Escrito por • 1:05 pm• Dossier

TEXTO ÍNTEGRO DE LA INTERVENCIÓN DE JOSÉ BORRELL EN LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS EL 25 DE JUNIO DE 2025

[Los ladillos y lo subrayado son de Ojo Avizor]

Majestad presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Académicos, Autoridades, Embajadores, queridos amigos, señoras y señores.        

Comparezco hoy en este acto de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas agradecido por la benevolencia que tuvieron en elegirme y deseando contribuir a una institución de tan larga tradición y que tan distinguidos miembros ha tenido y tiene.

Agradezco muy especialmente a Vuestra Majestad que me honre con su presencia. 

Quiero aprovechar la ocasión para reconocer y agradecer el papel que la Corona, personalizada en Vos, Señor, como Jefe del Estado, está jugando como ancla de estabilidad y de confianza en el mundo convulso e incierto que vivimos dentro y fuera de nuestras fronteras.

Permitidme, Señor, que me refiera a vuestros mensajes del viernes pasado desde el Colegio de Brujas.

Me atrevo a pensar que mi discurso de hoy podría resumirse en ellos.

Nos habéis dicho que la crisis del orden mundial ha hecho saltar todas las alarmas.

Que la seguridad y la defensa son las nuevas fronteras de la UE. Y que Europa debe fortalecer sus capacidades de manera apremiante.

Qué el vínculo trasatlántico define nuestro lugar en el mundo.

Pero permitidme añadir que pudiera ser que en el otro lado del Atlántico no entiendan hoy esta relación como la entendieron en el pasado, y como a nosotros nos gustaría seguir entendiéndola en el presente.

Es posible que el propio concepto del Occidente  político, the West, tal como lo hemos entendido, ya no exista. 

Y si así fuera, Europa debería adaptarse a la enorme disrupción creada por el presidente Trump, que puede no ser un accidente de la Historia.

Y ya sería la segunda vez que se tropieza con la misma piedra.

Dijisteis que Europa debe aspirar a aumentar su influencia y hablar con una voz más eficaz y reconocible.

Que debe reforzar su posición estratégica y recuperar soberanía.

Eso es, a fin de cuentas, lo que quise decir ante el Parlamento Europeo en mí examen como vicepresidente de la Comisión: 

Europa debe aprender a usar el lenguaje del poder

Muchas veces me han preguntado si Europa ya había aprendido a hacerlo.

Desgraciadamente, estamos muy lejos de haberlo hecho.

A veces, cuando la UE tiene poder, es decir la capacidad de influir y condicionar los comportamientos ajenos, no lo usamos. Porque nuestras divisiones, profundas, nos impiden hacerlo. 

Pero dejar hacer, también es una forma de hacer. Y de las consecuencias somos también responsables.

Porque un horror no justifica otro horror todavía mayor.

Como hoy en Oriente Medio ante la tragedia en Gaza y Cisjordania. 

Nuestra división ni siquiera nos permite reconocer la evidencia de los crímenes de guerra, de los qué decimos tener “indicios”, de la conducta de Israel en su desproporcionada respuesta al ataque terrorista de Hamás de octubre del 2023

Y en otras ocasiones, no podemos hablar el lenguaje del poder porque no lo tenemos. Ni hemos hecho lo necesario para tenerlo.

también nos habéis recordado que no prestamos suficiente atención a África dónde nunca ha habido tantas guerras y violencia como ahora.

 Y que la hermosa tarea de la siguiente generación de europeos será evitar que la guerra vuelva a Europa.

Agradecimientos

 A todo ello me referiré, utilizando los conceptos del “momento Hamiltoniano” ante la crisis del Covid y del “momento Demóstenes”, que surgió cuando Rusia invadió Ucrania y la guerra volvió a nuestras fronteras.

Mi agradecimiento también a los Académicos D. Jaime Terceiro, D. Marcelino Oreja, y D. Fernando Suárez qué avalaron con su firma mi candidatura. 

Quisiera detenerme ante la memoria de Fernando Suárez 

Me hubiera hecho muy feliz verlo hoy aquí.

Pero Fernando Suarez ya me escuchó en el pasado disertar sobre geopolítica. 

