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Sánchez convierte al PSOE en referente mundial

Inmaculada Sánchez

Hubo tiempos en que el PSOE, con un joven Felipe González al frente, mendigaba el permiso de la socialdemocracia alemana y europea para sentarse a la mesa. Hoy es Pedro Sánchez el que invita. La reciente cumbre antiultra de líderes progresistas celebrada en Barcelona el pasado fin de semana sólo es un retrato de lo que el presidente del Gobierno ha ido construyendo alrededor de su liderazgo, sobre todo desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca pero también desde años atrás cuando empezaron a declinar los partidos socialistas europeos y él conseguía resistir en Moncloa. La amenaza de la ultraderecha a nivel global ha sido el catalizador de ese enfoque internacional de Sánchez, al que todo presidente tiende en su segundo mandato pero que el líder socialista está convirtiendo en su actual bandera política. Que sirva para dar la vuelta al escenario político nacional y a las adversas encuestas que lo expulsan del poder tras las próximas elecciones es más que discutible y está por ver pero, al menos, reuniones como la de Barcelona suponen un valioso estímulo para el decaído electorado de izquierdas y una inyección de orgullo de país por su apelación a la paz mundial.

“El tiempo de la internacional ultraderechista y la derecha lacaya ha tocado a su fin”. Tan atrevida soflama la lanzó Pedro Sánchez el pasado fin de semana ante decenas de dirigentes de la izquierda internacional, algunos de ellos presidentes de su propio país, como Lula da Silva, Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro. Tal encuentro, enmarcado junto a la primera Cumbre bilateral España-Brasil, que inauguró el ciclo de foros, la IV Reunión en Defensa de la Democracia y la Global Progressive Mobilisation, ha servido de altavoz a las demandas de paz y de retorno al multilateralismo de las fuerzas progresistas mundiales y, también, a la mayor gloria de Sánchez como referente de esas reclamaciones y principal oponente a Trump del orbe.

Hay que reconocer que la osadía de nuestro presidente frente al inquilino de la Casa Blanca más desalmado, bravucón y peligroso de la historia no encuentra parangón reciente. Sólo un Zapatero sentado al paso de la bandera estadounidense en un desfile oficial después de haber traído de vuelta a casa a nuestros soldados en Irak espoleó nuestro orgulloantiyanqui, aunque Sánchez ha llegado más lejos. Su gran baza ha sido que el propio Trump se refiera reiteradamente a él, personalmente, para criticarlo. Cada vez que lo cita engorda su perfil antitrumpista y aplauden en Moncloa.

Sánchez viene ejercitando una voz propia a nivel internacional desde que empezaron a declinar los liderazgos de la izquierda europea. Con una Alemania por la que el gobierno del socialdemócrata Scholz pasó fugaz e inadvertido, una Francia con un Partido Socialista desarbolado y rodeada por la ultraderecha de Le Pen, una Italia bajo el mandato de la neofascista Meloni, un Portugal en el que vuelve a gobernar la derecha con el apoyo de la extrema derecha, y un Reino Unido con el laborista Starmer condicionado por su vínculo con Estados Unidos, Pedro Sánchez no puede presumir de muchos amigos en Europa.

Pese a tan cruel soledad ha conseguido puntualmente rentables victorias en el seno de la UE, como la segunda posición de nuestro país entre los beneficiarios de los Fondos Next Generation, solo después de Italia, o la famosa ‘excepción ibérica’ en el precio del gas tras el estallido de la guerra de Ucrania, a la que tanto ridiculizó el PP pero que tan beneficiosa resultó tanto para la economía nacional como para la doméstica. También ha mantenido, para exasperación de Feijóo, un explícita buena sintonía con la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, durante años, hasta que la belicosa política de Estados Unidos e Israel con Gaza e Irán les ha distanciado irremediablemente. No es necesario recordar las negativas del Gobierno a incrementar el gasto militar al 5 % del PIB que exige Washington, las persistentes denuncias del genocidio en Gaza pese a la inicial soledad internacional o el reconocimiento de Palestina para situar a Pedro Sánchez en primera línea del escenario de la izquierda mundial, al margen de que presida la Internacional Socialista desde 2022.

Moncloa se aferra desesperadamente a esta bandera transnacional para apelar a sus votantes. Los tradicionales feudos electorales del PSOE han estado durante muchos años en Andalucía, Extremadura o Cataluña. Hace tiempo, sin embargo, que las dos primeras abandonaron semejante condición e incluso los sondeos pronostican que los andaluces volverán a dar la espalda a los socialistas en la próxima cita del 17 de mayo pese a haber sacrificado a su número dos, María Jesús Montero, en la empresa. Cataluña, por su parte, aunque fue la que salvó a Sánchez en las últimas generales se agita ante el imparable avance de la ultraderecha que ya está haciendo mella en el particular microclima político catalán: entre Vox y la ultra Aliança Catalana sumarían más del 20 % de votos en próximas citas electorales según las encuestas. Para el PSOE ya no existen feudos, sólo el vasto planeta. Lo malo es que la izquierda global para la que Sánchez se ha convertido en referente, no vota en nuestras elecciones.

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