Escrito por 5:35 pm Ojo Avizor

Solo Adolfo Suárez ganó a Sanchez en la cosecha de odios


por José García Abad


Es difícil encontrar en la historia a un presidente del Gobierno más zaherido, más insultado, más odiado por más gente que Pedro Sánchez, de lo que hemos tenido una palpitante muestra en la sesión de investidura por la que el gran vilipendiado ha conseguido la prolongación de su contrato laboral por cuatro años más.

En la disputa política se pueden medir votos, intenciones de votos y las simpatías o antipatías que despiertan los políticos, pero la ciencia demoscópica aún no ha podido medir la intensidad de los sentimientos. Como el odio. Algo que es perceptible en las manifestaciones callejeras y en las charlas familiares o en el vermú con los amigos, donde, a veces, para evitar rencores personales se opta por no mencionar el tema.

Solo Suárez a quien en misa le negaron la paz

En esta competición en la cancha de la intensidad del odio quizás solo aventaje a Sánchez el presidente Adolfo Suárez No le perdonaban que desmontara pieza a pieza la arquitectura del franquismo que él, como jefe de la Falange, contribuyó a edificar. 

En el caso del abulense el odio llegó al ámbito religioso, a la iglesia donde acudía a misa donde los feligreses le negaban el apretón de manos que expresaba que estamos en paz y libres de enemistades con nuestro prójimo, pues en la misa reciben la paz de Cristo.

Era tal la sensación de ser odiado que el presidente Suárez, temía por su vida y, detalle macabro, colgó en su despacho los retratos de sus antecesores que fueron asesinados: Juan Prim i Prats (1870). Antonio Cánovas del Castillo (1897). José Canalejas Méndez (1912). Eduardo Dato Iradier (1921) y Luis Carrero Blanco (1973).

Ningún presidente acabó bien

Ninguno de los presidentes, todos ellos jóvenes, acabaron del todo bien: Adolfo Suárez a quien el rey exigió su dimisión y que en el acto parlamentario para que le sucediera Leopoldo Calvo Sotelo mostró su valentía frente a Tejero; Calvo Sotelo apenas merece una cita a pie de página anonadado por la corriente que llevó a Felipe González al poder. 

Los últimos años de este fueron un vía crucis. Se le llegó a tildar de asesino, de ser la X de los terroristas del Gal y la oposición no paraba de exigirle el célebre “!Márchese, señor González!”.  

José María Aznar terminó su mandato vilipendiado por su implicación en la guerra del golfo y por tratar de engañar a la nación atribuyendo a ETA la masacre islamista del 11 de marzo de 2004. 

José Luis Rodríguez Zapatero tuvo que marcharse antes de concluir su mandato dejando a España al borde del rescate europeo e introduciendo en la Constitución, de acuerdo con Mariano Rajoy, un infamante artículo que incluía una limitación a la soberanía nacional para respecto al gasto público. 

Ya veremos qué pasa con un Sánchez prematuramente vilipendiado, desde el inicio de su mandato, pero que se mantiene en el poder contra viento y marea, inasequible al desaliento. Legítimamente ungido de nuevo por los representantes de la soberanía nacional y apoyado por la inmensa mayoría de su partido con las salvedades conocidas. 

Cierre de filas en su partido

No hay tantos precedentes respecto al apoyo de sus respectivos partidos. Sánchez cuenta con un apoyo casi total como no tuvieron ni Maura, ni Azaña, ni Negrín ni mucho menos el pobre Suárez que sobrevivió en un nido de víboras. Sí lo tuvo Felipe González en sus primeros años de gestión pero que ha terminado instalado en la deslealtad a su secretario general y al propio PSOE que refundó, al contar lo mucho que le costó votarle. Tuvo su cuota parte de mando, como diría Guerra, quien después de su referencia machista a la peluquería de Yolanda Díaz ha quedado para el arrastre.

Ya no están en el partido, por expulsión, Joaquín Leguina y Nicolás Redondo Terreros y los críticos, muy pocos, aceptan la disciplina partidaria. Incluso Emiliano Garcia Page, el preferido de Alberto Núñez Feijóo. Pero no debería engañarse el dirigente popular: García Page, discípulo y sucesor de José Bono, nunca pisará la línea roja porque él es como su mentor manejando con habilidad de equilibrista el borde de la cuerda.

Sánchez cosecha cada día cálidos aplausos de los jóvenes y de los ancianos socialistas en cada comparecencia que multiplica estos días en sus centros de reunión. Ha conseguido una adhesión inquebrantable de la que no siempre disfrutó Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero. Ni mucho menos Adolfo Suárez. Y si nos retraemos en el tiempo Antonio Maura, cuyo llamado “gobierno largo” en el reinado de Alfonso XIII no llegó a los tres años. 

No deja a nadie indiferente  

Pedro Sánchez pude ostentar el doloroso privilegio de no dejar indiferente a nadie, de ser una fuerte disyuntiva: ¡Sánchez, si o Sánchez no!. Comparte este privilegio con Antonio Maura, Manuel Azaña, Juan Negrín, Adolfo Suárez y Felipe González. 

Hay que tener mucha resiliencia para aguantar lo que aguanta Sánchez. Si calla se le acusa de opacidad; si habla es que lo hace para engañar; si aparece en escena es prepotencia; si no aparece es que oculta algo; si se le ve serio es que no empatiza; si sonríe es un cínico o un chulo…

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