Fue hace sesenta años, en un mundo que, para bien y para mal, ya no existe.

Pocos días después de la muerte de Fernando Suarez, su hijo me entregó el texto de mi solicitud, cursada en julio de 1965, para ser admitido en el Colegio Mayor Diego de Covarrubias, del que su padre era director.

En el Formulario de Candidatura se decía: “En el caso de ingresar en el Colegio, deberá pronunciar ante los demás colegiales, una charla de veinte minutos de duración, sin hacer uso de notas o apuntes”.

¿Cuál sería el tema y el título sobre el que hablaría?”.

Mi respuesta, según consta en la solicitud que Fernando Suárez guardaba, fue: “Europa y España en el mundo”.

Es sorprendente que un joven de dieciocho años, que venía de un pequeño pueblo del Pirineo catalán, cuyo escaso bagaje intelectual se limitaba al curso selectivo de ciencias, escogiera un tema tan alejado de los estudios qué pretendía seguir en la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos.

Desgraciadamente, si bien tengo la prueba documental de que así fue, no conservo ningún texto ni referencia del contenido de mi exposición.

¿Cómo podía entender yo el papel qué tenían España y Europa en el mundo de 1965? 

Solo habían pasado siete años desde la entrada en vigor del Tratado de Roma. El papel de ‘Europa’, entonces reducida a poco más de una unión aduanera de solo seis países, debía ser bastante limitado.

¿Qué podíamos esperar los jóvenes españoles de entonces de esa experiencia de integración supranacional que estaba en sus comienzos y de la que no formábamos parte?

Y tardaríamos 21 años en serlo.

Por diferente que sea la situación actual, nuestro mundo de hoy es el lejano heredero de aquel mundo de ayer. Y, para explicar cómo, entre guerras y elecciones, la UE se enfrenta hoy a la dureza del mundo, sería bueno recordar cómo era ese mundo, o cómo lo interpretaríamos ahora, con la distancia y la perspectiva que nos da el tiempo.

En síntesis, 1965 era el fin de la descolonización y el inicio de la coexistencia pacífica entre los dos bloques enfrentados en la Guerra Fría. 

Los pueblos sometidos a la dominación soviética se habían tomado en serio la desestalinización prometida en el XX Congreso del PCUS, y quisieron avanzar más rápido.

Demasiado rápido para Moscú.

Así ocurrió en Budapest, cuando el primer ministro Nagy denunció el Pacto de Varsovia y declaró la neutralidad de Hungría.

La rebelión húngara fue aplastada y Nagy ejecutado.

En Budapest se intentaba detener a los tanques rusos con artesanales ‘cócteles Molotov’ mientras los que habían incitado la revuelta se quedaban detrás de sus micrófonos.

¿Quién me iba a decir que, sesenta y cuatro años después, tendría ocasión de contemplar las hileras de tanques rusos calcinados a ocho kilómetros de la Rada (el Parlamento de Ucrania), que esta vez sí se había logrado detener?

Está vez con nuestra ayuda. Pero ¿por cuánto tiempo?

Después de Budapest, vino la Primavera de Praga, en agosto de 1968.

A la invasión de Checoslovaquia, con 500.000 soldados de los países del Pacto de Varsovia, la llamaríamos con el lenguaje de hoy, una gran ‘operación militar especial’

¿Habría podido anticipar en mi análisis geopolítico amateur que las fuerzas de la libertad seguirían resquebrajando el imperio soviético?

Probablemente no, como nadie anticipó la caída del Muro de Berlín, qué empezó a construirse a mediados de agosto de 1961, solo unos cuatro años antes de mí primera lección de geopolítica en el Covarrubias.

En 1965 solo de Gaulle desafiaba la hegemonía estadounidense. Y ya profetizaba qué “algún día los americanos se irán de Europa, dejarán de protegernos y tendremos que asegurar nuestra propia defensa”.

La autonomía estratégica de Europa, de la que ahora volvemos a hablar, es una vieja herencia gaullista que estaba completamente en desuso en Bruselas hace cinco años. Era casi de mal gusto hablar de ello.

Pero ahora parece qué la profecía de De Gaulle se está cumpliendo.

