por otra parte, que el teniente general honorario Sabino Fernández Campo no era un peligroso izquierdista: hijo de familia de clase media, quedó muy impresionado por la Revolución de Asturias que estalló en el mismo momento en que iniciaba sus estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo. Desencadenada la sublevación franquista, el joven estudiante de 18 años se alista como voluntario en las Milicias de Falange. Alférez provisional durante la guerra civil, al terminar la contienda en la que fue condecorado con una laureada colectiva ingresó en el Cuerpo de Intervención del Ejército. 

No era un peligroso extremista, pero sí un demócrata a carta cabal de lo que dio muestras fehacientes durante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Durante la transición estuvo alineado en las posiciones conservadoras de Alfonso Osorio, un monárquico que ayudó a Don Juan Carlos en su tarea de alumbrar un nuevo régimen, y antes, había mantenido muy buen trato con el ministro del Ejercito, monárquico y franquista, Juan Castañón de Mena, que fue quien le puso en contacto con el entonces príncipe de España.   

A sus 85 años su actividad era muy intensa, en ocasiones frenética; no paraba en casa; le reclamaban para que pronunciase conferencias, asistiera a coloquios, escribía libros propios o prologaba los ajenos. Era el oráculo público que emitía sentencias perfectamente descifrables sobre la Monarquía, meditaba en voz alta sobre su futuro y alertaba sobre los peligros que la acechaban. Y es que, jubilado, en la reserva a la que llegó con el empleo de teniente general honorario, algo insólito en el Cuerpo de Interventores del Ejercito, se dedicó en cuerpo y alma a desplegar una infatigable y muy leal colaboración con la Corona, desde fuera por supuesto; representaba un papel entre “Pepito Grillo” y “mosca cojonera” que supongo provocaba en el monarca un entusiasmo perfectamente descriptible. 

Liberado de sus responsabilidades, aunque aún le cortaba un poco su condición de consejero privado del monarca, cuyos consejos este no había utilizado desde su cese, decía lo que estimaba que debía decir con ingenio y lo escribía con extremada pulcritud y elegancia. 

Sabino: “Habla nada de ti, poco de los demás y mucho de las cosas. No te engañes, lo que interesa al público no se puede decir y lo que se puede decir no interesa a nadie”. 

Algún día se publicarán sus memorias

Sus libros habían sido “doctrinales” pero, le sugerí en una ocasión: “Sabino, si un día te decidieras a escribir tus memorias seria la bomba nuclear”. Sabino me negó que acariciara tan siniestras intenciones “Las escribo y las rompo a continuación” me explicó. Y añadió que era fiel a una máxima: “Habla nada de ti, poco de los demás y mucho de las cosas. No te engañes, Pepe, lo que interesa al público no se puede decir y lo que se puede decir no interesa a nadie”. 

No obstante, estoy convencido de que escribió unas memorias que quizás sus herederos no se han atrevido a publicar. 

Apoyo mi creencia en que sus memorias existen y que alguna vez se publicarán en la propia opinión de Sabino de que, siendo la discreción una gran virtud, sería un pecado pecar por exceso y ocultar hechos que la gente debe saber. Su sentido de la discreción necesaria y hasta del secreto obligado en quien ocupó un cargo de tan alta responsabilidad se compensa con su criterio de que, a veces, el silencio es complicidad y con su convicción de que el servidor público, en determinadas ocasiones debe informar a los ciudadanos de ciertos hechos, para evitar los abusos y estimular los propósitos de enmienda y el sagrado temor a la opinión pública.

“La discreción – cavila en uno de sus proverbios – es el sacrificio de no contar cuanto nos apetece, pero contar lo que debe contarse, aunque no os apetezca contarlo”. Y en otro de ellos redondea la idea: “La discreción no siempre es virtud, porque en ocasiones puede convertirse en encubrimiento, complicidad o cobardía.”. 

Y de forma un tanto traviesa acuñó otra máxima: “No es que yo sea discreto, sino que tengo la suerte de que lo sean las personas con las que soy indiscreto”.  Compensada por otra para tranquilizar los nervios de los posibles aludidos: “No os alarméis por lo que digo. Tranquilizaos por lo que no digo”. Entre las cosas que dice que no dice, hay una especialmente inquietante: cuando asegura que sigue habiendo aspectos del golpe del 23 F que sigue sin entender. 

