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‘Teresa’: La personal estética de Paula Ortíz al servicio de un personaje fascinante

por Manuel Espín *
publicado en El Obrero. Periodismo Transversal

Una característica de las películas de Paula Ortiz es la ruptura con las estéticas convencionales. Lo sorprendente de su celebrada ‘La novia’ (2016) era que la dramaturgia lorquiana se enmarcaba en una referencia formal novedosa, radical, de una desgarradora belleza en un territorio indefinido y árido lejos de la Andalucía tradicional lo que hacía estacar el drama puro en su esencia, afectado por un tratamiento visual innovador.

La misma situación se produce en ‘Teresa’ (2023) que adapta ‘La lengua hecha pedazos’ el drama de Juan Mayorga sobre Teresa de Jesús y su controvertido encuentro con un imaginario inquisidor. Contra los convencionalismos, el estilo visual presenta a una Teresa nada ‘castellana’ desde el punto de vista plástico, vestida con hábito blanco, en un espacio que parece más mediterráneo que árido, abundante en vegetación, y con escenarios naturales de gran fuerza dramática.

Aunque la palabra sea la base de la construcción de esta historia de origen teatral el tratamiento es plenamente cinematográfico: no hay estatismo sino constante progresión en los personajes, y una concepción plástica de gran riqueza formal.

Además está la peculiaridad de ese relato en el que el inquisidor acaba por ser engullido por la lógica formal y la personalidad de Teresa hasta el punto de vista de la transformación e inversión de los roles: al final no sabemos quien es capaz de convencer al otro, ni quién ha ganado en ese improvisado combate de posiciones. Se rompe la dialéctica amigo/enemigo en la compleja relación entre él y ella, sin que finalmente se evidencien vencedores, porque ninguno de los dos lo acaba siendo, y sus personalidades tan contrapuestas se acaban por fundir.

Trasladar ese relato de dos personajes al lenguaje del cine tiene dificultades. La primera de ellas hacer una película poética basada en la retórica o la expresión para la galería, ‘hablando para la historia’: situación muy presente en las películas y textos dramáticos de la posguerra española, creados de forma artificiosa hacia fuera, con santos/héroes inflexibles, seguros de sí mismos, sin capacidad de equivocarse, y ofreciendo una sentencia o una lección por cada una de sus frases.

Nada de eso hay en la película de Paula Ortíz pese a que los diálogos sean poéticos -Teresa de Jesús dixit-, el lenguaje ofrezca una impecable belleza formal y se escuche un bellísimo castellano lleno de resonancias. Se comprueba en la forma de decir los diálogos, que huyen de la retórica formal, de la sentencia brillante; sin dejar de ser de fascinación arrolladora y suenen de lujo a los oídos del espectador. Nada de subrayados ni de tonos rimbombantes o falsamente teatralizantes.

Por contra Teresa (Blanca Portillo) y el Inquisidor (Asier Echeandía) se expresan sin gestos de exageración porque ‘no hablan para la historia’ sino para ellos mismos, desde la cercanía a la platea.

Teresa no es una santa que hace milagros ni una iluminada, sino una mujer con gran tesón y voluntad, pero llena de dudas, de flaquezas, con picos de decisión pero también con preguntas que no cesa de hacerse a misma en cada momento.

El guion no tiene nada que ver con el ‘biopic’ tradicional, apenas hay datos y los flashback forman parte de la acción como si sucedieran al momento de ocurrir. Ortiz ofrece una plástica exquisita llena de imágenes casi cósmicas carentes de impostación, bajo iluminaciones formalmente deslumbrantes entre las que destacan escenas donde apenas hay otra iluminación que las velas o las linternas de luz, y el juego de sombras y luces genera composiciones que rehuyen el esteticismo formal. Donde hay constantes referencias a objetos del mundo natural, desde las nubes a las ranas, pasando por el agua, muy presente en el curso de la película, ya sea a través de los arroyos o de la lluvia que empapa a los personajes.

El duelo formal entre los protagonistas se resuelve sin que la palabra suene a impostada. Blanca Portillo y Echeandía componen sus personajes desde la cercanía/distancia en un juego en el que acaban por ser cómplices/amigos/enemigos, y donde sus dudas se contrastan bajo la falsa apariencia de la seguridad. Su trabajo es brillante porque Paula Ortíz les ha hecho expresarse con naturalidad en la dicción, viviendo sus diálogos en lugar de recitarlos. Pese a tratarse de unos textos muy poéticos no hay teatralidad en su construcción y dicción.

Es probable que ‘Teresa’ no sea una película para los devoradores del ‘fast food’ del cine; si un exponente de un espectáculo de calidad resuelto bajo una lírica poética, como ya ocurriera en ‘La novia’, dicha sin el énfasis del artificio o la solemnidad. Uno de los raros ejemplos de adaptación al cine de unos textos poéticos vaciados de retórica, bajo una ‘luz fría’ en la que emerge una Teresa de Jesús humana, alejada de la mística puramente religiosa, pero a la vez envuelta en un halo de magnetismo que impregna el sentido de sus bellísimas palabras bajo un misticismo de asombroso brillo formal. La película se convierte en un remanso o paréntesis en la cartelera para vivir una palabra de hace medio milenio expresada a través de imágenes forzosamente seductoras.

  • Manuel Espín es Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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