En 1965 emergían el Tercer Mundo y los países llamados “no alineados” políticamente.

China no era un actor relevante ni económica ni geopolíticamente. Y los europeos ya habíamos perdido la centralidad geopolítica que nos daban nuestros imperios coloniales.

La crisis de los misiles en Cuba de 1962 estaba reciente. Kennedy había sido asesinado en 1963 y empezaba la involucración americana en la guerra de Vietnam.

Diez años después, en 1973, desde la Universidad de Stanford en California, veía las imágenes de esa guerra todos los días en el telediario. Niños quemados por el napalm y soldados heridos chapoteando en los arrozales.

Ojos que no ven, corazón que no siente

Si los europeos, y los americanos, vieran la realidad dramática del terrible sufrimiento de la población civil en Gaza y seguramente su opinión sería diferente.

Pero ojos que no ven, corazón que no siente. Esta es una de las grandes lecciones de esta guerra. El blackout informativo que Israel ha decretado forma parte de la guerra de los relatos, poderosa arma en el mundo ultra mediatizado y manipulado en el que vivimos.

Para llegar a nuestros días, el mundo evolucionó hasta el triunfo de la democracia liberal y del capitalismo desregulado. Y con EE. UU., como centro de un sistema internacional unipolar.

En la postguerra fría, EE. UU. paso de ejercer el liderazgo del mundo occidental al liderazgo mundial. Un liderazgo cuestionado progresivamente por la emergencia de China y las renovadas ambiciones territoriales de la Rusia de Putin

Este período se concluyó con la invasión de Ucrania y la vuelta de Trump a la Casa Blanca. 

En febrero del 2022 EE.UU y la UE estuvieron unidos frente a Rusia y en febrero del 2025, día por día, se consagró su divorcio, al votar EE UU junto con Rusia y China en el Consejo de Seguridad una resolución sobre Ucrania qué no citaba a Rusia como agresor.

Hoy los EE.UU ya no son el indiscutible líder mundial. Y tampoco lo son del mundo libre.

En mí historia personal, poco podía imaginar que andando el tiempo acabaría siendo ministro de Asuntos Exteriores de España y Alto Representante de la Unión Europea para los problemas de la política exterior y seguridad. Es decir, para ocuparme de España y Europa en el mundo…

Pero antes, ejercí responsabilidades públicas de orden interno en la Secretaría de Estado de Hacienda durante 7 largos años

Acuñamos la frase concisa y potente “Hacienda somos todos”. E intenté convencer a mis conciudadanos que los impuestos son la base de la civilización 

Y un poderoso instrumento para luchar contra las desigualdades, qué se han reducido entre países, pero han aumentado en el interior del mundo occidental.

Sobre todo, donde las transferencias fiscales de renta no han servido para compensar a los perdedores de las transformaciones globales.

Y después en Obras Públicas, fui actor de una manera casi plástica de como la geografía de España se transformaba a golpe de infraestructuras, financiadas en buena medida por la Unión Europea.

Pero volvamos al presente o al pasado inmediato.

En los últimos cinco años destacan, sin duda, tres acontecimientos, dos de los cuales todavía se proyectan a sangre y fuego, sobre nuestros días: la pandemia del covid-19, y las dos grandes guerras en nuestra vecindad, la de agresión de Rusia a Ucrania y la guerra en Gaza, qué incluye el Líbano, Siria, Cisjordania, y ahora Irán.

El momento Hamiltoniano: La pandemia

Primero llegó un virus inesperado, que produjo una excepcional combinación de crisis sanitaria y económica de carácter global. 

La mitad de los terrícolas se recluyeron en sus casas. Se provocó un coma inducido en la actividad económica, bajo la respiración asistida de una inyección monetaria y fiscal sin precedentes. Y durante un año escuchamos el macabro conteo diario de muertos e infectados. 

En Europa los países inicialmente más afectados, España e Italia, lanzaban llamadas de socorro que desde la Comisión no atendimos hasta que Merkel y Macron se pusieron de acuerdo. 

Al hablar ahora del covid-19, parece que hemos olvidado el dramatismo de esos días. Como si fuera un acontecimiento lejano que no ha dejado huella en la realidad actual. 