Avisos al rey

Aunque el general, siguiendo su máxima, no hable de personas, a veces se adivina lo que quiere expresar, como cuando avisa al rey de que no se confíe demasiado en su popularidad, puesto que puede trocarse rápidamente en su contrario. “La impopularidad – sentencia en sus ya citados “Escritos Morales y Políticos – se produce a veces de una manera brusca, como los movimientos de una veleta impulsada por vientos contrarios (…) no hay que confiarse. Pensemos que el cariño, la admiración y la popularidad han de ganarse momento a momento”. 

“La habilidad que debe ser casi un instinto, para distinguir las relaciones adecuadas de las peligrosas, la acertada elección de las amistades más íntimas, los contactos sociales y las actividades familiares, son factores que deben combinarse para llevar a cabo una función real en la que incide con enorme fuerza la vida privada

También se le entiende cuando en el mismo libro, le previene sobre las malas compañías: “La habilidad que debe ser casi un instinto, para distinguir las relaciones adecuadas de las peligrosas, la acertada elección de las amistades más íntimas, los contactos sociales y las actividades familiares, son factores que deben combinarse para llevar a cabo una función real en la que incide con enorme fuerza la vida privada. De ahí la dificultad que encierra la acción real, que alcanza en ocasiones a categoría de verdadero arte.” Y se le adivina cuando llamó la atención al Príncipe sobre Eva Sannum  pidiéndole “reflexión, prudencia e incluso sacrificio”. 

En muy contadas ocasiones elude su opinión en todo aquello que puede contribuir al perfeccionamiento de las instituciones. No ató su lengua en el acto de despedida como jefe de la Casa de Su Majestad en presencia de la familia real al completo: el rey, la reina, el príncipe y las infantas Elena y Cristina, aunque en aquella solemne y emocionada ocasión lo hiciera de forma algo abstracta, vagamente alusiva al referirse a los valores fundamentales que debe tener un rey: “Son la ejemplaridad y el sacrificio. Casi me atrevería a refundir en una sola estas dos condiciones, porque la ejemplaridad exige sacrificio, y sin sacrificio, sin vocación, sin conocimiento profundo de esas elevadas y honrosas obligaciones, es difícil el oficio de reinar”. Y lo hizo, también en presencia de los reyes, en el solemne acto de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas celebrado el 28 de junio de 1994 donde eligió para su discurso: 

“Una relectura de “El Príncipe” de Maquiavelo”, en el que prevenía al monarca sobre los cortesanos aduladores. La longitud del discurso no permitía su lectura integra y en su resumen leído evitó algún párrafo que hubiera resultado molesto al recomendar al rey que no se mostrara agradecido a nadie individualmente, aunque esto parezca demasiado duro, “porque el príncipe no puede admitir beneficios o favores (principalmente en el aspecto material) que aprisionen su voluntad, le resten independencia y le impidan obrar siempre con libertad y justicia.” 

El nuevo académico, escocido entonces por el uso que había hecho Mario Conde de su poderío en la prensa contra su persona, no perdió la oportunidad de referirse a esta cuestión que no era tan “de pasada” como él indica : “No olvidemos tampoco – y voy a decirlo muy de pasada – las circunstancias que en todo el mundo pueden darse en los referidos medios de comunicación, a veces concentrados en personas o entidades poderosas, que los controlan y orientan como base para conseguir una seguridad en cuanto a las informaciones que puedan afectarles, y una capacidad de dominio que llega a estar por encima del propio poder político. No sé si será oportuno recordar a estos efectos la frase de Jacobo Rousseau: “Que ningún ciudadano sea lo bastante poderoso para comprar a otro ni demasiado pobre como para verse obligado a venderse.”

Y Sabino continuó su prédica de forma más directa y clara en su libro ya citado: “Escritos Morales y Políticos”: “La impopularidad es una posibilidad que no cabe olvidar y que en ocasiones se produce de una manera brusca, como los movimientos de una veleta impulsada por vientos contrarios. No es que se ponga en duda la legitimidad de una persona o una institución, salvo en casos extremos, pero el descrédito popular es una nota negativa que manifestaría un rechazo en esa identificación que deseábamos, en el plano de los sentimientos, para la relación entre el pueblo y el rey. Eso nos conduce, en todo caso, a pensar que no hay que fundarse jamás en el grado de popularidad para sacar conclusiones políticas. Incluso una relación muy positiva y durable puede verse comprometida rápidamente. No hay que confiarse. Pensemos que el cariño, la admiración y la popularidad han de ganarse momento a momento.” 

Sabino Fernández Campo falleció el 26 de octubre de 2009, a los 91 años de edad. 

Más información en mi libro: “Todos lo sabían. Juan Carlos I y el silencio cómplice del poder” en La Esfera de los libros octubre 2023 y en el de Manuel Soriano Navarro. La sombra del rey editado por Planeta, 2008.  

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