José García Abad
Pedro Sánchez ha rechazado como leitmotiv del 41 congreso del PSOE la opinión de algunos dirigentes de su partido lacrimógenos de optar por el victimismo ante los ataques recibidos de la derecha y la persecución de los jueces y ha optado por la fórmula de Zapatero, que se ha convertido en su principal asesor, cuando este ganó la secretaria general frente a Bono en el XXXV Congreso en julio de 2000, tras el descalabro de Joaquín Almunia, con la arenga “Compañeros no estamos tan mal” que es lo que esperaban oír los compromisarios después de tantas desgracias.
Sánchez ha optado en el 41 congreso por la arenga salvando las distancias con aquel congreso. Hay que salvar muchas distancias pues la historia no se repite, pero te cae encima.
Salvando lo sufrido por González y por Adolfo Suárez, a quien negaban la paz en misa, es difícil encontrar en la historia a un presidente del Gobierno más zaherido, más insultado y más odiado por más gente que Pedro Sánchez.
El griterío contra Sánchez no es comparable con el que sufrió González.
Si a Sánchez le llaman traidor y vendepatrias a González le llamaban asesino los mismos que ahora le halagan frente a Sánchez, y si los jueces, mayormente de derechas, atacan a su entorno familiar, un juez de izquierdas, Baltasar Garzón, maniobraba para trasladarle con todos los honores de La Moncloa a la cárcel. Garzón, un juez que ahora defiende a su esposa, Dolores Delgado, junto a Sánchez, quien la nombró ministra y fiscal del Estado, frente a la sucesión en este cargo por Álvaro Garcia Ortiz, perseguido por tierra, mar y aire.
En la disputa política se pueden medir votos, intenciones de votos y las simpatías o antipatías que despiertan los políticos, pero la ciencia demoscópica aún no ha podido medir la intensidad de los sentimientos. Como el odio. Algo que es perceptible en las manifestaciones callejeras y en las charlas familiares o en el vermú con los amigos, donde, a veces, para evitar rencores personales se opta por no mencionar el tema.
Sánchez se abstuvo de pronunciar una sola palabra contra los jueces por considerarlo contraproducente como lo consideró Felipe González cuando Garzón, a quien había elevado a una secretaría de Estado, traicionó su confianza, pues esperaba ser ministro, aunque fuera de Marina.
Y es que Sánchez, inasequible al desaliento, es un optimista antropológico como Zapatero es un maestro en resistencia, o resiliencia. Es capaz de conseguir que cuando Borrell, a quien Sánchez respeta mucho pero a distancia, calificó de concierto lo acordado con Esquerra Sánchez logró que la esposa de aquel, Cristina Narbona, se pusiera de su parte y no de su esposo.
Y desde luego lo más importante, pues obras son amores y no buenas razones, cuenta con una meritoria hoja de servicios repleta de medidas sociales y de aciertos económicos.
Sánchez tira por elevación
Si Zapatero arengaba a la parroquia socialista con un “compañero no estamos tan mal”, Sánchez tira por elevación constituyéndose en mesías de la socialdemocracia europea y arengando a la tropa al expresar “una sola prioridad:volver a ganar en toda España las autonómicas y municipales y generales en 2027” y acabar con los gobiernos “negacionistas” de la derecha y la ultraderecha. Por cierto, lo de “volver” no corresponde a la realidad y puede calificarse de “posverdad”.
“Esa va a ser nuestra prioridad – machaca Sánchez- Sé que nos van a golpear, elevarán aún más el ruido con su máquina del fango, pero al infame grito de Aznar de quien pueda hacer que haga, le vamos a responder con quien pueda votar que vote para que haya gobiernos progresistas”.