No ha sido así. El covid-19 aceleró algunas de las grandes tendencias de fondo de nuestro mundo de ayer, como la digitalización, la desigualdad, la emergencia de Asia en la geopolítica mundial, y la polarización social y política. 

Para responder a las consecuencias económicas y sociales de la pandemia, desde la UE lanzamos un Plan de Recuperación financiado con la emisión de deuda común de la que era titular la UE

 ¿Cómo fue esto posible?, si siempre habíamos dicho que el presupuesto de la UE no podía tener déficit y por lo tanto no era posible, ni necesario, emitir Deuda para financiarlo.

Recurrimos a la excepcionalidad del articulo 122 pero esa vez financiando el gasto con endeudamiento común. Y los ingresos obtenidos por ese endeudamiento se clasificaron contablemente como «ingresos externamente asignados».

Se consideró que esos ingresos y los gastos qué financiaban, no eran parte del presupuesto de la UE. De este modo el presupuesto, formalmente, no tenía déficit. 

Para un ex secretario de Estado de Hacienda, esos malabarismos contables eran una forma de ocultar que la UE generaba un déficit financiero, en el sentido de que sus gastos eran superiores a sus recursos propios y la diferencia se financiaba con deuda.

Pero a grandes males grandes remedios, y lo que no se podía hacer se hizo. Porque la gente se moría y el virus podía afectar a todos. Aquí no se podía culpar a nadie de mala gestión como durante la crisis del euro.

Entonces se dijo que la UE había pasado por su “momento hamiltoniano” en referencia a Alexander Hamilton, que fue el primer secretario del Tesoro de EE. UU.

Hamilton por cierto, no era un “blanco anglosajón”, sino que era medio mulato y había nacido en una isla caribeña. Era uno de esos emigrantes, hoy deleznados, que llegó a Nueva York muy pobre, cuando todavía los EE.UU no eran los EE. UU. 

Él creo la deuda pública federal consolidando como deuda común de la Unión, la deuda contraída por todas y cada una de las excolonias para financiar su esfuerzo de guerra contra la metrópoli británica.

¿Fue el nuestro un momento hamiltoniano?

No exactamente.

No comunitarizamos la deuda preexistente de los Estados miembros, qué siguieron cada uno con la suya.

Solo decidimos emitir, una nueva deuda qué asumían en común todos los Estados, en cantidad importante, 750.000 millones de euros, pero limitada y por una sola vez

Pero Hamilton no solo comunitarizó en deuda federal las deudas preexistentes.  También estableció impuestos federales con los que pagar esa deuda. No fue fácil, tuvo que imponerlos a punta de bayoneta en algunos Estados que se resistían.

Y así, a través de un sistema fiscal común, nacieron los EE.UU como una entidad política federal.

Y eso me lleva a considerar el sentido de esa palabra, federal, tan usada en nuestro debate político.

No se puede utilizar la palabra federal en vano. 

No se puede decir que avanzamos hacia un Estado federal cuando la federación renuncia a gravar las bases fiscales de una determinada parte de la federación, en el caso de España una comunidad autónoma.

En EE.UU el impuesto sobre la renta es un impuesto federal que alimenta el presupuesto federal y recaudado en todos los Estados por una Agencia federal, el Internal Revenue Service. 

Desgraciadamente en España, gobierne quien gobierne, desde que se perdieron las mayorías absolutas, hemos ido construyendo, o deconstruyendo, la estructura del Estado para resolver coyunturas parlamentarias 

Y no podemos pretender justificarlo diciendo que responden a una voluntad predeterminada de avanzar hacia una estructura federal.

Las estructuras federales pretender crear un marco para reconocer la diversidad, pero sobre todo para cuidar y desarrollar lo común. 

En nuestro supuesto momento Hamiltoniano, también nos faltó definir los futuros recursos para amortizar la deuda común. Aunque se acordó crear nuevos “recursos propios” no disponemos todavía de ellos.

 Está por ver si en el futuro —quizás para financiar gastos de defensa y otros bienes públicos europeos— se pueden acordar nuevas emisiones

El momento Demóstenes: Ucrania

La invasión de Ucrania por la Rusia de Putin en febrero del 2022 fue la continuación de guerra en la región del Dombás tras los sucesos del Euromaidán y la ocupación de Crimea en 2014.

