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Sánchez contra todos, año I

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a su llegada al Palacio de Blenheim, a 18 de julio de 2024, en Woodstock, Oxfordshire (Reino Unido). Foto:EuropaPress

Inmaculada Sánchez

Pedro Sánchez cumple esta semana un año de su inesperada resistencia a ser desalojado de La Moncloa. Tras el barrido de buena parte de los gobiernos autonómicos y municipales regentados por socialistas en mayo del año pasado, el presidente sorprendió a todos apenas unas horas  después adelantando las elecciones a un domingo de finales de julio como nunca antes se había hecho. Fue su primera apuesta en un año frenético marcado por la frustración de la derecha, al no alcanzar el poder que todas las encuestas le vaticinaban, traducida en una ofensiva sin tregua con una mayoría de jueces y de medios alimentando la deslegitimación de su gobierno. Pese a ella y a la reducción de su aritmética parlamentaria Sánchez se mantiene al timón del país un año, una amnistía, una carta de amenaza de dimisión y una insólita citación judicial para declarar como testigo contra su esposa después.

Pedro Sánchez lleva años cebando su mito de político resiliente pero estos últimos doce meses manteniendo su puesto en La Moncloa podrían dar para una segunda parte de su famoso libro ‘Manual de resistencia’, y con más páginas. Tras el severo correctivo recibido por los socialistas el 28-M en las municipales y autonómicas atribuido, no sin razón, a las arriesgadas decisiones en torno a Cataluña tomadas por Moncloa, como los indultos a los independentistas condenados por el procès, pocos esperaban que un desgastado PSOE pudiese hacer frente a un PP renovado con el Feijóo de las mayorías absolutas en Galicia como flamante cartel electoral.

Y, sin embargo, lo consiguió. Su apelación a la unidad de la izquierda y al peligro que para el país supondría un gobierno del PP con Vox logró que el PSOE mejorase sus resultados respecto a las anteriores generales, con dos escaños más, mientras eran sus socios, el naciente Sumar y los republicanos catalanes, quienes pagaban electoralmente el desgaste del apoyo a la gobernación. Las cifras no le concedían a Feijóo la Moncloa prometida y hubieron de pasar meses para que el gallego abandonase su penosa letanía sobre sus supuestos derechos como ganador el 23-J. Un burlón Sánchez  llegó a ironizar desde la tribuna de oradores del Congreso con la teoría del “yo no soy presidente porque no he querido” a la que se agarraba el líder del PP.

Pocas sonrisas más le esperaban a Sánchez en este agitado año. Los imprescindibles siete diputados de Junts complicaron desde el minuto uno cualquier paso a dar, desde su investidura misma como presidente a los Presupuestos Generales del Estado, que, imposibles de aprobar para 2024, han sido prorrogados a la espera de un difícil acuerdo para 2025.

El chantaje de los de Puigdemont, junto a la radicalización de una Esquerra dolida y rota por su debacle electoral, obligó a Sánchez a redoblar su apuesta defendiendo una Ley de Amnistía anteriormente negada y de difícil digestión dentro del PSOE. Pero hubo que hacerla, y se hizo. Ya está aprobada parlamentariamente y en fase de ejecución judicial. El coste electoral se calibrará cuando haya nueva cita con las urnas pero, por el momento, el PP ya ha dado un viraje a su unidireccional estrategia del perdón a los independentistas catalanes como única munición. El estallido del ‘caso Koldo’ y, sobre todo, las querellas de la ultraderecha contra la esposa del presidente admitidas e instruidas por un colaborador juez ofrecían nuevas posibilidades.

La corrupción se ha convertido en los últimos meses en el nuevo mantra de la derecha contra los socialistas. Con el inestimable apoyo de buena parte de la judicatura no sólo la aplicación de la Ley de Amnistía se ha convertido en un calvario para el Gobierno y sus socios sino también cualquier denuncia que señale una posible irregularidad, por muy volátil y falta de indicios que sea, con tal de que vaya contra un socialista o familiar de Sánchez. Lo intentaron con Francina Armengol, sin resultado parlamentario ni judicial a las acusaciones de corruptelas que la lanzaron en su momento, y, ahora, con mayor ahínco, con la mujer del presidente, Begoña Gómez.

La insólita investigación judicial a Gómez llevó a Sánchez a su pirueta más llamativa y arriesgada hasta la fecha: su carta a los españoles anunciando una posible dimisión, visto el insoportable acoso personal y familiar al que se veía sometido, para confirmar, cinco días después, que seguía con renovadas fuerzas para hacer frente a la derecha.

Pocos presidentes habrán tenido tan exiguos apoyos parlamentarios y tan amplio y contundente frente de enemigos. El próximo obstáculo está en la citación a declarar del juez Peinado del próximo día 30 ya recurrida por la Fiscalía. Y también está en el aire la posible investidura de Salvador Illa como president de la Generalitat catalana, de la que penden votos del Congreso con los que mantener viva la legislatura. De Pedro Sánchez, sin embargo, cabe esperar todo. Estos doce meses pasados nos lo confirman cada día.

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