Pero la guerra en el Dombás era una guerra de baja intensidad de la que nos habíamos olvidado.

Ante la invasión a gran escala, de la que los EE.UU estaban convencidos y que los europeos no queríamos creer, se produjo una rara unanimidad en torno a mi propuesta, como Alto Representante, de ayudar a armar a Ucrania, utilizando los recursos financieros del Fondo Europeo para la Paz, que se creó pensado en otros fines

Ese momento se ha considerado como un “momento Demóstenes” de la UE, en referencia al famoso orador que intentó movilizar a los atenienses —con sus célebres discursos, Las Filípicas— para que se defendieran de la agresiva Macedonia.

Demóstenes no tuvo mucho éxito en su prédica: Atenas fue invadida, y él se suicidó para no caer en manos de los macedonios.

Esperemos que en nuestra realidad no acabemos tan mal.

 Pero esa referencia histórica refleja bien las circunstancias de nuestro tiempo, con una Europa que ha descuidado su seguridad frente a la amenaza existencial que representa la Rusia de Putin, aunque algún Estado miembro se niega a considerarla como tal.

Puede que frente a la Rusia postsoviética no hayamos sido los mejores diplomáticos del mundo. 

Los Estados Unidos insistieron para que Ucrania entrase en la OTAN en la cumbre de 2008 en Bucarest, a la que por cierto Putin fue un invitado especial.

Alemania y Francia se opusieron. Y se acabó en una solución a medias tintas, por la que se consideraba a Ucrania como candidata, pero sin fijar fechas ni iniciar el procedimiento de adhesión.

A Ucrania no le basta con no perder

Eso colocó a Ucrania en el peor de los mundos. Se daban alas a las acusaciones de Putin sobre las intenciones de la OTAN de rodear a Rusia pero no se daba a Ucrania ninguna garantía de seguridad.

En todo caso, esa invasión representó el “despertar geopolítico de Europa”. Nos hizo descubrir que estábamos mal preparados para hacer frente a la dureza del mundo. Mal preparados para la brutal alteración de las condiciones de la vida y de la muerte que representó la covid, la explosión de violencia en Oriente Medio, o el retorno de la competencia conflictiva entre Estados, materializada en una guerra a gran escala en nuestras fronteras contra un país con el que estábamos construyendo una importante cooperación. 

La guerra en Ucrania ha durado ya más de tres años. Rusia no ha desalojado al que llama “régimen nazi” de Zelenski de Kiev. No ha ganado la guerra, pero tampoco la ha perdido. Ucrania ha resistido la invasión pagando un enorme precio material y humano, pero no ha conseguido recuperar todos los territorios ocupados. No ha perdido la guerra, pero tampoco la ha ganado.

Putin, como mínimo, ha logrado el objetivo estratégico de establecer un “puente terrestre” entre el Dombás y Crimea. A Putin le basta con seguir no perdiendo. Puede financiar una economía de guerra con sus hidrocarburos, bastante menos que antes de las sanciones, pero suficientes. Y tiene recursos humanos qué sacrificar y el back upeconómico de China.

A Ucrania no le basta con no perder: necesita estar en posición de fuerza en el momento en que se pudiera negociar la paz. Ese era el objetivo de la ayuda de EE. UU. y de Europa.

Aunque creo que hubiéramos debido ser más diligentes y menos dubitativos en el apoyo. En eso Biden, forjado en los equilibrios de la guerra fría, y sobre todo el canciller Scholz tienen una gran responsabilidad. Me pase esos tres años diciendo que había que hacer más y más deprisa. No siempre con éxito. 

Pero todo ha cambiado radicalmente con el regreso de Trump. 

El tercer aniversario de la guerra ha coincidido con los días más sombríos para la relación de Europa con EE. UU. 

Trump ha lanzado negociaciones con Putin, rompiendo la unidad con los aliados europeos. Ha rehabilitado a Rusia al negarse a reconocer en la ONU su condición de agresor en esa guerra.

Ha humillado a Zelenski en la Casa Blanca.

Y para forzar a Ucrania a negociar sobre unas bases claramente favorables a Moscú, al que ya ha concedido la mayor parte de sus exigencias, suspendió bruscamente la ayuda militar y dejó de compartir inteligencia con Ucrania, aunque luego las retomó. 

Y lo hizo sabiendo que, a corto plazo, los europeos difícilmente pueden incrementar su ayuda para compensar una retirada estadounidense. 

Está es la cuestión que se planteaba cuando terminé la redacción de este discurso. Y se sigue planteando. Solo puedo añadir que nadie pensaba que Ucrania pudiese resistir tanto tiempo. Y qué su suerte está en buena medida en nuestras manos.

Gaza y Oriente Medio

A diferencia de Ucrania, en la guerra en Gaza provocada por los ataques terroristas de Hamás de octubre del 2023, el papel de la UE no ha sido, desgraciadamente, relevante.

Como he dicho antes tenemos entre nosotros diferencias irreconciliables sobre la condicionalidad del apoyo a Israel.

Nuestro máximo común denominador se ha limitado al papel del buen samaritano, que presta ayuda humanitaria sin entrar en la raíz del conflicto, como si la catástrofe en Gaza hubiera sido causada por un accidente de la naturaleza.

La UE no ha sido efectiva en la búsqueda de soluciones políticas, más allá de reclamar retóricamente la solución de los dos Estados.

Hemos estado proponiendo esa solución desde los fenecidos acuerdos de Oslo hace treinta años, haciendo poco, o nada, para convertirla en una realidad. 

Nuestra división se ha manifestado en cada voto en la Asamblea General de las Naciones Unidas, unos votando a favor, otros en contra, y otros absteniéndose.

También se ha manifestado en las actuaciones de algunos dirigentes de las instituciones comunitarias, desbordando el papel que los Tratados les atribuyen para ejercer un apoyo acrítico hacia Israel. 

Por supuesto, hemos sido los grandes donantes de ayuda humanitaria.. Pero la ayuda ha estado bloqueada por Israel muchas veces y por mucho tiempo, sin que cuestionáramos la violación del Derecho Internacional que ese bloqueo, convirtiendo el hambre como un arma de guerra, representaba. 

Y hemos permitido que “hubiera demasiados muertos” como le han señalado suavemente a Netanyahu varios líderes y ministros europeos en sus visitas solidarias a Israel.

Lo que no les ha impedido seguir suministrando armas para que se siga haciendo lo que últimamente ya calificamos de intolerable. Para algunos el apoyo a Israel es incondicional, por su responsabilidad histórica por el Holocausto, convertido en una razón de Estado superior a cualquier juicio moral sobre lo que ocurre.

Y por eso, buena parte del mundo nos ha acusado de usar un “double standard” (doble vara de medir), en Gaza y en Ucrania.

Palestina es, sin duda, una de las partes más dolientes de la humanidad. Pero mis esfuerzos como ARVP en ese caso han sido en vano para conseguir que la UE no se amparase en un horror para justificar otro horror.

Hemos condenado los ataques terroristas de Hamás, pero no reconocemos la violación sistemática por Israel del Derecho Internacional al usar el hambre como arma de guerra, los bombardeos indiscriminados sobre áreas densamente pobladas, el plan de limpieza étnica de la Franja,  y en definitiva su intencionalidad genocida hacia los palestinos que ya no se molestan en ocultar. 

La lección que hay que extraer de esta triste historia es que cuando la UE no está unida no existe. Y que hay temas de política internacional que nos dividen profundamente haciendo imposible una política común.

Todavía está por ver si la UE será capaz de revisar el Acuerdo de Asociación con Israel por el incumplimiento de la cláusula sobre Derechos Humanos.

Hace quince meses que España e Irlanda lo reclamaron a la Comisión. Obtuvieron la callada por respuesta. Como Alto Representante lo planteé al Consejo de Asuntos Exteriores de noviembre pasado y solo cuatro Estados se mostraron a favor de la revisión, en medio de la indiferencia general. 

Ahora con más de 50.000 muertos, lo piden diecisiete Estados. Un mes después los servicios del SEAE creen encontrar “indicios”, solo indicios, de qué Israel pudiese incumplir el Tratado de Asociación desde el punto de vista del respeto al derecho internacional humanitario.

En cuanto a Irán, la UE fue orillada por Trump en su negociación bilateral y directa con Teherán, a pesar de que el Alto Representante es el coordinador formal del pacto sobre el programa nuclear que se alcanzó en 1915 y qué Trump denunció en su primer mandato.

Después Netanyahu ha lanzado un ataque preventivo  que busca no solo destruir el programa atómico iraní sino seguramente también derrocar al régimen.

Guerra preventiva y cambio de régimen están generalmente asociados pero raras veces esta combinación da como resultado algo mejor salvo tras un largo, costoso, y no siempre exitoso proceso de “nation-building”.

Si ocurre podemos esperar más bien la conversión de Irán en un Estado fallido o caótico al estilo de Afganistán, Libia, o Irak. Pero en ambos casos, los europeos hemos sido, o somos, espectadores y Trump no deja de recordarnos esa condición. 

Europa ante Trump

Con todos estos acontecimientos, vivimos un momento de definición existencial de la naturaleza de la Unión que unos y otros desean, o deseamos, construir.

Y Trump podría ser el federador externo de Europa. 

Sobre el papel de Trump en la guerra de Ucrania ya he hecho referencia antes. También era previsible la guerra comercial contra la UE. Pero no la esperábamos tan brusca ni tan rápida ni tan errática ni tan extensa en el panorama geopolítico mundial.

 Ante ella en Bruselas hemos estado en posición de ‘cuerpo a tierra’, tratando de no romper relaciones, esperando tiempos mejores y sobre todo no irritar al gran macho Alfa de Washington.

Creo que es una posición errónea. Trump solo respeta a los que se hacen respetar. Ha claudicado frente a China y frente a Canadá. Y la Unión Europea tiene capacidades para mostrar su fuerza si realmente estuviésemos unidos en una posición común. 

Pero tampoco esperábamos un ataque en el terreno ideológico, como la humillante caricatura que nos hizo el vicepresidente Vance en Múnich sobre la Europa decadente que niega la libertad de expresión. 

Tampoco esperábamos un abandono tan brusco por parte de EE. UU. de la alianza con Europa ni su aproximación a Rusia. 

Dado que ahora está claro qué Trump representa para Europa un triple choque geopolítico, económico, y cultural, hemos de asumir nuestra responsabilidad en nuestra defensa colectiva, largo tiempo delgada a EE.UU.

La defensa y la fiscalidad han sido las patas cojas o inexistentes  de la integración europea.

Para ello creo que necesitaremos un marco que no es el actual de la Unión Europea, porque con la unanimidad no llegaremos a ninguna construcción sólida. 

Cada vez que hemos tenido que hacer frente a una grave crisis, como la del euro, o hemos avanzado en nuestra integración, haciendo invisibles las fronteras, hemos tenido que buscar la solución out of the box, fuera del marco establecido por los Tratados.

Y ahora, para construir la Europa de la Defensa, tendremos que hacer lo mismo. Este es, al menos, el diagnóstico que yo hago después de cinco años de intentar construir una política común de seguridad y defensa. 

Los Estados miembros que quieran seriamente hacerlo, tendrán que tomar la iniciativa. Y tendrán que avanzar en la integración fiscal, porque conozco Estados sin ejército, pero no conozco ejércitos sin Estado, ni conozco deuda sin capacidad de pagarla a través de recursos financieros. 

No tenemos ni una cosa ni otra. La defensa y la fiscalidad han sido las patas cojas o inexistentes  de la integración europea. Y sería una muy mala solución que el rearme de Europa se hiciese sobre una base nacional y aumentásemos la competencia fiscal entre los Estados

Solo una mayor integración política entre aquellos Estados que realmente la deseen pueden salvar al viejo continente, que solamente es más viejo que los demás en su dimensión demográfica, de una lenta decadencia cuando en realidad tenemos un inmenso capital social y humano para evitarla. 

A pesar de todas nuestras carencias y debilidades somos, creo, la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que se ha sabido crear. Construirla tuvo un coste y defenderla y perfeccionarla tiene un precio qué debemos estar dispuestos a pagar.

↑
Close